A seguir soñando con el porvenir

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Con Un faccioso más y algunos frailes menos (1879) concluyen los dos primeros tomos de los Episodios Nacionales, donde Benito Pérez Galdós abarca, veintinueve años de la historia de España, de 1805 a 1834. Al escribirlos, se propuso: “presentar en forma agradable los principales hechos militares y políticos del periodo más dramático del siglo, con objeto de recrear (y enseñar también, aunque no gran cosa) a los aficionados a esta clase de lecturas”. No le impulsó, por tanto, ningún deseo patriótico, contra Francia, como algún crítico francés de la época consideró: “La demencia patriótica que nuestros vecinos llaman chauvinisme es tan contraria a mi manera de sentir, que me tengo por libre de tal enfermedad ahora y siempre”.

Esta declaración de principios es interesante, porque sitúa a Galdós en una posición equilibrada y sensata con respecto a España, que se presta poco o nada a una posible utilización o apropiación del escritor, ahora que las efervescencias patrióticas han regresado con fuerza al panorama político nacional.

El inicio de la novela es algo tedioso, porque apenas hay acción y los personajes que aparecen son tantos, que cuesta identificarlos; no obstante, disfrutamos del estilo sencillo y, al mismo tiempo, expresivo de Galdós, y particularmente de su fino sentido del humor: “En la época en que nuevamente la encontramos, Doña María de la Paz se acercaba a una vejez apoplética, marchando a ella con los pies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y el cuello grasos. Sus cabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, y era que ella perseguía las canas como si fueran liberales, y no daba cuartel a ninguna, siendo tan implacable con ellas, que cuando vinieron en tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse en el puro casco, las disfrazó vistiéndolas de luto para que nadie las conociera”.

Hay un momento, a partir del diálogo entre el que se podría considerar protagonista, Salvador de Monsalud, y D. Carlos Navarro, alias Garrote, en que el interés crece, pues, al cruce de acusaciones mutuas, hay que añadir el desvelamiento de un secreto personal que, de alguna manera, los une. El enfrentamiento entre liberales y conservadores, que está detrás de toda la trama, aparece de modo explícito. 

Galdós se muestra crítico con los excesos de los dos bandos, pero especialmente con los segundos, a través del que parece su alter ego en en la novela, Salvador de Monsalud, que huye de Navarra, donde triunfó el alzamiento carlista: “Aquella misma tarde partió Salvador, deseando huir de un país que le infundía repugnancia y miedo, a causa de las muchas lecturas que en él había visto (…); un país que abandona en masa hogares, trabajo, campo y familia por conquistar una soberanía que no es la suya y una corona que no ha de aumentar sus derechos; ríos de sangre derramados diariamente entre hombres de una misma Nación; clérigos que esgrimen espadas (…) Así lo pensaba Salvador, huyendo de Elizondo y de Navarra, como el que huye de una epidemia, deseando perder de vista pronto a la gente facciosa y el sangriento teatro de sus hazañas, tomó el camino de Urdax con ánimo de salir de Navarra por los Pirineos y entrar en la España Isabelina por la Francia Orleanista”.  

La relación entre los dos hermanos va a mantener la intriga y es curioso cómo las asperezas y desacuerdos entre ellos representan, en cierto modo, el enfrentamiento entre los liberales y los carlistas, que va a desembocar en un suceso terrible, protagonizado por masas incontroladas con deseos de venganza: la matanza de los jesuitas, en 1834, a la que alude el título, porque se les acusaba absurdamente de ser responsables de la epidemia de cólera que asoló Madrid.  

Hechos como éste, que ponen de manifiesto, por una lado, la inutilidad de la violencia y por otro la negación de la ciencia en favor de la barbarie, le hacen ser pesimista a Salvador, que no coincide con los buenos propósitos de D. Benigno y sólo confía en las generaciones futuras: “En tanto, no puedo tener entusiasmo como usted, porque no creo en el presente. Me parece que asisto a una mala comedia. Ni aplaudo ni silbo. Callo, y quizás me duermo en mi luneta. No tengo que soñar en mi felicidad doméstica, que es ya un hecho positivo; soñaré con ese porvenir lejano de nuestra patria, con ese tiempo, querido amigo mío, en que la mayoría de los españoles se reirá de la angelical inocencia política de usted”.

Si analizamos lo sucedido en España, desde aquella época hasta la actualidad, casi doscientos años después, mucho me temo que habrá que seguir soñando, porque, aunque es verdad que hemos abrazado la bandera de la libertad, aún nos falta “admitir todos los progresos y aplicarlos a las leyes, a las costumbres, al vivir y al pensar, evitando guerras y colisiones”. Valga como ejemplo, un paralelismo entre lo que se cuenta en esta novela y la actualidad: si en 1834 la enfermedad del cólera diezmó la población española, particularmente la madrileña; en los tiempos que corren es la pandemia del coronavirus la que se está mostrando implacable en nuestro país. En aquel tiempo, lo que Galdós denomina el populacho culpó sin argumentos lógicos al clero de ser responsable y el resultado fue una tragedia; hoy día, los ánimos están más calmados, pero hay quien busca sacar réditos políticos de la desgracia de todos, en lugar de caminar juntos para superarla.

Vigencia de Entre visillos

“Las mezquindades de la burguesía de posguerra, anquilosada en sus prejuicios y temerosa de cualquier mudanza, nos suministró a los prosistas de entonces una gran cantera de inspiración”. Así, se expresa la propia Carmen Martín Gaite, al analizar los cuentos de un escritor contemporáneo suyo, Ignacio Aldecoa, y esto mismo se podría decir de su novela Entre visillos (1958), donde cuenta la vida de una serie de personajes, pertenecientes a esta clase social, en el ambiente cerrado y agobiante de una ciudad de provincias, en plena dictadura franquista:

“Mercedes se salió del portal y la cogió por un brazo. Se puso a tirar hacia dentro y la otra se debatía riendo a pequeños chilliditos.

-Ay, ay, bueno, ya, que me tiras…

-Venga, déjanos en paz, si estás muerta de ganas…

Julia, apoyada en la pared, las miraba sin intervenir.

-Anda, no hagáis el ganso -dijo-. Os mira la gente.

La amiga, ya libre, se arregló las horquillas, sofocada.

-¿Pero tú ves las trazas que me ha puesto? No debía subir.

Subieron. Iba haciendo remilgos todavía por la escalera.

