Un cómico serio

El pretexto que tiene el protagonista, Marcial, para contar su vida es que un misterioso doctor Gómez se lo propuso y él, que carece de estudios universitarios, pero tiene su propia filosofía de la vida y del mundo, aceptó el reto. Es autodidacta, seguro de sí mismo, habilidoso para contar anécdotas y chascarrillos, aunque algo extravagante: “A riesgo de que algún lector sofisticado se burle de mí, he de decir que a veces hago disertaciones sobre un tema cualquiera, solo por el gusto de oírme disertar, o me hago entrevistas a mí mismo, como si fuese famoso, un filósofo, un científico, un explorador, incluso un deportista o un asesino a sueldo, y sé responder con prontitud y hondura a todas mis preguntas, por enrevesadas o maliciosas que sean”. De hecho, Marcial quiere que su relato sea una historia de su vida, a la vez que un ensayo sobre sí mismo. Considera que las ofensas no se deben olvidar, porque son arranques espontáneos y, en consecuencia, siempre tienen algo de revelación de lo oculto, a diferencia de las disculpas que se pueden fingir, porque se hacen en frío. Por eso, reconoce que ha odiado mucho y ha aprendido a despreciar. Al final entenderemos por qué.

El narrador en primera persona que utiliza Luis Landero le da credibilidad a la historia y hace que nos sintamos confidentes de Marcial, que apela continuamente a los lectores, para demandarnos atención (“Y ahora escuchen bien lo que voy a decirles “), para plantearse preguntas que nos formularíamos nosotros (“Alguien dirá: ¿Y cómo alternar entonces con dignidad, sin ponerse a su altura, con gente soez?”); para considerarnos una amenaza (“Sin ir más lejos, ustedes mismos, quienes lean estas letras, son para mí unos extraños y, por tanto, una amenaza en ciernes”; o para proclamar que se siente vigilado por nosotros: “Sí, me siento vigilado por el lector, y oigo sus comentarios…”

Recuerda este punto de vista, su tono conversacional, al cuento El corazón delator de Allan Poe, donde el narrador, que se dirige continuamente al lector diciendo que es una persona normal, un día decide matar a un viejo, con la excusa de que no soporta el único ojo de éste, “el ojo de buitre” que lo llama él: “Escuchen y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia”.

Las disquisiciones le llevan a Marcial en ocasiones a contradecirse, pues, por ejemplo, pasa de considerarse autosuficiente y perfecto a dudar de sí mismo. Cualquier detalle o anécdota le suscita una especulación, por ejemplo, el hecho de no comerse el aperitivo que le pone una mesonera con la cerveza le hace pensar en una supuesta rivalidad en la que él a veces lo mordisquea, mientras ella, puesta en tensión, contempla inmóvil el gesto; o el cruce de miradas con Ibáñez, el presidente de la comunidad de vecinos, que generó, ya en la primera reunión, una naciente hostilidad entre ambos. Porque, como él mismo dice, “le gusta nadar en aguas profundas”, frente a la mayoría de las personas que “retozan en la superficie, despreocupados y felices”, apurando el presente.

Cuenta todas estas anécdotas sobre su vida con tal seriedad que acaba resultando gracioso. Además, el humor, una de las señas de identidad de Luis Landero, aparece en la novela cuando menos te lo esperas, como en la descripción mordaz de Vicky, una de las asistentes a la fiesta final: “Caminaba con todo el cuerpo, con las caderas, los hombros, los codos, el culo, los senos…, y daba la impresión de caminar de frente y a lo ancho, a ritmo de carga militar, tan poderoso era su avance, y entre  eso y que andaba a trancos y con una ciega determinación, y que las puntas de sus zapatos de tacón eran picudas, sus movimientos resultaban un peligro para los demás, y todo corría el riesgo de ser arrollado a su paso por aquel tremedal de mujer”.

Las disquisiciones “filosóficas” las alterna con el amor que sintió súbitamente hacia Pepita, que le cambió por completo su forma de ser: “el amor loco, el sublime, el bárbaro, el doliente, el absoluto, el súbito, el despótico, y todos los vocablos de ese corte que se le quieran añadir, el que es a la vez cielo e infierno, premio y castigo, el que te aniña y a la vez te consume”. Cuenta su primer encuentro y cómo él dedujo, a partir de los gestos de ella, que había surgido algo entre ambos, aunque después le asaltaron las dudas sobre si se había comportado bien o había hecho el ridículo. En los siguientes encuentros, se cuestiona si en verdad está a su altura, siendo ella Licenciada en Bellas Artes y con un grupo selecto de amistades. No obstante, como todos los personajes de Landero, Marcial sueña que sí la merece, aunque tenga que fingir ser mejor de lo que es, porque “En el amor, todas las trampas para conquistar a la amada son válidas, y también la impostura. Al fin y al cabo todos fingimos ser mejores y más atractivos de lo que en verdad somos”.

Sin embargo, cuando llega el momento decisivo de enfrentarse a la realidad, en una fiesta en casa de su amada, de nuevo le asaltan las dudas, porque en realidad carece de la cultura necesaria para alternar con aquellas personas cultas y de alta posición que forman el círculo de Pepita. Por eso, especula a partir de detalles aparentemente intrascendentes, como la importancia de la primera impresión: “Una torpeza, un tropiezo, una frase a destiempo, un malentendido, un gesto inadecuado, pueden decidir el destino de un gran proyecto, e incluso de una vida, por más cuidado y prevención que hayamos puesto en nuestro plan”. 

El final trágico que nos tiene reservado Luis Landero lo vemos venir, a medida que Marcial avanza en su brillante e irónico discurso “Asalto a la casa de la mujer amada”, que pronuncia como desagravio ante todos los invitados a la fiesta, donde cree haber sido objeto de burla. Tras este personaje peculiar, cuyo nombre es una ironía y que protagoniza Una historia ridícula, podríamos estar cualquiera de nosotros, porque todos experimentamos los sentimientos que él experimenta, como el odio y la envidia, aunque los ocultamos, y porque la vida humana es una mezcla de tragedia y comedia. Como ha comentado el propio autor, Marcial, resentido desde la infancia, porque se reían de él, es un cómico serio como Buster Keaton o un bufón de la Corte que dice la verdad y nos hace reír.

