La evocación de un mundo perdido


Esta novela, publicada en 1958, es el retrato de la decadencia de una familia aristocrática, la casa de Salina, como consecuencia de los cambios que se producen en Italia, a raíz del desembarco de Garibaldi en 1860: la caída de los Borbones, en el Sur, en favor de los Saboya, que se apoyan en la burguesía, y la unificación del país. Esta decadencia se aprecia en pequeños detalles, que va deslizando con sutilidad Lampedusa, el cual se inspira en su propia familia para escribir la novela: “No es preciso que te diga que el «príncipe de Salina» es el príncipe de Lampedusa, mi bisabuelo Giulio Fabrizio; todos los detalles son reales: la estatura, las matemáticas, la falsa violencia, el escepticismo, la mujer, la madre alemana, la negativa a ser nombrado senador. También el padre Pirrone es auténtico, incluso el nombre. Creo que a los dos les he atribuido una inteligencia superior a la que realmente tuvieron. Tancredi es Giò tanto físicamente como por su manera de comportarse; moralmente es una mezcla del senador Scalea y de su hijo Pietro. Angelica no sé quién es, pero recuerda que Sedàra, como nombre, se parece mucho a «Favara». Donnafugata, como pueblo, es Palma; como palacio, es Santa Margherita”.

Se detiene especialmente en la descripción de las cosas inanimadas: “Junto al edificio, un pozo profundo, vigilado por aquellos eucaliptos, ofrecía silencioso los diversos servicios de que era capaz: piscina, abrevadero, cárcel, cementerio. Calmaba la sed, propagaba el tifus, ocultaba personas secuestradas, cobijaba carroñas de animales y cristianos hasta que se reducían a pulidos y anónimos esqueletos”. Pero le interesan sobre todo los objetos artísticos, de tal modo que cada descripción resulta ser un agudo comentario, como esta de los candelabros de la casa de don Diego Ponteleone: “Al fondo se veía una mesa muy larga y estrecha, iluminada por los famosos doce candelabros de vermeil que el abuelo de Diego había recibido como regalo de la Corte de España al finalizar su embajada en Madrid: erguidas sobre altos pedestales de metal reluciente, seis figuras de atletas y otras seis de mujeres, alternadas, sostenían sobre sus cabezas las columnillas de plata dorada en cuya cima ardían doce candelas; la maestría del orfebre había sabido expresar con agudeza la calma segura de los hombres, el esfuerzo gentil de las muchachas, al sostener aquel peso desproporcionado. Doce piezas de primera calidad”. Porque la novela es un elogio continuo de la estética, un canto a la belleza en la que vive la aristocracia.

En correspondencia, utiliza un estilo refinado y brillante, excitando todos nuestros sentidos, como cuando describe este paisaje nocturno con el que se identifica, el protagonista, gran aficionado a la astronomía: “Abajo, el jardín dormía sumido en la oscuridad; en el aire inmóvil, los árboles parecían de plomo fundido; desde el campanario cercano llegaba el fabuloso silbido de los búhos. El cielo estaba despejado: las nubes que habían asomado al atardecer se habían ido quién sabe adónde, hacia pueblos menos culpables para los que la cólera divina había decretado condenas no tan severas. Las estrellas se veían turbias y sus rayos atravesaban con dificultad la mortaja de aire caliente. El alma de don Fabrizio se lanzó hacia ellas, las intangibles, las inalcanzables, las que dan alegría sin pretender nada a cambio, las que no hacen trueque; como muchas otra veces, imaginó que pronto estaría en aquellas heladas extensiones, puro intelecto provisto de una libreta de cálculos; cálculos dificilísimos…”.

Tras la brillantez del estilo, reconocemos a la casa de Salina, que tiene como emblema el gatopardo. Es una de las señas de identidad de esta novela: que al leerla, aunque no esté escrita desde el punto de vista de ninguno de los miembros de esta familia nobiliaria, tenemos la sensación de que quien narra la historia es alguien muy cercano a ellos, que conoce su vida contemplativa, entregada al ocio y los placeres. No es necesario reparar en la condición de noble de su autor, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, ni siquiera en que esté contando la vida de un antepasado suyo, para tener esta certeza, a medida que avanzamos en su lectura: “Por lo demás, al príncipe las jornadas de caza le deparaban un placer que no dependía tanto de la abundancia del botín como de una multitud de pequeños episodios. Nacía mientras se afeitaba en el cuarto aún en sombras y la luz de la vela confería un aire teatral a sus movimientos al proyectarlos sobre las arquitecturas pintadas en el techo; crecía mientras atravesaba los dormidos salones y, alumbrado por la llama vacilante, iba esquivando las mesas, donde, entre naipes en desorden, fichas y copas vacías, asomaba el caballo de espadas augurándole viriles hazañas; mientras recorría el jardín inmóvil bajo la luz gris y los primeros pájaros de la madrugada agitaban las plumas para sacudirse el rocío; mientras se escabullía por la pequeña puerta enzarzada entre la hiedra…”

La aristocracia se presenta, con un grado de honestidad e integridad, de la que carece la burguesía, interesada en ganar dinero a toda costa, mediante cualquier tipo de artimaña. Así, por ejemplo, don Fabrizio es capaz de perdonar deudas o dejar de cobrar impuestos a sus súbditos, que le admiran y respetan, frente a don Calogero, que ha amasado toda su fortuna, muchas veces, recurriendo a procedimientos de dudosa moralidad. Esta es la imagen edulcorada que mayormente trata de presentarnos Lampedusa, probablemente en un intento por defender la clase social a la que él y sus antepasados pertenecían y que, en la época en la que se desarrolla la historia, está en franca decadencia. Y lo hace desde la amargura y el desaliento de quien ha sido importante y respetado y ya no lo es tanto. Por eso, apenas dice nada del sometimiento y, con frecuencia, humillación de las personas a su servicio, que hay detrás de ese cuidado de las formas, de esos modales exquisitos y de esa supuesta integridad moral. No obstante, a veces, es autocrítico: “toda aquella gente que llenaba los salones, esas mujeres feúchas, esos hombres estúpidos, esos dos sexos jactanciosos, eran sangre de su sangre, eran él mismo; solo con ellos se entendía, solo con ellos se encontraba a gusto. «Quizá sea más inteligente, seguro que soy más culto, pero soy de la misma calaña, debo solidarizarme con ellos.»”. Esta es la contradicción en la que viven los nobles, como don Fabrizio.

