Los restos del día

 

La historia se cuenta desde el punto de vista de Stevens, mayordomo de una casa señorial inglesa. Desde el principio, reconocemos el tono sumiso de este narrador, que se dirige a unos receptores, que parecen estar escuchando lo que dice: “Sin duda convendrán conmigo (…) Es algo que con toda seguridad entienden (…) Con su permiso (…) Espero que disculpen mi falta de precisión”. Es decir, se dirige a ellos como pidiéndoles/pidiéndonos aceptación de las decisiones que ha ido tomando en su vida.

Los problemas que le preocupan más en su trabajo son la organización del servicio y el trato con el nuevo dueño, mister Farraday, el cual emplea un tono jocoso al hablar, al que Stevens no sabe como corresponder, acostumbrado a la seriedad y al estricto protocolo del anterior. Por eso, entre otras razones, va a buscar a la antigua ama de llaves, miss Kenton, cuyos servicios necesita de nuevo.

Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, consigue, mediante un lenguaje claro y sencillo, introducirnos en la mente de este disciplinado mayordomo, de tal forma que vamos conociendo poco a poco sus miedos e inquietudes, sus emociones: “Fue una sensación muy agradable contemplar aquel paisaje, con la brisa acariciando mi cara y escuchar los sonidos del verano: creo que fue en aquel preciso momento cuando por primera vez sentí energía y entusiasmo para afrontar los días venideros, los cuales, con toda seguridad, me tenían reservadas interesantes experiencias”. También, que nos preguntemos con él algo que probablemente nunca nos hemos preguntado: “¿Qué significa ser un gran mayordomo?”; y que le sigamos en sus disquisiciones hasta llegar a la conclusión de que la cualidad principal es la dignidad, que consiste en guardar siempre las apariencias reprimiendo las emociones, lo cual no deja de ser una definición perfecta de la aristocracia inglesa, y en general del ciudadano de este país.

La novela está escrita como un diario, que se desarrolla en seis días, los que emplea Stevens en localizar a miss Kenton; pero no sólo recoge los pormenores del viaje, sino que con frecuencia se producen analepsis o saltos atrás, que nos permiten conocer la relación entre estos dos personajes y la vida en la mansión, cuando pertenecía al antiguo dueño.

Stevens es extraordinariamente preciso con los lugares por donde pasa o donde se aloja. También, con los sentimientos que va experimentando o con los retos personales que se plantea para satisfacer a su nuevo señor, como, por ejemplo, mejorar su sentido del humor: “Siempre que me encuentro ante una situación extraña, intento formular tres chistes sobre las circunstancias que me rodean en ese momento”. O sobre cómo ha evolucionado la profesión de mayordomo, que se refleja en la importancia creciente de los objetos de plata, para indicar el nivel de una casa: “Me complace poder recordar varias ocasiones en que la plata de Darlington Hall impresionó gratamente a nuestras visitas. Recuerdo la vez que Lady Astor comentó, no sin cierto resquemor, que nuestra plata era probablemente incomparable”.

Dos estímulos, que en realidad son dos secretos a desvelar, nos inducen a seguir leyendo: la verdad sobre las relaciones entre Stevens y miss Kenton y la auténtica catadura moral de Lord Darlington, que representa a una parte importante de la aristocracia inglesa.

Hay referencias breves, simples pinceladas, al contexto histórico: “Actualmente todo el mundo sabe muy bien que el señor Ribbentrop –el embajador alemán- era un farsante, que durante aquellos años Hitler se propuso ocultar sus verdaderas intenciones a Inglaterra todo el tiempo que fuese posible, y que la única misión en nuestro país del señor Ribbentrop fue orquestar este engaño”. El propio Lord Darlington se muestra antisemita (“Stevens, hay un asunto que he estado pensando mucho. Sí, mucho. Y he llegado a la siguiente conclusión. Entre la servidumbre de Darlington Hall no podemos tener judíos”), elitista y opuesto a la democracia y al voto popular (“Fíjese en Alemania y en Italia. Fíjese en lo que puede hacer un gobierno fuerte si se le deja, no como aquí con tanto sufragio universal”). Desgraciadamente, estas ideas acaba haciéndolas suyas, Stevens, como buen mayordomo, con el argumento de que las masas, donde se incluye él mismo, no están preparadas para decidir.

Por otra parte, de forma gradual, porque Ishiguro es extraordinariamente sutil, intuimos que el deseo de Stevens de que vuelva miss Kenton a ocupar su antiguo puesto de trabajo desborda lo estrictamente profesional, porque, mientras trabajaban juntos, él se mantuvo siempre distante, ajeno a las insinuaciones de ella, y centrado exclusivamente en su trabajo de mayordomo, como si no tuviera sentimientos, siempre controlándose y pensando en las posibles consecuencias de sus actos; pero ahora, en cambio, relee continuamente la carta que miss Kenton le envió, en especial, los pasajes que desprenden cierta melancolía de cuando ambos trabajaban en la mansión: “Me gustaba mucho contemplar el paisaje que se veía desde los dormitorios del segundo piso, con las colinas a lo lejos…”.

A medida que avanzamos hacia el final de la novela, deseamos que llegue el reencuentro entre el mayordomo y la antigua ama de llaves; pero curiosamente éste tiene lugar sin que lo sepamos directamente los lectores, pues vamos a conocerlo, mediante una analepsis, que establece la distancia entre ambos, sobre todo por parte de él, que guarda las apariencias hasta el último adiós. No asume sus sentimientos hacia ella, aunque sí acaba reconociendo los errores de Lord Darlington, que también son los suyos. Por eso, se plantea cambiar, en lo que le queda de vida: “quizá deba seguir el consejo de no pensar tanto en el pasado, y de mostrarme más optimista y de aprovechar el máximo de lo que resta del día”.

