La historia de una espera

Tom, casado con Berta Isla, define así a los espías: “Nosotros somos las atalayas, los fosos y los cortafuegos; somos los catalejos, los vigías, los centinelas que siempre estamos de guardia, nos toque esta noche o no. Alguien tiene que estar atento para que el resto descanse, alguien ha de detectar las amenazas, alguien ha de anticiparse antes de que sea tarde”. Porque, en efecto, esta última novela de Javier Marías, publicada en 2017, trata de este tipo de personas, que, según la definición de la RAE, observan o escuchan lo que pasa con disimulo y secreto para comunicarlo, después, al que tiene interés en saberlo, que normalmente es el Estado. Personas que garantizan que las cosas, incluidas las más corrientes, como que haya pan en las panaderías o  que cada uno reciba a fin de mes su salario, sucedan con normalidad. Personas imprescindibles e insustituibles, que están rindiendo un servicio esencial a los demás y que no pueden desaparecer, para que todo funcione.

La historia se cuenta desde dos puntos de vista: comienza con un narrador omnisciente que nos presenta a los personajes y la difícil situación en la que se encuentran, a pesar de que se conocían desde casi niños: “Berta Isla sabía que vivía parcialmente con un desconocido. Y alguien que tiene vedado dar explicaciones sobre meses enteros de su existencia se acaba sintiendo con licencia para no darlas sobre ningún aspecto. Pero también Tom era, parcialmente, una persona de toda la vida, que se da por descontada como el aire. Y uno jamás escruta el aire”. 

Después, la voz narradora pasa a la propia protagonista, la cual cuenta la vida con su marido, un hombre reclutado para los servicio secretos, por sus excepcionales cualidades para las lenguas y los acentos. La novela es, en este sentido, la historia de una espera, que se refleja en la imagen de ella misma asomada al balcón de su piso con la mirada perdida, como Penélope, que de noche destejía lo que había tejido de día, aguardando el regreso de Odiseo. Una espera y también la obligación de convivir en medio de la ocultación y el miedo, lo cual le lleva a plantearse el dilema de seguir o no al lado de Tom, “ignorando la mitad de su existencia (…), sin saber en qué andaba metido ni cuánto se manchaba las manos y el ánimo, si engañaba mucho, si traicionaba a quienes lo considerarían compañero o amigo, si los enviaría a prisión o a la muerte, y todo ello sin preguntar. Con riesgos para mí y para el niño…”.

Y es que, por encima de la anécdota y de la intriga, en torno a lo que sucede, que sabe generar Javier Marías, está su estilo introspectivo, ese indagar en el pensamiento de los personajes, en sus dudas, al tomar una decisión, como el dilema Berta, o las de Tom para contarle a esta lo que le obligó a llevar la vida de agente secreto; en la necesidad de callar lo que sucede en las misiones secretas, que para eso son estrictamente confidenciales: “Nada de eso existe para ti. No debería existir ni para mí. De hecho no existe, como quieres que te lo diga. No acontece, no tiene lugar (…) Estamos obligados.  Para siempre. De lo contrario nos acusarían de revelar secretos de estado, y eso no es ninguna broma, te lo aseguro”; en las dolorosas ausencias necesarias, que separan de su familia al que trabaja en este menester; en los posibles escrúpulos morales por haber propiciado la detención de quienes han depositado la confianza en ti. 

O reflexionar sobre la diferencia entre los servicios secretos de una democracia avanzada, como Inglaterra, que supuestamente deben atenerse a leyes estrictas y estar controlados por políticos elegidos y por jueces honrados, y los llamados sociales de nuestra dictadura, hacia los que sentíamos aversión y desprecio, por su comportamiento despiadado e indigno; sobre la veleidad del pueblo que nunca es responsable de nada: “¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croacia? ¿Qué culpa del estalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado”; o sobre la asunción de la muerte de un ser querido y el largo periodo en el que su ausencia se siente como transitoria.