Curiosamente, en un momento dado, la supuesta superioridad moral que se atribuye a sí mismo el personaje y, a través de él, el propio autor, la reconoce también en el orgulloso pueblo de Sicilia: “los sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños, ya sea por el origen o –si se trata de sicilianos–por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada; aunque una docena de pueblos de diversa índole hayan venido a pisotearlos, están convencidos de tener un pasado imperial que les garantiza el derecho a un entierro fastuoso”. Con lo cual, se produce una extraña identificación, con base en la inmovilidad, que nos sorprende, porque el pueblo malvive en la miseria, mientras que el Príncipe nada en la abundancia, y nos llena de curiosidad sobre el devenir de la historia que se cuenta.

En el mundo de los ricos, sean de rancio abolengo, como la familia Salina o de origen dudoso, como la de don Calogero, que también ha accedido a esta clase social, hay oscuros intereses. Incluso tras un sentimiento noble como el amor, se ocultan secretas aspiraciones, como las que tienen Tancredi y Angélica, cuando se casan. Pero también las clases humildes se guían por razones materiales y el mejor ejemplo lo tenemos en el tío del padre Pirrone, que llevaba sin hablar con la familia veinte años, por un asunto de tierras; pero que accede a un matrimonio de su hijo con una sobrina de éste, cuando conoce la dote que le va a corresponder.

No obstante, y esto es un valor más de la novela, los personajes evolucionan y cambian, a medida que se relacionan con los demás. Así, don Fabrizio, acaba apreciando la sabiduría y el pragmatismo de don Calogero, a pesar del desprecio que le causa su rudeza; y éste igualmente acaba valorando la educación y las buenas maneras de aquel, que hasta ese momento consideraba superfluas.

Don Fabrizio tiene la certeza, al final de su vida, de que el último Salina es él, porque Garibaldi se había salido con la suya: “Era inútil que intentara convencerse de lo contrario: el último Salina era él, el escuálido gigante que en aquel momento agonizaba en el balcón de un hotel. Porque un linaje noble solo existe mientras perduran las tradiciones, mientras se mantienen vivos los recuerdos; y él era el único que tenía recuerdos originales, distintos de los que se conservaban en otras familias”.

En efecto, es así, aunque sus tres hijas se empeñen inútilmente en dar continuidad a la casa nobiliaria, hasta que son abandonadas por su mayor aliado, la iglesia, y Concetta, una de ellas, acaba tirando a la basura el último símbolo de aquella, el perro disecado y conservado durante años: “Mientras se llevaban a rastras el guiñapo, los ojos de vidrio la miraron con la humilde expresión de reproche que aflora en las cosas a punto de ser eliminadas, anuladas. Unos minutos después, lo que quedaba de Bendicò fue arrojado en el rincón del patio que el basurero visitaba cada día: mientras caía desde la ventana, recobró por un instante su forma: hubiera podido verse danzar en el aire a un cuadrúpedo de largos bigotes, que con la pata anterior derecha levantada parecía imprecar. Luego todo se apaciguó en un montoncito de polvo lívido”.

Si la diferencia entre la buena y la mala literatura estriba en la forma, no hay duda de que El Gatopardo pertenece a la primera. Pero su valor va mucho más allá de lo formal, pues la historia nos atrapa desde el principio, con personajes complejos e imprevisibles: unos se adaptan a los cambios, para seguir gozando de sus privilegios, mientras que otros anteponen la fidelidad a sus principios a todo lo demás, con el coste que ello supone. Además, Lampedusa acierta plenamente con un final simbólico e imaginativo, que nos sorprende y nos hace volver sobre lo leído.

Hablaremos de esta El Gatopardo de Lampedusa el próximo miércoles, 15 de mayo, a las 18:30, en el Club de Lectura de nuestro instituto.

Teatro que recoge el latido social

Preferentes de Miguel Ángel Jiménez Aguilar es una obra de teatro escrita con sencillez e inteligencia, donde se aborda uno de los fraudes bancarios que ha causado mayores perjuicios a la sociedad, particularmente a los sectores más desprotegidos: la venta de las llamadas acciones preferentes a unos 700.000 clientes, la mayoría personas mayores, que desconocían el riesgo de su adquisición.

Desde el principio, queda claro que la protagonista, Carmen, ignora el riesgo de invertir en las acciones, que le propone Félix, empleado del banco y amigo de la familia:

“CARMEN: Participaciones. ¿Y eso qué es? ¿Qué diferencia hay? Explícame.

FÉLIX: Participaciones preferentes se llaman exactamente. Pero tú no te preocupes por eso. No tienes nada que temer, ni tienes que hacer nada. Sólo dejarnos que metamos ahí un dinero. Piensa que es un siete por ciento. ¡Un siete por ciento! Carmen” (pág. 28).

De esta confianza ciega en el banco de toda la vida se parte en la obra; pero el lector sabe que, tras la seguridad con la que habla Felix a Carmen, hay gato encerrado. Por eso, el conflicto se plantea, desde el principio, como se sugiere también el drama personal de esta mujer, cuyo marido experimenta los síntomas iniciales de Alzheimer y cuya hija, que vive en el extranjero, atraviesa por dificultades. Con lo cual hay, en realidad, un doble conflicto: el social y el personal.

La estructura de Preferentes es la de un juicio, porque el tiempo de estas conversaciones ha pasado y la estafa, que ya se ha producido, está siendo juzgada: Con la venia, Aportación de pruebas, Turno de la acusación, Protesta admitida, Turno de la defensa, Turno de alegaciones, Visto para sentencia y Veredicto.

