Con Labordeta entre bastidores

No he tenido conciencia real del número de personas que participamos en el Festival Homenaje a José Antonio Labordeta, hasta el día del estreno, 21 de abril, cuando nos juntamos todos entre bastidores. Creo que somos treinta y cuatro. La mayoría estamos sentados ahora a ambos lados del escenario, tras los telones azules, cruzando entre nosotros sonrisas y miradas de complicidad que dan unidad al grupo.

Carmen no sólo es la presentadora de este festival sino también la directora y principal animadora del mismo. Su capacidad organizativa y su constancia en el trabajo han hecho posible el brillante resultado final.

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Es la sesión de tarde, después de una exitosa sesión matinal ante el alumnado de 1º de Bachillerato y 4º de ESO. Los temores en cuanto a la asistencia de público se han visto disipados, pues hay más de media entrada en el salón de actos del IES Gran Capitán, en torno a ochenta personas, entre las que reconozco a Paula, la hija de José Antonio, y a Fede, gestora de la Fundación Labordeta, que nos han honrado con su presencia. Nos lo prometieron al grupo de profesores y profesoras que hicimos el viaje a Zaragoza en el mes de febrero y han cumplido su palabra.

Suena la música, que da entrada a la primera parte. Entre bastidores, escuchamos el saludo de Carmen a los asistentes y sus primeras palabras sobre José Antonio y su poliédrica figura: profesor, poeta, cantautor, naturalista, ecologista, comunicador, caminante, político… Añade que en el festival nos vamos a centrar en su poesía, la gran desconocida, que es íntima, introvertida, cotidiana, próxima. Ahora está explicando la estructura del mismo, y los que participamos en el primer bloque estamos listos para entrar en el escenario.

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Los compases de la pequeña orquesta (José Carlos Archilla, trompeta; Elisa González, clarinete; Alfonso Valdivia, batería; Cristina Moya, violín; Javier Fernández, guitarra; Paco Torres, bombardino; José Luis Rodríguez, cajón; y Carmen Bajo, flauta travesera) nos indican el momento de hacerlo. Ya nos encontramos sentados a la derecha y a la izquierda del escenario. El sonido de la trompeta, interpretando la jota aragonesa, sirve de preludio al primer poema “Cesaraugusta dos” (Gracia), al que le siguen: “La dulce foto” (Lola), “Acuérdate” (Maribel), “Primer recuerdo de mi padre” (Ana), “Te he visto envejecer” (Paqui), “Nos haces una falta sin fondo” (Matías), “Ella”, “Y te daré la paz” (María), “Tres cantos corporales” (Lorena y Aurora) y “Érase una vez” (Paula).

Para controlar los nervios, opto por no mirar al público y me concentro en las imágenes, seleccionadas primorosamente por Antonio, que se proyectan en la pantalla central, mientras recitan mis compañeros y compañeras. Todos lo hacen con pausa y poniendo el énfasis en las palabras adecuadas; todos se levantan de la silla y se acercan al atril, cuando aparece el nombre del poema y suenan las primeras notas de la música que lo acompaña, tal y como estaba previsto. Es el fruto del trabajo continuado y de los ensayos que hemos tenido, durante el curso. Ha ocurrido algo maravilloso: a medida que cada uno de nosotros hemos interiorizado los poemas que nos correspondían, y los hemos hecho nuestros, relacionando sus contenidos con situaciones de nuestra propia vida personal, la declamación ha ido mejorando, sobre todo en autenticidad, y tenemos el convencimiento de que quienes nos escuchan están viendo: a la ciudad de Zaragoza; al niño José Antonio Labordeta; a su querida madre; a su fallecido y llorado hermano Miguel; a su mujer trajinando en la cocina; a su hija Paula formulando preguntas ingenuas; etc.

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De nuevo, nos encontramos entre bastidores, ahora escuchando el taconeo del baile flamenco, ejecutado con maestría por Paula y Malena, al compás de la guitarra. Sólo alcanzamos a ver, en el círculo de luz, por detrás de la pantalla, sus sombras desplazándose armoniosamente. Le sigue Cristina, que ha dramatizado su poema “Veinte ocho estíos corren por mis manos”. Oímos las risas del público y cómo ella se detiene, hasta que se hace el silencio nuevamente. Nos cruzamos miradas de alegría, porque le está saliendo muy bien, a pesar de que estaba hecha un manojo de nervios.