Escribir dio sentido a su vida

Como en sus novelas, no escribe de cosas banales, Rafael Chirbes, en estos diarios, que abarcan desde 1984 a 2005, pues desde el principio nos abre el corazón para mostrar sus contradicciones, para hablarnos de su insomnio, de su sensación de vértigo, de sus frustraciones amorosas, de sus dolores físicos: “Solo en casa, no paro ni un instante, me quejo, me arrodillo, me cojo la cabeza con las manos y la aprieto fuerte para ver si un dolor distrae al otro. Todo resulta inútil”.

Alude a los homosexuales que pululan por el Retiro de Madrid, formando un mundo aparte, a pocos metros de donde pasean los abuelos con sus nietos: “En el laberinto vegetal, debe proseguir el ajetreo del submundo. Es El jardín de las delicias del  Bosco: aquí, en la tabla de la izquierda, los elegidos, con sus vestidos de domingo, sus gestos pausados, y envueltos por el dulce sonido de la música; y, unos metros más allá, a la derecha, el ajetreo de los cuerpos desnudos y gimientes de los condenados que en el Retiro se esconden tras los setos”. 

También se refiere a los encuentros íntimos con François en París -que recuerdan a su última novela, París-Austerlitz-, mientras reflexiona sobre su falta de confianza como escritor: “De uvas a peras, me siento ante un papel en blanco, y busco dentro de la cabeza, pero ahí dentro no hay nada, camino por el interior de la cabeza y oigo ese eco que producen los pasos en las habitaciones grandes y vacías”. 

El pudor, como consecuencia de la educación judeo cristiana recibida, aparece de vez en cuando, incluso a la hora de escribir el diario: “¿Por qué tener pudor también aquí en la intimidad de un cuaderno escrito para nadie? ¿Es que no se puede escribir para uno mismo?”. El pudor y la atracción por lo prohibido, como los cristianos que les besaban los pies llagados a los leprosos, y que recuerda a las salidas nocturnas de alcohol y sexo de Jaime Gil de Biezma.

Habla de las ciudades que le apasionan y que visita con frecuencia, como París: “Como cada ocasión en que la visito, recorro durante horas la ciudad, camino de acá para allá de un modo compulsivo. Todo me maravilla más que la primera vez que puse en ella los pies (…) Voy al cine. Acudo a exposiciones: una de Bacon, otra El siglo de Picasso, que vuelve a llevarme a mi admirado Juan Gris”. 

Comenta libros que está leyendo, expresando sus opiniones, tanto críticas como favorables, con total sinceridad. Entre las primeras: “Sefarad es, con El jinete polaco, el libro más ambicioso de Muñoz Molina, pero tiene algo resbaladizo, además de ese afán suyo por exhibir un cosmopolitismo de pie forzado. Sus mujeres son más de papel (del papel de los carteles de cine de los años cincuenta) que de carne y hueso”. Y entre las segundas: “Me comprometo a escribir algo sobre Si te dicen que caí, una novela que he vuelto a leer recientemente y me ha impresionado aún más que la primera vez (…) ”Es un libro que casi te hace aullar mientras lo lees, un libro que lo llena todo, y del que han salido las distintas tendencias de la mejor novela realista contemporánea en castellano”.

Su primera novela, Mimoun, aunque recibe una severa crítica en El País, tiene un relativo éxito y es finalista del Premio Herralde; pero Rafael Chirbes sigue planteándose dudas sobre la creación literaria, particularmente de novelas, que es su máxima aspiración: “Tengo voces, personajes, pero me faltan los cinco puntos esenciales que hacen que un texto sea una novela: ¿quién cuenta?, ¿qué cuenta?, ¿por qué lo cuenta?, ¿a quién se lo cuenta?, ¿para que se lo cuenta?”. Más adelante escribe: “Una nueva novela sólo sale de una nueva forma de mirar. Esto nos lo ha enseñado Proust. Por eso, incluso la mayoría de los mejores libros de hoy nos parecen ejercicios más o menos brillantes, pero estériles”.

Le asalta la depresión: “un pesar oscuro que tiene que ver con la falta de perspectiva”, tanto en la creación literaria como en las relaciones sentimentales: “No hilvano, no ordeno, no construyo. La sensación de haber avanzado por un pasillo en el que poco a poco se han ido apagando las luces. Camino por él a tientas y a cada paso lo noto más estrecho; en algún lugar oigo ruidos, algo así como el réquiem de Penderecki, una música desazonante que se me clava en los oídos y me impide escuchar cualquier otra”.

Como consecuencia de la muerte de su madre, reflexiona sobre la incapacidad que genera el dolor: “Que algo vuelva a hacerte daño es el principio de otra novela, o puede serlo; pero el exceso de dolor paraliza. Te devuelve al estadio animal, un exceso de dolor no es humano, no deja sitio para el pensamiento, ni para el sentimiento”.

Se imagina la felicidad de escribir en valenciano, su lengua materna que solo hablaban los trabajadores en su pueblo de Tavernes: “Me paro a pensar, sobre todo, en la felicidad que debe producir escribir en la lengua marginada en la que uno pronunció sus primeras palabras (…) el placer psicoanalítico de nadar en el líquido amniótico de la lengua materna”

Habla del reencuentro, cuarenta años después, con sus compañeros de colegio. Escribe sobre uno de ellos, huérfano de ferroviario, como él: “Siempre ha tenido muy buen humor. Verlo es volver a vivir precipitadamente todo aquello. Me conmueve, no resisto el gesto, lo abrazo, juntamos las mejillas. éramos los pobres de los pobres, me dice. Seiscientos niños sin padre a cientos de kilómetros de su familia, sometidos a una disciplina con frecuencia más cruel que rigurosa. Ahora nos miramos, nos tocamos como no pudimos hacerlo entonces, nos abrazamos”.

Finaliza este primer tomo de los diarios recordándose a sí mismo la necesidad de escribir un novela, pues, a medida que pase el tiempo, no podrá hacerlo, porque le “falla más la memoria, la capacidad para ordenar los materiales, la voluntad”, y porque, además tiene la conciencia de que escribirla dará un sentido a su vida, será como una brújula que lo guía.

