El balcón en invierno

“Pero el caso es que comencé a escribir y, la verdad, no hay tarea más gratificante que esta cuando las cosas salen bien, cuando la mente se te llena con la música del lenguaje y las palabras y las imágenes acuden solícitas al reclamo de la frase y las frases fluyen sin tropiezo, una le pasa el testigo a la otra, como los corredores por equipos, o como futbolistas que combinan entre ellos amasando la jugada y madurando la ocasión de gol”

Así, describe Luis Landero, en su última “novela”, el momento gozoso de ponerse a escribir, con el símil preciso y expresivo de los atletas en las carreras por equipos y el de los futbolistas, cuando se pasan el balón unos a otros, buscando el gol. Pero escribir ficción no es sólo eso, sino también la relectura de lo escrito, que no siempre produce el mismo placer.

Esta es la reflexión de la que parte el escritor extremeño, para llegar a la conclusión de que la alternativa a la ficción es escribir sobre su propia vida. Sin embargo, cuando se pone a ello, cuando recuerda a su padre, un hombre soñador, incapaz de expresar los sentimientos, estamos reconociendo en él al Dámaso de Hoy, Júpiter, que deposita en su hijo, del mismo nombre, la esperanza de superar sus propias frustraciones, de materializar sus sueños. O cuando evoca la figura de Paco, el primo hermano, admirado por su padre a causa de sus muchas y raras cualidades, nos viene a la mente Bernardo, personaje también de la novela citada, en quien confía ciegamente Dámaso. O al describir a su madre, estamos viendo el sentido común y el pragmatismo de la mujer de éste: “Mi madre ponía en la voz y en el trato con los demás, y en todos sus actos, el mismo paciente primor que en la costura. Siempre serena, jamás enfadada, nunca agria ni especialmente dulce. Nunca distante, nunca demasiado efusiva, siempre apacible en su lugar”.

Es decir, que la realidad y la literatura conforman un mismo mundo, porque el escritor se inspira fundamentalmente en la primera para crear la segunda. Este es uno de los descubrimientos más placenteros para los que hemos leído las novelas de Luis Landero: descubrir en El balcón en invierno los entresijos de estas, sus fuentes de inspiración.

Además, nos revela, por boca de su madre, la afición a mentir desde pequeño, donde probablemente está el germen del escritor en el que se convertiría tiempo después, como el destino inevitable de un padre soñador. También contribuyó a esto la costumbre de contar, al calor de la lumbre, tan arraigado en su familia: “Mi abuela Frasca había sido pastora de la niñez hasta el matrimonio y era totalmente analfabeta, pero dominaba como nadie el arte de contar, y eso se notaba enseguida en el tono, en la línea melódica de la voz, en las pausas, en el movimiento acompasado de las manos, en cómo unía entre sí las frases, que parecía que una atraía como un imán a la siguiente…”

El cambio del pueblo a la ciudad, que tanto le marcó, como a Rafael Alberti, y las cosas que se llevaron: sus cachivaches campesinos, el gato, seis gallinas y un gallo, el acento rústico y sobre todo las palabras. Es un auténtico regalo para los oídos leer en alto términos, no recogidos la mayoría de ellos por la Real Academia Española; términos ya casi moribundos, porque los jóvenes de los pueblos extremeños no los utilizan, y no tardarán en olvidarse, como: farraguas, gaspartillo, arrepío, arrancharse, milgueras, brutarate, perrengue, safar, panfarta, morrocate, etc.

Y, de vez en cuando, al hilo de la narración de su vida, una voz que se dirige a él, al propio escritor, en segunda persona, una voz reflexiva que confirma o desmiente, que añade o matiza sobre lo escrito, y que en todo caso contribuye a dar verosimilitud y frescura a lo que cuenta: “Total que tú, el que llegarías a ser escritor, no conociste los libros de niño, casi ni siquiera físicamente, salvo El calvario de una obrera y quizá los libros de texto de tus hermanas mayores, si es que tenían libros de texto, y el libro del maestro que te enseñó a leer y a escribir, don Pedro Márquez”.

Todo contado con el estilo brillante, al que nos tiene acostumbrados el escritor extremeño, y con el sentido del humor que da la distancia, el tiempo que devuelve a la memoria las vivencias en clave humorística. Además, siguiendo un orden caprichoso, el de la propia memoria, que no se atiene a la cronología de los hechos, de tal manera que vuelve una y otra vez sobre lo mismo, aportando nuevas y jugosas precisiones, como la imagen obsesiva del padre, su muerte anunciada en el hospital, y el juramento, ante su cadáver, de un Luis Landero, con apenas veinte años, de convertirse en un hombre de provecho. Son enternecedoras y bellísimas las palabras en las que evoca la última vez que lo vio con vida: “Mi padre ya había empezado con las ansias de la muerte. Se sentaba en la cama, iba al sillón, volvía a la cama, se tumbaba, se incorporaba, quejoso y suspirante, como un animal acorralado intentando huir de sus perseguidores. Y en un momento dado, una de las veces que se sentó en la cama, me miró. Yo no le había visto nunca aquella mirada. Era una mirada de miedo, indefensa, y sobre todo implorante. Me miraba implorando algo, quizá mi cuidado, mi cariño, mi protección. Fue algo fantástico, como un sueño. De repente yo me había convertido en el padre y él era el hijo, el desvalido y el desamparado, la víctima que mendiga un poco de piedad a quien tiene poder para otorgarla. Fue una mirada larga, de una intensidad reveladora: en un instante nos dijimos más cosas que en toda nuestra vida.”

