Vigencia de Edipo rey

Quizá la pervivencia y actualidad de Edipo rey derive de algunos aspectos de su argumento: la historia de un niño, que es abandonado por su propio padre, y queda expuesto a los peligros de la naturaleza; pero logra vencer a la muerte y renacer a una vida nueva. Se trata de un rito iniciático, común a muchos pueblos, incluido el griego, pues también los espartanos sometían a sus jóvenes a una prueba de madurez.

Pero lo sorprendente es que una obra escrita hace más de 2.500 años sea capaz de encandilarlos, prácticamente, desde el principio, con una estructura in media res, que nos lleva a preguntarnos sobre el pasado de este rey valiente y justo, que es acusado por Tiresias de haber matado a su propio padre y de haberse casado y engendrado hijos con su propia madre.

Desde esta escena tensa entre el viejo adivino y Edipo, acompañamos a éste en su indagación para conocer la verdad, que puede salvar a Tebas de la peste. Intuimos que el proceso va a ser doloroso, porque los dioses no suelen confundirse; pero al mismo tiempo, como Edipo, mantenemos la esperanza de su inocencia. Sin embargo, a medida que se van conociendo datos sobre los hechos, sufrimos con él y con Yocasta, su mujer, la cual relativiza la posibilidad del incesto: “Tú no sientas temor ante el matrimonio con tu madre, pues muchos son los mortales que antes se unieron a su madre en sueños”.

Es curioso que se atribuya a Freud el haber acuñado el término “complejo de Edipo”, cuando en realidad ya estaba en la obra homónima de Sófocles, en concreto, en las palabras que acabamos de reproducir de Yocasta.

La intriga, con respecto a la verdad oculta, logra mantenerla Sófocles con maestría y, al tiempo que avanza en el proceso de búsqueda, va construyendo un personaje redondo, que evoluciona desde la incredulidad y el enfado, pasando por las dudas cada vez más razonables, a medida que se van sumando testimonios en su contra, hasta el dolor y la desesperación, cuando definitivamente se enfrenta a ella.

En este proceso, además, nos acompaña el coro, personaje colectivo que comenta y juzga lo que sucede en escena, y que representa al pueblo tebano. Y del mismo modo que nos identificamos con Edipo, deseamos con el coro que se produzca la conciliación, primero, entre Tiresias y el rey y, después, entre el éste y Creonte, aunque sabemos que es imposible, porque el proceso no tiene marcha atrás.

Así, hasta un final no por previsible menos inquietante, porque quizá nos encontramos al Edipo más humano de toda la obra, preocupado por el destino de sus hijas: “Lloro por ustedes dos –pues no puedo mirarlas-, cuando pienso qué amarga vida les queda y cómo será preciso que pasen sus vidas ante los hombres. ¿A qué reuniones de ciudadanos llegarán, a qué fiestas, de donde no vuelvan a casa bañadas en lágrimas, en lugar de gozar del festejo? Y cuando lleguen a la edad de las bodas, ¿quién será, oh hijas, el que se expondrá a aceptar semejante oprobio, que resultará un ruina para ustedes dos como, igualmente lo fue para mis padres?”.

Un final, que no solo le afecta a él, sino a todos nosotros, porque, como dice el Corifeo: “ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso”.

Hablaremos de Edipo rey esta tarde, en el club de lectura del instituto, a las 18 horas, en la biblioteca.

Idiota

Como bien señala, en el programa de mano, Israel Elejalde, “Idiota”, se asienta en dos ejes: el primero es el prototipo de tonto, es decir, ese tipo de persona que ninguno deseamos ser, que está lejos de nosotros, pero que en realidad se encuentra muy cerca; y el segundo es lo que los griegos llamaban “Deus ex machina”, que está por encima de nosotros, pero que, lo queramos o no, mueve nuestras vidas. Ambos ejes se perciben, desde el inicio de la representación, pues los encarnan los dos personajes de la obra: el hombre arruinado, a punto de sufrir el deshaucio de su local, que se presta a participar en lo que él cree un sencillo experimento, a cambio de mucho dinero; y la mujer que dirige éste, planteándole las preguntas que debe responder satisfactoriamente.

El problema surge porque el experimento es una reflexión sobre la propia vida,  y está lleno de trampas. Es el sino de este tiempo de la globalización, anticipado por Orwel en “1984”, en el que todo está controlado por un gran hermano, representado por los poderes económicos, que conoce todo sobre nosotros. A él nos debemos, somos sus esclavos, y no podemos rebelarnos, porque el chantaje en forma de descrédito es su principal arma disuasoria. Y si esto no fuera suficiente, todos tenemos un precio, nadie es capaz de resistirse al chantaje económico, o al menos éste es el mensaje que nos transmite la obra.