A pesar de esta estructura, en el desarrollo de la obra, se mezclan la acción del juicio con las conversaciones entre empleado de banco y cliente, que tuvieron lugar antes, pasándose de una a otras, del presente al pasado, con sutilidad y eficacia dramática, pues le basta, a veces, un simple cambio en el tiempo verbal: “Pero su estado de enajenación mental -se refiere a su marido- era tal ya entonces, que no pudo siquiera entrar conmigo en la oficina. Tuvo que quedarse fuera, allí sentado, tranquilo, vigilándolo de cuando en cuando”, declara Carmen una de las veces que fue al banco a hablar con Félix. Y a continuación éste, ya no en el juicio, sino durante esa conversación, por tanto, se ha producido un salto atrás, dice: “Ahí fuera lo he dejado, en un sillón. Ahora mismo está tranquilo (…) Confía en mí (…) Estás en buenas manos. Hazme caso” (pág. 68).

Hay un especial interés por definir las palabras, porque, en el fondo, el juicio tiene mucho de discusión lingüística, dado que se parte de la confianza del cliente en el banquero y en cómo éste convence a aquel de las bondades de las Preferentes. Por ejemplo, Participación: “parte que se posee en el capital de un negocio o una empresa”; o Preferente: “que tiene preferencia o superioridad sobre algo…”. Al definir así estas palabras, Félix está planteando Participación preferente, como un derecho, que se puede ejercer o no y que la CNMV no prohibió, es decir, que él actuó dentro de la legalidad. Sin embargo, para Carmen Preferente “es aquella persona a quien se quiere y se le da importancia (…) No creí en ningún momento que a lo que él le estaba dando preferencia era a nuestro patrimonio. Nuestro único y hoy inexistente patrimonio”.

La tensión aumenta, a medida que avanza la obra, y alcanza su punto culminante en las escenas IX y X, de una gran fuerza dramática, y en donde se concentra todo la indignación de los clientes estafados y también la postura sin escrúpulos de los empleados de banca, al colocar las Preferentes: “Lo único que tuvimos claro fue que era necesario entonces, para evitar la quiebra (…) Y sobre todo vimos que la gente estaba dispuesta a firmar cualquier cosa, buscando lo mismo que nosotros: su propio interés. Al fin y al cabo, no somos tan diferentes” (pág. 87)

Sin embargo, al final, se produce un giro brechtiano, con la presencia en escena de los dos actores, que ya han dejado de interpretar a Carmen y Félix, para contarnos, objetivamente y con exhaustividad, lo que sucedió con las Preferentes, con lo cual se produce el efecto del distanciamiento en los espectadores, que acabamos comprendiendo racionalmente las auténticas dimensiones del fraude.

Es un libro, el de Miguel Ángel Jiménez Aguilar, contra las malas prácticas bancarias, que tienen como víctimas a clientes de toda la vida, y está escrito desde el punto de vista de estas. Si, como dijo Lorca, “El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso”, Preferentes encaja en esta definición, pues recoge, con realismo e inteligencia, un drama de gran repercusión social.  Solo nos falta asistir a su puesta en escena, pues el teatro está hecho para ser representado. Que sea lo antes posible.

 

Recordar tu propia vida


Leer esta novela, considerada por los críticos como la mejor del pasado año 2018, es estar recordando tu propia vida continuamente, tal es la cercanía y la veracidad de lo que se cuenta. A veces, con fino sentido del humor, su autor, Manuel Vilas, se fija en detalles, aparentemente accesorios, en la vida de una persona, pero que tienen su relevancia, porque dicen mucho sobre ella: “Mi padre siempre intentaba dejar el coche a la sombra. Si no lo conseguía, se malhumoraba. No entendíamos, ni mi madre ni yo, cuando éramos pequeños, aquella obsesión. íbamos a los sitios en función de si allí había sombra para el coche…”. Esta obsesión, que no entendía, cuando era pequeño, hoy la entiende, porque está en él, y la cuida y conserva, porque es un legado de su padre

En otras ocasiones, se muestra especialmente mordaz, provocando la carcajada del lector, como por ejemplo, cuando recuerda su primer año dando clases de Lengua Española a los alumnos de Formación Profesional: “Me pasaba el día explicando la tilde diacrítica. Todo los españoles que han ido a la escuela acaban distinguiendo el “tú” pronombre del “tu” adjetivo (…) Y a eso me dedicaba. Me pasé veintitrés años contemplando a ese maldito “tu” o “tú”. Y por eso me pagaban”. La crítica, como se puede advertir, no es contra los alumnos sino contra un sistema educativo elitista y absurdo, donde priman los conocimientos gramaticales y sintácticos sobre la adquisición de competencias que le permitan a estos integrarse en la sociedad, con una mínima preparación; un sistema educativo que “ya no funciona porque se ha quedado varado en el tiempo”.

La novela está escrita desde el punto de vista del narrador protagonista, porque, en realidad se trata de una autobiografía, pero aparece como contrapunto la voz de su conciencia, en tercera persona, para reconvenirle, para llamarle la atención sobre algún error de comportamiento o simplemente para reflexionar, y que nos permite acceder al mundo interior del narrador, en toda su complejidad: ”Mira, tienes delante la clase baja española, es un espectáculo histórico para el que pocos tienen entrada, disfruta; estos chavales son como ríos de sangre joven y barata, viven en pisos de mierda, duermen en camas malolientes y sus padres no valen nada (…) Mira cómo se matan, Tienes una entrada de palco. Eres escritor, o lo acabarás siendo. Es la España irredimible”. Así, con esta crudeza, analiza la trivialización de la violencia por parte de sus alumnos y las escasas posibilidades de redimirse, escapando de un contexto familiar desfavorable, que, en su opinión, les ha condenado de por vida.  

El ritmo deliberadamente caótico de la narración, introduciendo en ella su desasosiego personal e interpretando los hechos, unido al estilo sobrio, a base de un léxico sencillo y oraciones breves, en ocasiones, lapidarias, contribuye a ese efecto multiplicador de los significados de esta novela, tantos como lectores, porque, al tiempo que él se pregunta y reflexiona sobre sus seres queridos, nosotros lo hacemos también sobre los nuestros, construyendo nuestro propio libro.