Estas introspecciones a veces van acompañadas de textos de dos escritores ingleses: Shakespeare y  Eliot. Por ejemplo, una escena de Enrique V, en la que el Rey, la noche antes de la batalla, haciéndose pasar por una persona normal y corriente, escucha cómo un soldado se pregunta por la causa de la guerra, le sirve a Berta para cuestionar las razones por las que actúa su marido.  O el verso “Como la muerte se parece a la vida”, perteneciente al poema “Little Gidding”, describe la situación de Tomás, que lleva casi dos años sin regresar a casa, pues ambas, la muerte y la vida, son posibles en su caso: “Podía no regresar nunca, en todo caso, aunque aún respirara en un lugar lejano. Yo podía optar por no esperarlo más o seguirlo esperando, cabía ‘declararlo’ muerto a todos los efectos o ‘decidir’ que todavía pisaba la tierra y cruzaba el mundo; todo interiormente, para mis adentros”.

Hay también críticas a las malas prácticas de los Estados: “Si usted supiera la cantidad de gente en el mundo que cobra por no hacer nada, por figurar en un consejo de administración o ser miembro de un patronato, por asistir a un par de reuniones al año, por asesorar sin asesorar. En realidad cobra por estarse quieta y callar. Los Estados cargan con parásitos, y lo hacen de sumo grado”. Así, le justifica Tupra a Berta el sueldo que va a cobrar sin hacer absolutamente nada.

En el último tramo de la novela, cuando la ausencia de Tom se prolonga, cambia el punto de vista en favor de un narrador omnisciente, que le permite  a Javier Marías distanciarse de la historia, sin renunciar al mundo interior de los personajes, y al mismo tiempo aunar las perspectivas de ambos. Pero no solo eso, pues en la historia hay un cabo suelto, una intriga sin resolver, relacionada con Janet, que se retoma. El confidente de este secreto, y a través de él nosotros los lectores, es Mr Southworth, antiguo profesor de Tom en la universidad y con quién éste conversaba, cuando se le comunicó su posible implicación en la muerte de esta  joven.

Reaparece también la voz narradora de Berta para cerrar la novela. Ella y su futuro marido, cuando se enamoraron, no dudaban de que iban a ser importantes en la vida; pero con el tiempo, como suele ocurrir con todos los jóvenes, a medida que pasa el tiempo y se hacen mayores, toman conciencia de que pertenecen “a esa clase de personas que no se ven protagonistas ni de su propia historia, sacudida por otros desde el principio; que descubren a mitad del camino que, por únicas que todas sean, la suya no merecerá ser contada por nadie”. 

Las novelas de Javier Marías no defraudan, pues además de sus argumentos muy bien trabados y, en el caso de Berta Isla, su capacidad para generar la intriga y mantenerla hasta el final, está su estilo original, inconfundible; su frase larga para introducirse en la mente de los personajes y explorar los recovecos de la psicología humana.

La fuerza de una mujer para luchar contra la adversidad

El prólogo con el que se inicia esta novela, publicada por primera vez en 2007, es inquietante, por las referencias a una vida pasada infeliz; y el primer capítulo confirma este desasosiego, con la protagonista, Rebecca, que regresa a su casa del trabajo, en un cadena montaje de Chautauqua Falls, por un camino solitario de sirga, y es seguida por un individuo bien vestido y con un sombrero panamá: “El puente en Poor Farm Road estaba todavía a kilómetro y medio. ¿Cuántos minutos? No era capaz de calcularlo: ¿veinte? Y correr estaba descartado. Se preguntó qué sucedería durante aquellos veinte minutos”.

Mientras esto sucede, evoca, a través de un narrador omnisciente, su vida actual, con un hijo de tres años que la espera en casa de unos amigos; y un marido, Niles Tignor, que se ausenta durante semanas por razones supuestamente de trabajo. Pero también recuerda, veinte años atrás, en 1939, la vida con sus padres, que se vieron obligados a emigrar a Estados Unidos huyendo del nazismo; su difícil  integración en este país, sobre todo por las dificultades para aprender el nuevo idioma y por la decisión absurda de no hablar alemán ni siquiera en la intimidad de la casa. 

A estas dificultades de adaptación hay que añadir: el carácter violento y atormentado del padre, Jacob Schwart, como consecuencia de las calamidades pasadas, que lo habían llevado de profesor de Matemáticas en Munich, al trabajo agotador de sepulturero en Milburn, con un salario miserable; las crisis nerviosas de una madre pusilánime y tartamuda, Anna, que había sido una muchacha bonita y esbelta, que tocaba el piano en Alemania; los problemas de conducta del hermano mayor en la escuela; la vida miserable en la casa al lado del cementerio; el olor a hierba podrida, que impregnaba la piel y el pelo; las burlas de la gente del pueblo.