-Mira que eres faenista. Luego se me hace tarde. Si no fuera por lo bien que se está en el mirador…”

En este fragmento del inicio de la novela se aprecian los principales rasgos de la misma: el protagonismo fundamentalmente femenino; la perfecta imitación del habla coloquial; la preocupación por la opinión ajena que condiciona la vida de estas mujeres; la costumbre de mirar entre visillos, desde el interior de la casa, la realidad exterior, que se sugiere con la referencia al mirador; etc. 

Carmen Martín Gaite representa la vida ordinaria en una ciudad, sin ningún tipo de aderezo o falsedad, lo que nos hace creíble la historia; pero aún le da mayor credibilidad cómo estos personajes evolucionan y algunos de ellos se muestran inconformistas, rebelándose, de alguna forma, contra el ambiente provinciano, que les asfixia, como Julia que decide marcharse a Madrid con su novio, sin el permiso de su padre, el cual se opone a esta relación; o su hermana Natalia, quien influida por Pablo, rompe con el modelo tradicional de mujer, cuya vida se orienta irremisiblemente a la búsqueda de marido, tomando la determinación de estudiar una carrera universitaria para realizarse así como persona;  o la misma Elvira, que se empeña en ser una mujer independiente y segura de sí misma, aunque al final acabe aceptando un matrimonio del que no está muy convencida. 

Y lo más interesante es que dos de estos personajes, Pablo y Natalia, contribuyen a narrar la historia, desde su perspectiva, ella con un enfoque claramente intimista y subjetivo, por su corta edad y porque se trata de un diario personal; y él con una orientación más reflexiva y crítica sobre la España de aquella época. Ambos, además, entablan una relación de amistad y acaban coincidiendo en su oposición al ambiente opresivo que les rodea, aunque a Natalia le cuesta asumirlo, como refleja esta conversación que mantienen en un café: 

“—¿De qué se ríe? 

—De que estoy pensando si viniera mi padre. 

—¿Viene aquí? 

—A todos los cafés va. 

—Ojalá viniera ahora, para que me lo presentara usted. 

—¿Para qué? 

—Para que yo le hablara de eso de sus estudios. A ver si me explicaba él los inconvenientes que tiene para dejarla hacer carrera. Porque con usted no me entero. 

Pareció asustarse. 

—Huy, no, por Dios, si viene no le diga nada. 

—Pero, qué es lo que pasa con su padre, ¿le tiene usted miedo? Las cosas hay que hablarlas”.

Las dos voces de Pablo y Natalia se entremezclan con la narración objetiva en tercera persona, característica del realismo objetivista en el que se suele encuadrar la novela, lo cual hace que Carmen Martín Gaite trascienda esta corriente literaria y nos permite, además, a nosotros, los lectores, conocer la realidad de una forma más completa y global.

No parece que hayan pasado más de sesenta años desde la publicación de Entre visillos, porque, aunque la situación social y política de España ha cambiado sensiblemente -ya no vivimos en una dictadura sino que disfrutamos de una democracia- permanecen la frescura y autenticidad de los diálogos, y el protagonismo de las mujeres inconformistas, que luchan por sus derechos, particularmente las citadas Julia, Natalia y Elvira, le confiere gran actualidad.

Cubierta del libro Carta de una desconocida

El inicio de la carta que recibió el novelista R. en su casa no puede ser más desgarrador: “Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches he tenido que luchar con la muerte que rondaba a esa pequeña y frágil vida”. La autora de la misma sólo quiere compartir su desolación y su íntimo secreto con este hombre del que siempre ha estado enamorada, aunque él no lo ha sabido nunca. Cuenta su historia con sencillez, delicadeza y mesura, muy lejos del estilo retórico y altisonante de los folletines románticos, lo cual le da visos de autenticidad. Quizá por esto nos atrapa desde el principio, sin darnos tregua hasta el final, revelando poco a poco los pormenores del secreto, sin detenerse en detalles innecesarios, centrándose en lo esencial del mismo, que son los sentimientos de ella, que por la persistencia en el tiempo llegan a parecernos abrumadores. 

Pero, al mismo tiempo que nos introducimos en la psicología de esta mujer desconocida y conocemos su desgraciada historia, sentimos un cierto desasosiego por lo que debe estar experimentando el personaje del escritor, que lee la carta: si lamenta no haberla reconocido en los encuentros que tuvo con ella, si siente el deseo de volverla a ver, si se considera culpable de alguna manera por lo sucedido… 

En este sentido, Stefan Zweig demuestra una extraordinaria capacidad para sugerir mucho más que lo que cuenta, pues lo que sabemos sobre el destinatario de la carta es únicamente a través de la mujer desconocida, que sin duda está condicionada por la indiferencia de él. Sólo al final se nos da a entender algo sobre su estado anímico: “Él dejó caer la carta, las manos le temblaban. Entonces empezó a cavilar durante un buen rato. Recordaba vagamente a una niña vecina suya, a una joven, a una mujer que había encontrado en un local nocturno, pero era un recuerdo poco preciso y desdibujado, como un piedra que tiembla en el fondo del agua que corre”.

La estructura “in extrema res”, porque la novela se inicia en el punto final de la historia, cuando el novelista R. llega a su casa y ya ha pasado todo lo que se cuenta, supone aplicar un orden artificial, que no se corresponde con la sucesión cronológica normal de los hechos; pero resulta muy eficaz literariamente, pues vamos a conocer el secreto de la mujer, al mismo tiempo que él lee la carta, con lo cual le acompañamos en su más que probable desasosiego.

Cabe preguntarse por qué esta mujer se enamora de una forma tan obsesiva, casi patológica, desde que era una niña, aunque ella misma nos da alguna pista: “Antes de que tú mismo te hicieras presente en mi vida, había ya un nimbo alrededor de ti, una aureola de riqueza, de un ser especial y misterioso. Todos, en aquella casa del barrio bajo –quienes llevan una vida estrecha sienten curiosidad hacia un recién llegado-, esperábamos con impaciencia tu aparición”. Es decir, la atracción que siente no sólo es hacia la persona del escritor, sino también hacia la forma de vida desahogada y todo lo que rodea a esta: el mayordomo, el lujo, la sensibilidad…

La mujer desconocida se deja morir porque para la persona a la que ha amado durante toda su vida ella no existe, puesto que jamás la ha reconocido ni recordado: “No te dejo ninguna fotografía ni ninguna señal, del mismo modo que tú no me has dejado nada y nunca me reconocerás, nunca. Era mi destino en la vida; que lo sea también en la muerte, pues. No quiero llamarte para que acudas en mi última hora, me voy sin que conozcas mi nombre ni mi cara. Muero fácilmente porque tú desde lejos no puedes sentirlo”.