La puesta en escena es sencilla: los personajes se encuentran en una especie de cámara acorazada, en la que se puede entrar, pero no salir, hasta que no se realicen todas las pruebas. Dos mesas y sus respectivas sillas, separadas y situadas una frente a la otra, completan la escenografía, remarcando la distancia entre quien dirige el experimento y quien lo padece.

Los personajes, perfectamente interpretados por Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert, entre los que se establece una gran complicidad, evolucionan a lo largo de la obra: desde el mundo falso de las apariencias, al que les obliga la sociedad, en función del rol que desempeñan en ella, hasta mostrar sus capas más profundas, los miedos que les atenazan, que son en realidad nuestros propios miedos.

Ficha técnica:

Autor: Jordi Casanovas

Dirección: Israel Elejalde

Interpretación: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert

Sala: Teatro Kamikaze de Madrid

Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía

El pasado viernes vi, en el Teatro Español de Madrid, “Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía”, y la verdad es que experimenté sensaciones contrapuestas, a lo largo de la representación. La primera parte está constituida por diálogos breves y ágiles entre dos vecinos, que conversan, superficialmente, aunque con ironía y sentido del humor, sobre la cuestión judía, con el lastre de los oscuros que separan estos diálogos, porque le restan continuidad a la obra y te hacen entrar y salir de ella.

Sin embargo, los últimos veinte minutos son un monólogo del vecino del piso de arriba, el propio autor, quien, a partir de comentarios de lectores, logra ofrecernos una dimensión auténtica del drama judío.

Aparentemente, nada tienen que ver las dos partes; pero el espectador las percibe como un todo: a la ligereza y el ingenio del presente de los dos vecinos, le suceden la emoción y el dramatismo del pasado del propio autor, que cuenta una historia enternecedora que logra unirlas.

Es curioso cómo un montaje teatral puede ofrecer estas dos dimensiones de un mismo hecho, llevando al espectador de una a otra, con sutilidad, pero eficacia; pero “Serlo o no. Para acabar con la cuestión judia” lo consigue.

Además, con una decoración sobria, que nos sitúa en el rellano de la escalera donde se cruzan los dos vecinos, y con interpretaciones magistrales, especialmente de Josep María Flotast, capaz de pasar de la ironía a la ternura en apenas un instante.

Al final, cuando acabó la representación, hubo un silencio, que pareció eternizarse -justo el tiempo para que los espectadores tomáramos conciencia de lo que habíamos presenciado-, al que le siguió un aplauso unánime y sostenido.

Ficha técnica:

Autor: Jean Claudel Grumberg

Traducción: Mario Armiño

Direccion y puesta en escen: Josep María Florast

interpretacion: Josep María Flotast y Arnaldo Puig

Sala: Teatro Español de Madrid

La ley del menor

A pesar de su brevedad, es una novela muy bien documentada, lo cual da credibilidad a la historia que se cuenta. Lo apreciamos en diversos ámbitos, pero sobre todo en la administración de la justicia, pues Fiona, la protagonista, que ejerce como jueza, argumenta sus sentencias con rigor y meticulosidad, como por ejemplo el caso de los siameses Mark y Matthew, donde, basándose en la “doctrina de la necesidad”, autoriza la separación de ambos para salvar la vida del primero, aunque sabe que va a ocasionar la muerte del segundo.

También, se aprecia en el ámbito de la música, que es la afición favorita de Fiona: “Con infinita paciencia tanteaba dos notas que se repetían, añadía otra y después repetía las tres, y hasta la cuarta línea no se estiraba por fin, exuberante, hacía arriba, para convertirse en una de las más deliciosas que el compositor había concebido nunca”. Así, con esta sensibilidad y conocimiento musical describe su interpretación al piano de una pieza de Mahler.

E igualmente en el mundo de los testigos de Jehová, religión que practica Adam, quien se resiste a recibir una transfusión de sangre, porque lo prohíbe la Biblia: “Mezclar tu sangre con la un animal o la de otro ser humano es una infección, una contaminación. Es un rechazo del maravilloso don del creador. Por eso, Dios lo prohíbe específicamente en el Génesis, en el Levítico y en los Hechos”.

Esta meticulosidad en la documentación, que parece ser marca de la casa, se ajusta como un guante al carácter de Fiona, personaje que resulta admirable por la entrega absoluta a su trabajo, lo cual llega a afectar negativamente a su propia vida familiar. Tanta es su relevancia en la novela que, a pesar de estar escrita desde el punto de vista del narrador omnisciente, percibimos la presencia de Fiona tras esta voz narradora, impregnándola de una racionalidad que se refleja en el estilo frío, objetivo y austero en el que está escrita la novela.