Es un libro distinto, El balcón en invierno, a mitad de camino entre la ficción y la realidad, teniendo en cuenta sobre todo la reflexión inicial sobre el acto literario de la creación. Pero muy ilustrador sobre las dudas que en un momento dado de la vida le pueden sobrevenir a un escritor; sobre si en realidad está haciendo lo que le gustaría hacer; sobre si merece la pena seguir escribiendo novelas, cuando el oficio predomina sobre la devoción, que debe acompañar a toda actividad humana.

Además, o quizá por encima de lo que acabo de exponer, El balcón en invierno es, como afirma el propio Landero, la narración emocional de una infancia en una familia de labradores de un pueblo de Badajoz, y de por qué un chico perteneciente a esa familia, donde apenas había un libro, llegó a convertirse en escritor.

Una palabra tuya

Se siente uno cercano a las dos mujeres, Rosario y Milagros, que protagonizan esta novela, porque su drama en un mundo, donde priman el individualismo y el culto al cuerpo, es más común de lo que puede parecer a primera vista. Ambas trabajan de barrenderas y padecen una soledad radical: la primera, porque ha vivido desde pequeña con el estigma del patito feo, que se ve acentuado por su inteligencia; la segunda, porque, ya en la escuela, era objeto de burlas por parte de sus compañeros, a causa de su inocencia y obesidad.

Pero la cercanía llega sobre todo por el tono confesional con el que se cuenta la historia. En efecto, la voz narradora corresponde a la protagonista, Rosario, que se expresa mediante un lenguaje directo y desenfadado: “No me gusta ni mi cara ni nombre. Bueno, las dos cosas han acabado siendo la misma. Es como si me encontrara infeliz dentro de este nombre pero sospechara que la vida me arrojó a él, me hizo a él y ya no hay otro que pueda definirme como soy. Y ya no hay escapatoria. Digo Rosario y estoy viendo la imagen que cada noche se refleja en el espejo, la nariz grande, los ojos también grandes, pero tristes, la boca bien dibujada pero demasiado fina.”

Así, con esta confesión, empieza Una palabra tuya, de la que hablaremos el próximo martes en el club de lectura del instituto, y que para mí ha sido un descubrimiento, pues tan sólo conocía a su autora por la novela juvenil Manolito Gafotas y por los artículos periodísticos publicados en el diario El País.

Rosario habla de sí misma, de sus dificultades para comunicarse con los demás, de la difícil relación con su madre, de sus manías, de su falta de generosidad; pero también nos muestra cómo es su amiga Milagros: “ella era sí, hablaba de lo que se le pusiera por delante. Tú sacabas un tema con Milagros y te lo desarrollaba hasta la extenuación. Y hablaba de un forma un poco pomposa, como si fuera una experta, hablaba de la gente, de mí, de la vida, farfullaba, hacía como que sabía, hablaba por hablar y era de esas personas que no conocen el punto y aparte”.

Un personaje, el de Milagros, que acaba resultando entrañable por su simplicidad y generosidad; como Morsa, compañero de trabajo de ambas; y como la madre y la hermana de Rosario, con ese orgullo infundado de pertenecer a una clase social superior, cuando en realidad son víctimas, seres igualmente infelices.

Elvira Lindo sabe generar la intriga en torno a estos personajes, cuyo pasado, donde está el origen de sus frustraciones, nos desvela poco a poco, jugando con la memoria veleidosa de Rosario, que nos lleva de un tiempo a otro, aunque manteniendo siempre ese tono confesional, ese estilo directo y desenfadado, al contar la historia, que impregna esta de autenticidad.

Rinconete y Cortadillo

He abierto un nuevo blog Y Cortadillo con el que se completa el título de la famosa novela ejemplar de Miguel de Cervantes, que tan solo se sugería en éste, donde ahora escribo. Ambos son como las dos caras de la misma moneda, como el haz y el envés de la misma hoja, como los dos yoes de la misma persona. Si Rinconete está relacionado fundamentalmente con mi trabajo como profesor de Lengua Española en este centro, Y Cortadillo tiene que ver más con mi vida personal, en el más amplio sentido de esta expresión: inquietudes, opiniones, gustos, aficiones, etc.