La referencia final al jarrón vacío, donde él solía poner las rosas blancas, ignorando que era ella quien las enviaba, y donde se detuvo su mirada, una vez leída la carta, es un símbolo del amor eterno, pues ambos acaban unidos de algún modo para siempre.

La vida de las mujeres

En su única novela, Alice Munro, Premio Nobel de Literatura 2013, cuenta la infancia y adolescencia de Del, en un pueblo de Canadá, y su camino de iniciación en el mundo de la escritura guiada por la curiosidad y la inteligencia. Esto, unido al hecho de estar escrita en primera persona, ha llevado a pensar que puede tratarse de recuerdos de la propia autora, aunque ella misma haya declarado que la novela “sólo es autobiográfica en la forma, no en los contenidos”.

Lo cierto es que, desde la primera página, tenemos la certeza de algo vivido, con personajes excéntricos, como el tío Benny, con su manía de guardar objetos averiados e inservibles, y con una ingenuidad que nos conmueve, por ejemplo, cuando cuenta lo que le sucedió en la ciudad de Toronto al ir a buscar a su mujer huida: 

“-Primero pregunté a un tipo que me dijo que, cruzado un puente, llegaría a un semáforo rojo donde se suponía que tenía que torcer a la izquierda; pero cuando llegué allí no supe qué hacer. No sabía si torcer a la izquierda con el semáforo rojo o esperar a que se pusiera verde para hacerlo. -Tuerces a la izquierda con el semáforo verde -gritó mi madre, desesperada-. Si tuerces a la izquierda con el semáforo rojo te topas con todos los coches que están cruzando delante de ti. 

-Sí, lo sé, pero si tuerces a la izquierda con el semáforo verde te topas con los coches que vienen en dirección contraria.

-Pues esperas a que haya una brecha.

-Pero entonces te puedes pasar todo el día esperando, porque nadie te deja pasar.”

El lenguaje utilizado por Munro es sencillo y preciso también cuando se refiere, como de pasada, a la época en la se encuentran: 

“Owen se columpiaba en la puerta mosquitera, cantando en un tono cauteloso y despectivo, como solía hacer cuando se mantenían conversaciones largas: 

Tierra de esperanza y gloria, 

madre de los que son libres, 

cómo podremos alzarte 

nosotros que hemos nacido de ti. 

Esa canción se la había enseñado yo; aquel año cantábamos esa clase de himnos todos los días en el colegio, para ayudar a salvar Gran Bretaña de Hitler.”

O cuando alude a la complicidad entre todos los miembros de su familia, sin necesidad de hablar: “Mi madre se quedó sentada en su silla de lona y mi padre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa.”

Otro personaje redondo, aunque en las antípodas del tío Benny, es la madre, Addie, defensora de los derechos de la mujer, con inquietudes culturales y que se ha hecho a sí misma: “La timidez y la vergüenza son lujos que yo nunca pude permitirme”, le dice a Del, cuando esta decide no seguir colaborando con ella, porque le da reparo contestar en público a las preguntas sobre el contenido de las enciclopedias que vendía.

También sus tías Grace y Elspeth son personajes logrados, con su sentido del humor ingenuo y desconcertante, como cuando le preguntaron a Del por la inquilina que tenían en su casa de la ciudad, a la que habían oído cantar en una fiesta la canción What Is life without my lover?: “¿Qué tal vuestra inquilina? ¿Qué le parece la vida sin su amante?”. Y Del les explicó que esa canción provenía de una ópera, que era una traducción, y sus tías gritaron: “¿ Ah, sí? ¡Y nosotras lamentándolo por ella!”.

Y es que La vida de las mujeres es una novela de personajes, con los que la narradora protagonista compartió su infancia y adolescencia, especialmente mujeres tradicionales, cuya existencia sometida al hombre y con el único destino del matrimonio y los hijos, refleja críticamente: “¿Qué era una vida normal? Era la vida de las chicas que trabajaban con ella, las fiestas de homenaje, las sábanas de hilo, las baterías de cocina y la cubertería de plata, ese complicado orden femenino; y por otro lado, era la vida del salón de baile Gay-la, ir borracha en coche por carreteras negras, escuchar chistes de hombres, soportar y pelearte con hombres y conseguirlos, conseguirlos: un lado no podía existir sin el otro, y al asumir y acostumbrarse a ambos, un chica se ponía camino del matrimonio. No había otra manera. Y yo no iba a ser capaz de hacerlo. No. Me quedaba con Charlotte Brontë”.

Hay momentos especialmente hermosos como la descripción sutil de su despertar sexual, el día que conoció a Garnet en la iglesia, mientras escuchaban al pastor baptista: “Pero toda mi atención estaba centrada en nuestras manos apoyadas en el respaldo de la silla. Él movió un poco la suya. Yo moví la mía, volví a moverla. Hasta que las pieles se tocaron, ligera pero vívidamente, se apartaron, regresaron y permanecieron juntas, apretadas la una a la otra. Luego los meñiques se frotaron con delicadeza, el suyo se montó poco a poco sobre el mío. Un titubeo; mi mano se abrió ligeramente, su meñique me tocó el anular y el anular quedó capturado, y así sucesivamente hasta que, en fases tan formales como inevitables, con reticencia y certeza, su mano cubrió la mía. Entonces él la levantó del respaldo y la sostuvo entre los dos. Me invadió una gratitud angelical, como si realmente hubiera alcanzado otro nivel de existencia. Me pareció que no era necesario más reconocimiento, no era posible más intimidad”.

La vida de las mujeres concluye con un giro metaliterario: Del, después de su ruptura con Garnet, cuando éste amenaza su libertad, decide escribir una novela para realizarse como persona: “Llegó un momento en que todos los libros de la biblioteca del ayuntamiento no fueron suficientes para mí; necesitaba tener libros propios. Comprendí que lo único que podía hacer con mi vida era escribir una novela. Escogí a la familia Sheriff para escribir sobre ella; lo que le había sucedido la aislaba de forma impresionante, la condenaba a ser material de ficción.”