La situación en su familia se degrada de tal forma, sobre todo a raíz de la enfermedad de la madre, que se vuelven como animales, chapoteando en la miseria y en la suciedad: “Con frecuencia la comida se devoraba sacándola de la pesada sartén de hierro que permanecía más o menos continuamente sobre el fogón, tan cubierta y encostrada de grasa que ni siquiera era necesario limpiarla. Había además harina de avena en una olla en el fogón que tampoco se limpiaba nunca. Siempre había pan, mendrugos y cortezas de pan, y galletitas saladas Ritz, que se comían a puñados; latas de conservas: guisantes, maíz, remolacha, chucrut, judías verdes y alubias cocinadas que se comían directamente de la lata con una cuchara”. 

Los momentos de ternura y alegría son como leves destellos, en medio de la oscuridad, por ejemplo entre ella y su madre: “Rebecca secaba la vajilla para ayudar a mamá. Eran momentos felices para Rebecca. Sin que mamá diera la menor señal de notarlo, y menos aún de que lo considerase molesto, Rebecca podía pegarse a sus piernas, que despedían una tibieza extraordinaria. A través de unos párpados casi cerrados miraba hacia arriba, para ver a mamá que también la miraba”. O cuando esperan infructuosamente la llegada desde Europa, en el barco Marea, de la hermana de Anna y su familia, y comienzan a hacer planes para acondicionar mejor la casa, de manera que pudieran alojarse junto con ellos.

Pero el sentimiento de odio hacia todas las personas, incluidas ella y su madre, que se apodera del padre, como consecuencia del rencor y la frustración, desemboca en un estallido de violencia extrema.

Lo sorprendente es la sensatez que demuestra Rebecca, después de haber vivido en un ambiente familiar tan hostil, por ejemplo, cuando conocemos, a través del estilo indirecto libre, su pensamiento crítico sobre las clases que le daban en el instituto: “La asignatura que menos le gustaba era el álgebra. ¿Qué tenían que ver las ecuaciones con las cosas de verdad? Y en la clase de Lengua se veían forzados a memorizar poemas de Longfellow, Whittier, Poe, ridículas cantarinas, ¿qué tenían que ver las rimas de los poemas con las cosas?”. O cuando le pregunta con una lógica aplastante a la señorita Lutter, que acabó adoptándola: “¿Por qué permitió Jesús que lo crucificaran, señorita Lutter? No tenía por qué hacerlo, ¿verdad que que no, si era hijo de Dios?”.

Sin embargo, la adversidad va a seguir formando parte de su vida, después de casarse supuestamente con Tignor: “Bebía con él en las primeras horas de la mañana cuando no conciliaba el sueño. A veces lo tocaba, con suavidad. Con el cuidado de una mujer que toca a un perro herido que podría volverse contra ella, gruñéndole”. Incluso cuando huye con el hijo de ambos, Niley, y parece que las cosas le van ir mejor, la sombra de la violencia la persigue, o al menos eso es lo que se transmite a los lectores, que en cualquier momento esperamos su reaparición, quizá por el peso de un pasado que trata de olvidar o porque es una mujer frágil, insegura y vulnerable: “parecía una llama vertical, erguida, atraía las miradas, deslumbraba; pero una llama, después de todo, es una cosa delicada, una llama puede verse amenazada de repente, destruida”.

Se ve forzada a cambiar de identidad, convirtiéndose en Hazel Jones, lo cual le va a permitir continuar con su vida, así como encontrar la felicidad con Chet y la esperanza de un futuro para su hijo como pianista; pero la autora estadounidense, en un audaz juego de simetrías, aún nos tiene reservadas más sorpresas: la reaparición del hombre con el sombrero panamá, Byron Hendricks; el retorno del presentador del programa de jazz que escuchaba, de forma obsesiva, el hijo de la protagonista, cuando era pequeño; la vuelta del espíritu atormentado de la familia Schwart, que parece concentrarse en las manos delicadas de éste, con toda su fuerza, con sus ventajas e inconvenientes; el regreso a sus orígenes, como empleada de hotel, de la propia Hazel Jones, antes Rebecca Schwart; y sobre todo el reencuentro, mediante un delicioso intercambio de cartas, con su prima Freyda, 57 años después de que soñara con su llegada a Milburn. 