Matar a un ruiseñor

Publicada en 1960, es la primera y única novela de la autora norteamericana Harper Lee. Aborda el problema del racismo en uno de los estados del Sur, Alabama, durante la depresión económica que siguió al desplome de la bolsa de Nueva York en 1929. Aunque pueda parecer algo superado actualmente teniendo en cuenta, por ejemplo, que una persona de color ejerce como presidente de los Estados Unidos, lo cierto es que todavía hay comportamientos o situaciones racistas, como han demostrado las recientes protestas por la muerte de un joven negro desarmado, a manos de un policía blanco, en el estado Misuri.

El racismo en el condado de Maycomb, donde se desarrolla la historia, aparece como un sentimiento irracional. Así, de esta forma tan didáctica, le explica Atticus a su hijo Jem el comportamiento del jurado que condenó injustamente a Tom:

“Aquellos hombres, los del jurado, eran doce personas razonables en su vida cotidiana, pero ya viste que algo se interponía entre ellos y la razón. Viste lo mismo aquella noche delante de la cárcel. Cuando el grupo se marchó, no se fueron como hombres razonables, se fueron porque nosotros estábamos allí. Hay algo en nuestro mundo que hace que los hombres pierdan la cabeza; no sabrían ser razonables aunque lo intentaran. En nuestros tribunales, cuando la palabra de un negro se enfrenta con la de un blanco, siempre gana el blanco.”

La racionalidad que falta en esta localidad es quizá el rasgo que mejor define a Atticus, auténtico protagonista de la novela. Su integridad moral se eleva por encima de los afectos e intereses personales, lo cual lo convierte en un modelo no sólo de abogado sino también de hombre.

Matar a un ruiseñor –título que simboliza la inocencia- se estructura en dos partes claramente diferenciadas, que se unen al final: por un lado, el misterio en torno al personaje de Boo Radley, que ejerce una extraordinaria influencia sobre los niños y que la autora sabe generar desde el principio dejando pistas, como los regalos en el hueco del árbol; y por otro, el juicio a un hombre negro, Tom Robinson, acusado injustamente de violar a una mujer blanca, y cuya defensa le encargan a Atticus

La historia la cuenta, años después de que suceda, la hija de éste, Scout, una niña curiosa e inteligente, que posee la ingenuidad propia de su edad y, en consecuencia, la capacidad para juzgar los hechos, sin los prejuicios raciales que dominan en Maycomb. Es un de los principales logros de la novela, pues esta voz narradora resulta convincente en todo momento por su verosimilitud y espontaneidad. Ni siquiera desentonan sus reflexiones sobre los hechos, que nos anuncian a la mujer madura y juiciosa en la que se acabará convirtiendo.

Además, Matar a un ruiseñor está escrita con fluidez narrativa y con precisión lingüística, a lo que hay que añadir un fino sentido del humor, como cuando la maestra le dice a Scout que tiene que corregir el perjuicio que Atticus le ha ocasionado enseñándola a leer y escribir; o cuando se describe la inusitada expectación que había despertado el juicio a Tom Robinson:

“Parecía una fiesta mayor. En el poste de amarre no había sitio para atar ni un animal más; debajo de todos los árboles posibles había mulas y carros parados. La plaza de delante del edificio del juzgado estaba cubierta de gente sentada sobre periódicos, comiendo bollos con jarabe y empujándolos gaznate abajo con leche caliente traída en jarros de fruta. Algunos mordisqueaban tajadas frías de pollo y de cerdo. Los más pudientes regaban el alimento con Coca-Cola de la tienda, bebida en vasos abombados. Unos niños de cara sucia correteaban por entre la multitud, y los bebés almorzaban en los pechos de sus madres.”

Leer esta novela, más de cincuenta años después de su publicación, es no solo un ejercicio de reflexión sobre uno de los problemas más graves que ha padecido la humanidad, el racismo, sino también un disfrute para los aficionados a las buenas historias.

Nuestros fetiches

Al diseñador Darragh Casey se le ocurrió la brillante idea de contar su vida y la de sus allegados a través de los objetos que poseen. Así, su abuela de 84 años eligió dos panes que representan el trabajo realizado en la granja durante años; su madre, un cactus evocador de las vacaciones familiares; su padre, varias botellas vacías que simbolizan los sucesivos intentos de hacer vinos; su hermano Alan, los libros de la carrera que no terminó, a través de los cuales habla de la ambición frustrada; su amigo Laszlo, los cuadernos de croquis que reflejan su pensamiento y su trabajo como diseñador; etc.

Todos se dejaron retratar con estos y otros objetos, que dibujan una especie de mapa de sus vidas y de las decisiones que fueron tomando a lo largo de ellas. Para facilitar la elección de los objetos, Darragh Casey les preguntaba qué salvarían en un incendio.

