¿INTERNET EROSIONA NUESTRA CAPACIDAD DE CONCENTRARNOS?

Formulo esta pregunta, después de leer una entrevista, en Babelia, con uno de los grandes pensadores de la revolución digital, Nicholas Carr, que acaba de publicar un libro titulado “Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus).

En este libro sostiene la tesis de que Internet y, en particular, las redes sociales, al basarse en micromensajes lanzados sin pausa, tienen una capacidad de distracción enorme. La consecuencia es que las personas, que las utilizan, han visto disminuir su capacidad de concentración. Pone su propio ejemplo de internauta, entregado diariamente a multitud de tareas digitales: contestando correos electrónicos, saltando de un programa informático a otro, usando las redes sociales…

“Internet –asegura- nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa.”

Algunos de vosotros al responder, en otra entrada de este blog, a la pregunta ¿Por qué leemos?, aludís a que, cuando se abre un libro, se aísla uno de todo y se introduce en el mundo de ficción que nos propone el escritor. Es justo lo contrario de lo que sucede, cuando encendemos el ordenador, pues nos llegan mensajes diferentes, de modo continuo, y, aunque tengamos la libertad de leerlos o no, la tecnología nos impulsa a lo primero.

Desde esta perspectiva, -y sin olvidar las numerosas ventajas que tiene- Internet perjudica el hábito de lectura, que implica tiempo y concentración, pues nos entretiene más de la cuenta en tareas muy diversificadas. Pero no sólo erosiona el hábito de lectura, sino cualquier actividad que exija la habilidad de concentrarse en una cosa.

Hay un fenómeno, que hemos venido observando, en los últimos años, los que nos dedicamos a la enseñanza: la dificultad, cada vez mayor, de nuestros alumnos para mantener la atención en clase. Probablemente, algo tiene que ver Internet, pues el número de los que la utilizan ha ido creciendo, de forma progresiva. Por ejemplo, ya son pocos los alumnos que no tienen su propia red social o que no pertenecen a redes de sus amigos y conocidos.

La cuestión que os planteo es la misma que se plantea Nicholas Carr: ¿está Internet erosionando nuestra capacidad de concentración?, ¿nos resulta más difícil la tarea de leer libros o seguir las explicaciones del profesor en el aula?

DISCRIMINADAS POR SER MUJERES

Hoy hemos comentado, en clase, un texto de “La casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca, donde el pueblo quiere linchar a una joven por haber matado a su hijo recién nacido:

PONCIA. La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién.

ADELA. ¿Un hijo?

PONCIA. Y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras, pero unos perros, con más corazón que muchas criaturas, lo sacaron y, como llevados de la mano de Dios, lo han puesto en el tranco de su puerta. Ahora la quieren matar…

Todas las mujeres de la casa apoyan este linchamiento, con la excepción de Adela, que, en ese momento, puede estar embarazada de Pepe el Romano:

BERNARDA. (Bajo el arco). ¡Acabad con ella antes deque lleguen los guardias! ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!

ADELA. (Cogiéndose el vientre). ¡No! ¡No!

BERNARDA. ¡Matadla! ¡Matadla!

En el debate posterior, ha quedado claro que el motivo por el cual quieren matarla no es tanto el crimen cometido, como el haber violado las leyes de la decencia, engendrando a su hijo fuera del matrimonio.

Las cuestiones de honor, en aquella época (principios del siglo XX), se resolvían, con frecuencia, al margen de las autoridades competentes, como sucede hoy día, en algunos países islámicos, donde es la propia familia la que se encarga de castigar a mujeres, por el mero hecho de mantener relaciones con hombres no aceptados por ella. Ayer mismo, publicaba El País, el caso de una chica paquistaní, asesinada por este motivo. Y aportaba el dato terrible de 650 mujeres, que murieron en 2009, por crímenes de honor, aunque se considera que la cifra real puede ser mayor, ya que muchas de esas muertes no salen a la luz. En la misma página, aparecía la crónica del juicio por el asesinato de Marta del Castillo, que, al parecer, se produjo, porque se negó a darle un beso a su presunto asesino, Miguel Carcaño, con el que había mantenido una relación amorosa.

Todas son mujeres, de la realidad o de la ficción; mujeres que han sufrido y sufren discriminación por haber ejercido su libertad, por haber intentado realizarse como personas, viviendo la vida en plenitud.

UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR

“Un viejo que leía novelas de amor es, por encima de todo, una novela de aventuras y, como tal, contiene la dosis necesaria de acción, peligro y suspense para mantener la aten­ción del lector.

Estos tres ingredientes son característicos del espa­cio donde se desarrollan los hechos: la selva virgen a donde llegó hace muchos años el protagonista, Antonio José Bolívar Proaño, un viejo sabio y experimentado,  que tiene la extraña afición de leer novelas de amor; la selva desconocida donde vi­ven los shuar, pueblo indígena cuyos habitantes hipnoti­zan a las serpientes venenosas imitando su silbido y sus movimien­tos para extraer­les el veneno; la selva llena de peligros donde habita también el tigre cuya presencia al princi­pio indi­rectamente, a través de las refe­rencias a los daños que está ocasionando y, después en el duelo extra­ordinario que mantiene con Antonio José Bolívar, hace que crezca paulatina­mente la tensión y el suspense.

Pero es también una novela ecológica, pues en ella se expresa una crítica a los que corrompen “la virginidad de la amazonía” buscando oro o matan­do anima­les indiscriminadamente para conseguir sus pieles, a los que encarnan la barbarie humana y anteponen sus intereses perso­nales a todo lo que les rodea. El mensaje último es el grito de dolor de la naturaleza simbolizado en el llanto del viejo al lado del cadáver de la tigrilla.