En realidad, la novela que pretende escribir y que supone el descubrimiento de su vocación literaria, es la que nosotros estamos leyendo. Por eso, aunque Alice Munro haya declarado que La vida de las mujeres es autobiográfica sólo en la forma, los lectores tenemos el derecho a dudar de esa afirmación y considerar que tiene una base real: “Jerry -el amigo superdotado de Del- contemplando y dando la bienvenida a un futuro que aniquilaba Jubilee (…) yo haciendo planes secretos de convertirla en una fábula negra y fijarla en mi novela”. 
Además, en el epílogo la narradora-protagonista llega a explicarnos su aspiración como escritora, que podría firmar la propia Alice Munro y que consiste en buscar la autenticidad, partiendo de una realidad, recreada mediante el trabajo literario: “Y ninguna lista podía contener lo que yo quería, porque lo que yo quería era hasta el último detalle, cada capa de discurso y pensamiento, cada golpe de luz sobre la corteza o las paredes, cada olor, bache, dolor, grieta, engaño, y que se mantuvieran fijos y unidos, radiantes, duraderos.”

Una mujer vital y clarividente

Existen dos posiciones en torno a la prostitución: hay quien la condena sin paliativos, considerándola una humillación para las mujeres, y hay quien defiende la libertad de ejercerla. En este sentido, la historia que cuenta Alberto Moravia en la novela La Romana causaría hoy día bastante controversia: “Yo había perdido, al menos por ahora, el matrimonio y todas las modestas ventajas que de él me prometía; pero, en compensación, había recuperado mi libertad (…) Aquella mañana, por primera vez, consideré mi cuerpo como un medio bastante cómodo de conseguir los fines que el trabajo y la seriedad no me habían permitido alcanzar”.

A mí personalmente me ha desconcertado, pero al mismo tiempo me ha causado admiración este personaje, que es plenamente consciente de su situación en el mundo, hasta el punto de aceptar la prostitución de forma positiva, tomando las riendas de su destino, sin depender de los demás. Demuestra así su relativismo moral, tal y como afirma en el prólogo Ana María Moix, “Adriana no condena, en ningún momento, a ninguno de los retorcidos y complejos personajes con quienes entabla relación en su peculiar modo de ganarse la vida, ni siquiera juzga al asesino con el que se acuesta en una ocasión”. Ni tampoco condena a Gino del que estaba enamorada y que le traiciona ocultándole un aspecto importante de su vida. Se limita a vivir, aprovechándose de la hermosura y exuberancia de su cuerpo, y aunque en general no disfrute de las relaciones con los hombres, experimenta un fuerte sentimiento de complicidad y sensualidad, cuando le pagan por sus servicios. 

Hay una huella indudable del existencialismo en este novela, pues la protagonista, a la que acabamos de referirnos y que tiende a reflexionar sobre lo que le sucede, experimenta a menudo un extravío intenso, que le lleva a ver su vida y las cosas que hace carentes de significado, simples apariencias absurdas: “Me decía: Yo estoy aquí y podría estar en cualquier parte (…) Pensaba que había salido de una oscuridad sin fin y que pronto volvería a otra oscuridad igualmente ilimitada, y que mi breve paso habría estado marcado tan solo por actos absurdos y casuales. Comprendía entonces que mi angustia no era debida a las cosas que hacía, sino, más profundamente, al mero hecho de vivir, que no era ni malo ni bueno, sino sólo doloroso e insensato”.

Recuerda, en este sentido, al Meursault  de la novela El extranjero de Camus, al que la realidad le resulta absurda e inabordable, aunque Adriana, a diferencia de este personaje que no experimenta ningún tipo de sentimiento, pues todo en él es  indiferencia, abulia y apatía, sí siente, unas veces, alegría y satisfacción, y otras, como en el fragmento anterior, dolor y angustia. Su mayor asidero en este sentido es el amor, sentimiento que da sentido a su vida.

Después de la frustrada relación con Gino, encuentra en el joven estudiante, Jacobo, la posibilidad de ser feliz, aunque éste, que se deja guiar siempre por la razón, no le corresponde con la misma entrega e intensidad: “Hago todas las cosas del mismo modo… sin amarlas ni sentirlas en el corazón… sino sabiendo con la cabeza cómo se hacen y, a veces, haciéndolas incluso, en frío y desde fuera… soy así y, a lo que parece, no puedo cambiarme”. 

Sólo, cuando le lee en voz alta pasajes de sus libros favoritos, abre su alma y afloran sus sentimientos: “En verdad, durante estas lecturas, él se abandonaba del todo, sin temor ni ironía, como quien se encuentra a sí mismo en su elemento y no teme ya mostrarse sincero. Este hecho me impresionó, porque hasta entonces había pensado que el amor y no la lectura era la condición más favorable para que se abriera el alma humana. A Mino, en cambio, a lo que parecía, le pasaba lo contrario; y ciertamente nunca le vi en la cara tanto entusiasmo y tanto candor, ni siquiera en los raros momentos de sincero afecto hacia mí, como cuando, alzando la voz en curiosos tonos cavernosos o bajándola en manera discursiva, me recitaba a sus autores preferidos”.

Este canto a la lectura en voz alta enlaza con toda una tradición de literatura oral, porque no es lo mismo leer en silencio para uno mismo que hacerlo para los demás poniendo en juego la entonación y el timbre de la voz, para matizar o realzar el significado de las palabras.

Pero en la novela no importan sólo las reflexiones de Adriana sino que también hay una intriga que gira en torno a una polvera que robó en la casa donde trabajaba Gino, cuyas consecuencias condicionan su vida y la de los que le rodean. Alberto Moravia va dejando cabos sueltos sobre este hecho, que acaban relacionando a los personajes principales, para que permanezcamos atentos a la lectura.

Así se explica el final dramático donde se cruzan las vidas de tres de los amantes de Adriana: el oficial de policía secreta, Astarita, que ama a esta hasta la servidumbre, aunque no es correspondido; el siniestro asesino Sonzogno, que la trata como un objeto de su propiedad; y el mencionado Jacobo, que rechaza la idea de estar enamorado de ella. 