Para contar esta historia de violencia y superación, Joyce Carol Oates utiliza una escritura fluida y sencilla, que en ocasiones se ve interrumpida por frases filosóficas, algunas de grandes pensadores, que reflejan el temperamento obsesivo de los personajes, particularmente del padre: “La humanidad teme a la muerte… ¡Ocúltales tu debilidad y un día se lo devolveremos con creces!.. El individuo es confusión… La vida es lucha incesante, conflicto”.

Demuestra, además, una gran capacidad de sugerencia, dando a entender, por ejemplo, la violencia, a través de las consecuencias de la misma: “Rebecca se movía con dificultad y ocultaba el pelo bajo un pañuelo. En la cadena de montaje se vio que tenía la cara hinchada, y que su gesto era huraño. Cuando se quitó las gafas de sol con montura de plástico, de la clase barata y risueña que se compraba en las farmacias, y las reemplazó por los anteojos protectores se pudo ver que tenía el ojo izquierdo hinchado y amarillento. Cuando Rita le dio un codazo y le dijo al oído: «Vaya, corazón, ha vuelto. ¿No es eso?», Rebecca no respondió.”

Sus descripciones son impresionistas y mordaces: “Tignor era como una gran luna de rostro maltrecho en el cielo nocturno, y sólo veías la parte brillantemente iluminada, resplandeciente como una moneda, pero sabías que había otro lado, oscuro y secreto. Los dos lados de la luna marcada de viruela eran simultáneos, pero querías pensar, como una niñita, que sólo existía la parte iluminada”. Y sus imágenes expresivas y contundentes, como un golpe en pleno rostro: “Tenía la cabeza tan vacía como una nevera arrojada en un vertedero.”

La hija del sepulturero es una novela cuyo interés no decae en sus cerca de setecientas páginas, fundamentalmente por la fuerza y autenticidad de su protagonista, inspirada en su propia abuela, una mujer que tuvo que luchar contra un destino incierto e impregnado de violencia machista, y que representa un modelo de superación ante la adversidad, al descubrirnos cada día una razón para seguir viviendo dignamente. En este sentido, ha declarado Joyce Carol Oates: “Me gusta poner a los personajes en momentos de crisis para conocer su coraje, no es la violencia en sí lo que me interesa.”



Aquí no son ustedes mujeres, sino dependientas

Al leer Tea Rooms (1934), la primera novela que me viene a la cabeza es La Colmena de Camilo José Cela, pues ambas se desarrollan en su mayor parte en el interior de un local de ambiente relajado, a donde acuden personajes de distinta clase social y que ejercen diferentes profesiones. En las dos novelas vemos desfilar a la sociedad madrileña de la época, con una diferencia de 10 ó 15 años, que son los que separan la II República de la Dictadura franquista; pero, mientras el autor gallego se limita a mostrar con objetividad las vidas de estos personajes, Luisa Carnés  se detiene especialmente en las mujeres que trabajan en el salón de té, hasta descubrirnos el origen de sus desgracias: “Todos conocen ya su historia en el salón. La repite a cada momento. Parece encontrar en su origen miserable, en su vida de privaciones, un motivo de vanidad: el mismo que suscita en otros la opulencia. Tal vez alimenta la tesis de que la única nobleza del globo la constituye la casta de los oprimidos, y le enorgullece pertenecer a ella. Detalla la desventura de su hermana mayor, abandonada por el novio después de cuatro años de relaciones. («Cuando la hizo la niña, se largó»). La tragedia de su padre, parado hace cerca de un año. («Dice que un día se tira al Metro»). El constante batallar de su madre con las amas de casa pudientes; y luego, «aquellos críos», torturados por todas las escaseces imaginables”.

Así, resume la desgraciada historia de su familia, Marta, una chica que se siente orgullosa de pertenecer a la clase social de los oprimidos. Pero Luisa Carnés trasciende las vidas individuales de estas mujeres, hasta convertirlas en representativas del grupo social de personas menos favorecidas, al que pertenecen Marta y el resto de las que trabajan en el salón de té, incluida la protagonista, Matilde.