No obstante, hay momentos en los que el lenguaje se enriquece con las galas de la literatura, como, cuando Fiona va al hospital para comprobar la madurez de Adam, en su drástica de decisión de rechazar la transfusión sanguínea, que puede costarle la vida. Ambos interpretan una canción, ella cantando y él tocando el violín, que va a abrirle al chico una perspectiva diferente de la vida:

“En la primera estrofa los dos fueron a tientas, casi como disculpándose, pero en la segunda sus miradas y, olvidando por completo a Marina, que ahora estaba de pie junto a la puerta, Fiona elevó la voz y el desmañado arqueo de Adam se volvió más osado, y acometieron el acento afligido del lamento que vuelve la vista atrás:

Estábamos junto al río mi amor y yo en un campo,

y en mi hombro inclinado ella posó su mano de nieve.

Me pidió que tomará la vida con calma,

tal como la hierba crece en las riberas;

pero yo era joven e insensato y ahora soy todo llanto”

Lo que expresan los versos de William Yeats es justo lo que Fiona le da a entender a Adam: que existe otra forma de vivir, que piense detenidamente su decisión. Y éste, un joven de 17 años, va a entender el mensaje, pero intentando unir su destino al de ella, una mujer madura, lo cual condiciona el desenlace de la historia, porque Fiona también va a experimentar un cambio, en ella también se produce una inmersión, que la conmueve por dentro y que la sitúa frente a su vida anterior.

Esta es la historia principal, un conflicto entre la racionalidad, representada por la jueza, y la fe, encarnada por Adam, aunque entre medias se suceden una serie de casos, que la primera debe resolver y donde aparecen temas de gran trascendencia social, como el radicalismo religioso, las separaciones matrimoniales y la prevalencia de las necesidades de los niños sobre las de los padres o viceversa.

Ian McEwan quizá trata de abarcar demasiado sin profundizar en nada; pero lo que no se le puede negar es su maestría para narrar:

“Fiona y Marina siguieron letreros escritos con rotulación de autopista. (…) Doblaron hacia un pasillo ancho y brillante que les condujo a un rellano de ascensores y subieron en silencio a la novena planta, donde otro pasillo idéntico las encaminó, después de doblar tres veces a la izquierda, hacia Cuidados Intensivos. Sobrepasaron un mural vistoso de unos monos cantando en la selva. Ahora, finalmente, el aire estancado olía a hospital, a comida cocinada y retirada hacía mucho tiempo, a antisépticos y, con intensidad más tenue, a algo dulce. Ni fruta ni flores.”

Con esta precisión y capacidad para sugerir el aspecto y el olor característico del hospital, cuenta el recorrido que hacen estas dos mujeres por el interior del mismo hasta el lugar donde se encuentra Adam.

Y también para generar la intriga, por ejemplo, cuando Fiona, antes de comenzar el concierto en honor de los magistrados, recibe una información por parte del juez Sherwood, que no sabemos cuál es, pero que, poco a poco, vamos intuyendo, por las sucesivas reacciones de ella: primero su compañero de concierto, Mark, le dice: “Estás pálida”; después, durante la interpretación, “Fiona tocaba como si el piano se ocupara de sí mismo” (…) “también sabía que avanzaba con paso majestuoso hacia algo horrible. Era verdad, no lo era. Sólo lo sabría cuando la música cesara y tuviera que afrontarlo” (…) “Tenía un gusto metálico en la boca”. Así, va creando la intriga, en torno a la noticia que le ha dado el juez, hasta que nos da la pista definitiva, cuando Fiona y Mark interpretan la misma canción que ella había interpretado con Adam en el hospital. Es el trágico desenlace de la novela, en el que ella se ve implicada, sin haber sido muy consciente de ello.

Hablaremos sobre esta novela el próximo lunes, 7 de noviembre, a las 18 horas, en la sesión del club de lectura del instituto.

Ricardo III o la ambición sin límites

La imagen que nos transmite Shakespeare de Ricardo III es la de un personaje ambicioso, malvado y falso, capaz de rebelarse contra el rey legítimo y de ordenar la muerte de todos sus rivales, incluidos dos sobrinos pequeños, para conseguir el trono.

Aunque el dramaturgo sin duda exagera la violencia y la falta de escrúpulos morales con la que actúa el protagonista, este comportamiento era normal en la Inglaterra del siglo XV, caracterizada por un ambiente de guerras y conspiraciones entre las diferentes facciones de la nobleza.

Ricardo III representa, quizá como ningún otro personaje literario, la principal regla que debe seguir un gobernante para acceder y conservar el poder, según El Príncipe de Maquiavelo: el fin justifica los medios.

Y es en este aspecto, donde la obra de Shakespeare tiene plena actualidad, pues, del mismo modo que Ricardo no repara en medios para conseguir el trono de Inglaterra, el gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, en nombre de la seguridad del país, montó una compleja red para espiar a sus propios aliados, según ha revelado Edward Snowden, o mantiene, desde 2002, en Guantánamo, una cárcel de alta seguridad, donde se violan sistemáticamente los derechos humanos.