Después de haber disfrutado leyendo varias de las novelas de Rafael Chirbes, de haber valorado su calidad literaria, unida a una dimensión social y un compromiso, ausente en otros autores, me ha conmovido la lectura de estos diarios donde literalmente se desnuda para mostrar a la persona vulnerable y llena de dudas que fue; y me han causado admiración la libertad y perspicacia para analizar los libros ajenos, lo cual no le impide la autocrítica relacionada frecuentemente con sus inseguridades como novelista. Como escribe en uno de los dos prólogos Marta Sanz, leerlos para mí ha sido “como quien contempla, a través de una ventana, una escena doméstica. Puro Hopper”.

La liberación de Zuleijá

Esta novela de la que hablamos el pasado 26 de enero en el club de lectura del instituto tiene un inicio muy duro por la completa sumisión de Zuleijá, una mujer tártara, a su marido y a su suegra por quienes es humillada y maltratada. Es un ejemplo de sociedad patriarcal; pero la protagonista es discriminada también por un supuesto linaje inferior: “Murtazá y yo os enterraremos a todos, que nosotros salimos de una cepa recia, de una buena raíz (…) En cambio tú no tienes más que agua en las venas. Saliste enana y feucha. Sólo das a luz niñas. Y encima, se te mueren todas”.

El contexto histórico en el que se desarrolla la historia, después de la revolución de 1917, no es favorable a esta familia de campesinos tártaros, pues el estado comunista se apropia de sus cosechas de cereales con las colectivizaciones forzosas. Precisamente, este hecho marcará el futuro de la protagonista, que es deportada a la Siberia Oriental: “Zuleijá se da la vuelta. Desde lo alto de la colina, la llanura que se abre ante ella parece un inmenso mantel de color blanco en el que la mano del Altísimo hubiera desparramado los árboles como perlas y trazado los caminos como cintas. La caravana de los deportados enfila como un finísimo hilo de seda hacia el horizonte, donde cuelga un sol de color púrpura”. Así con esta sensibilidad y belleza se describe su marcha. 

Zuleijá sufrirá durante el viaje: “Está cansada, cansada de sufrir. De sufrir por el hambre, por intentar convencer a sus entrañas insaciables de que no puede hacer más. Su estómago padece por la comida perniciosa que les dan. Sufre por levantarse con los huesos doloridos todas las mañanas. Y la hacen sufrir los piojos y las frecuentes náuseas. Y el dolor y la muerte que la rodean. Sufre por el miedo de que todo no hará sino empeorar. Y, lo peor, sufre por la vergüenza permanente que le embarga”.

El estilo en el que está escrita la novela es sencillo y austero, en ocasiones, lapidario y cinematográfico, como en este pasaje, después del asesinato del niño de doce años que trató de huir en la estación de ferrocarril: 

“Su madre sólo es capaz de abrir la boca, sin emitir un sonido. Deja caer los brazos que ahora cuelgan como cuerdas. Los bebés que llevaba cargados han estado a punto de caer. Zuleijá agarra uno; el campesino, al otro. Los demás niños se aprietan contra las piernas de su padre.

-¡Andando, andando! ¡No se me paren aquí!

Las bayonetas señalan el camino como dedos de acero…”

Al final los campesinos e intelectuales supervivientes, apenas una treintena, bajo las órdenes de Ignatov, el comandante de la Ejército Rojo que guía la expedición, quedan solos en una de las orillas del río Angará, en medio de la taiga, en Siberia, donde forman una colonia de trabajo.

Zuleijá está embarazada y la descripción del parto, asistida por Leibe, es admirable sobre todo porque la autora alterna la locura que le afecta al profesor, que conocemos por sus pensamientos, con su instrucción en medicina que demuestra al extraer el cuerpo del bebé del vientre de la madre: 

“Se siente ahogado, tiene la vista nublada, se encienden y enseguida se apagan lucecitas en su mente. Ya está, piensa Leibe apretando entre sus manos el escurridizo cuerpecito del bebé. Lo he conseguido. En el preciso instante en que los bordes del huevo comienzan a cerrarse deprisa e inexorablemente, el recién nacido abre la boca y deja escapar su primer grito. Grita tan alto que hasta el profesor debilitado y medio absorbido por el abrazo del huevo, lo oye con claridad”.

Paradójicamente, a pesar de las penalidades, Zuleijá se siente más libre en el campo de trabajo que con su marido y acaba tomando las riendas de su vida. Incluso se permite, en contra de la tradición religiosa en la que ha sido educada, pensamientos eróticos hacia Ignatov. Este es otro de los puntos de interés de la novela y que nos hace seguir leyéndola, la atracción entre ambos, primero anunciada sutilmente y, después, más explícita:  “Ignatov siempre permanecía en silencio mirándola. Ella tenía la impresión de que él aspiraba su olor. Y le parecía también que allí reinaba un insoportable olor a miel. Las vendas y hasta el aguardiente, lo mismo. Y el cuerpo de Ignatov. Y su cabello. Todo olía allí a miel”.

Las dos dimensiones en las que se desarrolla la novela, la individual  y la social, coexisten y se enriquecen mutuamente; pero poco a poco la primera, que supone la liberación de la protagonista como persona y como mujer, se va imponiendo a la segunda, tal y como sugiere el título; y a ello contribuye la gran perspicacia de Guzel Yájina para penetrar en el interior de los personajes, en especial de los que protagonizan la novela: Zuleijá, Ignatov y Leibe, que van cambiando a lo largo de la misma y son capaces de sorprendernos hasta el final.

Ser diferente en el Oeste americano

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Phil era alto, tenía una mente inquieta, aguda y curiosa, aunque también se mostraba cruel con los demás. En cambio, “George era un hombre bajo y fornido, carecía de sentido del humor, era decente” y lento para aprender, aunque con buena memoria. Así, se presenta a los hermanos Burbank, que simbolizan dos modelos opuestos, casi personificaciones del mal y el bien, y que protagonizan esta historia que se desarrolla, en 1924, en un rancho de Montana, en Estados Unidos. 

Los dos hermanos, a pesar de sus diferencias, se llevaban bien; pero el matrimonio de George con Rose, una mujer viuda, altera la convivencia y saca a relucir lo peor de Phil, que aprovecha cualquier ocasión para ofenderla: sus fallos tocando el piano; que fuera viuda de un borracho y madre de un mariquita; etc. Como en el pasado había hecho con sus padres a los que consideraba diletantes porque “pasaban el tiempo deseando y soñando”; organizando fiestas pretenciosas a las que invitaban a los demás ganaderos de la zona. 