Poemas de Maribel Luque

 

 

Fue un acto entrañable la presentación, del libro de poemas “Lo que habita en mí” de nuestra compañera Mª Isabel Luque, el pasado día 25 de septiembre, en la Fundación Antonio Gala de Córdoba. Primero, Ricardo González, el editor del libro, y Juan Rivera, autor del prólogo, hablaron con afecto de la autora; y después ella misma nos recitó algunos de los poemas, que condensan su vida y la de sus seres queridos: “Me llegó el amor”, donde expresa lo que supuso la llegada de este sentimiento; “Una casa”, donde evoca la casa de sus infancia; y sobre todo “Ana María y la guerra (1888-1994)”, donde cuenta la dura historia de su abuela, que se quedó viuda con seis hijos a su cargo:

“(…)
Mi abuela
con seis hijos
como seis soles,
seis ausencias,
seis boca negras
de hambre.

Y estalló la guerra.

Mi abuela
sola, desolada, sin nada,
solo seis necesidades,
imperiosas,
seis futuros rotos
entre las bombas
y el alba.

Mi abuela
traspasó caminos
de exilio, polvorientos,
y halló su casa,
cobijo de soldados,
tapiada por la hierba,
puertas arrancadas,
ventanas abiertas
sin nada
que aguardar
tras los muros de tierra.
(…)”

Escuchando declamar a María Isabel Luque, con su forma de decir tierna y pausada, nos adentramos en la vida plena de una mujer hecha a sí misma, sensible, generosa y solidaria.

 

El difícil camino hacia el éxito

El inicio de estas memorias es demoledor: “Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y sin embargo sigo jugando porque no tengo alternativa. Y ese abismo, esa contradicción entre lo que quiero hacer y lo que de hecho hago, es la esencia de mi vida”. ¿Cómo es posible una afirmación tan desconcertante, tratándose de un tenista que ha ganado ocho títulos del Grand Slam?,nos preguntamos. Pero no hay tiempo para encontrar la respuesta, porque el tono confesional e intimista en el que están redactadas nos atrapa e incita seguir leyendo.

No obstante, y después de la espléndida narración de su último partido contra el griego Bagdatis, empezamos a entrever el motivo de ese odio, pues, desde pequeño, su padre le sometió a unos entrenamientos muy exigentes, sin preguntarle nada: “mi padre decidió, mucho antes de que naciera, que yo sería jugador profesional de tenis y que llegaría ser el número uno del mundo”. En realidad, el deporte que le gustaba es el fútbol, donde las derrotas no recaen sobre un solo jugador, como en el tenis, sino sobre todo el equipo; pero la determinación de su progenitor fue absoluta y no admitió la más mínima oposición.

Por eso, Andre se siente como en una prisión, primero en casa, y después, en la academia de tenis de Nick Bollettieri, donde éste y su padre deciden por él. Esto le va a convertir, con el paso del tiempo en un rebelde, que se resiste a cualquier tipo de autoridad, lo cual se manifiesta, por ejemplo, en su particular estética, con unos pantalones cortos de tela vaquera y una melena de mechas doradas.

En el fondo, Andre está intentando averiguar quién es, pues su vida nunca le ha pertenecido, y en esta función le va a ayudar Gil, un mexicano que trabaja en la Universidad de Nevada-Las Vegas, entrenando al equipo de baloncesto. Su ayuda pretende ser decisiva, especialmente, en el fortalecimiento de su mente, después de perder inesperadamente la final de Roland Garros contra el ecuatoriano Andrés Gómez, por haber estado pendiente de que no se le cayera la peluca postiza, que oculta su prematura calvicie, más que de ganar el partido: “Sueña despierto, Andre”, le aconseja Gil, o “cánsate, Andre, porque ahí es donde llegarás a conocerte a ti mismo. Al otro lado del cansancio”.

El triunfo por primera vez en una Grand Slam tardará en llegar varios años, hasta que, por un lado, aprenda a lidiar con el fantasma del miedo a perder, y por otro, abandone su afán perfeccionista, de conseguir el tiro perfecto en cada jugada, y estudie las debilidades del contrario, para provocar sus errores, como le hace ver el que será su entrenador Brad Gilbert. Y resulta sorprendente lo que experimenta, al conseguirlo: “Ahora que he ganado un Grand Slam, sé algo que se permite saber a pocas personas en este mundo: las victorias no nos hacen sentir tan bien como mal nos hacen sentir las derrotas, y las buenas sensaciones no duran tanto como las malas. Con gran diferencia”. Es decir, lo que nos hace cambiar y madurar como personas y deportistas son las derrotas, no las victorias.

Tampoco le satisface plenamente llegar a número uno: “Lo he conseguido. Soy el mejor jugador de tenis del mundo, y sin embargo, me siento vacío. Si ser el número uno me hace sentir así, ¿qué sentido tiene serlo? ¿Por qué no me retiro y punto?”. Necesita trazarse, como cualquier persona, una nueva meta, un nuevo aliciente, de tal forma que jugar no se convierta en una rutina.

Y entre partido y partido, la necesaria recuperación, que a veces se complica con las lesiones, consecuencia lógica del esfuerzo continuo, desafiando los límites físicos del cuerpo humano. También la necesidad de recuperarse de las derrotas, como la que le infligió Pete Sampras en el Open de USA de 1995: “Esta es la derrota final, el alfa y omega de las derrotas que eclipsa todas las otras. Mis derrotas anteriores contra el mismo rival, mis derrotas contra Courier, mi derrota contra Gómez… todas ellas fueron heridas superficiales comparadas con esta, que siento como si me hubieran clavado una lanza en el corazón. Aunque pasan los días, la derrota parece reciente. Cada mañana me digo mí mismo que debo dejar de recrearme en ella, pero no lo consigo. Lo único que me alivia algo es pensar en la retirada”.