Pero el valor de Ricardo III, como el de las grandes obras de la literatura universal, reside en la forma. En concreto, en el estilo rico y variado, en la capacidad para generar y mantener la intriga, y en la maestría para descubrir y profundizar en las pasiones humanas.

El primero lo reconocemos tanto en el uso brillante de las figuras retóricas, como en la habilidad para construir los diálogos, siempre fluidos y acompasados:

“GLOUCESTER.- Tú, más bella que lo que la lengua puede decirte, déjame un rato de paciencia para excusarme.

ANA.- Tú, más vil que lo que el corazón puede pensarte, no puedes dar excusa válida sino ahorcarte.

GLOUCESTER.- Con tal desesperación, me acusaría a mí mismo.

ANA.- Y, desesperando, quedarías excusado por hacer digna venganza en ti mismo, tú que diste indigna muerte violenta a otros.

GLOUCESTER.- ¿Y si no les hubiera matado?

ANA.- Bueno, entonces, no estaría muertos, pero muertos están, y por ti, esclavo diabólico.”

La intriga se genera desde el monólogo inicial, donde Gloucester, es decir Ricardo, anuncia los actos violentos que va a cometer; sigue con el sueño del rey Eduardo IV, donde se le augura que su progenie será desheredada; continúa con las maldiciones de Margarita, viuda del rey Enrique IV, advirtiendo a todos de que Ricardo los traicionará; etc.

Y sobre todo Shakespeare es el escritor de las pasiones humanas y los conflictos que provocan estas. Por ejemplo el complejo físico del protagonista, que ha nacido deforme y poco agraciado, desencadena en él un deseo de hacer el mal, que condiciona toda la acción:

“Pero yo, que no estoy formado de bromas juguetonas, ni hecho para cortejar a un amoroso espejo; yo, que estoy toscamente acuñado, y carezco de la majestad del amor para pavonearme ante una lasciva ninfa contoneante; yo, que estoy privado de la hermosa proporción, despojado con trampas de la buena presencia por la Naturaleza alevosa; deforme inacabado, enviado antes de tiempo a este mundo que alienta (…) Puesto que no puedo mostrarme amador, para entretenerme en estos días bien hablados, estoy decidido a mostrarme un canalla, y a odiar los ociosos placeres de estos días.”

Los personajes de las obras de teatro de Shakespeare representan prototipos de caracteres o pasiones humanas: Otelo es el hombre celoso; Romeo y Julieta son los enamorados que mueren por amor; Hamlet es la venganza; y Ricardo III es la ambición sin límites. Y es curioso, cómo, a medida que avanzamos en la lectura, este personaje malvado nos va cautivando poco a poco, especialmente por su extraordinaria capacidad de persuasión, hasta el extremo de entender de alguna manera su comportamiento indigno. Quizá sea porque la literatura, y la de Shakespeare más que ninguna, tiene esa fuerza de atracción y seducción.

Los internados del miedo

Este libro fue posible gracias a la investigación llevada a cabo por sus autores, Montse Armengou y Ricard Belis, para elaborar el documental del mismo nombre. Es un retrato coral de los miles de niños y niñas que sufrieron maltratos físicos o psíquicos, abusos sexuales, explotación laboral y prácticas médicas dudosas, en los internados, mayoritariamente religiosos, durante la dictadura franquista y hasta bien entrada la democracia.

Las víctimas son fundamentalmente hijos de madres solteras o que se encontraban en las cárceles, de mujeres separadas, o de chicas embarazadas incestuosamente por sus familiares. Muchas de ellos fueron encerrados, desde su nacimiento hasta la mayoría de edad, en estos centros, donde además de sufrir abusos, malcomían y eran adoctrinados en los principios del régimen franquista:

“¡Estáis en desgracia permanente y por esta razón habrá que coger el látigo para sacar vuestro demonio, que vive en vuestras oscuras almas con tan morbosa satisfacción! ¡Habrá que borrar el pasado y de hoy en adelante seréis sometidos a la más estricta obediencia! ¡Recordad que habéis llegado abandonados de todo y algunos en condición de maleantes, mendicantes y viciosos!”

Con estas palabras llenas de odio Eulalia Arqué, superiora de la Casa de la Caridad de Barcelona, se dirige a los desvalidos e indefensos niños allí acogidos.

Por eso, lo que más recuerdan de su estancia en estos centros es el miedo: “si alguien alzaba el brazo, aunque fuera para rascarse la cabeza, nosotros instintivamente levantábamos la mano como defensa… Incluso muchas veces los profesores mismos se reían y te hacían el gesto como si fuesen a pegar para ver cómo nos protegíamos”.

