La originalidad de un punto de vista colectivo


En pocas novelas el punto de vista narrativo desempeña una función tan importante, como en Las vírgenes suicidas (1993) de Jeffrey Eugenides. El grupo de chicos, ya cuarentones, cuando narran la historia de las hermanas Lisbon, están enamorados, casi cabría decir obsesionados con ellas: “Durante los primeros días que siguieron al funeral, el interés que sentimos por las hermanas Lisbon no hizo más que ir en aumento. A su belleza se sumaba ahora un nuevo y misterioso sufrimiento, llevado en el más absoluto silencio, pero visible en aquella hinchazón azulada debajo de los ojos o en aquella manera que tenían de pararse a medio camino, bajar los ojos y sacudir la cabeza como manifestando su desacuerdo con la vida”.

Esto explica que una novela, donde se cuenta la historia de cinco chicas, entre los 12 y los 17 años, que acaban suicidándose -de ahí el título- no resulte una tragedia a ojos del lector, pues la espontaneidad y, en ocasiones, el sentido del humor, de los narradores contrarresta los efectos devastadores de hechos tan terribles: “Parecía una Cleopatra pequeñita en una litera imperial. El primero en salir fue el sanitario delgaducho que lucía un bigote a lo Wyatt Earp -a quien llamaremos sheriff cuando lo conocimos mejor después de tantas tragedias domésticas-, y luego apareció el gordo, que sostenía la camilla por detrás y caminaba melindrosamente por el césped, mirándose los zapatos reglamentarios de policía, como si tratara de no pisar mierda de perro, aunque con el tiempo, cuando estuvimos más familiarizados con los aparatos, supimos que vigilaba la presión sanguínea”. Así describen la salida de los dos sanitarios con el cuerpo moribundo de Cecilia, después de su intento de suicidio.

No obstante, hay señales que anuncian estos hechos terribles: la plaga de moscas del pescado, “que formaban una alfombra en las piscinas de nuestras casas, llenaban nuestros buzones y manchaban la estrella de nuestras banderas”; la enfermedad holandesa que está acabando con todos los olmos del barrio; el descuido cada vez mayor del jardín, después del suicidio de Cecilia; la propia actitud de las hermanas, por ejemplo en el colegio, siempre distantes de las demás chicas y chicos; etc.

Son señales que nos desvelan el drama que se está cociendo en el interior de la casa y que representa probablemente el de otras casas estadounidenses, en la década de los 70 del siglo XX: “”El suicidio de una adolescente del East Side durante el pasado verano ha aumentado la conciencia pública de una crisis nacional”. Porque, en realidad, tal y como se dice más adelante, en Estados Unidos se producían ochenta suicidios diarios y, en los últimos cuarenta años, se había triplicado el número entre los más jóvenes.

Sin duda, lo que impulsa a estas hermanas a quitarse la vida es el aislamiento a que las somete su madre, después de que una de ellas, Lux, violara el toque de queda, al volver a casa con dos horas de retraso. Un aislamiento, que recuerda al luto de ocho años que impuso Bernarda Alba a sus hijas, en la obra de García Lorca, y que cercena su deseo de vivir: “No se habla ni un momento de lo que ellas sienten ni de lo que esperan de la vida, no hay más que una orden que emana de arriba”.

A raíz del mismo, comienzan a suceder cosas, que rozan el realismo mágico, quizá con el fin de profundizar en la realidad, como que Lux comience a hacer el amor en el tejado, de forma casi compulsiva e indiscriminada, o que en éste siempre haya una nube “hecho que no tenía otra explicación que la psíquica: la casa estaba en sombras porque así lo quería la señora Lisbon”.

Todo contado desde la distancia a la que se encuentran unos chicos fascinados por las hermanas, compartiendo sus sensaciones, sus sentimientos contenidos, sus frustraciones, los viajes imaginarios con ellas, su comunicación a través del teléfono, con discos de música: “Y continuamos con “Puente sobre las aguas turbulentas”. Con esta subimos el volumen, porque la canción expresaba mejor que ninguna lo que nos inspiraban las chicas, lo mucho que queríamos ayudarlas. Al terminar, esperamos su respuesta. Después de una larga pausa, volvió a rechinar su tocadiscos y entonces oímos aquella canción que incluso ahora, cuando la escuchamos, a través del hilo musical de unas galerías comerciales, hace que detengamos nuestros pasos y que volvamos la vista atrás…”.

Así, hasta un final, donde el ritmo de la narración se remansa, y ellos y nosotros, los lectores, en medio del silencio de la noche, nos convertimos en peones de una estrategia trazada por las hermanas Lisbon; y, con independencia de que su suicidio sea interpretado como algo histórico, surgido de la misma fuente que otros que se produjeron en el país, o se debiera a la presión familiar, o a la predisposición genética, o a un impulso irresistible, lo cierto es que este grupo de chicos, así como los que hemos leído la novela, no logramos olvidarlas, quizá por lo que tienen de rebeldía frente a un mundo lleno de defectos.

Hablaremos de Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides, en la próxima sesión del Club de Lectura del IES Gran Capitán, el 9 de enero, miércoles, a las 17:30, en la biblioteca del centro. Será la primera del año que empieza.

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