Phil oculta algo que iremos averiguando a partir de una serie de señales: siempre se encarga de la castración de los terneros en el rancho; sus padres se preguntan si podría tener algún trastorno; siente compasión por un viejo trabajador que había perdido a su hija, “puesto que él también sabía lo que era llorar a alguien”; recuerda permanentemente a Bronco Henry, un amigo que le enseñó lo que sabe de la vida;  y no puede soportar el meneo femenino de Peter, el hijo de Rose, al caminar, aunque experimenta una sensación especial cuando éste le toca el brazo con su mano: “Ah, Dios, Phil casi había olvidado lo que el roce de una mano podía hacer y su corazón contó los segundos en los que la mano de Peter estaba sobre él y se regocijó por la calidad de esa presión. Le decía lo que su corazón necesitaba saber”. 

También, el joven Peter esconde algo y aparecen pistas que así lo indican, como cuando le dice a su madre que no se preocupe por beber a escondidas: “Me encargaré de que no tengas que hacerlo”; y más adelante cuando halla el cadáver de una vaca: “Peter encontró exactamente el animal muerto que estaba buscando y le pareció apropiado que fuera Phil, en cierta manera, quien lo había guiado hasta él”.

Hay sutiles flashback para descubrirnos aspectos desconocidos de la historia, como, por ejemplo, el momento en que George encontró llorando a Rose, que señala el inicio de su relación con ella, o cuando va a visitarla días después: “No sabía más de amor, se dijo para sus adentros, que de lágrimas, pero le gustaba estar allí sentado. Y le gustaba la conversación, que parecía que estaba a punto de adoptar un tono todavía más alegre. En otras palabras, sabía todo lo que había que saber del amor, que consiste en el deleite de estar en presencia del ser amado“.

Todo lo relativo a esta relación amorosa está contado de forma extraordinariamente delicada. Por ejemplo, para Peter un simple gesto refleja la felicidad de su madre el día de la boda: “Casi no respiró durante todo el oficio matrimonial y apenas se mojó los labios cuando George cogió la mano de su madre y le deslizó el anillo de bodas, pero su corazón dio un salto cuando su madre se giró, sonrió y arregló y fijó el pliegue de su traje sastre, con el gesto más natural y elegante que él había visto jamás, tan hermoso que te rompía el corazón”.

El paisaje forma parte de la historia, pues las reacciones de algunos personajes ante el mismo nos descubren aspectos desconocidos: “A Phil le gustaba el hecho de que siempre, tras los talones del sol desaparecido, se producía un silencio asombroso, se creaba una pausa sobrenatural, y también le gustaba la manera en que luego invadían ese silencio unos sonidos mínimos que se arrastraban sigilosamente, como lo hacen las criaturas nocturnas en la oscuridad, los susurros de las hojas y las ramas de los sauces besándose, tocándose, del agua acariciando y tocando las lisas piedras del arroyo”. 

El título enigmático de la novela se menciona en algunos pasajes, como, por ejemplo, cuando se describe el perro que ve Phil en la colina de Artemisa: “Las ágiles patas traseras impulsaban hacia delante los poderosos hombros; el hocico caliente apuntaba hacia abajo, persiguiendo alguna cosa asustada —alguna idea— que huía a través de los barrancos y riscos y sombras de las colinas del norte”. Pero su significado no se aclara hasta el final, cuando Peter lee en el libro de los salmos: 

“Libra mi alma de la espada,

del poder del perro mi vida”.

En medio de la historia, se producen reflexiones sobre lo que les espera a los viejos ganaderos en los inviernos fríos y largos, entregados al consumo de alcohol, refunfuñando en casa, “seguros de que sus hijos e hijas deseaban que se murieran antes de que ellos mismos giraran la última esquina”; sobre el clasismo: “Phil no era ningún esnob, pero no te puedes casar con alguien que no pertenece a tu clase”; sobre el peligro que representan los sindicatos para los ganaderos; sobre el traslado obligado de los indios a las reservas, que eran terrenos áridos del sur donde apenas crecían árboles; etc. Y ante estos problemas, los personajes se definen adoptando posturas que responden al carácter de cada uno de ellos, a su forma diferente de entender la vida.

Al final, lo que le tiene reservado el destino a Phil, nos obliga a releer pasajes anteriores relacionados con Peter; aunque va a ser en las últimas líneas de la novela cuando se desvele lo que en realidad ha estado tramando éste.

La singularidad de El poder del perro, publicada en España en 2021, reside en que Thomas Savage aborda el tema de ser diferente en una sociedad hostil, pues pocas  cosas puede haber más alejadas del Oeste americano, bronco y machista, como la homosexualidad. Pero la historia avanza de la mano de unos personajes en los que sabe penetrar psicológicamente mostrándoles con todas sus aristas. La tensión la genera sobre todo Phil con su animadversión hacia Rose, aunque se incrementa con la llegada al rancho del hijo de ésta, Peter. Pero también hay tensión en el interior de cada de estos personajes: el amable y flemático George tiene complejo de inferioridad con respeto a su hermano y se ha sentido solo hasta que encontró a Rose; a esta le produce angustia, hasta la anulación personal, el maltrato psicológico por parte de Phil, cuya homosexualidad reprimida le lleva a cultivar una apariencia ruda  y le vuelve especialmente cruel y agresivo con los débiles; y Peter padece las risas y los comentarios homófobos a causa de su amaneramiento, aunque trama con frialdad una venganza insospechada.

La mentira por delante

El escritor es un farsante, porque inventa una realidad, incluso partiendo de la realidad misma, con el fin de sorprenderse a sí mismo y sorprendernos a los lectores. Éste es el Francisco Umbral que nos descubre Lorenzo Montatore en su cómic La mentira por delante, un conjunto de episodios sobre el escritor madrileño, que abarcan desde un resumen de su vida, pasando por la anécdota de “Yo he venido aquí a hablar de mi libro” y sus relaciones con otros intelectuales que se cruzaron en su camino, hasta el Umbral más íntimo.