Un miedo que les acompañaba día y noche, pues la violencia estaba presente en muchos momentos de la vida cotidiana, incluida el aula, donde era un instrumento básico en la pedagogía de la época: “Lo único que intentábamos por todos los medios, era memorizar como loros todo lo que nos enseñaban (…) El día que tenías la desgracia de salir a la pizarra, te enterabas de que te habías equivocado cuando veías tu nariz estampada contra la pizarra y la sangre cayendo jersey abajo”, dice Cándido, hijo de padres republicanos, que estuvo interno en el hospicio de San Fernando de Madrid.

No siempre la violencia física era la peor, sino la psicológica. Por ejemplo, en los hogares Mundet de Barcelona a los niños que se meaban en la cama los obligaban a pasear con las sábanas mojadas en la cabeza, delante de todos los compañeros, para humillarlos. Esta forma de violencia acaba provocando secuelas difíciles de superar: “aún me cuesta relacionarme y sobre todo mirar a alguien a los ojos cuando me habla”, cuenta José Antonio, cuarenta años después de su estancia en el internado.

Es especialmente grave el drama de las mujeres solteras, que eran desposeídas de sus hijos nada más nacer éstos, pues no había una legislación que las protegiera. Las obligaban a firmar un papel, con frecuencia bajo los efectos de la depresión después del parto, y ya habían perdido al hijo para siempre.

Esta situación de violencia, malnutrición y abandono se daba también en los llamados preventorios antituberculosos, donde supuestamente iban los niños a pasar unas vacaciones pagadas, divertidas y saludables. Dice Javier, que estuvo en uno de estos centros: “La sensación más terrible que recuerdo es la sed. Pasábamos una sed terrible. No podíamos beber el agua que queríamos, solo una vaso durante la comida y otro en la cena”.

En uno de los preventorios se sitúa una de las experiencias más traumáticas, que figuran en el libro: “El capellán se levantó el hábito y me puso el miembro en la boca hasta que sentí que se me empezaba a escurrir una cosa asquerosa. Me toqueteó toda, me hizo darle la espalda y por detrás también me hizo lo que quiso”. La cuenta Dolores, que sufrió estos abusos sexuales, cuando solo tenía nueve años de edad, con el agravante de que el pederasta la culpó luego a ella de lo que había ocurrido, haciéndola sentir incluso ahora, mucho tiempo después, como un desecho humano.

Merece la pena leer este libro, duro, pero que se corresponde con la verdad, una verdad que aún se continúa ocultando, porque, desgraciadamente, en nuestro país, no ha habido ni hay sensibilidad suficiente para asumir la memoria histórica. Por eso, las víctimas, no sólo las de estos internados del miedo, sino, en general, las de la represión que siguió a la guerra civil, durante la dictadura de Franco, que nunca han sido reconocidas como tales víctimas y a las que nunca se les ha pedido perdón, se ven obligadas a recurrir a los tribunales internacionales.

Maus

Todo es sencillo en este cómic elaborado hace más de treinta años: la historia personal de la supervivencia en los campos de exterminio nazis, que le cuenta Vladek a su hijo Art; los textos, escritos en un lenguaje desprovisto de ostentación y adornos; y los dibujos simples y esquemáticos.

Esta sencillez contribuye a hacer más creíble el relato de unos hechos terribles. Así, recuerda Vladek la desaparición de su hermana Fela, de los hijos de esta y de su padre, que tuvo un comportamiento ejemplar, un día que los nazis concentraron, en un estadio, a todos los judíos de Sosnowiec para separarlos en dos grupos:

“PADRE DE VLADEK: La mandaron a la izquierda. Cuatro niños eran demasiados. ¡Fela!

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¡Mi hija! ¿Cómo se las apañará sola con cuatro hijos a su cargo?

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VLADEK: ¿Y qué hizo mi padre? ¡Saltó la valla al lado malo!

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Los de ese lado nunca regresaron”

Para reforzar la ejemplaridad del cómic, Art Spiegelman utiliza el género didáctico de la fábula, pues los judíos aparecen convertidos en ratones débiles y esquivos; los nazis en gatos sagaces e inteligentes; y los polacos son cerdos estúpidos, sin capacidad de actuación.

Se alternan el presente, en que Vladek es entrevistado por Art, en Nueva York, entre 1978 y 1992, con el pasado aterrador de la Alemania nazi. La relación entre ambos personajes es tensa, porque el primero tiene un carácter fuerte y es perfeccionista hasta la obsesión, mientras que el segundo es neurótico y con sentimiento de culpa, por no haber cumplido las expectativas de su padre.

Pero el relato avanza de forma inexorable, descubriéndonos aspectos de la vida cotidiana de los judíos polacos, durante aquel periodo negro: la expropiación de sus bienes; las dificultades para sobrevivir; el traslado, primero, a los guetos, y, después, al campo de concentración de Auschwitz.

