La ley del menor

A pesar de su brevedad, es una novela muy bien documentada, lo cual da credibilidad a la historia que se cuenta. Lo apreciamos en diversos ámbitos, pero sobre todo en la administración de la justicia, pues Fiona, la protagonista, que ejerce como jueza, argumenta sus sentencias con rigor y meticulosidad, como por ejemplo el caso de los siameses Mark y Matthew, donde, basándose en la “doctrina de la necesidad”, autoriza la separación de ambos para salvar la vida del primero, aunque sabe que va a ocasionar la muerte del segundo.

También, se aprecia en el ámbito de la música, que es la afición favorita de Fiona: “Con infinita paciencia tanteaba dos notas que se repetían, añadía otra y después repetía las tres, y hasta la cuarta línea no se estiraba por fin, exuberante, hacía arriba, para convertirse en una de las más deliciosas que el compositor había concebido nunca”. Así, con esta sensibilidad y conocimiento musical describe su interpretación al piano de una pieza de Mahler.

E igualmente en el mundo de los testigos de Jehová, religión que practica Adam, quien se resiste a recibir una transfusión de sangre, porque lo prohíbe la Biblia: “Mezclar tu sangre con la un animal o la de otro ser humano es una infección, una contaminación. Es un rechazo del maravilloso don del creador. Por eso, Dios lo prohíbe específicamente en el Génesis, en el Levítico y en los Hechos”.

Esta meticulosidad en la documentación, que parece ser marca de la casa, se ajusta como un guante al carácter de Fiona, personaje que resulta admirable por la entrega absoluta a su trabajo, lo cual llega a afectar negativamente a su propia vida familiar. Tanta es su relevancia en la novela que, a pesar de estar escrita desde el punto de vista del narrador omnisciente, percibimos la presencia de Fiona tras esta voz narradora, impregnándola de una racionalidad que se refleja en el estilo frío, objetivo y austero en el que está escrita la novela.

No obstante, hay momentos en los que el lenguaje se enriquece con las galas de la literatura, como, cuando Fiona va al hospital para comprobar la madurez de Adam, en su drástica de decisión de rechazar la transfusión sanguínea, que puede costarle la vida. Ambos interpretan una canción, ella cantando y él tocando el violín, que va a abrirle al chico una perspectiva diferente de la vida:

“En la primera estrofa los dos fueron a tientas, casi como disculpándose, pero en la segunda sus miradas y, olvidando por completo a Marina, que ahora estaba de pie junto a la puerta, Fiona elevó la voz y el desmañado arqueo de Adam se volvió más osado, y acometieron el acento afligido del lamento que vuelve la vista atrás:

Estábamos junto al río mi amor y yo en un campo,

y en mi hombro inclinado ella posó su mano de nieve.

Me pidió que tomará la vida con calma,

tal como la hierba crece en las riberas;

pero yo era joven e insensato y ahora soy todo llanto”

Lo que expresan los versos de William Yeats es justo lo que Fiona le da a entender a Adam: que existe otra forma de vivir, que piense detenidamente su decisión. Y éste, un joven de 17 años, va a entender el mensaje, pero intentando unir su destino al de ella, una mujer madura, lo cual condiciona el desenlace de la historia, porque Fiona también va a experimentar un cambio, en ella también se produce una inmersión, que la conmueve por dentro y que la sitúa frente a su vida anterior.

Esta es la historia principal, un conflicto entre la racionalidad, representada por la jueza, y la fe, encarnada por Adam, aunque entre medias se suceden una serie de casos, que la primera debe resolver y donde aparecen temas de gran trascendencia social, como el radicalismo religioso, las separaciones matrimoniales y la prevalencia de las necesidades de los niños sobre las de los padres o viceversa.

Ian McEwan quizá trata de abarcar demasiado sin profundizar en nada; pero lo que no se le puede negar es su maestría para narrar:

“Fiona y Marina siguieron letreros escritos con rotulación de autopista. (…) Doblaron hacia un pasillo ancho y brillante que les condujo a un rellano de ascensores y subieron en silencio a la novena planta, donde otro pasillo idéntico las encaminó, después de doblar tres veces a la izquierda, hacia Cuidados Intensivos. Sobrepasaron un mural vistoso de unos monos cantando en la selva. Ahora, finalmente, el aire estancado olía a hospital, a comida cocinada y retirada hacía mucho tiempo, a antisépticos y, con intensidad más tenue, a algo dulce. Ni fruta ni flores.”

Con esta precisión y capacidad para sugerir el aspecto y el olor característico del hospital, cuenta el recorrido que hacen estas dos mujeres por el interior del mismo hasta el lugar donde se encuentra Adam.

Y también para generar la intriga, por ejemplo, cuando Fiona, antes de comenzar el concierto en honor de los magistrados, recibe una información por parte del juez Sherwood, que no sabemos cuál es, pero que, poco a poco, vamos intuyendo, por las sucesivas reacciones de ella: primero su compañero de concierto, Mark, le dice: “Estás pálida”; después, durante la interpretación, “Fiona tocaba como si el piano se ocupara de sí mismo” (…) “también sabía que avanzaba con paso majestuoso hacia algo horrible. Era verdad, no lo era. Sólo lo sabría cuando la música cesara y tuviera que afrontarlo” (…) “Tenía un gusto metálico en la boca”. Así, va creando la intriga, en torno a la noticia que le ha dado el juez, hasta que nos da la pista definitiva, cuando Fiona y Mark interpretan la misma canción que ella había interpretado con Adam en el hospital. Es el trágico desenlace de la novela, en el que ella se ve implicada, sin haber sido muy consciente de ello.

Hablaremos sobre esta novela el próximo lunes, 7 de noviembre, a las 18 horas, en la sesión del club de lectura del instituto.