Está escrita en un estilo direc­to, sin concesiones a la retó­rica, aunque con frecuentes imágenes originales (“la eternidad verde del río”; “el tábano de la soledad”). Esto, unido al predominio de la narración sobre la descripción y a la abun­dancia de diálo­gos, hace su lectura extraordinariamente amena.

Además, la frecuencia con la que aparecen términos y expresio­nes del español de América (“cojudo”; “gringo”), y, especial­men­te, palabras relacio­nadas con la selva (“guatusas”; “capi­ba­ras”; “saínos”) colabo­ra a crear, por su componente exótico, ese clima de miste­rio tan caracterís­tico de las nove­las de aventu­ras.

Si a todo esto, le añadimos que Un viejo que leía novelas de amor se acaba en un suspiro -sus escasas 140 páginas se “devo­ran” de una sentada- no hay excusas paro no dedicarle un par de horas en las próximas vacaciones de navidad.”

Esta fue la crítica que publiqué, hace algunos años, en nuestra desaparecida Revista Cultural “¡BUFP…!”. He vuelto a leer la novela, pues está como lectura obligatoria en 2º de Bachillerato, y  me reafirmo en todo lo expresado. Creo que no ha perdido un ápice de su interés.

Os sugiero que opinéis, en general, sobre ella, diciendo si os ha gustado o no y por qué. También, sobre algunos de los temas que se plantean (la destrucción de la naturaleza; la lectura elegida por placer; la libertad de los shuar frente a la esclavitud de los cazadores; etc.); o sobre los personajes, en particular, Antonio José Bolívar, ese viejo entrañable, que ha sabido llegar a nuestro corazón.

CINE COMPROMETIDO

Se superponen en mi pensamiento las imágenes de los niños desnutridos de Sierra Leona, en brazos de sus madres, implorando ayuda, que he visto esta mañana en televisión, con la de los indígenas de Cochabamba, protestando por la subida del precio del agua, que vi ayer en la película “También la lluvia”. Son imágenes que nos hacen recordar que no todas las personas tienen cubiertas sus necesidades básicas, ni todos los niños pueden recibir un juguete en el día de los Reyes Magos.

Afortunadamente, hay creadores, como Iciar Bollaín que creen en el valor testimonial del arte. La directora de “También la lluvia” nos cuenta la historia de un equipo de cineastas que viaja a Cochabamba, en Bolivia, para rodar una película sobre las atrocidades cometidas por los españoles, tras el llamado descubrimiento de América, y se encuentra con una realidad que supera a la ficción.

El hilo conductor es el protagonista de la película, Costa, magníficamente interpretado por Luis Tosar, que se muestra, al principio, indiferente al problema con el agua, que tienen los indígenas; pero que, progresivamente, va tomando conciencia del mismo, hasta arriesgar su vida por ayudar a la hija de uno de ellos.

El reto de unir el pasado con el presente, era difícil; pero Iciar Bollaín logra superarlo con naturalidad y brillantez. Hay tres escenas que reflejan la evolución de ambos planos: la de la recepción de las autoridades bolivianas al equipo de rodaje, con el sonido de fondo de la protesta de los indígenas, donde el pasado y el presente transcurren paralelos; la escena en la que los españoles queman a los que se oponen a la colonización, seguida del intento de detención del actor que interpreta al cabecilla de éstos, donde los dos planos se funden; y la del abrazo entre Costa y el indígena, que supone la irrupción definitiva del presente.

El resultado final es una película comprometida con los más desfavorecidos, que mantiene el interés del espectador, muy bien ambientada e interpretada, y con una música espléndida de Alberto Iglesias. Merece la pena verla y conversar sobre ella.

POR QUÉ LEEMOS

El domingo pasado, en El País Semanal, se publicó un reportaje titulado “Por qué escribo”, en el que se le formulaba esta pregunta a una serie de escritores conocidos. Las respuestas fueron de lo más variadas: por vocación, por placer, por insatisfacción, para divertirse, para emular a los autores que se ha leído, por necesidad vital, para ganarse la vida, etc.

Algunas de ellas llamaron mi atención por su originalidad: 

  • Javier Marías: “Escribo para no tener jefe, ni verme obligado a madrugar. 
  • Luis Mateo Díez: “Escribo para disimular la incapacidad de hacer cualquier otra cosa”. 
  • Luisa Castro: “La escritura para mí es una rendición.” 
  • Juan José Millás: “Escribo por las mismas razones que leo, porque no me encuentro bien”. 
  • Andrés Neuman: “Escribo porque sólo así puedo pensar”. 
  • José Manuel Caballero Bonald: “Empecé a escribir porque quería parecerme a Espronceda”. 
  • David Safier: “Escribo para jugar con mi imaginación”. 
  • Jorge Semprún: “Escribo para encontrar respuestas”. 
  • Andrés Trapiello: “Acaso se escribe por miedo a quedarse uno a solas con su dolor”. 
  • John Boyne: “Escribo porque estoy tratando de entenderme a mí mismo, mi vida, la razón por la que nací.” 
  • Santiago Roncagliolo: “Escribo historias para inventar algo que tenga sentido, porque la realidad no lo tiene”.

Uno de los autores encuestados, Mario Vargas Llosa, reciente Premio Nobel de Literatura, decía que la escritura era el complemento indispensable de la lectura, que para él seguía siendo la experiencia más enriquecedora, la que más le ayudaba a enfrentar cualquier tipo de adversidad o frustración.

Siguiendo su pensamiento, os planteo la pregunta: ¿Por qué leemos?

Yo adelanto mi respuesta: leo no sólo para entretenerme, sino, además, para conocer el mundo mejor; para pensar en cuestiones en las que habitualmente no pienso; para mirar lo que pasa inadvertido, y también para dejarme llevar por el barco maravilloso de las palabras, y seguir su rumbo…