Me planteo yo mismo esta pregunta, naturalmente no con el ánimo de hacer una obra de arte, sino como un mero juego. Estando lejos de Córdoba y, por tanto, de mi vivienda habitual, donde podría encontrar estos objetos, lo que me viene a la mente son los libros que me han hecho disfrutar y, al mismo tiempo, como profesor de Lengua Española, me han permitido vivir. Pero son demasiados para salvarlos en un hipotético incendio y me propongo elegir un máximo de cinco. ¿Por qué cinco y no diez o quince? Simplemente, porque me parece un número más razonable en un caso extremo como éste. Descarto los no leídos, tanto los que no he terminado, como los que ni siquiera he empezado. También los manuales, en general, que son meros libros de consulta, aunque parece ser que Jorge Luis Borges, cuando quería leer algo importante, leía la Enciclopedia Británica; y las biografías, porque siempre me han gustado más los libros de ficción que los que cuentan la vida de una persona con pelos y señales.

De los libros de poesía, me inclino por La realidad y el deseo de Luis Cernuda, por la belleza y profundidad de sus versos:

Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

 

Y Su nombre era el de todas las mujeres de Luis Alberto de Cuenca, fundamentalmente por su sentido del humor:

Me gustas cuando dices tonterías,

cuando metes la pata, cuando mientes,

cuando te vas de compras con tu madre

y llego tarde al cine por tu culpa.

Me gustas más cuando es mi cumpleaños

y me cubres de besos y de tartas,

o cuando eres feliz y se te nota,

o cuando eres genial con una frase

que lo resume todo, o cuando ríes

(tu risa es una ducha en el infierno),

o cuando me perdonas un olvido.

Pero aún me gustas más, tanto que casi

no puedo resistir lo que me gustas,

cuando, llena de vida, te despiertas

y lo primero que haces es decirme:

«Tengo un hambre feroz esta mañana.

Voy a empezar contigo el desayuno».

 

Entre las novelas, opto por Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, porque su lectura supuso para mí una forma diferente de hacer literatura, con personajes extraños e inolvidables, como José Arcadio Buendía o Remedios la Bella, y una concepción cíclica del tiempo, que hace que los hechos se repitan, aunque en circunstancias diferentes; y Anatomía de un instante de Javier Cercas, por el doble interés con que la leí: histórico, ya que analiza minuciosamente las causas del intento de golpe de estado de 1981, y literario, porque narra los hechos con un estilo fluido y envolvente, a base de repeticiones, paralelismos y simetrías entre los personajes y los hechos que sucedieron.

 

Finalmente, escojo, entre las obras de teatro, Luces de bohemia, de Valle-Inclán, por el estilo brillante con que está escrita, así como por su carga crítica, que sigue teniendo plena vigencia:

 

EL MINISTRO: ¡No has cambiado!… Max, yo no quiero herir tu delicadeza, pero en tanto dure aquí, puedo darte un sueldo.
MAX: ¡Gracias!
EL MINISTRO: ¿Aceptas?                                                                                                                                                                                                                                                                                            MAX: ¡Qué remedio!
EL MINISTRO: Tome usted nota, Dieguito. ¿Dónde vives, Max?
MAX: Dispóngase usted a escribir largo, joven maestro: -Bastardillos, veintitrés, duplicado, Escalera interior, Guardilla B-. Nota. Si en este laberinto hiciese falta un hilo para guiarse, no se le pida a la portera, porque muerde.
EL MINISTRO: ¡Cómo te envidio el humor!
MAX: El mundo es mío, todo me sonríe, soy un hombre sin penas.
EL MINISTRO: ¡Te envidio!
MAX: ¡Paco, no seas majadero!
EL MINISTRO: Max, todos los meses te llevarán el haber a tu casa. ¡Ahora, adiós! ¡Dame un abrazo!                                                                                                                                                  MAX: Toma un dedo, y no te enternezcas.
EL MINISTRO: ¡Adiós, Genio y Desorden!
MAX: Conste que he venido a pedir un desagravio para mi dignidad, y un castigo para unos canallas. Conste que no alcanzo ninguna de las dos cosas, y que me das dinero, y que lo acepto porque soy un canalla. No me estaba permitido irme del mundo sin haber tocado alguna vez el fondo de los Reptiles. ¡Me he ganado los brazos de Su Excelencia!

 

El primer hombre

El que fue su maestro en Primaria, Germain Louis, le escribió a Albert Camus, después de que éste recibiera el Premio Nobel: “Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado pudor instintivo ante la idea de descubrir la naturaleza de tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo”. Este pudor se refiere sobre todo a la situación de pobreza en la que vivía su familia, que el maestro no sospechaba, pues la cara del niño en clase expresaba optimismo y placer.