Montatore demuestra una especial destreza para representar, con trazo sencillo y preciso, al propio Francisco Umbral, siempre con gesto serio, y a estos otros escritores y artistas, como Lola Flores, Cela, Delibes, Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Larra, Berlanga o Sánchez Dragó. Prueba de esta habilidad es que al primer golpe de vista identificamos a los personajes, sin necesidad de saber sus nombres.

Tras la imagen de dandi, cultivada por el escritor madrileño, está el inventor de ideas, porque “la verdadera percha de los trajes son las ideas”. De hecho escribió: “La elegancia de Larra es una respuesta indignada y sobria a la sociedad española de la época”.

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La mentira por delante es de los libros que no se puede ver online, sino que hay que comprarlo físicamente en su edición impresa (Astiberri) para apreciar mejor los extraordinarios dibujos y para disfrutar del humor sarcástico y a veces extravagante de Umbral, que, por ejemplo, primero te presenta al político como un producto que se puede adquirir en las rebajas y, después, le atribuye la grandeza épica de los héroes clásicos, pues es el único que puede decidir sobre los destinos de millones de personas.

Son especialmente hermosas las páginas del escritor, ataviado con su clásico abrigo y bufanda, paseando por un jardín, hasta que se encuentra con su futura mujer, María España, a la que le dice “El jardín eres tú”. Después, el hijo de ambos y la alegría de verlo crecer: “Creí amar a un solo niño y he amado a muchos, a uno distinto cada día”; pero también el dolor de su muerte prematura, que para el escritor “fue un apagarse de luz en la luz”.

Así, hasta su declaración final , llena de pragmatismo:  “Había nacido poeta lírico y lo puse todo en prosa para vivir”.

Una novela por la que no pasan los años

Me ha resultado especialmente placentero volver a leer Nada de Carmen Laforet, dejándome llevar por esta joven de dieciocho años, Andrea, que viaja a Barcelona, recién terminada la guerra civil, para estudiar en la universidad. Su anhelo de ser libre e independiente, de vivir con plenitud, choca con el ambiente sórdido del piso donde se aloja, en el que unos familiares suyos se pelean continuamente entre sí.

Pero, más allá de este viaje iniciático hacia una vida adulta, me ha interesado el punto de vista de la narradora protagonista que no se limita a contar lo que ve, sino que al mismo tiempo lo juzga y nos expresa sus sentimientos de hastío y tristeza. Así, la vamos conociendo poco a poco:  “¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias completas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias demasiado oscuras para mí. Su olor, que era el podrido olor de mi casa, me causaba cierta náusea. Y sin embargo, había llegado a constituir el único interés de mi vida. Poco a poco me había ido quedando ante mis ojos en un segundo plano de la realidad, abiertos mis sentidos sólo para la vida que bullía en el piso de la calle de Aribau”.  

La frustración de Andrea se refleja también en las descripciones impresionistas: “Me quedé sin saber qué hacer con la larga calle Muntaner bajando en declive delante de mí. Arriba, el cielo, casi negro de azul, se estaba volviendo pesado, amenazador aún, sin una nube. Había algo aterrador en la magnificencia clásica de aquel cielo aplastado sobre la calle silenciosa. Algo que me hacía sentirme pequeña y apretada entre fuerzas cósmicas como el héroe de una tragedia griega”. Así, los objetos y los espacios aparecen distorsionados y se convierten en símbolos de lo que siente la protagonista.

Incluso el tiempo, el calor asfixiante del verano en Barcelona contribuye a exaltar aún más los ánimos de los personajes, especialmente de su tío Juan, que incrementa los malos tratos a su mujer, a la que golpea por cualquier motivo: “Yo me estaba vistiendo para salir a la calle cuando oí un gran escándalo en la cocina. Juan tiraba, poseído de cólera, todas las cacerolas de los guisos que hacía un momento habían excitado mi gula y pateaba en el suelo a Gloria, que se retorcía”.

La convivencia se vuelve cada vez más difícil en el piso de la calle de Aribau y parece que no hay salida para la delicada situación de Andrea, que acaba provocando nuestra inquietud como lectores, cuando recibe una carta que puede cambiar su futuro.

La aparición de Nada, con la que Carmen Laforet ganó el Premio Nadal de 1944, supuso, precisamente por su fuerte componente existencial, una ventana abierta en el panorama literario español de la época, dominado por un tipo de narrativa apologética que exaltaba la victoria militar en la guerra civil. Para mí volverla a leer ha supuesto el reencuentro con una novela que en su momento me impresionó y que, a pesar de los setenta y seis años transcurridos desde su publicación, ha mantenido mi interés, por su tono confesional e intimista al que me he referido, por su estilo entre realista y poético, y porque he descubierto a una Andrea más fuerte y transgresora de lo que me pareció la primera vez que la leí: falta a las clases en la universidad, pasea sola por la ciudad, se atreve a entrar en el barrio chino, se relaciona con artistas y personas inconformistas en un plano de igualdad, etc.

La búsqueda de la oralidad a través del pensamiento de una niña

Panza de Burro libro

En esta primera novela de Andrea Abreu se cuenta la historia de Shit e Isora que representa la cara oculta del turismo de sol y playa; una Canarias del extrarradio, que sólo conocen los que viven allí. Es la historia del descubrimiento de la amistad por parte de estas dos niñas de once años, que están a punto de iniciarse en la adolescencia. Este es quizá uno de los principales valores de la novela: el haber sabido contar esas pequeñas cosas que dan sentido a las vidas de Isora y Shit y que les permiten ir descubriendo, por ejemplo, la sexualidad. A través de sus vivencias, además, vamos conociendo el barrio: sus familiares, las casas, el paisaje, las comidas… Y a esto hay que añadir el contraste entre la pobreza en que viven las dos niñas y sus familias, siempre bajo un techo de nubes (la Panza de burro a la que alude el título), y la vida ociosa, entregada al placer, de los turistas.