Los poemas de este segundo bloque reflejan el paso del tiempo: “Treinta años y otra vez primavera” (Gracia), “Treinta y cinco veces uno” (Paco Ortiz), “Cuarenta y cinco veces” (Paco Pérez) y “El espejo” (Lola). Cada uno recita con su propio estilo: íntimo, sencillo, sentencioso, profundo.

Me toca de nuevo salir al escenario, porque vienen los poemas de la docencia, que vamos a declamar profesores eméritos, como le gusta llamarnos a Carmen. Música de batería, una mezcla de sonidos graves y agudos, anuncia nuestra textos: “Porque ya nunca haremos la revolución soñada” (Matías), “Mientras vosotros estáis con los grafismos” (Miguel), “Crecen sobre mis manos” (Benito) y “Días huidos” (Paqui). La autenticidad caracteriza, en general, las recitaciones de este bloque tercero.

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Estamos en el ecuador del festival y los versos de José Antonio Labordeta se vuelven críticos contra la banalidad y la hipocresía de sus contemporáneos. Benito, con su voz intensa y modulada, interpreta “No bomba”, un poema de corte surrealista al que ha puesto música y que acompaña con secuencias del cine mudo. Después, el trío formado por Lidia, Victoria e Isabel interpretan con brillantez “Canción tonta para concluir un curso de funcionario cultural”, con letra de Labordeta y música también de nuestro compañero Benito.

Le siguen los poemas de Miguel Labordeta, hermano de José Antonio. Son textos muy personales y difíciles de entender, a causa de sus imágenes oníricas y de su complejidad sintáctica; pero de gran calidad y hondura. Carmen en su presentación recuerda la importancia que tuvo Miguel en la vida del cantautor y el lugar preferente que ocupa su recuerdo en la Fundación Labordeta de Zaragoza.

Se oye el inicio del Himno de la República para introducir “1936” (Juan), donde se describen los efectos destructores de la Guerra Civil. El clarinete acompaña “La voz del poeta” (Matías), poema en el que se expresa la doble frustración de Miguel, por lo que contempla a su alrededor y por lo que observa dentro de sí mismo. El sonido de la batería coincide con “Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto” (Lourdes), donde se plantea una huida del mundo antes de ser eliminado. Y un redoble de tambor acompaña a “Severa conminación de un ciudadano del mundo” (Paco Pérez), poema en el que se critica a los poderosos que provocan las guerras.

A estas alturas del festival, sabemos que todo marcha bien, con el ritmo y la fluidez adecuados, gracias en gran parte al trabajo de los técnicos Josua y Antonio. Lo comentamos entre bastidores, procurando no molestar a Carmen que en este momento anuncia el sexto bloque, impregnado de pesimismo, nostalgia y recuerdo. La música de la orquesta sirve de pórtico a los poemas que lo integran: “La vieja chaqueta” (Ana), que es –según el poeta- casi la epidermis cotidiana con la que uno crece; “Mi perro” (Marina), que “como yo, se abandona a la desesperanza de los atardeceres”; “Un mes inútil” (Lorena) que, a causa de la terrible enfermedad que afectaba a José Antonio, “invade las ventanas de una larga y suave melancolía”; “Origen” (Isabel) o los pasajes de su vida que recuerda cada hombre; “El viejo armario”(Gracia), que con su olor a alcanfor nos trae a la memoria “toda la historia vieja y personal”.

El grupo de músicos no se pone de acuerdo con Carmen, que es interrumpida cada vez que intenta retomar su labor de presentadora. La razón es que llegamos al bloque del humor, pues José Antonio era bastante irónico y socarrón. Ejemplo de ello son los poemas pertenecientes al mismo: “Los cultos” (Miguel), “Noche de Reyes” (Juan), “Escribo estas palabras” (Marina), y “Libro de familia” (Maribel). Todos son introducidos con música festiva.

El último bloque está constituido por tres poemas que nos invitan a soñar con manos extendidas y frágiles sonrisas, a amarnos en libertad, y a disfrutar de nuestras nietas, claro está, cuando las tengamos. Mientras se recitan, se oye de fondo el sonido de la flauta interpretando el “Canto a la libertad”.

Como broche final para el espectáculo, Lidia, Victoria e Isabel interpretan esta misma canción, acompañadas a la guitarra por Benito y Lola. Todos coreamos el estribillo:

“Habrá un día
en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad”

La emoción está servida y las lágrimas corren por más de una mejilla. La hija de Labordeta, Paula, sube al escenario agradecida, y los aplausos atruenan en el salón de actos.

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