Pero ese mismo caos hace que por momentos decaiga el interés por lo que estamos leyendo, aunque sean sólo momentos puntuales, porque acabamos recuperando el mismo, siempre de la mano del recuerdo, de la evocación que toma cuerpo y se hace presente, para referirse, por ejemplo, a la contención para expresar los sentimientos de sus padres, que él interpreta de forma positiva y en la que se reconoce: “Mi padre nunca me dijo que me quería, mi madre tampoco. Y veo hermosura en eso. Siempre la vi, en tanto en cuanto me tuve que inventar que mis padres me querían”; o a objetos que, en aquella época, supuestamente, anunciaban éxito en la vida, como la placa con el nombre de su padre en la puerta de casa, y que ahora está en la de su apartamento; o en fin la tendencia de su madre a romperlo todo, como el Belén: “Primero se cargó la mula. Decapitó la mula. A mi madre se le caían las cosas de las manos, no sabía cómo se sostiene algo en una mano, todo estaba en trance de romperse…”.

Hay un sentimiento de tristeza que atraviesa, de parte a parte, este libro autobiográfico de Manuel Vilas, pues la evocación de su pasado es una especie de antídoto frente a un presente que vive de forma desgraciada: “No me apetece quedar con nadie, porque estoy conmigo mismo, porque he quedado conmigo mismo, porque me ocupa mucho estar conmigo. Es una adicción estar conmigo mismo”.

Busca en su interior lo que desconoce sobre sus progenitores: “En realidad yo nunca supe quién era mi padre. Fue el ser más tímido, enigmático, silencioso y elegante que he conocido en mi vida. ¿Quién fue? Al no decirme quién era, mi padre estaba forjando este libro”.  Y al tratar de averiguarlo, en realidad, descubre cosas de sí mismo: “A mi padre también le pasaba, le ocurrían caídas de la voluntad. Como a mí. Hubo un momento en que ya no le compensaba salir a vender, tenía que pagar la gasolina, pagar las fondas, pagar las comidas, y vendía poco (…) Él vendía poco textil y yo vendo pocos libros, somos el mismo hombre”. Por eso, se siente enloquecer por el ruido de fondo de la vida de sus padres sonando en todas partes.

De súbito, se produce un cambio en los nombres de sus familiares: al hijo mayor lo va a llamar Brahms y al pequeño Vivaldi, porque son grandes compositores de sus vidas. A su abuela materna, Cecilia, patrona de la Música; a su tío Alberto, Monteverdi; a su padre, Bach, y a su madre, Wagner: “Ya los he transformado en música, porque nuestros muertos han de transformarse en música y en belleza”, escribe sobre ellos. ¿Por qué este cambio en los nombres?, me pregunto, pues el tono apesadumbrado, al recordar el pasado, sigue siendo el mismo. La respuesta que encuentro es que quizá le permita distanciarse de ellos y verlos con mayor objetividad.

En este transitar por la tristeza, hay un momento en que se produce una identificación entre él y las cosas: “La historia del edificio también era una historia de soledad. Lo acabaron de construir en 2008, justo cuando estalló la burbuja inmobiliaria en España, de modo que los pisos se quedaron sin vender, hasta que en 2014 decidieron bajar los precios. Los pisos, las escaleras, las paredes el ascensor se tiraron seis años sin nadie. Estaba triste el ascensor. Yo creo que ese ascensor agradeció mi presencia”.

Este viaje, que inicia Manuel Vilas,  desde el presente hacia el pasado, para encontrar una explicación a su vida, nos lleva mágicamente hasta su origen, hasta la noche de amor en que fue engendrado.

Ordesa, además de estar muy bien escrita, tiene la virtud de convertir anécdotas, aparentemente insignificantes, como la obsesión del padre de ir siempre muy bien peinado, en representativas de toda una generación; a lugares comunes, como Barbastro, pueblo donde nació, o el valle de los Pirineos, que da título a la novela, en míticos; y sobre todo a personajes, como su padre y su madre, en símbolos que evocan nuestra propia vida.

La lectura como terapia

La Sociedad Literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey es una novela escrita en forma epistolar, que comprende las cartas que se intercambiaron los miembros de la Sociedad con la escritora Juliet Ashton. A través de ellas, conocemos no sólo cómo funciona este peculiar club de lectura, sino también cómo fue la ocupación alemana de la isla y, en general, los horrores provocados por los nazis: “Imagino que ya habrá oído hablar de Belsen y de lo que pasó allí. Cuando bajamos del camión, nos dieron unas palas. Teníamos que cavar grandes fosas. Nos condujeron a través del campo hasta el lugar, y allí temí haber perdido la cabeza, porque todos los que veía estaban muertos. Incluso los vivos parecían cadáveres y los cadáveres yacían donde los habían tirado. No sabía por qué se preocupaban de enterrarlos. El hecho era que los rusos estaban llegando por el este y los aliados por el oeste, y esos alemanes estaban aterrorizados al pensar en lo que verían cuando llegaran allí”.

El inicio es algo tedioso, pero, poco a poco, a medida que vamos descubriendo a los integrantes de la Sociedad Literaria crece el interés de la lectura, porque se trata de personajes profundamente humanos, que ocultan historias conmovedoras, como la de Clovis que comenzó a leer poesía para seducir a la mujer que amaba: “Al final me gané el corazón de la viuda de Hubert, mi Nancy. Una tarde la llevé a pasear por los acantilados y le dije: «Mira eso, Nancy. La dulzura del cielo está en el mar. ¡Escucha! El ser poderoso está despierto». Me dejó que la besara. Ahora es mi mujer”. O la de Eben y su nieto: “Gracias por su carta y por sus amables preguntas sobre mi nieto Eli. Es hijo de mi hija Jane. Ella y su bebé recién nacido murieron en el hospital el día en que los alemanes nos bombardearon, el 28 de junio de 1940. Al padre de Eli lo mataron en el norte de África en el año 1942, así que ahora Eli está a mi cargo”.