Las reflexiones son continuas, a lo largo de estas inusuales y atractivas memorias de Andre Agassi, escritas con la ayuda del premio Pulitzer J.R. Moehringer: sobre las derrotas y las victorias, y cómo tanto unas como otras dependen con frecuencia de pequeños detalles; sobre las dudas que surgen, en ocasiones, y que le atemorizan; sobre el miedo a perder, que siempre, en un deporte individual, como el tenis, se incrementa más (“Si hubiera entrado, yo le habría roto el servicio, habría cambiado el impulso, y podría ganar el siguiente juego, y el partido, sacando yo. Pero ahora, como cree que puede ganar, Philippoussis se crece un poco más y me rompe el saque. Me derrumbo enseguida. Hace un minuto he estado a punto de tener el partido a un juego, y ahora él levanta los brazos, triunfante”); sobre su odio al tenis y a sí mismo, cuando, en un periodo de su trayectoria deportiva, perder se convierte en una costumbre, y cae en la tentación de las drogas; etc.

Andre Agassi se desnuda en “Open”, mostrándose tal cual es: una persona insegura, que, después de una búsqueda continua, acaba encontrando un sentido a su vida, como deportista, mediante la creación de una fundación para niños maltratados y abandonados, para la cual se propone recaudar fondos; y también a su vida sentimental, al iniciar una relación con Stefanie Graf, una tenista que, como él, debió lidiar con un padre dominante y obsesionado por el éxito.

Coto vedado

El escritor recientemente fallecido, Juan Goytisolo, demuestra una gran sinceridad y valentía en este texto autobiográfico, publicado en 1985, donde escribe sobre su infancia y juventud, con una madre sensible y con inquietudes culturales, que murió en un bombardeo, durante la Guerra Civil, y un padre ordenado y severo en su vida, pero que invertía el dinero temerariamente en empresas aventuradas y absurdas. Si con la primera su relación estuvo basada en el cariño, con el segundo, en cambio, apenas tenía confianza y se fue distanciando poco a poco de él.

Pero más sincero y valiente se muestra, cuando habla sobre su abuelo Ricardo, que abusó de él, cuando era un niño, y al que se acerca no sólo como pedófilo, sino también como víctima, porque esta inclinación sexual la vivía como una aberración condenada por la sociedad y por él mismo, que se despreciaba por ella; o cuando se describe como un niño vanidoso, que exhibe sus conocimientos de geografía e historia en el colegio, con cualquier pretexto, a causa de su timidez enfermiza; o cuando recuerda sus primer año en la universidad y cómo, junto a dos compañeros más, solía lucir su erudición y sabiduría, ante la primera víctima propiciatoria, que se pusiera a tiro.

El ejercicio de autocrítica le lleva a no reconocerse en este joven ridículo y pretencioso, del que habla en tercera persona, como si no fuera él: “La breve evocación de los primeros pasos en la universidad de mi homónimo de hace treinta y cinco años me produce una impresión de estupor semejante a la que sentiría, imagino, un docto profesor universitario especialista en Calderón o los presocráticos si, al caminar por los pasillos del metro más cercano a su hogar, tropezara con una hilera de posters con el retrato juvenil de sí mismo anunciando con sonrisa y bigotito un champú natural proteínico o un níveo, suave y casi acariciante jabón de afeitar. ¿Sonambulismo? ¿Ofuscación? ¿Pesadilla? Digamos mejor incredulidad reñida de tristeza ante la total contradicción del personaje con lo que luego serías.”

Un joven pretencioso y ridículo en el que, sin embargo, sí reconoce su extremada pasión por la lectura, en particular, por los libros prohibidos por el régimen franquista, de Proust, Kafka, Malraux, Guide o Camus, en los que se adentraba, escribe, “con un cosquilleo de excitación y estímulo, que sólo quienes hayan bebido como yo de estas aguas pueden comprender de modo justo”.

El placer asociado a la clandestinidad y a la transgresión, que caracterizaría su vida y la de todos los que hemos padecido las consecuencias de una dictadura, pues, como dice Italo Calvino, “los regímenes autoritarios y represivos son los únicos que toman en serio a la literatura, al atribuirle unos poderes subversivos que desdichadamente no tiene e intentar de modo ingenuo entorpecer su lectura”.

Pero Juan Goytisolo tiende a la transgresión no sólo en el ámbito de la literatura, sino también en el de su propia existencia: “a los veintiún años descubría así lo que luego sería una constante en mi vida. Mi desafecto y aún horror a los ámbitos y áreas urbanos despejados, limpios, simétricos, desesperadamente vacíos, con sus calles bien trazadas y pulcras, espacios acotados, circulación fluida. (…) Mi pasión, en cambio, por el caos callejero, transparencia brutal de las relaciones sociales, confusión de lo público y lo privado (…) precariedad, improvisación, apretujamiento, luchad despiadada por la vida, medineo fecundo, imantación misteriosa”. Por eso, sus pasos se orientaron, con el transcurrir del tiempo, a ciudades ajenas a la planificación y el control, como París, Estambul, Nueva York o Marraquech.