En éste, además, los prisioneros viven hacinados en barracones y sometidos a todo tipo de humillaciones: los obligan a desnudarse y a ducharse con agua helada en pleno invierno; les proporcionan ropa y calzado sin mirar la talla; apenas les dan de comer; y a los más débiles los asesinan sin más miramientos:

“VLADEK: Y no paraban de llegar trenes llenos de judíos.

(Dibujo)

Y los que terminaban en las cámaras de gas, antes de que los enterraran, eran los afortunados.

Los otros tenían que saltar a la tumba todavía con vida.

(Dibujo)

Prisioneros que trabajaban allí rociaban a los vivos y a los muertos con gasolina.

(Dibujo)

Y la grasa de los cuerpos en llamas la recogían y la vertían de nuevo para que todos se quemaran mejor.”

A medica que nos vamos aproximando al final, el estado físico y mental de Vladek empeora y, en la última entrevista, se produce la paradoja de que recuerda con precisión el pasado -su liberación del campo de exterminio y el reencuentro con su mujer, Anja- mientras que confunde a Art con su otro hijo fallecido.

Una experiencia grata y enriquecedora la relectura de Maus, libro que no sólo nos permite adentrarnos en el Holocausto nazi de una forma diferente, como si de un cuento se tratara, sino además conocer la vida de un hombre, Vladek Spiegelman, que probablemente, de no haber tenido un carácter tan singular, no habría sobrevivido.

Hablaremos de este cómic el 8 de junio, miércoles, a las 19 horas, en la próxima sesión del club de lectura. En la biblioteca del centro se pueden encontrar  ejemplares del mismo.

Con Labordeta entre bastidores

No he tenido conciencia real del número de personas que participamos en el Festival Homenaje a José Antonio Labordeta, hasta el día del estreno, 21 de abril, cuando nos juntamos todos entre bastidores. Creo que somos treinta y cuatro. La mayoría estamos sentados ahora a ambos lados del escenario, tras los telones azules, cruzando entre nosotros sonrisas y miradas de complicidad que dan unidad al grupo.

Carmen no sólo es la presentadora de este festival sino también la directora y principal animadora del mismo. Su capacidad organizativa y su constancia en el trabajo han hecho posible el brillante resultado final.

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Es la sesión de tarde, después de una exitosa sesión matinal ante el alumnado de 1º de Bachillerato y 4º de ESO. Los temores en cuanto a la asistencia de público se han visto disipados, pues hay más de media entrada en el salón de actos del IES Gran Capitán, en torno a ochenta personas, entre las que reconozco a Paula, la hija de José Antonio, y a Fede, gestora de la Fundación Labordeta, que nos han honrado con su presencia. Nos lo prometieron al grupo de profesores y profesoras que hicimos el viaje a Zaragoza en el mes de febrero y han cumplido su palabra.

Suena la música, que da entrada a la primera parte. Entre bastidores, escuchamos el saludo de Carmen a los asistentes y sus primeras palabras sobre José Antonio y su poliédrica figura: profesor, poeta, cantautor, naturalista, ecologista, comunicador, caminante, político… Añade que en el festival nos vamos a centrar en su poesía, la gran desconocida, que es íntima, introvertida, cotidiana, próxima. Ahora está explicando la estructura del mismo, y los que participamos en el primer bloque estamos listos para entrar en el escenario.

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Los compases de la pequeña orquesta (José Carlos Archilla, trompeta; Elisa González, clarinete; Alfonso Valdivia, batería; Cristina Moya, violín; Javier Fernández, guitarra; Paco Torres, bombardino; José Luis Rodríguez, cajón; y Carmen Bajo, flauta travesera) nos indican el momento de hacerlo. Ya nos encontramos sentados a la derecha y a la izquierda del escenario. El sonido de la trompeta, interpretando la jota aragonesa, sirve de preludio al primer poema “Cesaraugusta dos” (Gracia), al que le siguen: “La dulce foto” (Lola), “Acuérdate” (Maribel), “Primer recuerdo de mi padre” (Ana), “Te he visto envejecer” (Paqui), “Nos haces una falta sin fondo” (Matías), “Ella”, “Y te daré la paz” (María), “Tres cantos corporales” (Lorena y Aurora) y “Érase una vez” (Paula).

Para controlar los nervios, opto por no mirar al público y me concentro en las imágenes, seleccionadas primorosamente por Antonio, que se proyectan en la pantalla central, mientras recitan mis compañeros y compañeras. Todos lo hacen con pausa y poniendo el énfasis en las palabras adecuadas; todos se levantan de la silla y se acercan al atril, cuando aparece el nombre del poema y suenan las primeras notas de la música que lo acompaña, tal y como estaba previsto. Es el fruto del trabajo continuado y de los ensayos que hemos tenido, durante el curso. Ha ocurrido algo maravilloso: a medida que cada uno de nosotros hemos interiorizado los poemas que nos correspondían, y los hemos hecho nuestros, relacionando sus contenidos con situaciones de nuestra propia vida personal, la declamación ha ido mejorando, sobre todo en autenticidad, y tenemos el convencimiento de que quienes nos escuchan están viendo: a la ciudad de Zaragoza; al niño José Antonio Labordeta; a su querida madre; a su fallecido y llorado hermano Miguel; a su mujer trajinando en la cocina; a su hija Paula formulando preguntas ingenuas; etc.