La romana , publicada en 1947, es una novela que se lee con facilidad, de la mano de una primera persona, que corresponde a la protagonista, Adriana, la cual cuenta la aventura de su existencia, como los pícaros de los Siglos de Oro. Tras el desconcierto inicial que nos causa, al conocer su decisión de dedicarse libremente a la prostitución, poco a poco, a través de sus reflexiones, acaba causándonos admiración por su vitalidad, capacidad y clarividencia para superar errores, contradicciones y sobre todo situaciones adversas: “Qué traición ni traición… se ha matado, ¿qué más quieren?, ninguno de ustedes dos hubiera tenido coraje de hacer otro tanto… y les digo también esto: ustedes dos no tienen ningún mérito si no han traicionado… porque son dos desgraciados, dos pobretones, dos miserables, y si las cosas van bien, tendrán al final lo que nunca han tenido y estarán bien ustedes y sus familias… pero él era rico, había nacido en una familia rica, era un señor, y si lo hacía era porque creía en ello y no porque esperaba nada… él tenía mucho que perder, al contrario de ustedes que solo pueden ganar… eso es lo que digo… y debieran avergonzarse de venir a hablarme de traición”. Con estas palabras lúcidas les réplica a los dos compañeros de Jacobo, que le habían insistido en la traición de éste, al delatarlos a la policía.

 

Hablaremos de esta novela de Alberto Moravia el 25 de septiembre, miércoles, a las 18 horas, en Club de Lectura del IES Gran Capitán.

 

La historia de una espera

Tom, casado con Berta Isla, define así a los espías: “Nosotros somos las atalayas, los fosos y los cortafuegos; somos los catalejos, los vigías, los centinelas que siempre estamos de guardia, nos toque esta noche o no. Alguien tiene que estar atento para que el resto descanse, alguien ha de detectar las amenazas, alguien ha de anticiparse antes de que sea tarde”. Porque, en efecto, esta última novela de Javier Marías, publicada en 2017, trata de este tipo de personas, que, según la definición de la RAE, observan o escuchan lo que pasa con disimulo y secreto para comunicarlo, después, al que tiene interés en saberlo, que normalmente es el Estado. Personas que garantizan que las cosas, incluidas las más corrientes, como que haya pan en las panaderías o  que cada uno reciba a fin de mes su salario, sucedan con normalidad. Personas imprescindibles e insustituibles, que están rindiendo un servicio esencial a los demás y que no pueden desaparecer, para que todo funcione.

La historia se cuenta desde dos puntos de vista: comienza con un narrador omnisciente que nos presenta a los personajes y la difícil situación en la que se encuentran, a pesar de que se conocían desde casi niños: “Berta Isla sabía que vivía parcialmente con un desconocido. Y alguien que tiene vedado dar explicaciones sobre meses enteros de su existencia se acaba sintiendo con licencia para no darlas sobre ningún aspecto. Pero también Tom era, parcialmente, una persona de toda la vida, que se da por descontada como el aire. Y uno jamás escruta el aire”. 

Después, la voz narradora pasa a la propia protagonista, la cual cuenta la vida con su marido, un hombre reclutado para los servicio secretos, por sus excepcionales cualidades para las lenguas y los acentos. La novela es, en este sentido, la historia de una espera, que se refleja en la imagen de ella misma asomada al balcón de su piso con la mirada perdida, como Penélope, que de noche destejía lo que había tejido de día, aguardando el regreso de Odiseo. Una espera y también la obligación de convivir en medio de la ocultación y el miedo, lo cual le lleva a plantearse el dilema de seguir o no al lado de Tom, “ignorando la mitad de su existencia (…), sin saber en qué andaba metido ni cuánto se manchaba las manos y el ánimo, si engañaba mucho, si traicionaba a quienes lo considerarían compañero o amigo, si los enviaría a prisión o a la muerte, y todo ello sin preguntar. Con riesgos para mí y para el niño…”.

Y es que, por encima de la anécdota y de la intriga, en torno a lo que sucede, que sabe generar Javier Marías, está su estilo introspectivo, ese indagar en el pensamiento de los personajes, en sus dudas, al tomar una decisión, como el dilema Berta, o las de Tom para contarle a esta lo que le obligó a llevar la vida de agente secreto; en la necesidad de callar lo que sucede en las misiones secretas, que para eso son estrictamente confidenciales: “Nada de eso existe para ti. No debería existir ni para mí. De hecho no existe, como quieres que te lo diga. No acontece, no tiene lugar (…) Estamos obligados.  Para siempre. De lo contrario nos acusarían de revelar secretos de estado, y eso no es ninguna broma, te lo aseguro”; en las dolorosas ausencias necesarias, que separan de su familia al que trabaja en este menester; en los posibles escrúpulos morales por haber propiciado la detención de quienes han depositado la confianza en ti. 

O reflexionar sobre la diferencia entre los servicios secretos de una democracia avanzada, como Inglaterra, que supuestamente deben atenerse a leyes estrictas y estar controlados por políticos elegidos y por jueces honrados, y los llamados sociales de nuestra dictadura, hacia los que sentíamos aversión y desprecio, por su comportamiento despiadado e indigno; sobre la veleidad del pueblo que nunca es responsable de nada: “¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croacia? ¿Qué culpa del estalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado”; o sobre la asunción de la muerte de un ser querido y el largo periodo en el que su ausencia se siente como transitoria.

Estas introspecciones a veces van acompañadas de textos de dos escritores ingleses: Shakespeare y  Eliot. Por ejemplo, una escena de Enrique V, en la que el Rey, la noche antes de la batalla, haciéndose pasar por una persona normal y corriente, escucha cómo un soldado se pregunta por la causa de la guerra, le sirve a Berta para cuestionar las razones por las que actúa su marido.  O el verso “Como la muerte se parece a la vida”, perteneciente al poema “Little Gidding”, describe la situación de Tomás, que lleva casi dos años sin regresar a casa, pues ambas, la muerte y la vida, son posibles en su caso: “Podía no regresar nunca, en todo caso, aunque aún respirara en un lugar lejano. Yo podía optar por no esperarlo más o seguirlo esperando, cabía ‘declararlo’ muerto a todos los efectos o ‘decidir’ que todavía pisaba la tierra y cruzaba el mundo; todo interiormente, para mis adentros”.

Hay también críticas a las malas prácticas de los Estados: “Si usted supiera la cantidad de gente en el mundo que cobra por no hacer nada, por figurar en un consejo de administración o ser miembro de un patronato, por asistir a un par de reuniones al año, por asesorar sin asesorar. En realidad cobra por estarse quieta y callar. Los Estados cargan con parásitos, y lo hacen de sumo grado”. Así, le justifica Tupra a Berta el sueldo que va a cobrar sin hacer absolutamente nada.

En el último tramo de la novela, cuando la ausencia de Tom se prolonga, cambia el punto de vista en favor de un narrador omnisciente, que le permite  a Javier Marías distanciarse de la historia, sin renunciar al mundo interior de los personajes, y al mismo tiempo aunar las perspectivas de ambos. Pero no solo eso, pues en la historia hay un cabo suelto, una intriga sin resolver, relacionada con Janet, que se retoma. El confidente de este secreto, y a través de él nosotros los lectores, es Mr Southworth, antiguo profesor de Tom en la universidad y con quién éste conversaba, cuando se le comunicó su posible implicación en la muerte de esta  joven.