La narradora protagonista es Shit, como la llama su amiga, y lo que nos cuenta se entremezcla con lo que dicen los personajes, hasta el punto de que se prescinde del verbo introductor del diálogo, de los guiones y de los signos de interrogación al principio de las preguntas, con lo cual todo queda impregnado de oralidad: “Y en ese momento, doña Carmen la agarró por la barbilla y le miró los ojos, aquellos ojos verdes como uvas verdes. Escarbaba en sus ojos lacrimosos como quien saca agua de una galería. La vieja se quedó asustada: miniña, tú sabes si alguien te tiene envidia? Isora permaneció inmóvil. Por qué doña Carmen? Qué pasó? Miniña. tú tienes mal de ojo. Vete por Dios a cas Eufracia a que te santigüe. Díselo a tu abuela, que ella sabe desas cosas y que te lleve a echarte un rezado”.

Un lenguaje oral propio de las islas canarias, en particular del barrio donde se crio la autora, y que fluye como un volcán, salpicado de localismos (fisquito, abobitos, fortasé, escuartizando, chernes, etc), vulgarismos (istriñe, mal diojo, Eufracia se presinó), incorrecciones (hicistes), rasgos del dialecto canario como el seseo (dosientos gramos de queso amarillo), préstamos del inglés (“foquin”, “bitch”, “shit’), repeticiones de palabras y estructuras sintácticas, etc.

Así, consigue Andrea Abreu un ritmo fluido, sin pausas, como se aprecia en la visita que realizan las dos niñas a la casa de Eufracia, para que esta cure a Isora: “y empezó a decirle que en cruz padeció y en cruz murió y en cruz Cristo te santiguo yo, e Isora la miraba con los ojos abiertos como chernes, y la mujer movía la boca y se estregaba los dedos arrugados como troncos de viña seca, retorcidos, cuarteados de los años de lejía y tierra. Y señor Jesucristo, por el mundo anduvistes, muchos milagros hicistes, mucho a los pobres sanastes, a María Magdalena perdonastes, al santo árbol de la cruz, y los ojos de la mujer se iban poniendo más blancos que una carta, se estregaba las manos más rápido, más fuerte y yo miraba a Isora, yo la miraba y su cara era tranquila pero atenta, con la cadenita de la virgen de la Candelaría dentro de la boca, de alegría de estar siendo curada”. 

Por momentos, esta cara oculta oculta del turismo de sol y playa que nos muestra Panza de burro y el lenguaje a veces soez utilizado por sus personajes recuerdan al realismo sucio de Charles Bukowski, quien describe en su novelas el ambiente de los bajos fondos de Estados Unidos, frente al denominado “gran sueño americano”. Por ejemplo, cuando dice Shit de su amiga:

“Yo quería comerme a Isora y cagarla para que fuera mía guardar la mierda en una caja para que fuera mía pintar las paredes de mi cuarto con la mierda pa verla en todas partes y convertirme en ella”.

Es una delicia leer en alto Panza de burro y disfrutar de su ritmo y musicalidad. Qué recreación tan extraordinaria del habla del barrio de los Piquetes por parte de esta joven autora; qué homenaje a sus raíces canarias, frente a esa tendencia general a la uniformidad, tan en boga hoy día; y qué reivindicación del ámbito rural y de su “cultura maga”. Además, Andrea Abreu sabe mantener la intriga sobre la historia de las dos amigas, cuya relación no conocemos totalmente, pues se producen omisiones, que estimulan nuestra imaginación, aunque intuimos, bajo esa panza de burro opresiva que sobrevuela el ambiente, que algo trágico puede suceder.

Hablaremos de esta novela en el Club de Lectura del IES Gran Capitán, el próximo día, 9 de noviembre, a las 18 horas , en el Albergue Juvenil de Córdoba.

Ver a una persona por dentro

A Toni, el protagonista de esta novela, que trabaja como profesor de Filosofía en un instituto de enseñanza secundaria y que vive en el barrio de la Guindalera, en Madrid, no le gusta la vida: “La vida me parece un invento perverso, mal concebido y peor ejecutado”, aunque no siempre fue así. Por eso, ha previsto suicidarse dentro de un año, un plazo que se ha fijado con la finalidad de averiguar por qué no quiere seguir viviendo, para lo cual va anotando cada día sus impresiones y recuerdos en una especie de diario, del 1 de agosto de 2018 al 31 de julio de 2019, sabiendo que no los va a leer nadie. Esto nos permite a los lectores, como ha dicho el propio Fernando Aramburu en alguna entrevista, ver a una persona por dentro, con todos sus detalles íntimos. 

Toni no ha conseguido ser un hombre al servicio de un ideal, como quería; no ha conocido el amor verdadero, aunque fingió conocerlo, como todos; no se acepta como es y se considera un pobre hombre; no aguanta a sus compañeros de trabajo, salvo excepciones, ni a los bestias de sus alumnos; siente pena y rechazo hacia su hijo, al que ve como una víctima; odia a su hermano Raúl por el mero hecho de serlo y de haberle disputado la atención de su madre; tiene una especial fijación con su padre, al que temió y admiró en vida, porque en el fondo experimentaba ante él una sensación de inferioridad y fracaso; siente también aversión hacia su suegro, por su defensa del régimen franquista; y con respecto a su mujer, Amalia, pasó “de la simpatía al desprecio, de los besos y las risas a un odio desatado”. 

Pero el hecho de que se haya fijado un plazo para morir hace que, a partir de ese momento, Toni se trace una estrategia vital diferente, pues cosas que tenían interés para él, como sus libros o su ropa, ahora no lo tienen, y viceversa. Mientras tanto, los lectores, inquietos y expectantes, vamos descifrando lo que nos cuenta, para saber si finalmente llevará a cabo su intención de suicidarse.

Su relación con Patachula, con quien comparte secretos, sentimientos y vivencias, le permite sobrellevar su frustración existencial: “Considero muy valiosa la amistad que nos une. Yo prefiero la amistad al amor. El amor, maravilloso al principio, da mucho trabajo. Al cabo de un tiempo no puedo con él y termina resultando fatigoso. De la amistad, en cambio, nunca me harto. La amistad me transmite calma. Yo mando a Patachula a tomar por saco, él me manda a mí a la mierda y nuestra amistad no sufre el menor rasguño. No tenemos que pedirnos cuentas de nada, ni estar en comunicación continua, ni decirnos lo mucho que nos apreciamos”. 

También encuentra placer en una muñeca sexual que guarda en el armario y que es su ideal femenino, porque está completamente sometida a él: “Tina no envejece, no juzga, no me amarga la vida con reproches, no experimenta cambios repentinos de humor, no tiene la regla, no finge orgasmos, no pide recompensas materiales o de cualquier otro tipo a cambio de las satisfacciones que me procura.”