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De nuevo, nos encontramos entre bastidores, ahora escuchando el taconeo del baile flamenco, ejecutado con maestría por Paula y Malena, al compás de la guitarra. Sólo alcanzamos a ver, en el círculo de luz, por detrás de la pantalla, sus sombras desplazándose armoniosamente. Le sigue Cristina, que ha dramatizado su poema “Veinte ocho estíos corren por mis manos”. Oímos las risas del público y cómo ella se detiene, hasta que se hace el silencio nuevamente. Nos cruzamos miradas de alegría, porque le está saliendo muy bien, a pesar de que estaba hecha un manojo de nervios.

Los poemas de este segundo bloque reflejan el paso del tiempo: “Treinta años y otra vez primavera” (Gracia), “Treinta y cinco veces uno” (Paco Ortiz), “Cuarenta y cinco veces” (Paco Pérez) y “El espejo” (Lola). Cada uno recita con su propio estilo: íntimo, sencillo, sentencioso, profundo.

Me toca de nuevo salir al escenario, porque vienen los poemas de la docencia, que vamos a declamar profesores eméritos, como le gusta llamarnos a Carmen. Música de batería, una mezcla de sonidos graves y agudos, anuncia nuestra textos: “Porque ya nunca haremos la revolución soñada” (Matías), “Mientras vosotros estáis con los grafismos” (Miguel), “Crecen sobre mis manos” (Benito) y “Días huidos” (Paqui). La autenticidad caracteriza, en general, las recitaciones de este bloque tercero.

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Estamos en el ecuador del festival y los versos de José Antonio Labordeta se vuelven críticos contra la banalidad y la hipocresía de sus contemporáneos. Benito, con su voz intensa y modulada, interpreta “No bomba”, un poema de corte surrealista al que ha puesto música y que acompaña con secuencias del cine mudo. Después, el trío formado por Lidia, Victoria e Isabel interpretan con brillantez “Canción tonta para concluir un curso de funcionario cultural”, con letra de Labordeta y música también de nuestro compañero Benito.

Le siguen los poemas de Miguel Labordeta, hermano de José Antonio. Son textos muy personales y difíciles de entender, a causa de sus imágenes oníricas y de su complejidad sintáctica; pero de gran calidad y hondura. Carmen en su presentación recuerda la importancia que tuvo Miguel en la vida del cantautor y el lugar preferente que ocupa su recuerdo en la Fundación Labordeta de Zaragoza.

Se oye el inicio del Himno de la República para introducir “1936” (Juan), donde se describen los efectos destructores de la Guerra Civil. El clarinete acompaña “La voz del poeta” (Matías), poema en el que se expresa la doble frustración de Miguel, por lo que contempla a su alrededor y por lo que observa dentro de sí mismo. El sonido de la batería coincide con “Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto” (Lourdes), donde se plantea una huida del mundo antes de ser eliminado. Y un redoble de tambor acompaña a “Severa conminación de un ciudadano del mundo” (Paco Pérez), poema en el que se critica a los poderosos que provocan las guerras.

A estas alturas del festival, sabemos que todo marcha bien, con el ritmo y la fluidez adecuados, gracias en gran parte al trabajo de los técnicos Josua y Antonio. Lo comentamos entre bastidores, procurando no molestar a Carmen que en este momento anuncia el sexto bloque, impregnado de pesimismo, nostalgia y recuerdo. La música de la orquesta sirve de pórtico a los poemas que lo integran: “La vieja chaqueta” (Ana), que es –según el poeta- casi la epidermis cotidiana con la que uno crece; “Mi perro” (Marina), que “como yo, se abandona a la desesperanza de los atardeceres”; “Un mes inútil” (Lorena) que, a causa de la terrible enfermedad que afectaba a José Antonio, “invade las ventanas de una larga y suave melancolía”; “Origen” (Isabel) o los pasajes de su vida que recuerda cada hombre; “El viejo armario”(Gracia), que con su olor a alcanfor nos trae a la memoria “toda la historia vieja y personal”.

El grupo de músicos no se pone de acuerdo con Carmen, que es interrumpida cada vez que intenta retomar su labor de presentadora. La razón es que llegamos al bloque del humor, pues José Antonio era bastante irónico y socarrón. Ejemplo de ello son los poemas pertenecientes al mismo: “Los cultos” (Miguel), “Noche de Reyes” (Juan), “Escribo estas palabras” (Marina), y “Libro de familia” (Maribel). Todos son introducidos con música festiva.