El primer hombre, novela en la que estaba trabajando el escritor en el momento de su muerte, sí refleja, aunque de modo indirecto, a través de su protagonista, Jacques, la vida de Camus en Argel, ciudad donde nació. Era un niño inquieto y curioso, que disfrutaba con las pequeñas cosas de la vida: en la calle con los amigos, los días de caza con su tío Ernest, en la escuela, etc. Sentía una atracción especial por esta última, no sólo porque le permitía evadirse de la miseria en la que vivía, sino también porque alimentaba en él su hambre de descubrir y le inculcaba, además, valores como: la equidad, la responsabilidad, el hábito de estudio, el respeto al diferente, etc.

Pero había también una parte oscura en su personalidad, que acompañaba a su deseo de vivir; una parte oscura, que se refleja en los ojos silenciosos de su madre, y que está de acuerdo con el país al que lo habían arrojado -su familia emigró a Argel, cuando él no había nacido- y donde se siente como el primer hombre, por la falta de raíces, por la ausencia de un padre, muerto en el frente, durante la Primera Guerra Mundial.

Jacques, con la edad de 40 años, regresa a Argel, en busca de estas raíces y de noticias del padre al que no llegó a conocer; pero no encuentra nada, sólo un inmenso olvido, “que era la patria definitiva de los hombres de su raza, el lugar final de una vida que había empezado sin raíces, y tantos informes en las bibliotecas de la época sobre la manera de emplear en la colonización de ese país a los niños abandonados, sí, aquí todos eran niños abandonados y perdidos que edificaban ciudades fugaces para morir definitivamente en sí mismos y en los demás”.

En este proceso de búsqueda, el drama de la emigración se muestra con toda su crudeza: llegar a un país lejano, sin dinero, sin casa, sin un palmo de tierra cultivada; convivir con personas de raza y cultura diferentes, etc. También la tragedia de la Primera Guerra Mundial, que acabó con la vida del padre: “la guerra justamente formaba parte de su universo, era lo único de lo que oían hablar, había influido en tantas cosas a su alrededor que no les costaba comprender que se pudiera perder en ella un brazo o una pierna y que incluso se la pudiera definir como una época de la vida en que se perdían los brazos y las piernas”.

Camus juega con el tiempo, yendo continuamente del presente al pasado y del pasado al presente, sin previo aviso, lo cual desconcierta, en un principio, al lector, y le obliga a releer pasajes ya leídos. Pero este vaivén continuo, le permite mostrar el paso inexorable del tiempo. Así, con esta sencillez y precisión, describe la relación entre su madre y su tío, al visitarlos 40 años después, en Argel, cuando las canas han arrasado sus cabezas, sus piernas se han arqueado aún más de lo que estaban y sus espaldas se han encorvado: “Desde la muerte de la abuela y la partida de los hijos, el hermano y la hermana vivían juntos y no podían estar el uno sin el otro. Ernest necesitaba que alguien se ocupara de él, y desde ese punto de vista, Catherine era su mujer, hacía la comida, le preparaba la ropa, le cuidaba si hacía falta (…) Habían vivido, sí, como marido y mujer, no según la carne, sino según la sangre, ayudándose a vivir cuando sus invalideces les hacían la vida tan difícil, continuando una conversación muda, iluminada de vez en cuando por fragmentos de frases, pero más unidos y sabiendo más el uno del otro que muchas parejas normales”.Ni siquiera en el uso de las figuras retóricas, abandona Camus la sencillez y precisión referidas, como cuando compara la parte oscura de su ser con las aguas profundas que corren debajo de la tierra y que, aunque nunca han visto la luz, “reflejan un resplandor sordo que no se sabe de dónde viene”.

Dos personajes influyen sobre Jacques, por encima de los demás, y contribuyen a que vaya madurando y haciéndose a sí mismo. Por una parte, su madre, una mujer dulce y conciliadora, aunque aislada en su semisordera y casi inaccesible: “sí, toda la vida había tenido el mismo aire temeroso y sumiso, y sin embargo, distante, los mismos ojos con los que veía, treinta años, atrás, sin intervenir, cómo su madre lo castigaba con el látigo, ella, que jamás había tocado, realmente ni siquiera reprendido, a sus hijos, ella, a quien sin duda esos golpes también dolían pero que inhibida por la fatiga, por la incapacidad de expresión y por respeto a su madre, lo permitía (…), como aguantaba para ella misma la dura jornada de trabajo al servicio de los demás, los suelos lavados de rodillas, la vida sin hombre y sin consuelo entre los restos engrasados y la ropa sucia de los otros”. Y por otra parte, su maestro, que daba a la enseñanza un tono viviente y divertido, mostrando a los alumnos la colección de minerales, las mariposas e insectos disecados o los mapas; haciéndoles proyecciones sobre historia natural o geografía; organizando concursos de cálculo mental; leyéndoles relatos, que para Jacques eran la encarnación del exotismo; etc.

Curiosamente, tras estos dos personajes, se encuentran la madre y el maestro de Primaria de Albert Camus, a quienes dedicó el Premio Nobel de Literatura.