Al escribir esta novela, la autora se basa en su propia vida, pues trabajó durante un tiempo en un local de estas características, en Madrid, lo cual  explica la veracidad y el realismo de lo que cuenta. De hecho, la protagonista es un trasunto suyo y, a través de ella, expone su compromiso y solidaridad con los explotados, que se sienten desesperados por su situación: “Yo sí leo los periódicos -le dice Matilde a Antonia-. En todo el mundo, los obreros recorren las calles, hambrientos, y los niños se mueren de frío y de hambre. Las grandes fábricas, las minas , los comercios, las industrias, cierran sus puertas en todos los países. Cada día que pasa aumenta el número de hambrientos y de parados. Los campesinos se apoderan de las tierras y se las reparten. Los obreros asaltan las tiendas de comestibles. Los hambrientos quieren comer”.

Está haciendo referencia, con estas palabras, a la utopía comunista, pues hacía pocos años se había producido en Rusia la Revolución de Octubre, que despertó en las clases bajas de todos los países del mundo, incluido España,  la ilusión de que un mundo más justo es posible.

Pero las verdaderas protagonistas de Tea Rooms son las mujeres, doblemente discriminadas, como mujeres y como trabajadoras. Los casos más dramáticos son el de Marta, que tiene que prostituirse para sobrevivir, y el de Laurita, que queda embarazada del novio y acaba muriendo al abortar: “Ahí dentro, en una habitación reducida de paredes azuladas, queda el cuerpo exangüe de Laurita, envuelto en una sábana. Ayer tarde estaba en el salón de té, se movía de un lado para otro, sonreía llena de vida, hablaba, y ahora está inmóvil, marcado el rostro por una trágica amarillez, perdida hasta la última gota de su sangre juvenil”.

Luisa Carnés, por boca de Matilde, responsabiliza a la sociedad de esta discriminación de las mujeres: “Pero la sociedad no parece conmoverse por estos acontecimientos. Desde hace milenios vienen perpetrándose abortos ilegales y prostituciones sin que nadie se asombre por ello. La sociedad viene causando víctimas desde hace millares de años. Por lo tanto, no es una sociedad humanitaria. Es una sociedad llamada a desaparecer”.

Por eso, plantea la emancipación y la lucha por la verdadera igualdad de las mujeres -de ahí su mirada innovadora que la hace plenamente vigente- a través de la cultura y el trabajo más cualificado, que les hará pensar por sí mismas, al margen de la voluntad del marido, del padre, del jefe de la oficina o del patrono de la fábrica.

Esta defensa de los derechos de la mujer supone para Luisa Carnés un paso adelante en su compromiso social, que hay que enmarcar en las políticas progresistas del Frente Popular, así como en su acercamiento al Partido Comunista.

Tea Rooms, en este sentido, encaja dentro de la narrativa social anterior a la Guerra Civil, a la que pertenecen también otros autores, como Ramón J. Sénder, César Muñoz Arconada o Joaquín Arderius, y que tiene como fin transmitir a los lectores la necesidad de mejorar la condición de la clase trabajadora y de los más desprotegidos de la sociedad, en particular las mujeres. Esta finalidad explica el lenguaje sencillo en que está escrita, el predominio del diálogo, la preferencia por personajes que representan a un grupo social, la linealidad narrativa, y los monólogos reflexivos: “Los hombres que desfilan por el salón apenas miran a la dependienta. La dependienta, dentro de su uniforme, no es más que un aditamento del salón, un utilísimo aditamento humano. Nada más. Ella corresponde a esta indiferencia con desprecio. Para ella, el público se compone de una interminable serie de autómatas; de seres de ojos, palabras y ademanes idénticos -todos la misma actitud: el índice, tieso, indicando el dulce elegido y un brillo glotón en los ojos; un brillo repugnante- “Aquí no son ustedes mujeres; aquí no son más que dependientas”.

 

Hablaremos de Te Rooms de Luisa Carnés, el próximo 26 de junio, miércoles, a las 11:30, en el Club de Lectura del IES Gran Capitán. Será la última sesión de este curso académico.

 

Idiota

Como bien señala, en el programa de mano, Israel Elejalde, «Idiota», se asienta en dos ejes: el primero es el prototipo de tonto, es decir, ese tipo de persona que ninguno deseamos ser, que está lejos de nosotros, pero que en realidad se encuentra muy cerca; y el segundo es lo que los griegos llamaban «Deus ex machina», que está por encima de nosotros, pero que, lo queramos o no, mueve nuestras vidas. Ambos ejes se perciben, desde el inicio de la representación, pues los encarnan los dos personajes de la obra: el hombre arruinado, a punto de sufrir el deshaucio de su local, que se presta a participar en lo que él cree un sencillo experimento, a cambio de mucho dinero; y la mujer que dirige éste, planteándole las preguntas que debe responder satisfactoriamente.