Así, a la búsqueda de su identidad, viviendo fuera de su país, donde siempre se sintió un extraño; cultivando la literatura, su gran pasión; adquiriendo una conciencia social, que le aleja de la iglesia y de la burguesía rapaz e hipócrita, clase social a la que pertenecía su familia, y le acerca a posiciones marxistas; y descubriendo poco a poco su verdadera sexualidad, que nunca fue convencional y que permaneció oculta, durante mucho tiempo, en un coto vedado, como sugiere el título del libro

Alterna la primera persona, con la tercera y la segunda, que utiliza sobre todo para dar un tono reflexivo a lo que cuenta. Por ejemplo, cuando se refiere a las cartas que intercambió, durante el servicio militar, con la que luego sería su mujer, Monique Lange: “Vuestro diálogo a distancia muestra el goce y cautela de quienes caminan a una cita amorosa entre dunas y arenas movedizas. Los planes que forjáis para el futuro son transitorios y frágiles (…) Cada uno de vosotros conservará su libertad y no aspirará a la posesión exclusiva del otro. En tanto permanecéis separados, debéis permitiros alegremente pequeñas infidelidades”.

Y a veces, su escritura abandona la coherencia y se vuelve automática y surrealista, por ejemplo, para tratar de justificarse a sí mismo el no haber visitado a Eulalia, que se había convertido en una madre para él y sus hermanos y que acabó devorada por el cáncer: “cabeza ardiente, punzadas de dolor, presentimiento agorero, deseos frustrados de huida, síntomas de pánico, humedad involuntaria, tenaz aleteo del corazón, miembros paralizados, inminencia del rostro que temes, figura de Eulalia convocada por la desmesura de tu propio espanto, perceptible ya en la penumbra, cada vez más precisa y nítida, cabello, piel, ojos, labios, mejillas perfectamente exactos, esquiva, distante, muda, un gesto de reproche amargo, imagen presencia, corporeidad que te fulminan, se adueñan de ti, rompen los diques del pudor, desbordan la culpabilidad acumulada en tu seno, minutos u horas de dolor, gemidos, lágrimas, extemporáneo e inútil arrepentimiento”. O para mostrar la dureza de la vida en los pueblos del Sur de España y la falta de expectativas de sus habitantes: “tierra expoliada y exangüe, minas abandonadas, chimeneas en ruina, negruzca profusión de escoriales (…) mujeres de luto, prematuramente gastadas, cargadas de cántaros junto al aguaducho: campesinos sonámbulos, reatas de mulas, hombres callados y tristes acogidos a la paz de un sombrajo: ninguna mudanza ni expectativa de cambio: soledad, reiteración, monotonía, deseos de huida, de sacudir el polvo adherido a la suela de los zapatos…”

En resumen, Coto vedado es un libro autobiográfico sincero y valiente, escrito con originalidad, que se plantea como un aprendizaje continuo –lo que es la vida de cualquier persona- y que ahora, pasados más de treinta años de su publicación, mantiene toda su frescura y poder transgresor.

Hablaremos de él, en la primera sesión del club de lectura del IES Gran Capitán del curso 2017/18, el 13 de septiembre, miércoles, a las 18 horas, en el aula de audiovisuales de la primera planta.

Tentación sin satisfacción

En pocas novelas, el tiempo tiene el protagonismo, que adquiere poco a poco en esta de Dino Buzzati, El desierto de los tártaros, publicada por primera vez en 1940 y traducida después a múltiples lenguas.

El teniente Giovanni Drogo es destinado a la Fortaleza Bastiani, situada en la frontera con los tártaros, cuya llegada es una esperanza para los que se encuentran en su interior, aunque nunca se perciba como algo probable: “su fortuna, la aventura, la hora milagrosa que al menos una vez toca a cada uno. Por esa posibilidad vaga, que parecía volverse cada vez más incierta con el tiempo, hombres hechos y derechos consumían allá arriba la mejor parte de su vida. (…) Unos al lado de otros vivían con idéntica esperanza, sin decir nunca una palabra de ella, porque no se daban cuenta o simplemente porque eran soldados, con el celoso pudor de la propia alma”.

Pronto será también la esperanza de Giovanni, especialmente ligada al tiempo, que de niño parece infinito; durante la juventud transcurre también con una cierta lentitud, sin que notemos su marcha; pero llega un día en el que “el sol ya no parece inmóvil sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo a mirarlo y ya se precipita hacia el limite del horizonte”, justo por donde se espera la llegada de los tártaros que de sentido a sus vidas.

Pero el tiempo es cíclico y la historia de Giovanni Drogo se repite: del mismo modo que él se encontró al capitán Ortiz, la primera vez que vino destinado a la fortaleza, con la ilusión de quedarse sólo unos meses, el joven teniente Moro se encuentra ahora, en el mismo punto del valle y con sus mismas ganas de hablar, al propio Giovanni Drogo, ascendido a capitán. Como los centinelas repiten siempre los mismos pasos desde un punto a otro punto del camino de ronda; o como el caldo de la tropa es un día idéntico a otro día.

A medida que se avanza en la lectura de esta novela, el tiempo se va comprimiendo, pues los meses y los años que pasa el protagonista en la Fortaleza Bastiani se desarrollan cada vez en menos capítulos. El interés para el lector crece, aunque al mismo también produce un cierto rechazo la existencia de personas para quienes la gran suerte en la vida sea participar en una guerra.

Giovanni tiene la angustia de que los tártaros jamás se moverán y con ello la posibilidad de gloria se desvanece. Como en el mito de Sísifo, condenado a empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que, antes de llegar a la cima, vuelve a rodar hacia abajo, repitiéndose una y otra vez el doloroso proceso. El mito del trabajo inútil; pero del que podrá escapar, si tiene lugar el milagro, que dé sentido a su trabajo de militar y a su propia vida.