Leer El primer hombre es entrar en contacto con la pobreza que asola los países colonizados, como Argel, y que padecen tanto los árabes originarios del lugar como los emigrantes franceses; una miseria contra la que no pueden hacer nada y que les lleva en ocasiones a hacerse daños unos a otros, incluso dentro de la misma familia, como cuando la abuela y el tío de Jacques le reprochan a a la madre de éste, Catherine, que intente gustar a un pretendiente, cortándose el pelo y poniéndose un vestido de colores alegres.

Si la novela comienza con la evocación del nacimiento del protagonista, finaliza con su deseo de envejecer y morir sin rebeldía, impulsado por la misma fuerza oscura y misteriosa que le había dado razones para vivir. Para ser una novela no revisada por Camus, posee la solidez narrativa, la profundidad reflexiva y la limpieza de estilo de las obras maestras.

 

El pasado nunca muere

Durante las últimas semanas, los compañeros me preguntan qué siento estando tan cerca de la jubilación. Les respondo que nada especial, pues las clases me absorben y no me da tiempo a pensarlo; pero no es del todo cierto, porque, después de casi treinta y seis años en la enseñanza, mi vida va a cambiar. Hace unos días, mientras me dirigía conduciendo al instituto, pensaba en ello y de súbito me invadió un sentimiento de nostalgia de algo que todavía no se había producido; pero que inevitablemente se producirá, a partir del próximo curso. Sentí pena de verme ausente del instituto y pensé que al Seat Toledo que conducía también le iba a cambiar la vida. Al dejar de utilizarlo diariamente, quedará aparcado en algún lugar de la calle y, con el paso de los días, el polvo y la suciedad se apoderarán de él.

Así que el sentimiento de nostalgia era doble: por mí y por mi vehículo. Y vino a mi mente la copla de Jorge Manrique:

 

Recuerde el alma dormida,


avive el seso y despierte,


contemplando


cómo se passa la vida,


cómo se viene la muerte


tan callando;


cuán presto se va el plazer,


cómo después, de acordado,


da dolor;


cómo, a nuestro parescer,


cualquiera tiempo passado


fue mejor.

 

Con estos versos, la tristeza originada por el recuerdo de algo que aún no había perdido se acentuó. Pero también pensé en Faulkner, el maestro de la narrativa moderna, cuando escribió: “El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”. Y apliqué esta gran verdad a mi vida: mi experiencia como docente nunca terminará de pasar; siempre estará ahí operando sobre el presente, formando parte de él, cuidándome, de igual modo que yo puedo cuidar la carrocería del Seat Toledo, lavándolo de vez en cuando.

Cantautores

Leyendo en clase de 4º de ESO a los escritores de la Generación del 50, y en concreto los poemas “Me queda la palabra” de Blas de Otero y “Palabras para Julia” de José Agustín Goytisolo, he recordado a los cantautores que pusieron música a estos textos. Eran los últimos años de la dictadura franquista y, en la Universidad de Extremadura, como en todas las del Estado Español, se organizaban manifestaciones a favor de la libertad y se aprovechaba cualquier acto público para reivindicarla. Los estudiantes universitarios vivimos con especial intensidad aquel tiempo, que intuíamos de transición de la dictadura a la democracia, y escuchábamos en nuestras casas los discos de vinilo o las cintas de radiocasete, grabadas y regrabadas, de cantautores como: Paco Ibáñez, Pablo Guerrero, Luis Pastor, Elisa Serna, Rosa León, Lluis Llach, Raimon y un largo etcétera.

Recuerdo, en particular, los dos poemas citados, a los que puso música Paco Ibáñez. Su doble elepé grabado en el teatro Olympia de París, se convirtió en nuestra música de cabecera, no sólo porque disfrutábamos escuchándolo, sino también por las largas y fructíferas conversaciones que suscitaban las letras de las canciones, escritas por los autores más importantes de la Literatura Española.

En Me queda la palabra, Blas de Otero viene a decir que, aunque el tiempo pasa y seguimos padeciendo los efectos perniciosos de la dictadura (“Si abrí los labios para ver el rostro / puro y terrible de mi patria, / si abrí los labios hasta desgarrármelos”), nos queda la palabra, por encima de todas las limitaciones, como instrumento para expresar esa pérdida y ese dolor, y para reivindicar un cambio.

Igualmente, Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo contiene un mensaje positivo. El poeta se dirige a su hija para decirle que la vida sólo tiene un sentido y, por eso, debe mirar hacia adelante, por muy angustiosa que pueda llegar a ser la realidad. Añade que su destino –entendemos también que el nuestro- está en los demás, en luchar por aquellos a los que puede hacer feliz:

“Pero cuando te hablo a ti

cuando escribo estas palabras

pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas

que les ayude tu alegría

tu canción entre tus canciones”

Cuando escuchábamos esta música, en aquella época oscura que nos tocó vivir, nuestro ánimo se levantaba y experimentábamos un deseo intenso de cambiar las cosas. Ahora, al escucharla vosotros, espero que reflexionéis sobre la capacidad de defender siempre aquello en lo que creéis, aunque las circunstancias a veces os sean desfavorables.