El problema surge porque el experimento es una reflexión sobre la propia vida,  y está lleno de trampas. Es el sino de este tiempo de la globalización, anticipado por Orwel en «1984», en el que todo está controlado por un gran hermano, representado por los poderes económicos, que conoce todo sobre nosotros. A él nos debemos, somos sus esclavos, y no podemos rebelarnos, porque el chantaje en forma de descrédito es su principal arma disuasoria. Y si esto no fuera suficiente, todos tenemos un precio, nadie es capaz de resistirse al chantaje económico, o al menos éste es el mensaje que nos transmite la obra.

La puesta en escena es sencilla: los personajes se encuentran en una especie de cámara acorazada, en la que se puede entrar, pero no salir, hasta que no se realicen todas las pruebas. Dos mesas y sus respectivas sillas, separadas y situadas una frente a la otra, completan la escenografía, remarcando la distancia entre quien dirige el experimento y quien lo padece.

Los personajes, perfectamente interpretados por Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert, entre los que se establece una gran complicidad, evolucionan a lo largo de la obra: desde el mundo falso de las apariencias, al que les obliga la sociedad, en función del rol que desempeñan en ella, hasta mostrar sus capas más profundas, los miedos que les atenazan, que son en realidad nuestros propios miedos.

Ficha técnica:

Autor: Jordi Casanovas

Dirección: Israel Elejalde

Interpretación: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert

Sala: Teatro Kamikaze de Madrid

Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía

 

El pasado viernes vi, en el Teatro Español de Madrid, «Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía», y la verdad es que experimenté sensaciones contrapuestas, a lo largo de la representación. La primera parte está constituida por diálogos breves y ágiles entre dos vecinos, que conversan, superficialmente, aunque con ironía y sentido del humor, sobre la cuestión judía, con el lastre de los oscuros que separan estos diálogos, porque le restan continuidad a la obra y te hacen entrar y salir de ella.

Sin embargo, los últimos veinte minutos son un monólogo del vecino del piso de arriba, el propio autor, quien, a partir de comentarios de lectores, logra ofrecernos una dimensión auténtica del drama judío.

Aparentemente, nada tienen que ver las dos partes; pero el espectador las percibe como un todo: a la ligereza y el ingenio del presente de los dos vecinos, le suceden la emoción y el dramatismo del pasado del propio autor, que cuenta una historia enternecedora que logra unirlas.

Es curioso cómo un montaje teatral puede ofrecer estas dos dimensiones de un mismo hecho, llevando al espectador de una a otra, con sutilidad, pero eficacia; pero «Serlo o no. Para acabar con la cuestión judia» lo consigue.

Además, con una decoración sobria, que nos sitúa en el rellano de la escalera donde se cruzan los dos vecinos, y con interpretaciones magistrales, especialmente de Josep María Flotast, capaz de pasar de la ironía a la ternura en apenas un instante.

Al final, cuando acabó la representación, hubo un silencio, que pareció eternizarse -justo el tiempo para que los espectadores tomáramos conciencia de lo que habíamos presenciado-, al que le siguió un aplauso unánime y sostenido.

Ficha técnica:

Autor: Jean Claudel Grumberg

Traducción: Mario Armiño

Direccion y puesta en escen: Josep María Florast

interpretacion: Josep María Flotast y Arnaldo Puig

Sala: Teatro Español de Madrid

Un libro valiente

 

Este libro, como indica el propio título, es una reflexión sobre la desfachatez de muchos intelectuales de nuestro país, mayoritariamente escritores, que expresan, en artículos y ensayos, ideas superficiales sobre temas diversos como: la educación, la clase política, el nacionalismo o la crisis económica. Además, estos intelectuales, entre los que se encuentran Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Jon Juaristi, Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez Reverte o Javier Cercas, expresan sus opiniones de forma prepotente, es decir, abusando del merecido prestigio que tienen como escritores y con el convencimiento de “que digan lo que digan, por muy arbitrario o absurdo que resulte, nadie les va a mover la silla”.