Así, hasta que se produce la fatal coincidencia: la enfermedad de Giovanni y la llegada de los tártaros; su decadencia física y el fin de sus sueños de gloria. El único clavo al que agarrarse es aceptar la muerte como un soldado; cruzar con pie firme el límite de la sombra, sonriendo incluso si lo consigue, porque esta sería la batalla definitiva que podía compensar toda una vida.

Novela existencial, El desierto de los tártaros, que nos pone frente a los deseos que dan sentido a la existencia del hombre; pero también frente al dolor que ocasiona su incumplimiento, y cómo a veces dejamos escapar los años, a la espera de algo que supuestamente nos debería cambiar la vida. Tentación sin satisfacción, como en el mito de Tántalo, o como en el poema de Kafafis, “Esperando a los bárbaros”, que sin duda leyó Dino Buzzati, y que concluye con estos versos, después de que los romanos esperaran en vano su llegada:

“¿Y qué va a a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.”

La España vacía

La España vacía está formada por las dos Castillas, Extremadura, Aragón y la Rioja y tiene una extensión de 268.083 kilómetros cuadrados, sin costa, el 53 % del territorio; pero en ella vive tan solo el 15’8 % de la población. Esto supone un desequilibrio, que no ha sido corregido ni por el progreso ni por la riqueza, y que convierte a nuestro país en una “rara avis” dentro de Europa.

De esta certeza se parte en un ensayo, en el que Sergio del Molino, nos propone “un viaje a través del tiempo y del espacio de un país insólito que está dentro de otro país”. Un viaje, donde no sólo expresa su visión personal y directa de estas tierras sino también la que nos han dejado sobre ella otros autores en la literatura, el arte y el cine.

España ha sido un país fundamentalmente rural hasta bien entrado el siglo XX. La urbanización del mismo, con ciudades que duplicaron y triplicaron su población y su tamaño, se produjo en apenas veinte años, entre 1950 y 1970, cuando tuvo lugar un éxodo masivo de personas, huyendo de la miserable vida en los pueblos, que terminó por vaciar estos. Es lo que el autor denomina el Gran Trauma y que refleja críticamente la película “Surcos”, estrenada en 1951, en plena dictadura franquista.

Pero los emigrantes se llevaron el recuerdo de la España vacía a las ciudades; porque “existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos”. Y algunos de sus hijos, convertidos en artistas, han vuelto a los orígenes familiares, en busca de una inspiración que rompa con el mundo homogéneo y plano de las ciudades. Son los “viejóvenes”, entre los que se incluye el propio Sergio del Molino, quien, por una parte, manifiesta su asombro ante el hecho de que esta parte de España siga vaciándose, con la desaparición en pocas décadas de sus miles de pueblos; y por otro lado tiene la certeza de que su recuerdo permanecerá: “Mirar en los rincones de la España vacía de los que procedemos es mirar dentro de nosotros mismos. Nuestros paseos, como los de Machado, son ensimismados. Es mediante el solipsismo como recreamos el mundo perdido de nuestros abuelos y bisabuelos. Tras un proceso que está a medio camino entre la meditación y el espiritismo, creemos recuperar un pasado que nos pertenece y que está contenido en las palabras viejas”.

Para corroborarlo, cita dos novelas, de las que hemos hablado en el club de lectura del IES Gran Capitán: “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares, que cuenta los últimos años de vida del último vecino del pueblo de Ainielle, que representa a todos los pueblos de la España vacía; e “Itemperie” de Jesús Carrasco, donde encontramos a un niño que huye de casa y se enfrenta a la soledad del mundo perdido de esta parte de nuestro país. El autor, además, narra la historia mediante un lenguaje vernáculo, que evoca con eficacia este mundo: “Reparó en una construcción en la que no se había fijado antes: un chamizo piramidal levantado con ramas cortadas a los árboles del fondo. De sus paredes colgaban cinchas, cuerdas, cadenas, una lechera de hierro y una sartén ennegrecida (…) Entre la casucha y la chopera había un cercado de albardín trenzado, sostenido por cuatro palos en el suelo.” En estas palabras, que los “viejóvenes” escucharon a sus abuelos, está presente la España vacía. Así que la literatura ha acabado impregnando la educación y la sensibilidad de varias generaciones de españoles.

En su reflexión, Sergio del Molino recuerda algunos intentos por redimir a esta España, que se realizaron durante el periodo republicano, es decir, con anterioridad al Gran Trauma. Uno de ellos es el de las Misiones Pedagógicas, formadas por intelectuales y artistas, que llevaron la cultura (poesía, teatro, música, pintura y cine) a los pueblos más recónditos; y otro la creación de bibliotecas, con libros para niños, jóvenes y adultos, que eran llevadas por los propios vecinos. Desgraciadamente, cuando ambos proyectos de transformación social empezaban a afianzarse, estalló la guerra civil y la dictadura franquista los liquidó.

Con el restablecimiento de la democracia en 1977, aparentemente, se compensó la irrelevancia económica de la España vacía con una sobredimensión política, mediante una ley electoral, que asigna los escaños por provincias y que beneficia claramente a las zonas rurales, más conservadoras. Sin embargo, la verdadera intención era “garantizar mayorías parlamentarias estables”, pues esta ley electoral ha propiciado un sistema “turnista” entre el PSOE y el PP, los cuales han obtenido mayorías amplias en el congreso, con menos del 40 % de los votos, y por tanto por encima de lo que les correspondería en un sistema proporcional. Todo ello, sin que haya repercutido en mejoras para estos pueblos, y en detrimento de los partidos minoritarios, particularmente el PCE, cuya representación parlamentaria nunca se ha correspondido con el porcentaje de votos recibidos.