Intemperie

Pocos títulos son tan acertados como éste para una historia que nos atrapa desde el principio, con un niño escondido en la tierra y oyendo el eco de las voces de los que le llamaban. La posición inverosímil en la que se halla, tumbado sobre un costado y con apenas espacio para moverse, nos lleva a preguntarnos: ¿quién es ese niño?, ¿por qué ha huido? Si seguimos leyendo, vamos encontrando algunos atisbos de respuesta, como cuando se alude a los galgos, en cuyos costados flamean líneas rojas, recuerdos de fustas de sus amos, “las mismas que en el secarral sometían a niños, mujeres y perros”.

En efecto, estamos ante una historia de violencia y sometimiento, que se desarrolla en un lugar seco, sin apenas vegetación que nos proteja del ardiente sol, a la intemperie, como el propio título sugiere. Y empleo la primera persona, porque Jesús Carrasco consigue, desde la primera línea, meternos en la piel de ese niño, especialmente desvalido, que lucha frente a todo: su familia, el alguacil, la naturaleza que le rodea.

Es una novela de emociones fuertes y sentimientos contenidos. No se sabe nada de los personajes, ni su nombre; tampoco del lugar donde se desarrollan los hechos. Pero tanto a unos como a otro los percibimos como reales, como si los conociéramos de toda la vida. Uno, no obstante, piensa, tratando de ubicar la historia, en la tierra natal del autor, Extremadura, y más concretamente la provincia de Badajoz, la inmensa llanura que la atraviesa de parte a parte. Pero es lo de menos, porque lo verdaderamente relevante es que los personajes, el niño y el viejo, carecen de protección alguna, como los escasos animales que les acompañan, que tienen las mismas necesidades que ellos.

Leyendo Intemperie, nos viene a la memoria el Lazarillo de Tormes, pues en ambas novelas los jóvenes protagonistas, condicionados por su pasado, huyen del ambiente familiar en el que les ha tocado vivir e inician un proceso de aprendizaje que les llevará a madurar y adquirir los rudimentos del juicio. La diferencia estriba en que Lázaro aprendió a sobrevivir en la indignidad, pues acaba casado con la barragana del Arcipreste de Toledo, probablemente porque sus amos eran más pícaros que él; mientras que el niño de la novela que comentamos aprende a vivir con honradez, pues su maestro es un hombre especialmente íntegro y solidario.

Pero, por encima de la gran historia que cuenta, Intemperie tiene interés por el estilo en el que está escrita, con un lenguaje rico, por la extraordinaria variedad de términos utilizados, y preciso, por la exactitud sobre todo al nombrar los distintos elementos de la naturaleza.  A esto hay que añadir la habilidad en el uso de técnicas narrativas, en particular, la capacidad–poco extendida entre los novelistas- de sugerir más que decir, como por ejemplo la amistad entre el niño y el viejo (“se incorporó hasta quedarse sentado en la manta y buscó la mirada del cabrero, pero éste no le prestó atención. A su lado, el cuenco que vació la noche anterior volvía a estar lleno de gachas con leche recién ordeñada. Tomó el tazón entre sus manos y notó la tibieza de la madera. Buscó de nuevo los ojos del pastor y, aunque sabía que no le iba a mirar, levantó el alimento hacia él en señal de gratitud.”). También el saber anticipar los hechos antes de que sucedan, como la llegada del alguacil (“Mientras estuvo observando al tullido, no logró hilvanar dos pensamientos seguidos y su mente sólo se entretuvo en recorrer fascinada el extraño cuerpo postrado. Únicamente habría necesitado un par de minutos de lucidez para recordar las huellas de los caballos separándose junto a la alberca (…) Tampoco fue capaz de distinguir la línea amoratada que había dejado la soga…”). Y la habilidad para utilizar la elipsis, como cuando se omite la paliza que propinan al viejo, porque son más relevantes sus efectos (“Pasó la noche acurrucado junto al viejo inmóvil. Corría una brisa tibia aderezada con el rumor de algunas cabras nerviosas. Al hombre le ardía la frente y gemía en sueños su dolor como una salmodia ininterrumpida y acromática.”).

Extraordinario debut de Jesús Carrasco en el mundo de la novela, pues, como ha escrito algún crítico recientemente, una vez que se ha leído Intemperie, es difícil quitársela de la cabeza.

Suite francesa

El proyecto del libro comprendía cinco partes; pero Irène Némirovsky sólo pudo escribir las dos primeras, pues fue detenida por los gendarmes franceses y deportada al campo de concentración de Auschwitz, donde la asesinaron el 17 de agosto de 1942. Las escribió en un cuaderno con letra minúscula para economizar la tinta, que lograron salvar sus dos hijas, de forma casi milagrosa, en el interior de una maleta, mientras huían de la persecución nazi.