Tanto le conmueven a Juliet las vidas de estos personajes que se decide a visitar la isla. Así, de esta forma emotiva, le cuenta a Sydney, su amigo y editor, cómo fue su llegada: “Mientras el barco entraba balanceándose en el puerto, vi los tejados de las casas de St. Peter Port salir por encima del mar, con una iglesia arriba, como la decoración de una tarta, y me di cuenta de que el corazón me iba a toda velocidad. Por mucho que intentara convencerme de que era la emoción del paisaje, sabía que era algo más. Toda aquella gente a la que había conocido e incluso empezado a querer un poco me habían venido a esperar. Y yo sin ningún periódico con el que esconderme”.

A partir de este momento, la novela alcanza otra dimensión, aunque los lectores seguimos conociendo los pormenores de la Sociedad Literaria, mediante cartas, ahora entre los integrantes de la misma, que se comunican con Sydney y con la hermana de éste. Elizabeth, a quien se le ocurrió la creación de la Sociedad, para librarse del castigo nazi por haber violado el toque de queda, adquiere también, aunque a través del recuerdo, un protagonismo especial por su comportamiento valiente y solidario. La propia Juliet la va convertir en protagonista del libro que está escribiendo sobre Guernsey. Además, de forma larvada, surge una historia de amor, que sólo al final se descubrirá.

No es habitual encontrarse con novelas escritas en forma epistolar, aunque en nuestro club de lectura ya hemos leído otras similares, como la inolvidable Cartas de una desconocida de Stefan Zweig. En La Sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, de la que hablaremos, el próximo miércoles, no solo se encuentran, como hemos dicho, personajes auténticos que desbordan humanidad, sino que además se nos transmite el amor por los libros, lo cual no es poco en estos tiempos de comportamientos poco éticos y de escasez de lectores.

La originalidad de un punto de vista colectivo


En pocas novelas el punto de vista narrativo desempeña una función tan importante, como en Las vírgenes suicidas (1993) de Jeffrey Eugenides. El grupo de chicos, ya cuarentones, cuando narran la historia de las hermanas Lisbon, están enamorados, casi cabría decir obsesionados con ellas: “Durante los primeros días que siguieron al funeral, el interés que sentimos por las hermanas Lisbon no hizo más que ir en aumento. A su belleza se sumaba ahora un nuevo y misterioso sufrimiento, llevado en el más absoluto silencio, pero visible en aquella hinchazón azulada debajo de los ojos o en aquella manera que tenían de pararse a medio camino, bajar los ojos y sacudir la cabeza como manifestando su desacuerdo con la vida”.

Esto explica que una novela, donde se cuenta la historia de cinco chicas, entre los 12 y los 17 años, que acaban suicidándose -de ahí el título- no resulte una tragedia a ojos del lector, pues la espontaneidad y, en ocasiones, el sentido del humor, de los narradores contrarresta los efectos devastadores de hechos tan terribles: “Parecía una Cleopatra pequeñita en una litera imperial. El primero en salir fue el sanitario delgaducho que lucía un bigote a lo Wyatt Earp -a quien llamaremos sheriff cuando lo conocimos mejor después de tantas tragedias domésticas-, y luego apareció el gordo, que sostenía la camilla por detrás y caminaba melindrosamente por el césped, mirándose los zapatos reglamentarios de policía, como si tratara de no pisar mierda de perro, aunque con el tiempo, cuando estuvimos más familiarizados con los aparatos, supimos que vigilaba la presión sanguínea”. Así describen la salida de los dos sanitarios con el cuerpo moribundo de Cecilia, después de su intento de suicidio.

No obstante, hay señales que anuncian estos hechos terribles: la plaga de moscas del pescado, “que formaban una alfombra en las piscinas de nuestras casas, llenaban nuestros buzones y manchaban la estrella de nuestras banderas”; la enfermedad holandesa que está acabando con todos los olmos del barrio; el descuido cada vez mayor del jardín, después del suicidio de Cecilia; la propia actitud de las hermanas, por ejemplo en el colegio, siempre distantes de las demás chicas y chicos; etc.

Son señales que nos desvelan el drama que se está cociendo en el interior de la casa y que representa probablemente el de otras casas estadounidenses, en la década de los 70 del siglo XX: “”El suicidio de una adolescente del East Side durante el pasado verano ha aumentado la conciencia pública de una crisis nacional”. Porque, en realidad, tal y como se dice más adelante, en Estados Unidos se producían ochenta suicidios diarios y, en los últimos cuarenta años, se había triplicado el número entre los más jóvenes.

Sin duda, lo que impulsa a estas hermanas a quitarse la vida es el aislamiento a que las somete su madre, después de que una de ellas, Lux, violara el toque de queda, al volver a casa con dos horas de retraso. Un aislamiento, que recuerda al luto de ocho años que impuso Bernarda Alba a sus hijas, en la obra de García Lorca, y que cercena su deseo de vivir: “No se habla ni un momento de lo que ellas sienten ni de lo que esperan de la vida, no hay más que una orden que emana de arriba”.

A raíz del mismo, comienzan a suceder cosas, que rozan el realismo mágico, quizá con el fin de profundizar en la realidad, como que Lux comience a hacer el amor en el tejado, de forma casi compulsiva e indiscriminada, o que en éste siempre haya una nube “hecho que no tenía otra explicación que la psíquica: la casa estaba en sombras porque así lo quería la señora Lisbon”.

Todo contado desde la distancia a la que se encuentran unos chicos fascinados por las hermanas, compartiendo sus sensaciones, sus sentimientos contenidos, sus frustraciones, los viajes imaginarios con ellas, su comunicación a través del teléfono, con discos de música: “Y continuamos con “Puente sobre las aguas turbulentas”. Con esta subimos el volumen, porque la canción expresaba mejor que ninguna lo que nos inspiraban las chicas, lo mucho que queríamos ayudarlas. Al terminar, esperamos su respuesta. Después de una larga pausa, volvió a rechinar su tocadiscos y entonces oímos aquella canción que incluso ahora, cuando la escuchamos, a través del hilo musical de unas galerías comerciales, hace que detengamos nuestros pasos y que volvamos la vista atrás…”.