En medio de la reflexión, surgen momentos líricos que revelan la condición de novelista de Sergio del Molino, como éste en el que el propio escritor se lanza al río Ladrillar, que separa Castilla de Extremadura por la región de Las Hurdes, para refrescarse: “Hago el muerto, floto con las orejas dentro del agua. Mis oídos oyen el río y mis ojos ven los pinos de la orilla, el puente y un cielo con nubes algodonosas. No se puede estar mejor. No hay sitio más bello. No hay baño más fresco que éste. Oigo un ciclomotor. Me vuelvo. El labriego se ha montado en él, sin secarse y sin ponerse la camiseta, y huye ladera arriba. Ha dejado en el río todo su calor y toda su angustia y ahora se marcha ligero. Yo también me siento leve. Es verano.”.

Hoy día, el pasado literario o artístico se ha convertido en la mayor promesa de futuro en muchas zonas de la España vacía: los turistas van a La Mancha para seguir los pasos de don Quijote; o visitan pueblos, como La Puebla de Sanabria, Almagro o Albarracín por su pasado medieval.

Este libro de Sergio del Molino, publicado en 2016, es, como ha escrito Muñoz Molina, “un ensayo en movimiento”, que no sólo nos ofrece su propio testimonio de viajero, que ha pateado los pueblos deshabitados de esta amplia zona de nuestro país, sino también las impresiones de otros viajeros, las cuales no se limita a presentar objetivamente. Al contrario, las juzga y las contrasta con las suyas. Es un ensayo en movimiento, también, porque su estructura no sigue un orden cronológico sino que el autor se deja llevar, en su exposición, por esa combinación a la que nos referimos, sin que eso suponga un obstáculo para la lectura. Y es un ensayo necesario, porque cada vez que nos adentramos en esa enorme extensión de la España vacía, donde los pueblos distan mucho unos de otros, se experimenta una sensación de extrañeza, sobre todo para los que vivimos en las ciudades, y al mismo tiempo de pertenencia, porque muchos, o hemos nacido o hemos vivido en uno de esos pueblos casi deshabitados, donde los vecinos, en apariencia huraños, a causa de la soledad en la que viven, se vuelcan en atenciones con los visitantes y usan un lenguaje con el que nos identificamos y que nos reconcilia con un pasado ya perdido.

Canto a la libertad de la mujer

Tiene un inicio desconcertante esta novela, cuando un hombre se acerca a Marguerite Duras, ya entrada en años, y le dice: “La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora”.

Es una simple anécdota, pero le sirve a la autora para situarnos en el territorio de los recuerdos, particularmente, cuando ella tenía quince años y medio y estaba en un pensionado estatal, en Saigón, porque en ese tiempo, vivió la historia de amor que se cuenta.

El desarrollo de la misma no es lineal, porque se entremezcla con otros recuerdos, sobre todo de su familia, en el periodo en que se encontraban en la antigua colonia francesa de la Conchinchina.

Pero Marguerite Duras sabe crear el clima emocional que dio lugar a la relación entre ella y el comerciante chino, describiéndose a sí misma, acodada en la borda del barco, con los labios pintados de rojo, un sombrero de fieltro de hombre, un vestido de seda transparente y unos zapatos dorados; y describiendo también brevemente al que sería su amante: “En una limusina hay un hombre muy elegante que me mira. No es blanco. Viste a la europea, lleva el traje de tusor blanco propio de los banqueros de Saigón. Me mira”.

Le bastan estas palabras para sugerir que el deseo está presente en quienes lo provocan con la mirada. Incluso el río Mekong, con su corriente impetuosa que todo lo arrastra, se convierte en una aliado de la pasión amorosa.

Sus recuerdos divagan por la vida de la familia en la colonia y en su posterior regreso a Francia; pero las referencias continuas a la limusina negra, donde viaja el hombre rico, mantienen vivo el interés del lector en torno a lo que va a ocurrir.

Nos sorprende la seguridad de la joven, su certeza de que entrar en la limusina por primera vez va a cambiarle la vida para siempre. También su determinación para dejarse arrastrar por el deseo, ajena a cualquier prejuicio social. Y sorprende igualmente que, cuando están juntos, nunca hablen de ellos, quizá porque tienen conciencia de que un futuro en común no es imaginable, a causa de la diferencia racial, tan mal vista en aquella sociedad.

Tampoco se habla durante las comidas a las que él invita a la familia de ella, porque su madre y sus dos hermanos, dan por sentado que se trata de una relación basada en el dinero y no en el amor, como se comenta en la ciudad: “Tan sólo esa vestimenta implica ya deshonra. La madre no tiene sentido de nada, ni de la manera de educar a una niña. La pobre. No crea, ese sombrero no es inocente, ni tampoco el carmín de los labios, todo eso significa algo, no es inocente, tiene un significado, es para atraer las miradas, el dinero”.

Pero lo que más sorprende es la incomunicación dentro de la familia: “Nunca buenos días, buenas tardes, buen año. Nunca gracias. Nunca una palabra. Nunca la necesidad de pronunciar una palabra. Todo permanece mudo, lejano. Es una familia pétrea (…) Cada día intentamos matarnos, matar. No sólo no se habla sino tampoco se mira. Desde el momento en que se nos ve, no se puede mirar”.

Así, avanza la historia, aunque entreverada con el recuerdo de otras mujeres igualmente censuradas, por haber ejercido su libertad, por haber tenido amantes, por haberse entregado a la “infamia” del placer.