El último bloque está constituido por tres poemas que nos invitan a soñar con manos extendidas y frágiles sonrisas, a amarnos en libertad, y a disfrutar de nuestras nietas, claro está, cuando las tengamos. Mientras se recitan, se oye de fondo el sonido de la flauta interpretando el “Canto a la libertad”.

Como broche final para el espectáculo, Lidia, Victoria e Isabel interpretan esta misma canción, acompañadas a la guitarra por Benito y Lola. Todos coreamos el estribillo:

“Habrá un día
en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad”

La emoción está servida y las lágrimas corren por más de una mejilla. La hija de Labordeta, Paula, sube al escenario agradecida, y los aplausos atruenan en el salón de actos.

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Un libro valiente

 

Este libro, como indica el propio título, es una reflexión sobre la desfachatez de muchos intelectuales de nuestro país, mayoritariamente escritores, que expresan, en artículos y ensayos, ideas superficiales sobre temas diversos como: la educación, la clase política, el nacionalismo o la crisis económica. Además, estos intelectuales, entre los que se encuentran Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Jon Juaristi, Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez Reverte o Javier Cercas, expresan sus opiniones de forma prepotente, es decir, abusando del merecido prestigio que tienen como escritores y con el convencimiento de “que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla”.

Ignacio Sánchez Cuenca aclara que su intención no es destruir la reputación de ninguno de ellos en los que campos en los que destacan, sino en llamar la atención sobre la pobreza argumentativa cuando opinan sobre temas que no conocen suficientemente.

Distingue, siguiendo a Diego Gambetta, dos tipos de cultura intelectual: la analítica y la holística. La primera consiste en ir construyendo argumentos, a partir de los hechos; la segunda presenta el conocimiento como un bloque compacto y se basa en la autoridad de quien opina. En esta se sitúan la mayor parte de nuestros escritores, siguiendo la estela iniciada por la Generación del 98.

Una de las falacias más extendidas entre ellos es la decadencia de la educación. Por ejemplo, Félix de Azúa llega a afirmar que “la enseñanza española es la que recoge la más baja calificación en todo el conjunto europeo”, cuando, si tenemos en cuenta los resultados PISA, por ejemplo, de 2012, España está muy cerca de la media, casi al mismo nivel de Italia y por encima de Suecia, y ahí se ha mantenido, con pequeñas variaciones, desde que existen estas pruebas internacionales.

Otro objetivo de sus críticas es la clase política. Arturo Pérez Reverte quizá sea el que llega más lejos en un artículo titulado nada más y nada menos que “Esa gentuza”, referido a los diputados del Congreso, a los que califica además de “arrogantes (…) oportunistas advenedizos (…) sin escrúpulos y sin vergüenza”. Y todo esto lo escribe –según reconoce él mismo al final del artículo- no como un acto reflexivo, sino visceral y desprovisto de razón.

Sobre el tema del nacionalismo -principal problema que tiene España para estos escritores, por encima de la crisis económica, el paro y la corrupción-, Javier Cercas, al analizar los instrumentos políticos que deberían emplearse, para solucionar la cuestión del independentismo catalán, sostiene en un artículo de 2013 que el derecho a decidir no existe, porque es una aberración democrática, y que la solución pasa por unas elecciones plebiscitarias, mientras que en otro publicado en el año 2015, después de que estas se hubieran celebrado en Cataluña, apoya justo lo contrario.

En cuanto a la crisis, Muñoz Molina, en su ensayo “Todo lo que era sólido”, defiende la tesis de que el despilfarro de las administraciones locales y autonómicas, que gastaron por encima de sus ingresos, es una de las causas principales. Sin embargo, los datos indican que en España hubo superávit presupuestario, por primera vez en democracia, entre 2004 y 2007, durante la burbuja inmobiliaria. Además, una año antes de que estallara esta, el nivel de deuda pública de nuestro país estaba muy por debajo de la media europea. El problema no era que las administraciones locales y autonómicas estuviesen endeudadas, sino que las empresas privadas lo estuvieran y mucho: el 200% del PIB, frente al 90 % de los hogares y el 60 % del estado.

En opinión del autor de “La desfachatez intelectual”, la mejor manera “de superar estas prácticas viciadas y robustecer el intercambio de argumentos” es llegar a un consenso en cuanto al nivel de rigor de lo que se publica, y demandar a nuestros intelectuales un mayor compromiso con el conocimiento y la investigación, cuando participan en el debate público.

Sea bienvenido un libro valiente, como éste, que se atreve a cuestionar, de forma razonada, a quienes, situados en su torre de marfil y con el respaldo de medios de comunicación afines, pontifican por encima del bien y del mal.