Así, hasta un final, donde el ritmo de la narración se remansa, y ellos y nosotros, los lectores, en medio del silencio de la noche, nos convertimos en peones de una estrategia trazada por las hermanas Lisbon; y, con independencia de que su suicidio sea interpretado como algo histórico, surgido de la misma fuente que otros que se produjeron en el país, o se debiera a la presión familiar, o a la predisposición genética, o a un impulso irresistible, lo cierto es que este grupo de chicos, así como los que hemos leído la novela, no logramos olvidarlas, quizá por lo que tienen de rebeldía frente a un mundo lleno de defectos.

Hablaremos de Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides, en la próxima sesión del Club de Lectura del IES Gran Capitán, el 9 de enero, miércoles, a las 17:30, en la biblioteca del centro. Será la primera del año que empieza.

Una novela con retrogusto

Todo está impregnado de naturalidad en esta novela: la historia, que se cuenta; el desarrollo de esta, a pesar de que se hace con tiempo retrospectivo; el comportamiento y el modo de hablar de los personajes; y el estilo sobrio y sencillo, transparente, en el que está escrita. Incluso resulta natural la forma en que Kazuo Ishiguro genera el interés del lector, introduciendo progresivamente motivos inquietantes (el suicidio de Keiko; el misterio en torno a Sachiko y su hija Mariko; la otra orilla del río que atrae a este segundo personaje; la crítica aparentemente infundada a Ogata-San, en un artículo periodístico; la pálida luz de las colinas, que da título a la novela; etc.), que se van aclarando parcialmente, mediante un hábil juego temporal, que le lleva del presente al pasado y del pasado al presente.

La historia la cuenta en primera persona Etsuko, que reside en Inglaterra y que se deja llevar por el curso caprichoso de la memoria, aunque hay dos mujeres en su pasado en Nagasaki, que la obsesionan especialmente: Sachiko y su hija, Mariko.

Los personajes ocultan más de lo que dicen, y quizá por eso me atrapan, aunque, al mismo tiempo, se me escapan entre los dedos. Son dos impresiones las que producen en el lector, aparentemente contradictorias, pero que tienen una misma causa: el misterio que encierran. Etsuko lo define certeramente, cuando describe al padre de su marido, Ogata-San, en su casa: “Siguió mirando por la ventana. Con la intensa luz de la mañana, lo único que podía distinguir de su cabeza y sus hombros era un contorno borroso”.

Esto mismo me sucedió con otra novela de Kazuo Ishiguro, Los restos del día, donde el enigma en torno al mayordomo Stevens y al ama de llaves, miss Kenton, así como a las relaciones que existen entre ambos, me inducía a seguir leyendo y me causaba paralelamente un sentimiento ambivalente hacia los dos.

En Pálida luz de las colinas, hay algo que condiciona la vida de los personajes: la Segunda Guerra Mundial y, en concreto, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Nagasaki y los miles de muertos que ocasionó, aunque las referencias a este terrible suceso sean sutiles, o indirectas, como la visita al Parque de la Paz que realizan Etsuko y Ogata-San. Quizás esta escasez de referencias, unida a la contención de los personajes, a la que me refería antes, obedezcan a una estrategia para olvidar el trauma del conflicto y sus consecuencias, con la seguridad de que el tiempo lo acaba borrando todo.

Por otra parte, la derrota de Japón, supuso para este país, ocupado por las tropas estadounidenses, entrar en contacto directo con la cultura americana, tan distinta de la japonesa, sobre todo en lo concerniente al papel de la mujer en la sociedad. Le dice Sachiko a Etsuko sobre su hija: “-En América, Mariko será más feliz. Para la educación de una niña es un país mucho mejor. Allí podrá darle a su vida la orientación que quiera (…) Podrá convertirse en una mujer de negocios, o estudiar pintura en una universidad y hacerse artista. En América todo eso es mucho más fácil. El Japón no es buen sitio para una mujer. Aquí, ¿a qué puede aspirar?”.

La misma inquietud e inseguridad que me generó la novela en su inicio permanecen al finalizar su lectura, pues los temas que plantea no se aclaran en su totalidad ni tampoco acabo por conocer completamente a los personajes, ni el futuro que le espera. Con lo cual, después de leer las últimas líneas, que enlazan con las primeras, por su estructura circular, sigo dándole vueltas a unos y a otros, como el retrogusto de los buenos vinos.

Hablaremos de Pálida luz de las colinas de Kazuo Ishiguro, en la próxima sesión del Club de Lectura del IES Gran Capitán, el 21 de noviembre, miércoles, a las 17:30, en la Biblioteca.

Violación Nueva York


Este libro, basado en un experiencia real de la autora, Jana Leo, tiene un inicio extraordinario, donde describe, de forma objetiva, el terrible hecho de la violación en su propia casa, que ella tolera, sin oponer resistencia, por temor a ser asesinada: “Me estaba violando, aunque fuera “sin violencia”. Había entrado en mi casa armado con una pistola y ahora estaba entrando en mi cuerpo. No era mi forma de hacer las cosas. Yo tomaba mis propias decisiones con respecto al sexo: elegía cuándo, cómo y con quién. Tenía derecho a negarme, sin discusión. Pero los principios se diluyen ante una amenaza de muerte. Si tenía que elegir entre “la honra” y la vida, lo tenía claro…”

A continuación, a través de un hábil salto atrás, nos da cuenta de lo sucedido inmediatamente antes, para pasar, después, a analizar las características del barrio de Harlem en Nueva York, en el que se encuentra el piso donde la violaron y donde vive el agresor. En este análisis acusa directamente a las empresas inmobiliarias de llevar la delincuencia a determinados edificios, con el fin de que su valor caiga en picado y puedan comprarlos a un precio muy bajo, para reformarlos y convertirlos en apartamentos lujosos, que les proporcionan suculentos beneficios. Una forma de corrupción que, además de provocar hechos atroces, como el que le sucedió a la autora, perjudica a los contribuyentes, porque corren con los gastos derivados de esa delincuencia, mientras que beneficia directamente a los promotores y al gobierno local, a través de los impuestos.