Intuimos que este ir y venir de recuerdos tiene una razón de ser, que sólo se nos da a entender bien avanzada la novela: Margarite Duras probablemente está viendo fotografías, que le evocan vivencias diferentes, las cuales nos cuenta, utilizando la primera persona, que se corresponde con ella misma, y la tercera persona de un narrador omnisciente, que proporciona objetivad a los hechos, en línea con la corriente literaria de la “nouveau roman”, donde suele incluirse a la autora francesa.

Ha sido una experiencia muy agradable volver a leer esta novela, por la que Marguerite Duras ganó el Premio Goncourt en 1984, porque, aparte de su calidad literaria, en el fondo, es un canto a la mujer, un reconocimiento de sus derechos como ser humano, como le dice la madre a la directora del pensionado, para que no controle las horas de regreso de su hija, cuando ya se conoce la relación con el comerciante chino: “es una niña que siempre ha sido libre, sin eso se escaparía, ni yo misma, su madre, puedo hacer nada contra eso, si quiero conservarla, debo dejarla libre”.

El informe de Brodie


Tienen los cuentos de Borges una peculiaridad: que nos invitan a releerlos. Sea por las citas, con frecuencia, literarias, o por las referencias concretas a las fuentes, con las que suele encabezarlos, sea por la cuidada construcción de los mismos, incluidos los desenlaces sorprendentes, lo cierto y verdad es que acabamos releyéndolos y descubriendo aspectos que habían pasado inadvertidos en una primera lectura.

Así, en el magistral “La intrusa” percibimos que el terrible final, que se cuenta de forma lapidaria (“Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no habrá más perjuicios”) está anunciado sutilmente, antes, en la presentación de los hermanos, como dos hombres propensos a la pelea. O el protagonismo que alcanzan las armas en el titulado “El encuentro” también se nos sugiere bastante antes del final, con la visita del niño Borges al interior de la casa. Y algo similar acontece en “Juan Muraña”, donde el sueño que tiene su sobrino, Emilio Trápani, es un presagio del desenlace.

Esto revela la sólida armazón de los cuentos, donde se unen –en palabras de Ricardo Piglia, gran estudioso de la literatura borgiana- la civilización y la barbarie. La primera, que le vendría al autor argentino de su padre, que contaba con una nutrida y variada biblioteca; mientras que la segunda tendría relación con los antepasados de su madre, entre los que había “soldados y estancieros”, y con la propia historia argentina, donde se encuentra la figura del gaucho, habitante de las llamadas “tierras de nadie”, que no obedecía ni aceptaba las normas sociales y de trabajo.

La mayor parte de los que integran El informe de Brodie son un buen ejemplo de esta alianza entre civilización y barbarie, pues suelen partir de algo que ha oído o leído el autor, para a continuación contarnos historias, donde predominan la violencia y las pasiones.

Por ejemplo, “La intrusa” comienza así: “Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido…”. Y las primeras palabras del titulado “El informe de Brodie” son estas: “En un ejemplar del primer volumen de las Mil y una noches (Londres, 1840) de Lane, que me consiguió mi querido amigo Paulino Keins, descubrimos el manuscrito que ahora traduciré al castellano…”.

La temática es variada: desde el tiempo, que aparece, en todos los cuentos, en especial la idea circular del mismo; pasando por la preocupación por el destino, que se reconoce, por ejemplo, en “Historia de Rosendo Juárez”, personaje que, cuando toma la decisión de no pelear, se rebela contra lo que había sido su vida; hasta la violencia y muerte, pues en casi todos se producen o se anuncian duelos o asesinatos, como en el extraordinario “El evangelio según San Marcos”.

El punto de vista narrativo corresponde predominantemente a una primera persona, que frecuentemente no es Borges, sino un personaje de clase social baja, que le cuenta algo vivido por él mismo. Y lo hace de forma lineal, con sentido del ritmo, mediante un lenguaje sencillo y directo, y demorándose en los prolegómenos, con el fin de captar la atención del oyente, como en las historias orales.

Curiosamente Borges, cuando publicó este libro, llevaba más de veinte años escribiendo sus cuentos de memoria y dictándoselos después a su mujer o a sus amigos, porque se había quedado ciego.

Hablaremos de El informe de Brodie mañana, miércoles, a las 18:30, en el club de lectura del instituto.

Todo en la vida es negociable


Desde el principio, nos encontramos a un personaje, Huguito, que vive en la ensoñación de ser único y de que el destino le tiene reservado algo bueno y especial, tal y como sucede en otras novelas de Luis Landero, como Juegos de la edad tardía y Hoy Júpiter. Esto le genera unas expectativas que se ven incrementadas por el conocimiento de dos secretos -el que le cuenta su madre, que aparentemente tiene que ver con la salud mental de esta, y el que le revela su padre sobre la particular forma de llevar sus negocios-, los cuales cambian su papel en la vida, porque de débil pasa a ser fuerte, de dominado a dominador:

“Comimos los tres en silencio, no un silencio único para todos sino cada cual metido en el suyo propio, y era curioso, porque mi madre, quizá alarmada por el temor de que hubiese podido contarle el secreto a mi padre durante nuestras correrías laborales, no se atrevía a mirarlo, y en cuanto a mi padre, cohibido por mi presencia y avergonzado de sus fechorías, no se atrevía tampoco a mirarnos ni a mi madre ni a mí, y solo yo podía encararlos sin miedo, con la seguridad de que ellos no se arriesgarían a enfrentar mi mirada”.

También contribuyen a generarle confianza en sí mismo algunas frases que encuentra en uno de los libros de su padre: “No hay nada que no puedas ser, no hay nada que no puedas hacer (…); Más vale poner nuestra meta alta y quedarse corto que ponerla baja y conseguirla; (…) Cree, sueña, atrévete”.