Los vencejos, como su anterior novela, Patria, está escrita con sencillez y haciendo gala de un sentido del humor que llega a la burla, por ejemplo, al describir a los Perfectos, o sea, a la familia de Raúl, la cual tiene todo programado para ser feliz: “Se dijera que para ellos la felicidad constituía una especie de obligación existencial; una tarea de panaderos de la vida que amasan su pan feliz juntando un día y otro los mismos ingredientes: orden, normas y sensatez. Todo lo hacían bien; en consecuencia, todo les salía bien, a menos que interviniera de mala fe una mano ajena”. O también, al evocar a Amalia, cuando esta se enfada y se le enciende en el rostro la fuerza natural de su atractivo: “De pronto se traslucía una suerte de resolución fiera en sus labios. El inferior, más grueso, más sensual y cariñoso que su compañero, parecía decidido a perseverar en la comunicación verbal, aunque sólo fuera en el grado de réplica; pero el de arriba, irascible y severo, se lo impedía apoyándose sobre él hasta inmovilizarlo. El acto del habla quedaba así suspendido y, dentro de la boca, las palabras no dichas acababan primero comprimidas, después trituradas entre los dientes que se adivinaban fuertemente apretados”.

Fernando Aramburu juega eficazmente con el tiempo, alternando secuencias del presente y del pasado: de las visitas de Toni a la residencia para ver a su madre afectada por Alzheimer, al atentado del 11- M, en el que perdió la pierna su mejor amigo; de la elaboración mental de la lista de personas que, después del suicidio llorarán por él, que se reduce a ninguna, a un viaje de placer y sexo con su exmujer, Amalia, a Lisboa; de la amante rumana de Patachula, a quien éste socorría a cambio de sexo, al día en que Toni discutió con el fracasado de su padre; de la muerte súbita de su compañera de instituto, Marta, a los paseos hasta la orilla del Guadarrama, acompañado de su perra, para avistar a los vencejos; de su campaña de suelta de libros y otros objetos personales por la ciudad, a la discusión con Amalia en la azotea cuando esta se echó una amante; etc.

Este juego temporal le lleva a veces a dejar en suspenso una historia para incentivar el interés de los lectores, como cuando sugiere un posible retraso mental de Nikita o cuando deja en el aire la posible agresión de éste a su madre, o cuando interrumpe la visita de Olga, amante de su mujer, para hablarnos del odio que ha experimentado hacia diferentes personas.

Los vencejos, que dan título a la novela, simbolizan lo positivo, la única esperanza, en la desgraciada vida de Toni: “Hoy ha sido todo un poco distinto de otros comienzos de curso. He mirado a los alumnos con la simpatía, por no decir con la ternura que se me pone en los ojos cuando, de camino al instituto, observo los vencejos en el aire de la mañana. Adoro los vencejos que vuelan sin descanso, libres y laboriosos”, porque estos pájaros pasan su vida en el aire, y ven el mundo desde arriba, sin hablar con nadie ni plantearse preguntas existenciales: “Conforme me desprendo de mis propiedades crece en mí una sensación de ligereza, de ascenso en el aire hacia mi soñada conversión en vencejo”.

Periódicamente, recibe, en su buzón, notas anónimas, como una especie de voz de la conciencia, que le incomodan y alteran su estado de ánimo, porque en ellas se ponen de manifiesto sus debilidades y complejos, sobre todo a raíz del divorcio de Amalia: “¿Te suena? Te esperan años de soledad, hombre perdedor. Disfruta, canta, no te amargues. Siempre te quedará el recurso de la masturbación”. O se critica su trabajo como profesor: “Se rumorea que no pones interés en tus clases, que no las preparas y son aburridas (…) Si no estás en condiciones de desempeñar adecuadamente tu trabajo, deja el puesto a una persona capaz”.

A medida que nos aproximamos al final, Toni no acaba de encontrar respuesta a su pregunta de por qué suicidarse, aunque cree que ha disfrutado lo suficiente en la vida y que lo que le queda por vivir hasta la vejez no deja de ser un valor añadido. Eso sin contar las penalidades que surgen cuando uno es viejo: dependencia de los fármacos, cansancio por cualquier esfuerzo, pérdida de la memoria, mal olor corporal, etc. En cambio, su amigo Patachula, que ha tomado la misma decisión que él, no ha dejado ni un momento de sentirse humillado por la amputación de una de sus piernas en el atentado terrorista del 11 M: “De vez en cuando la prótesis le causa molestias. Cuando menos se lo espera le vuelven los dolores. Sufre pesadillas por las noches, le salen llagas, le sobrevienen rachas de languidez. Resiste a duras penas con ayuda de antidepresivos”.

Leyendo Los vencejos, nos encontramos agudas reflexiones sobre la vida: las relaciones en la familia y  en la sociedad, la felicidad y los deseos frustrados, los sentimientos de amor y odio, el mundo de las apariencias y la realidad, las diferencias entre el hombre y la mujer, la espontaneidad y la resignación, el pensar hoy una cosa y mañana otra distinta, el sistema educativo, el mundo de la política, etc. Además, la novela no sólo mantiene el interés hasta el final, con la incertidumbre sobre el suicidio del protagonista, sino que tenemos la oportunidad de ir conociendo la vida interior de una persona, incluyendo aquellos aspectos oscuros que normalmente no se cuentan.

Historia de una amistad

La puerta de [Magda Szabó]

Se trata de una novela escrita en forma autobiográfica, publicada en Hungría, dos años antes de la caída del régimen comunista y donde se cuenta la historia de amistad entre la propia autora y su criada Emerenc, una mujer extraña que no dejaba a nadie traspasar la puerta de su casa, de ahí el título de la misma. 

Comienza por lo que parece el final: “La presente obra no se ha escrito para Dios, conocedor de mis entrañas, ni para las sombras, testigos de tantas horas de vigilia y de sueño; dedico este libro a los hombres. He vivido con valentía hasta ahora y espero morir así, con coraje, sin mentiras, y para ello es necesario que declare de una vez por todas que yo maté a Emerenc. Yo quería salvarla, no destruirla, pero eso no cambia nada”. Esta declaración nos hace preguntarnos, como lectores, por la responsabilidad de la escritora en la muerte de su criada, una mujer excepcional que había tenido desde su infancia una vida terrible; pero que se había entregado a los demás de forma desinteresada y absoluta.