Como dice Myriam Anissimoc en el prólogo, Suite francesa es un retrato sobrecogedor de la Francia ocupada por los nazis, durante la segunda Guerra Mundial: miles de refugiados huyendo de París; automóviles cargados de muebles, parados sin gasolina en mitad de la carreteras; familias burguesas, con temor de mezclarse con el pueblo llano y preocupadas únicamente por salvar su dinero y  joyas; un cura conduciendo a un grupo de huérfanos, que acaban asesinándolo; etc.

En la primera parte, “Tempestad en junio”, la huida de los refugiados hacia Tours pone de manifiesto las miserias humanas, la falta de solidaridad en los lugares por donde pasaban: “¡Qué cansados parecen! ¡Qué calor deben estar pasando! –decía la gente, pero a nadie se le ocurría invitar a su casa a alguno de aquellos desventurados, dejarlo entrar en uno de aquellos paraísos de sombra que se adivinaban vagamente detrás de las casas…”. También el esteticismo clasista de personajes, como Charles Langelet, embebido en el mundo del arte, que se siente superior al resto de los hombres: “¡pobre chusma! ¿Qué les preocupaba? ¿Lo que comerían? ¿Lo que beberían? Él pensaba en la catedral de Ruán, en los castillos del Loira, en el Louvre… Una sola de sus venerables piedras valía más que mil vidas humanas.” Y el egoísmo de los ricos: “La caridad cristiana, la mansedumbre de los siglos de civilización se le caían como vanos ornamentos y dejaban al descubierto su alma, árida y desnuda”.

En cambio entre los pobres sí existe la solidaridad: “Entre ellos había piedad, caridad, esa simpatía activa y vigilante que la gente del pueblo no testimonia más que a los suyos, a los pobres, y sólo en circunstancia excepcionales de miedo y miseria”.

Irène Némirovsky demuestra gran habilidad para unir  las diferentes historias que cuenta desde el principio. Los cruces de unas y otras se producen con naturalidad, y en ningún momento tenemos la impresión de algo forzado.

En la segunda parte, “Dolce”, pasa del drama de los refugiados franceses a introducirse en la psicología de los soldados alemanes, que hasta ese momento desconocíamos. Así describe la doble moral de un joven oficial, Kurt Bonnet, al que ordenan abatir a los prisioneros que flaqueen: “lo había hecho sin remordimientos, e incluso de buena gana con quienes le resultaban antipáticos. En cambio, se había mostrado infinitamente humano y compasivo con ciertos prisioneros que le cayeron en gracia”.

Inevitablemente surgen relaciones entre los invasores y los invadidos, unidos por un mismo deseo de libertad, en una sociedad condicionada por normas que coartan a la persona. Lucile, engañada por su marido y despreciada por su suegra, defiende su derecho a mantener la amistad que le une a Bruno, un joven oficial alojado en su casa: “Odio ese espíritu comunitario con el que nos machacan los oídos. Los alemanes, los franceses, los gaullistas, todos coinciden en una cosa: hay que vivir, pensar, amar como los otros, en función de un estado, de un país, de un partido. ¡Oh, Dios mío! ¡Yo me niego! Soy una pobre mujer, no sirvo para nada, no sé nada, pero ¡quiero ser libre!”. Y esto mismo sostiene Bruno, cuando piensa en una Lucile cercana a él, una Lucile que le acompañe a la fiesta con un vestido diseñado por los ojos de su imaginación.

La narración está salpicada de descripciones paisajísticas, de extraordinaria fuerza poética y poder evocador, que tan pronto nos sitúan en la Francia ocupada como nos trasladan a la patria de los invasores alemanes: “aquel viento hosco, frío y puro le recordaba el de su Prusia Oriental. ¡Ah, cuándo volvería a contemplar aquellas llanuras cubiertas de pálida hierba, aquellos pantanos, la extraordinaria belleza de los cielos de primavera, la tardía primavera de los países del norte! Cielo de ámbar, nubes de nácar, juncos, cañas, bosquecillos dispersos de abedules…”

Suite francesa, en suma, profundiza en la vida cotidiana y afectiva, durante la ocupación alemana de Francia. Es la guerra vista desde la perspectiva de las personas concretas, que están afectadas, de una u otra forma, por esta; no es la guerra de los generales que la planifican con la frialdad que da la distancia. Por eso, surgen los sentimientos y la amistad, de tal modo que, cuando los alemanes se disponen a abandonar Francia, con destino al frente ruso, se plantean si los franceses les echaran de menos, pues habían vivido en sus casas, les habían enseñado fotos de su familia, habían comido y bebido con ellos. Y los franceses, por su parte, sienten una especie de melancolía, de calor humano, que les une a los alemanes.