Así, pues Landero dota al personaje de las armas necesarias para vivir sus ensoñaciones, como Cervantes a don Quijote; pero estas no acaban materializándose. La vida de Huguito se desarrolla del sueño a la decepción y de la decepción al sueño, en una sucesión ininterrumpida e interminable, contra la que no puede hacer nada: campesino, sabio, comerciante… Es el pesado fardo de los deseos imposibles, o mejor dicho, que sólo lo son en la imaginación de personajes como él, y que le llevan a choques continuos contra la realidad, aunque siempre se libra del descalabro, gracias a un destino fatal, el de peluquero, que le persigue y al que siempre acaba adaptándose.

Y del mismo modo que don Quijote necesitaba a su escudero Sancho Panza, que representa la racionalidad y el sentido común, para acompañarle en sus aventuras, él necesita a Leo, su mujer, para ayudarle a realizar sus maravillosos proyectos de trabajo.

La historia está escrita en primera persona, frente al narrador omnisciente que predomina en la mayoría de sus novelas anteriores, con la inmediatez y autenticidad que ello implica, pues el protagonista imagina que cuenta su vida a un auditorio fiel de pelucandos, a partir de un presente incierto.

Luis Landero confirma con esta novela su extraordinaria capacidad de narrador, engarzando hábilmente unos acontecimientos con otros, unas fantasías de Huguito con otras; y su estilo brilla, como siempre, en las descripciones sutiles y penetrantes, como esta del silencio: “Y ahora entra en escena otra vez el silencio, su majestad el silencio, el que a veces te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, el urdidor de equívocos, de esperanzas, de angustias, de culpas, de las más fantásticas sugerencias e hipótesis, (…) el histrión desvergonzado al que no le importa hacer público lo inconfesable sin miedo ni rubor, el mago que convierte lo claro en turbio y lo inescrutable en evidente, el que con más secreta elocuencia nos define, porque tanto o más que nuestras palabras los demás nos conocen e intuyen por nuestros silencios”.

Es el estilo que le permite penetrar en el interior del protagonista, para descubrirnos su miseria moral, su capacidad de odio y venganza, cuando su proyecto de regeneración fracasa; pero también su aversión al tedio, que da lugar a nuevos proyectos de vida: “Era el tedio, el monstruo del tedio, que venía con su cara de ceniza y su lento desfilar al ritmo del tambor, y su lúgubre cortejo de fantasmas, a clausurar oficialmente mi vida con el sello mortal de la monotonía. No hay trabajo más agotador e insufrible que la rutina frustrante de las horas, los días, los meses, todos iguales a sí mismos, el mismo trayecto diario, las mismas calles, la misma plaza…”

Y siempre haciendo gala de un sentido del humor inteligente e irónico, como cuando el brigada Ferrer le habla de la autoridad de los peluqueros sobre los pelucandos, que “es comparable acaso a la del médico con sus pacientes o a la del sacerdote con sus feligreses. Al peluquero le cuentan lo que a nadie se atreverían a contar, secretos sobre su trabajo, sobre su matrimonio… Y es que, de algún modo el cabello es la extensión del pensamiento y hasta de la conciencia”. O cuando su amante, la coronela, le da a entender a Huguito, el mecanismo para saber si su marido, el coronel, está en el cuartel: “Y ella desde el sueño dijo algo de un banderín y una corneta, y señaló a una ventana, y yo comprendí enseguida, porque desde la ventana se veía un banderín que, en efecto, permanecía arriado cuando el coronel estaba fuera del campamento, y al llegar se izaba, al tiempo que se daba un toque de corneta…”.

Merece la pena soñar con un futuro mejor, con un trabajo que colme nuestros deseos y nos asegure una vida digna, tal como hace el protagonista de esta novela, frente a la resignación de otros personajes, como el viejo peluquero Baltasar; pero siendo consciente de nuestras limitaciones, porque en la vida, como sugiere el título, todo es negociable, empezando por uno mismo.

El sermón del bufón


El pasado jueves vimos, en el Teatro Talia de Valencia, “El sermón del bufón”, obra escrita, dirigida e interpretada por Albert Boadella, en la que, con sentido del humor y originalidad, desdobla su personalidad entre El Niño Albert y el viejo Boadella.

Durante la misma, hace un repaso de su vida como comediante, especialmente su experiencia con el grupo Els Joglars, entremezclándolo con reflexiones personales y controvertidas sobre la transgresión, la política, la modernidad, el nacionalismo, etc.

En la hora y cuarenta y cinco minutos que duró la representación, disfrutamos con su ácido sentido del humor; con sus dotes de actor -muy conseguidas las parodias de Jordi Pujol y el rey Juan Carlos-; y con la proyección de fragmentos importantes de sus obras -“Teledeum”, “La Torna”, “Ubu President”, “La increíble historia del Dr. Floid & Mr. pla”, Daalí, etc.-, que nos hicieron recordar un pasado ya lejano.

Pero, al mismo tiempo, nos sorprendieron sus opiniones radicales y despectivas sobre el arte moderno -particularmente desafortunada su descalificación del Museo Reina Sofía y el Guernica de Picasso-; sobre movimientos, como el feminismo y el ecologismo, que están contribuyendo a un mundo más igualitario y respetuoso con el medio ambiente; sobre las óperas de Wagner, un personaje polémico, pero un músico sin duda brillante; etc.

Son impresiones contrapuestas, lecturas quizá contradictorias, que se pueden hacer de un montaje original, ágil y divertido, como el propio Albert Boadellla.