Curiosamente Jana Leo -y lo recuerda en su reflexión- había escrito un ensayo al que tituló Domestofobia y que se basa en tres ideas: el concepto del hogar como cárcel, puesto que los inquilinos son incapaces de abandonarla; como lugar donde se comete violencia; y como símbolo del sueño americano, que afecta negativamente a quienes no lo tienen. Este ensayo, fruto de su trabajo en la universidad, se estaba volviendo autobiográfico, porque a ella la asaltó en el piso donde vivía un joven que carecía de hogar, aunque, paradójicamente, acabó encontrando éste en la cárcel.

Completa el libro con un amplio epílogo para la edición española, donde establece un paralelismo entre el proceso de desalojo, bajo la presión de los propietarios, del barrio madrileño de casas unifamiliares, donde vivía de pequeña, en la década de los 70 del siglo pasado, y la situación que padeció, cuando tenía 35 años, en el barrio de Harlem en Nueva York, donde fue violada.

Hay un elemento común a ambos hechos: la red de corrupción inmobiliaria que se expande por las casas, sin respetar a los que viven en ellas. Por eso, la violación no es tanto lo que ocurre entre el violador y la víctima, como el beneficio que genera a un tercero, ya que, en realidad, “es un medio que se utiliza para echar a una persona de su casa”.

Jana Leo no solo te conmueve y te causa dolor, cuando detalla con objetividad los pormenores de la agresión que sufrió, sino que además te hace pensar sobre la sociedad en la que vivimos, donde el enriquecimiento de las empresas, a veces con la connivencia de instituciones públicas, está muy por encima de las personas.

ARTE


La obra Arte de Yasmina Reza, estrenada en 1994, cuenta cómo las relaciones de amistad entre Sergio, Marcos e Iván comienzan a deteriorarse, a raíz de la adquisición de un cuadro abstracto por parte del primero de ellos. Las distintas valoraciones que les merece éste harán aflorar los defectos, las palabras no dichas y, en suma, las diferencias, que han permanecido ocultas o ignoradas, hasta ese momento, y que son, en realidad, las reglas tácitas por las que se rige este tipo de relaciones en nuestra sociedad.

Los diálogos se suceden con agilidad y fluidez, sin ningún tipo de concesión a la retórica. Van directamente al meollo del asunto: la fragilidad de la amistad entre los personajes. Después, serán el director y los actores, en el montaje de la obra, los que completen estos diálogos sobrios y sencillos, con sus gestos, sus movimientos y sus silencios, porque Arte, como todas las obras de teatro, está hecha para ser representada ante un público.

Los numerosos monólogos, que quizá le resten continuidad y ritmo, bien introducen una escena o bien la interrumpen, para mostrarnos el pensamiento o la opinión de un personaje sobre lo que estamos viendo, como éste de Sergio, después de que Marcos despreciara su cuadro, al calificarlo como una mierda: “No le gusta el cuadro. Bueno… Ninguna delicadeza en su actitud. Ningún esfuerzo. Ninguna muestra de ternura en su crítica. Sólo una risa pretenciosa, pérfida. Una risa que lo sabe todo mejor que nadie. Odio esa risa”.

Es como si los personajes se desnudaran en escena ante nosotros, los espectadores, y nos fueran predisponiendo a favor o en contra de cada uno de ellos.

El humor surge de forma espontánea, por ejemplo, a causa de un malentendido o de interpretaciones distintas de una misma situación:

“MARCOS: Fue Sergio el que se rio primero…
IVÁN: Sí.
MARCOS: Él se rio y tú te reíste luego.
IVÁN: Sí.
MARCOS: Pero él, ¿por qué se rio?
IVÁN: Se rio porque se dio cuenta de que yo iba a hacerlo. Se puso a reír para darme confianza, si prefieres.
MARCOS: Si se rio el primero, no vale. Si se rio el primero fue para desactivar tu risa. Eso no significa que se riera a gusto.
IVÁN: Se reía muy a gusto.
MARCOS: Se reía muy a gusto, pero no por la causa justa.
IVÁN: ¿Perdona? ¿Qué es la causa justa? No lo entiendo.
MARCOS: No se reía del ridículo de su cuadro, no os reíais él y tú por las mismas razones, tú te reías del cuadro y él se reía para halagarte, para ponerse en tu onda, para demostrarte que, además de ser esteta que puede invertir en un cuadro lo que tú no ganas en un año, sigue siendo tu viejo amigo iconoclasta con quien uno se puede reír.”

Pero Arte, a pesar de estos momentos divertidos, es una tragedia. La propia autora ha reconocido, en una reciente entrevista, con motivo de la reposición de la obra en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid, que encierra una profunda oscuridad, porque narra la demolición de una amistad. En efecto, ninguno de los tres amigos acepta cómo es el otro: a Iván le critican los otros dos amigos sus llamadas a la calma, que le quedan al margen de la conversación, su espíritu de conciliación, porque con éste espíritu no hace sino echar más leña al fuego; a Sergio le reprocha Marcos que haya pagado un dineral por un cuadro que, en su opinión, carece de valor, lo cual es una forma de decirle que ha dejado de contar con su opinión, que le ha traicionado; y éste último es tildado por Sergio de sarcástico, de intransigente, de tratar de imponer siempre su punto de vista, así como de enorgullecerse de no ser un hombre de su tiempo.

En cualquier grupo de amigos se pueden encontrar los perfiles de cada uno de estos tres personajes, y cualquiera, que vea la representación se puede identificar con alguno de ellos y reconocer como propias las situaciones que protagonizan. Esto, unido a la sencillez del lenguaje dramático, es lo que confiere universalidad a Arte.

Sobre esta obra de Yasmina Reza, hablaremos el próximo miércoles, 9 de mayo, a las 18 horas, en el Club de Lectura del instituto.

Original adaptación de Luces de Bohemia

Original adaptación de «Luces de Bohemia» la que vimos el sábado pasado en la sala principal del Teatro Góngora, a cargo de la compañía Teatro Clásico de Sevilla. Su director, Alfonso Zurro, nos presenta esta obra de Valle-Inclán, con la que se inauguró el género del esperpento, en 1924, como un viaje hacia la muerte, no sólo del protagonista sino de una sociedad, la de la España de la Restauración, la cual bien podría identificarse con la España actual, que se descompone, por la ausencia de ética. El propio inicio del montaje, adelantando la escena del entierro de Max Estrella, junto con la escenografía, a base de ataúdes, que son movidos por los propios actores y actrices, y la música fúnebre, con los toques de tambor que se graban en nuestros oídos, contribuyen a sugerir esta presencia constante de la parca.