Reaparece también la voz narradora de Berta para cerrar la novela. Ella y su futuro marido, cuando se enamoraron, no dudaban de que iban a ser importantes en la vida; pero con el tiempo, como suele ocurrir con todos los jóvenes, a medida que pasa el tiempo y se hacen mayores, toman conciencia de que pertenecen “a esa clase de personas que no se ven protagonistas ni de su propia historia, sacudida por otros desde el principio; que descubren a mitad del camino que, por únicas que todas sean, la suya no merecerá ser contada por nadie”. 

Las novelas de Javier Marías no defraudan, pues además de sus argumentos muy bien trabados y, en el caso de Berta Isla, su capacidad para generar la intriga y mantenerla hasta el final, está su estilo original, inconfundible; su frase larga para introducirse en la mente de los personajes y explorar los recovecos de la psicología humana.

La fuerza de una mujer para luchar contra la adversidad

El prólogo con el que se inicia esta novela, publicada por primera vez en 2007, es inquietante, por las referencias a una vida pasada infeliz; y el primer capítulo confirma este desasosiego, con la protagonista, Rebecca, que regresa a su casa del trabajo, en un cadena montaje de Chautauqua Falls, por un camino solitario de sirga, y es seguida por un individuo bien vestido y con un sombrero panamá: “El puente en Poor Farm Road estaba todavía a kilómetro y medio. ¿Cuántos minutos? No era capaz de calcularlo: ¿veinte? Y correr estaba descartado. Se preguntó qué sucedería durante aquellos veinte minutos”.

Mientras esto sucede, evoca, a través de un narrador omnisciente, su vida actual, con un hijo de tres años que la espera en casa de unos amigos; y un marido, Niles Tignor, que se ausenta durante semanas por razones supuestamente de trabajo. Pero también recuerda, veinte años atrás, en 1939, la vida con sus padres, que se vieron obligados a emigrar a Estados Unidos huyendo del nazismo; su difícil  integración en este país, sobre todo por las dificultades para aprender el nuevo idioma y por la decisión absurda de no hablar alemán ni siquiera en la intimidad de la casa. 

A estas dificultades de adaptación hay que añadir: el carácter violento y atormentado del padre, Jacob Schwart, como consecuencia de las calamidades pasadas, que lo habían llevado de profesor de Matemáticas en Munich, al trabajo agotador de sepulturero en Milburn, con un salario miserable; las crisis nerviosas de una madre pusilánime y tartamuda, Anna, que había sido una muchacha bonita y esbelta, que tocaba el piano en Alemania; los problemas de conducta del hermano mayor en la escuela; la vida miserable en la casa al lado del cementerio; el olor a hierba podrida, que impregnaba la piel y el pelo; las burlas de la gente del pueblo.

La situación en su familia se degrada de tal forma, sobre todo a raíz de la enfermedad de la madre, que se vuelven como animales, chapoteando en la miseria y en la suciedad: “Con frecuencia la comida se devoraba sacándola de la pesada sartén de hierro que permanecía más o menos continuamente sobre el fogón, tan cubierta y encostrada de grasa que ni siquiera era necesario limpiarla. Había además harina de avena en una olla en el fogón que tampoco se limpiaba nunca. Siempre había pan, mendrugos y cortezas de pan, y galletitas saladas Ritz, que se comían a puñados; latas de conservas: guisantes, maíz, remolacha, chucrut, judías verdes y alubias cocinadas que se comían directamente de la lata con una cuchara”. 

Los momentos de ternura y alegría son como leves destellos, en medio de la oscuridad, por ejemplo entre ella y su madre: “Rebecca secaba la vajilla para ayudar a mamá. Eran momentos felices para Rebecca. Sin que mamá diera la menor señal de notarlo, y menos aún de que lo considerase molesto, Rebecca podía pegarse a sus piernas, que despedían una tibieza extraordinaria. A través de unos párpados casi cerrados miraba hacia arriba, para ver a mamá que también la miraba”. O cuando esperan infructuosamente la llegada desde Europa, en el barco Marea, de la hermana de Anna y su familia, y comienzan a hacer planes para acondicionar mejor la casa, de manera que pudieran alojarse junto con ellos.

Pero el sentimiento de odio hacia todas las personas, incluidas ella y su madre, que se apodera del padre, como consecuencia del rencor y la frustración, desemboca en un estallido de violencia extrema.

Lo sorprendente es la sensatez que demuestra Rebecca, después de haber vivido en un ambiente familiar tan hostil, por ejemplo, cuando conocemos, a través del estilo indirecto libre, su pensamiento crítico sobre las clases que le daban en el instituto: “La asignatura que menos le gustaba era el álgebra. ¿Qué tenían que ver las ecuaciones con las cosas de verdad? Y en la clase de Lengua se veían forzados a memorizar poemas de Longfellow, Whittier, Poe, ridículas cantarinas, ¿qué tenían que ver las rimas de los poemas con las cosas?”. O cuando le pregunta con una lógica aplastante a la señorita Lutter, que acabó adoptándola: “¿Por qué permitió Jesús que lo crucificaran, señorita Lutter? No tenía por qué hacerlo, ¿verdad que que no, si era hijo de Dios?”.

Sin embargo, la adversidad va a seguir formando parte de su vida, después de casarse supuestamente con Tignor: “Bebía con él en las primeras horas de la mañana cuando no conciliaba el sueño. A veces lo tocaba, con suavidad. Con el cuidado de una mujer que toca a un perro herido que podría volverse contra ella, gruñéndole”. Incluso cuando huye con el hijo de ambos, Niley, y parece que las cosas le van ir mejor, la sombra de la violencia la persigue, o al menos eso es lo que se transmite a los lectores, que en cualquier momento esperamos su reaparición, quizá por el peso de un pasado que trata de olvidar o porque es una mujer frágil, insegura y vulnerable: “parecía una llama vertical, erguida, atraía las miradas, deslumbraba; pero una llama, después de todo, es una cosa delicada, una llama puede verse amenazada de repente, destruida”.