Ignacio Sánchez Cuenca aclara que su intención no es destruir la reputación de ninguno de ellos en los que campos en los que destacan, sino en llamar la atención sobre la pobreza argumentativa cuando opinan sobre temas que no conocen suficientemente.

Distingue, siguiendo a Diego Gambetta, dos tipos de cultura intelectual: la analítica y la holística. La primera consiste en ir construyendo argumentos, a partir de los hechos; la segunda presenta el conocimiento como un bloque compacto y se basa en la autoridad de quien opina. En esta se sitúan la mayor parte de nuestros escritores, siguiendo la estela iniciada por la Generación del 98.

Una de las falacias más extendidas entre ellos es la decadencia de la educación. Por ejemplo, Félix de Azúa llega a afirmar que “la enseñanza española es la que recoge la más baja calificación en todo el conjunto europeo”, cuando, si tenemos en cuenta los resultados PISA, por ejemplo, de 2012, España está muy cerca de la media, casi al mismo nivel de Italia y por encima de Suecia, y ahí se ha mantenido, con pequeñas variaciones, desde que existen estas pruebas internacionales.

Otro objetivo de sus críticas es la clase política. Arturo Pérez Reverte quizá sea el que llega más lejos en un artículo titulado nada más y nada menos que “Esa gentuza”, referido a los diputados del Congreso, a los que califica además de “arrogantes (…) oportunistas advenedizos (…) sin escrúpulos y sin vergüenza”. Y todo esto lo escribe –según reconoce él mismo al final del artículo- no como un acto reflexivo, sino visceral y desprovisto de razón.

Sobre el tema del nacionalismo -principal problema que tiene España para estos escritores, por encima de la crisis económica, el paro y la corrupción-, Javier Cercas, al analizar los instrumentos políticos que deberían emplearse, para solucionar la cuestión del independentismo catalán, sostiene en un artículo de 2013 que el derecho a decidir no existe, porque es una aberración democrática, y que la solución pasa por unas elecciones plebiscitarias, mientras que en otro publicado en el año 2015, después de que estas se hubieran celebrado en Cataluña, apoya justo lo contrario.

En cuanto a la crisis, Muñoz Molina, en su ensayo “Todo lo que era sólido”, defiende la tesis de que el despilfarro de las administraciones locales y autonómicas, que gastaron por encima de sus ingresos, es una de las causas principales. Sin embargo, los datos indican que en España hubo superávit presupuestario, por primera vez en democracia, entre 2004 y 2007, durante la burbuja inmobiliaria. Además, una año antes de que estallara esta, el nivel de deuda pública de nuestro país estaba muy por debajo de la media europea. El problema no era que las administraciones locales y autonómicas estuviesen endeudadas, sino que las empresas privadas lo estuvieran y mucho: el 200% del PIB, frente al 90 % de los hogares y el 60 % del estado.

En opinión del autor de “La desfachatez intelectual”, la mejor manera “de superar estas prácticas viciadas y robustecer el intercambio de argumentos” es llegar a un consenso en cuanto al nivel de rigor de lo que se publica, y demandar a nuestros intelectuales un mayor compromiso con el conocimiento y la investigación, cuando participan en el debate público.

Sea bienvenido un libro valiente, como éste, que se atreve a cuestionar, de forma razonada, a quienes, situados en su torre de marfil y con el respaldo de medios de comunicación afines, pontifican por encima del bien y del mal.

Nuestros fetiches

Al diseñador Darragh Casey se le ocurrió la brillante idea de contar su vida y la de sus allegados a través de los objetos que poseen. Así, su abuela de 84 años eligió dos panes que representan el trabajo realizado en la granja durante años; su madre, un cactus evocador de las vacaciones familiares; su padre, varias botellas vacías que simbolizan los sucesivos intentos de hacer vinos; su hermano Alan, los libros de la carrera que no terminó, a través de los cuales habla de la ambición frustrada; su amigo Laszlo, los cuadernos de croquis que reflejan su pensamiento y su trabajo como diseñador; etc.

Todos se dejaron retratar con estos y otros objetos, que dibujan una especie de mapa de sus vidas y de las decisiones que fueron tomando a lo largo de ellas. Para facilitar la elección de los objetos, Darragh Casey les preguntaba qué salvarían en un incendio.