Un acierto que los actores formen coros para decir las cuidadas acotaciones de Valle, porque estas dan unidad a los diálogos y ayudan a que los espectadores nos situemos en los numerosos lugares donde se desarrolla la acción.

Sobrecogedora la escena en la que una madre, con su niño muerto en brazos, que tiene la sien traspasada por el agujero de una bala, expresa a gritos su dolor, al tiempo que es increpada por algunos vecinos, situados en el interior de los ataúdes, y defendida por otros:

“EL EMPEÑISTA: El dolor te enloquece, Romualda.
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Asesinos! ¡Veros es ver al verdugo!
EL RETIRADO: El Principio de Autoridad es inexorable.
EL ALBAÑIL: Con los pobres. Se ha matado, por defender al comercio, que nos chupa la sangre.
EL TABERNERO: Y que paga sus contribuciones, no hay que olvidarlo.                                                                                                                                                                                                                                            EL EMPEÑISTA: El comercio honrado no chupa la sangre de nadie.
LA PORTERA: ¡Nos quejamos de vicio!
EL ALBAÑIL: La vida del proletario no representa nada para el Gobierno.
MAX: Latino, sácame de, este círculo infernal.”

Y extraordinario el ritmo del montaje, con los actores y actrices, bien moviéndose con agilidad por el escenario, o bien deteniéndose para formar composiciones estáticas, llenas de expresividad y color.

En cuanto a las interpretaciones, perfecta la pareja de Roberto Quintana y Daniel Monteagudo, que dan vida a Max Estrella y Don Latino respectivamente, dos personajes que contrastan física y éticamente: la elegancia y dignidad del primero, frente al desaliño indumentario y la abyección del segundo. Y muy entonado el resto del elenco, encarnando la mayoría de los actores y actrices a varios personajes.

Viendo la representación de «Luces de Bohemia» de ayer noche, uno toma conciencia del valor y la trascendencia del teatro de Valle-Inclán, tanto por la universalidad de su mensaje como por su innovadora técnica dramática.

Un aplauso unánime, entusiasta y prolongado premió este buen trabajo de la Compañía Teatro Clásico de Sevilla.

El arte de la contención y la sugerencia

He visto representadas obras de teatro de Antón Chéjov, como La gaviota o Las tres hermanas, donde he podido apreciar su profundo conocimiento de la naturaleza humana y cómo, con una gran economía de medios, presenta a personajes comunes y sencillos, dándonos a entender mucho más de ellos que lo que dicen con sus palabras. Pero no había leído con detenimiento sus cuentos, hasta ahora que hemos hecho una selección para la próxima sesión del club de lectura, y, la verdad, es que me están encantando por las mismas razones que su teatro.

Por ejemplo, le bastan sólo unas líneas para presentar sutilmente a la protagonista de “La señora del perrito” y sugerir su principal problema, la soledad: “Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente la señora del perrito”. También, en el inicio de “Tristeza” da a entender este mismo sentimiento, de nuevo, de forma sintética, y fijándose en la quietud de los personajes: “Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos”.

Así, genera la intriga en los lectores, que nos preguntamos por la razón de esta tristeza, la cual poco a poco vamos a ir descubriendo, aunque siempre queda algo misterioso en sus conductas, que nos llena de inquietud, porque lo que le interesa sobre todo son los personajes, tanto que tenemos la impresión de que los cuentos se desarrollan en el interior de estos, a los que se acerca objetivamente, mostrándonos, con extraordinaria honestidad, sus virtudes y sus defectos, sus atrevimientos y sus aflicciones.

Además, sus finales son abiertos, porque la vida continúa y, después del hoy, viene el mañana, y Chéjov prefiere las dudas a las certezas, las preguntas a las respuestas. De ahí, que sea difícil encontrar una moraleja clara, una enseñanza moral, porque lo principal es el camino donde vamos comprendiendo la condición humana. Así, la esperanza incierta de Vanca, en el cuento homónimo, de volver a la vida sencilla en el campo, frente a la existencia triste en la gran ciudad; o las inusitadas expectativas vitales que le genera al capitán Riabóvich el beso furtivo de una mujer desconocida, en el cuarto oscuro: “Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños”.

No obstante, en ocasiones, el camino, aparentemente feliz, se torna de súbito pesadilla, porque todo lo que tenía sentido deja de tenerlo y lo que producía satisfacción ya no la proporciona, como sucede en “El profesor de lengua”, donde el protagonista acaba añorando un pasado lleno de dificultades, pues no puede soportar la vida rutinaria y sin alicientes: “¿Dónde estoy, Dios mío? Vivo rodeado de vulgaridad y de más vulgaridad. Unos seres aburridos, insignificantes, ollitas con crema de leche, jarritas con leche, cucarachas, mujeres estúpidas… No hay nada más horroroso, más insultante, más angustioso que la vulgaridad.”

A todo esto, hay que añadir su sentido del humor, con frecuencia sutil; pero a veces directo, como en “La muerte de un funcionario público”, cuento escrito en su juventud, donde el protagonista se obsesiona hasta el absurdo con ser perdonado por una persona de condición social superior, a causa de un incidente sin mayor importancia.

Sin embargo, lo que caracteriza la obra literaria de Antón Chéjov y su principal valor es la contención narrativa y, ligada a ella, la capacidad de sugerencia, que se refleja en su gusto por lo inacabado y transitorio, lo cual nos obliga a los lectores de sus cuentos y espectadores de su teatro a imaginar gustosamente lo que él evita.

 

Hablaremos de una selección de cuentos de Chéjov («El beso», «Enemigos», «El estudiante», «El pabellón nª 6», «La señora del perrito», «La tristeza», «Agafia», «Vanca», «La muerte de un funcionario público», Una apuesta» y «El profesor de lengua») en la próxima sesión del club de lectura del IES Gran Capitán, el miércoles, 21 de febrero, a las 17:30, en la biblioteca.