Se ve forzada a cambiar de identidad, convirtiéndose en Hazel Jones, lo cual le va a permitir continuar con su vida, así como encontrar la felicidad con Chet y la esperanza de un futuro para su hijo como pianista; pero la autora estadounidense, en un audaz juego de simetrías, aún nos tiene reservadas más sorpresas: la reaparición del hombre con el sombrero panamá, Byron Hendricks; el retorno del presentador del programa de jazz que escuchaba, de forma obsesiva, el hijo de la protagonista, cuando era pequeño; la vuelta del espíritu atormentado de la familia Schwart, que parece concentrarse en las manos delicadas de éste, con toda su fuerza, con sus ventajas e inconvenientes; el regreso a sus orígenes, como empleada de hotel, de la propia Hazel Jones, antes Rebecca Schwart; y sobre todo el reencuentro, mediante un delicioso intercambio de cartas, con su prima Freyda, 57 años después de que soñara con su llegada a Milburn. 

Para contar esta historia de violencia y superación, Joyce Carol Oates utiliza una escritura fluida y sencilla, que en ocasiones se ve interrumpida por frases filosóficas, algunas de grandes pensadores, que reflejan el temperamento obsesivo de los personajes, particularmente del padre: “La humanidad teme a la muerte… ¡Ocúltales tu debilidad y un día se lo devolveremos con creces!.. El individuo es confusión… La vida es lucha incesante, conflicto”.

Demuestra, además, una gran capacidad de sugerencia, dando a entender, por ejemplo, la violencia, a través de las consecuencias de la misma: “Rebecca se movía con dificultad y ocultaba el pelo bajo un pañuelo. En la cadena de montaje se vio que tenía la cara hinchada, y que su gesto era huraño. Cuando se quitó las gafas de sol con montura de plástico, de la clase barata y risueña que se compraba en las farmacias, y las reemplazó por los anteojos protectores se pudo ver que tenía el ojo izquierdo hinchado y amarillento. Cuando Rita le dio un codazo y le dijo al oído: «Vaya, corazón, ha vuelto. ¿No es eso?», Rebecca no respondió.”

Sus descripciones son impresionistas y mordaces: “Tignor era como una gran luna de rostro maltrecho en el cielo nocturno, y sólo veías la parte brillantemente iluminada, resplandeciente como una moneda, pero sabías que había otro lado, oscuro y secreto. Los dos lados de la luna marcada de viruela eran simultáneos, pero querías pensar, como una niñita, que sólo existía la parte iluminada”. Y sus imágenes expresivas y contundentes, como un golpe en pleno rostro: “Tenía la cabeza tan vacía como una nevera arrojada en un vertedero.”

La hija del sepulturero es una novela cuyo interés no decae en sus cerca de setecientas páginas, fundamentalmente por la fuerza y autenticidad de su protagonista, inspirada en su propia abuela, una mujer que tuvo que luchar contra un destino incierto e impregnado de violencia machista, y que representa un modelo de superación ante la adversidad, al descubrirnos cada día una razón para seguir viviendo dignamente. En este sentido, ha declarado Joyce Carol Oates: “Me gusta poner a los personajes en momentos de crisis para conocer su coraje, no es la violencia en sí lo que me interesa.”



Aquí no son ustedes mujeres, sino dependientas

Al leer Tea Rooms (1934), la primera novela que me viene a la cabeza es La Colmena de Camilo José Cela, pues ambas se desarrollan en su mayor parte en el interior de un local de ambiente relajado, a donde acuden personajes de distinta clase social y que ejercen diferentes profesiones. En las dos novelas vemos desfilar a la sociedad madrileña de la época, con una diferencia de 10 ó 15 años, que son los que separan la II República de la Dictadura franquista; pero, mientras el autor gallego se limita a mostrar con objetividad las vidas de estos personajes, Luisa Carnés  se detiene especialmente en las mujeres que trabajan en el salón de té, hasta descubrirnos el origen de sus desgracias: “Todos conocen ya su historia en el salón. La repite a cada momento. Parece encontrar en su origen miserable, en su vida de privaciones, un motivo de vanidad: el mismo que suscita en otros la opulencia. Tal vez alimenta la tesis de que la única nobleza del globo la constituye la casta de los oprimidos, y le enorgullece pertenecer a ella. Detalla la desventura de su hermana mayor, abandonada por el novio después de cuatro años de relaciones. («Cuando la hizo la niña, se largó»). La tragedia de su padre, parado hace cerca de un año. («Dice que un día se tira al Metro»). El constante batallar de su madre con las amas de casa pudientes; y luego, «aquellos críos», torturados por todas las escaseces imaginables”.

Así, resume la desgraciada historia de su familia, Marta, una chica que se siente orgullosa de pertenecer a la clase social de los oprimidos. Pero Luisa Carnés trasciende las vidas individuales de estas mujeres, hasta convertirlas en representativas del grupo social de personas menos favorecidas, al que pertenecen Marta y el resto de las que trabajan en el salón de té, incluida la protagonista, Matilde.

Al escribir esta novela, la autora se basa en su propia vida, pues trabajó durante un tiempo en un local de estas características, en Madrid, lo cual  explica la veracidad y el realismo de lo que cuenta. De hecho, la protagonista es un trasunto suyo y, a través de ella, expone su compromiso y solidaridad con los explotados, que se sienten desesperados por su situación: “Yo sí leo los periódicos -le dice Matilde a Antonia-. En todo el mundo, los obreros recorren las calles, hambrientos, y los niños se mueren de frío y de hambre. Las grandes fábricas, las minas , los comercios, las industrias, cierran sus puertas en todos los países. Cada día que pasa aumenta el número de hambrientos y de parados. Los campesinos se apoderan de las tierras y se las reparten. Los obreros asaltan las tiendas de comestibles. Los hambrientos quieren comer”.

Está haciendo referencia, con estas palabras, a la utopía comunista, pues hacía pocos años se había producido en Rusia la Revolución de Octubre, que despertó en las clases bajas de todos los países del mundo, incluido España,  la ilusión de que un mundo más justo es posible.

Pero las verdaderas protagonistas de Tea Rooms son las mujeres, doblemente discriminadas, como mujeres y como trabajadoras. Los casos más dramáticos son el de Marta, que tiene que prostituirse para sobrevivir, y el de Laurita, que queda embarazada del novio y acaba muriendo al abortar: “Ahí dentro, en una habitación reducida de paredes azuladas, queda el cuerpo exangüe de Laurita, envuelto en una sábana. Ayer tarde estaba en el salón de té, se movía de un lado para otro, sonreía llena de vida, hablaba, y ahora está inmóvil, marcado el rostro por una trágica amarillez, perdida hasta la última gota de su sangre juvenil”.