Me planteo yo mismo esta pregunta, naturalmente no con el ánimo de hacer una obra de arte, sino como un mero juego. Estando lejos de Córdoba y, por tanto, de mi vivienda habitual, donde podría encontrar estos objetos, lo que me viene a la mente son los libros que me han hecho disfrutar y, al mismo tiempo, como profesor de Lengua Española, me han permitido vivir. Pero son demasiados para salvarlos en un hipotético incendio y me propongo elegir un máximo de cinco. ¿Por qué cinco y no diez o quince? Simplemente, porque me parece un número más razonable en un caso extremo como éste. Descarto los no leídos, tanto los que no he terminado, como los que ni siquiera he empezado. También los manuales, en general, que son meros libros de consulta, aunque parece ser que Jorge Luis Borges, cuando quería leer algo importante, leía la Enciclopedia Británica; y las biografías, porque siempre me han gustado más los libros de ficción que los que cuentan la vida de una persona con pelos y señales.

De los libros de poesía, me inclino por La realidad y el deseo de Luis Cernuda, por la belleza y profundidad de sus versos:

Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

 

Y Su nombre era el de todas las mujeres de Luis Alberto de Cuenca, fundamentalmente por su sentido del humor:

Me gustas cuando dices tonterías,

cuando metes la pata, cuando mientes,

cuando te vas de compras con tu madre

y llego tarde al cine por tu culpa.

Me gustas más cuando es mi cumpleaños

y me cubres de besos y de tartas,

o cuando eres feliz y se te nota,

o cuando eres genial con una frase

que lo resume todo, o cuando ríes

(tu risa es una ducha en el infierno),

o cuando me perdonas un olvido.

Pero aún me gustas más, tanto que casi

no puedo resistir lo que me gustas,

cuando, llena de vida, te despiertas

y lo primero que haces es decirme:

«Tengo un hambre feroz esta mañana.

Voy a empezar contigo el desayuno».

 

Entre las novelas, opto por Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, porque su lectura supuso para mí una forma diferente de hacer literatura, con personajes extraños e inolvidables, como José Arcadio Buendía o Remedios la Bella, y una concepción cíclica del tiempo, que hace que los hechos se repitan, aunque en circunstancias diferentes; y Anatomía de un instante de Javier Cercas, por el doble interés con que la leí: histórico, ya que analiza minuciosamente las causas del intento de golpe de estado de 1981, y literario, porque narra los hechos con un estilo fluido y envolvente, a base de repeticiones, paralelismos y simetrías entre los personajes y los hechos que sucedieron.

 

Finalmente, escojo, entre las obras de teatro, Luces de bohemia, de Valle-Inclán, por el estilo brillante con que está escrita, así como por su carga crítica, que sigue teniendo plena vigencia:

 

EL MINISTRO: ¡No has cambiado!… Max, yo no quiero herir tu delicadeza, pero en tanto dure aquí, puedo darte un sueldo.
MAX: ¡Gracias!
EL MINISTRO: ¿Aceptas?                                                                                                                                                                                                                                                                                            MAX: ¡Qué remedio!
EL MINISTRO: Tome usted nota, Dieguito. ¿Dónde vives, Max?
MAX: Dispóngase usted a escribir largo, joven maestro: -Bastardillos, veintitrés, duplicado, Escalera interior, Guardilla B-. Nota. Si en este laberinto hiciese falta un hilo para guiarse, no se le pida a la portera, porque muerde.
EL MINISTRO: ¡Cómo te envidio el humor!
MAX: El mundo es mío, todo me sonríe, soy un hombre sin penas.
EL MINISTRO: ¡Te envidio!
MAX: ¡Paco, no seas majadero!
EL MINISTRO: Max, todos los meses te llevarán el haber a tu casa. ¡Ahora, adiós! ¡Dame un abrazo!                                                                                                                                                  MAX: Toma un dedo, y no te enternezcas.
EL MINISTRO: ¡Adiós, Genio y Desorden!
MAX: Conste que he venido a pedir un desagravio para mi dignidad, y un castigo para unos canallas. Conste que no alcanzo ninguna de las dos cosas, y que me das dinero, y que lo acepto porque soy un canalla. No me estaba permitido irme del mundo sin haber tocado alguna vez el fondo de los Reptiles. ¡Me he ganado los brazos de Su Excelencia!