Luisa Carnés, por boca de Matilde, responsabiliza a la sociedad de esta discriminación de las mujeres: “Pero la sociedad no parece conmoverse por estos acontecimientos. Desde hace milenios vienen perpetrándose abortos ilegales y prostituciones sin que nadie se asombre por ello. La sociedad viene causando víctimas desde hace millares de años. Por lo tanto, no es una sociedad humanitaria. Es una sociedad llamada a desaparecer”.

Por eso, plantea la emancipación y la lucha por la verdadera igualdad de las mujeres -de ahí su mirada innovadora que la hace plenamente vigente- a través de la cultura y el trabajo más cualificado, que les hará pensar por sí mismas, al margen de la voluntad del marido, del padre, del jefe de la oficina o del patrono de la fábrica.

Esta defensa de los derechos de la mujer supone para Luisa Carnés un paso adelante en su compromiso social, que hay que enmarcar en las políticas progresistas del Frente Popular, así como en su acercamiento al Partido Comunista.

Tea Rooms, en este sentido, encaja dentro de la narrativa social anterior a la Guerra Civil, a la que pertenecen también otros autores, como Ramón J. Sénder, César Muñoz Arconada o Joaquín Arderius, y que tiene como fin transmitir a los lectores la necesidad de mejorar la condición de la clase trabajadora y de los más desprotegidos de la sociedad, en particular las mujeres. Esta finalidad explica el lenguaje sencillo en que está escrita, el predominio del diálogo, la preferencia por personajes que representan a un grupo social, la linealidad narrativa, y los monólogos reflexivos: “Los hombres que desfilan por el salón apenas miran a la dependienta. La dependienta, dentro de su uniforme, no es más que un aditamento del salón, un utilísimo aditamento humano. Nada más. Ella corresponde a esta indiferencia con desprecio. Para ella, el público se compone de una interminable serie de autómatas; de seres de ojos, palabras y ademanes idénticos -todos la misma actitud: el índice, tieso, indicando el dulce elegido y un brillo glotón en los ojos; un brillo repugnante- “Aquí no son ustedes mujeres; aquí no son más que dependientas”.

 

Hablaremos de Te Rooms de Luisa Carnés, el próximo 26 de junio, miércoles, a las 11:30, en el Club de Lectura del IES Gran Capitán. Será la última sesión de este curso académico.

 

Idiota

Como bien señala, en el programa de mano, Israel Elejalde, «Idiota», se asienta en dos ejes: el primero es el prototipo de tonto, es decir, ese tipo de persona que ninguno deseamos ser, que está lejos de nosotros, pero que en realidad se encuentra muy cerca; y el segundo es lo que los griegos llamaban «Deus ex machina», que está por encima de nosotros, pero que, lo queramos o no, mueve nuestras vidas. Ambos ejes se perciben, desde el inicio de la representación, pues los encarnan los dos personajes de la obra: el hombre arruinado, a punto de sufrir el deshaucio de su local, que se presta a participar en lo que él cree un sencillo experimento, a cambio de mucho dinero; y la mujer que dirige éste, planteándole las preguntas que debe responder satisfactoriamente.

El problema surge porque el experimento es una reflexión sobre la propia vida,  y está lleno de trampas. Es el sino de este tiempo de la globalización, anticipado por Orwel en «1984», en el que todo está controlado por un gran hermano, representado por los poderes económicos, que conoce todo sobre nosotros. A él nos debemos, somos sus esclavos, y no podemos rebelarnos, porque el chantaje en forma de descrédito es su principal arma disuasoria. Y si esto no fuera suficiente, todos tenemos un precio, nadie es capaz de resistirse al chantaje económico, o al menos éste es el mensaje que nos transmite la obra.

La puesta en escena es sencilla: los personajes se encuentran en una especie de cámara acorazada, en la que se puede entrar, pero no salir, hasta que no se realicen todas las pruebas. Dos mesas y sus respectivas sillas, separadas y situadas una frente a la otra, completan la escenografía, remarcando la distancia entre quien dirige el experimento y quien lo padece.

Los personajes, perfectamente interpretados por Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert, entre los que se establece una gran complicidad, evolucionan a lo largo de la obra: desde el mundo falso de las apariencias, al que les obliga la sociedad, en función del rol que desempeñan en ella, hasta mostrar sus capas más profundas, los miedos que les atenazan, que son en realidad nuestros propios miedos.

Ficha técnica:

Autor: Jordi Casanovas

Dirección: Israel Elejalde

Interpretación: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert

Sala: Teatro Kamikaze de Madrid

Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía

 

El pasado viernes vi, en el Teatro Español de Madrid, «Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía», y la verdad es que experimenté sensaciones contrapuestas, a lo largo de la representación. La primera parte está constituida por diálogos breves y ágiles entre dos vecinos, que conversan, superficialmente, aunque con ironía y sentido del humor, sobre la cuestión judía, con el lastre de los oscuros que separan estos diálogos, porque le restan continuidad a la obra y te hacen entrar y salir de ella.

Sin embargo, los últimos veinte minutos son un monólogo del vecino del piso de arriba, el propio autor, quien, a partir de comentarios de lectores, logra ofrecernos una dimensión auténtica del drama judío.

Aparentemente, nada tienen que ver las dos partes; pero el espectador las percibe como un todo: a la ligereza y el ingenio del presente de los dos vecinos, le suceden la emoción y el dramatismo del pasado del propio autor, que cuenta una historia enternecedora que logra unirlas.

Es curioso cómo un montaje teatral puede ofrecer estas dos dimensiones de un mismo hecho, llevando al espectador de una a otra, con sutilidad, pero eficacia; pero «Serlo o no. Para acabar con la cuestión judia» lo consigue.

Además, con una decoración sobria, que nos sitúa en el rellano de la escalera donde se cruzan los dos vecinos, y con interpretaciones magistrales, especialmente de Josep María Flotast, capaz de pasar de la ironía a la ternura en apenas un instante.

Al final, cuando acabó la representación, hubo un silencio, que pareció eternizarse -justo el tiempo para que los espectadores tomáramos conciencia de lo que habíamos presenciado-, al que le siguió un aplauso unánime y sostenido.

Ficha técnica:

Autor: Jean Claudel Grumberg

Traducción: Mario Armiño

Direccion y puesta en escen: Josep María Florast

interpretacion: Josep María Flotast y Arnaldo Puig

Sala: Teatro Español de Madrid