A media que avanza la novela, se nos desvelan aspectos ocultos de la personalidad de Emerenc o se suscitan dudas sobre un posible comportamiento irregular o deshonesto en su pasado, durante la ocupación nazi de Hungría. Además, tiene un carácter imprevisible, pues en unas ocasiones se muestra afectiva y en otras ofensiva e incluso grosera. Su extravagancia le lleva a dejar de trabajar, porque la escritora y su marido no aceptan exhibir en su casa unos objetos usados que ella ha recogido de la calle.

Para Emerenc el trabajo intelectual de sus amos es una simple holgazanería, frente al trabajo manual que desempeña ella. Lo considera algo de escaso valor: “el escritor es como un niño que, jugando, se entrega a su pequeña realidad inventada como si fuera algo muy serio, se esfuerza, se emplea a fondo y, por eso, independientemente de que el resultado de su actividad sea útil o no, se cansa igual que un adulto”.

En el desarrollo de la historia, contada con sencillez y sobriedad por Magda Szabó se deslizan, de vez en cuando, críticas a la dictadura comunista: “a mí personalmente ese poder pretendía quitarme de en medio censurando mi obra literaria y obligándome a aislarme en un gueto privado, junto con mi marido, ya bastante humillado hasta el punto de ver secada su vena creativa”. O cuando se refiere a la “nueva capa social de plutócratas comunistas” que vivían a costa de los trabajadores. 

Emerenc, aunque carece de estudios reglados, nos sorprende también con sus agudas y amargas reflexiones, fruto de su propia experiencia vital: “no debe entregarse nunca -le dice a la escritora- a una pasión con toda su alma, porque eso lleva, antes o después, pero infaliblemente, a la perdición. Los que lo hacen terminan mal siempre. Para evitarlo es mejor no querer a nadie; porque si eres capaz de amar, siempre habrá un ser querido que será sacrificado por tu culpa y, si no, serás tú quién se arrojará a un vagón”.

No cesa de provocar con su ironía mordaz, aunque no sin razón en el fondo: “Tome, está bien dura, pruébela, a ver cómo se le da eso de barrer. Como va a la iglesia a recordar y a llorar, tampoco le vendría mal que supiera un poco lo que es el sufrimiento. Pues mire, esta es una buena oportunidad: coja sin miedo la escoba, pesa una barbaridad y está hecha de buena madera; es el instrumento ideal para probar por una vez de qué son capaces esos finos deditos que tiene, veamos cómo soporta la faena”. Así le reta a la escritora demostrando un concepto de la religión más justo, igualitario y pragmático que el de esta, que se reduce al cumplimento formal de los preceptos religiosos. 

A pesar de todo, y de forma progresiva, surge entre ambas mujeres una profunda relación de afecto, aunque es la criada la que lleva el control de esta relación, la que regula “la temperatura afectiva, mediante su termostato con gran economía, consumo mínimo”, que depende en último extremo de la ayuda que puede proporcionarles a la escritora y a su marido, cuando estos tienen algún problema físico o alguna crisis anímica. En este sentido, recuerda esta novela a la película El sirviente de  Joseph Losey, donde Hugo Barret logra poco a poco el control sobre su jefe Tony. 

La decadencia física de Emerenc corre paralela al reconocimiento oficial de la escritora por el régimen comunista y a su éxito literario: “El mundo había dado un vuelco a mi alrededor. Me encontraba de pronto en el primer plano de los medios de comunicación: no paraban de llamarme periodistas, me invitaban a eventos…”. Pero la tensión en torno a Emerenc, que se ha encerrado en su casa y se resiste a abandonarla para que la vea el doctor, se masca, porque además coincide con una entrevista, que le hacen en la televisión a la escritora por la concesión de un premio importante. El sufrimiento de esta, que se siente culpable por lo que le sucede a su criada, es creciente y sus fuerzas están a punto de agotarse. 

También se mantiene hasta el último capítulo el enigma alrededor de la casa de Emerenc y, con respecto al sentimiento de culpa de la escritora, a su posible responsabilidad en la muerte de la criada, la respuesta la encontramos en forma de preguntas que quedan en el aire: ¿qué es más importante cumplir con los preceptos religiosos o procurar el bien de los demás sin esperar nada a cambio? ¿Se ha de ayudar a quien lo necesita por encima de cualquier otra obligación? ¿Se debe respetar la voluntad de dejarse morir? ¿Hay que decir siempre la verdad o por el contrario la mentira está justificada en algunas situaciones? Y en cualquier caso, parece que la escritora se libra de este sentimiento de culpa escribiendo la novela sobre Emerenc, es decir, abriendo su propia puerta que también permanecía cerrada.

Estamos pues ante una novela que se lee con interés hasta el final y que no sólo narra la historia de una relación de amistad difícil y compleja, cercana a la relación amorosa, entre dos mujeres radicalmente opuestas, sino que además plantea muchas interrogantes, que nos hacen pensar sobre nuestra propia vida, sobre nuestras propias relaciones, lo cual es un plus añadido. 

Solidaridad con los que sufren

“Cada mañana desde hace seis meses, voluntariamente, he pasado unas horas delante del ordenador para escribir sobre lo que más miedo me da en este mundo: la muerte de un hijo para sus padres, la de una mujer joven para sus hijas y su marido. La vida me ha hecho ser testigo de estas dos desgracias, una tras otra, y me ha encomendado, o al menos así lo he comprendido, dejar testimonio de ellas”. Estas palabras las escribe Emmanuel Carrère cuando está a punto de acabar De vidas ajenas, un libro autobiográfico, en el que expresa su solidaridad con las personas que sufren.

Desde el principio del mismo, apreciamos la sobriedad y la sencillez con la que escribe, porque la primera historia que cuenta es terrible y no necesita de ningún aderezo formal. Philippe, que lleva tiempo viviendo en Medaketiya, Sri Lanka, donde ha encontrado la felicidad, ha perdido a su nieta Juliette en un tsunami. A pesar de todo, quiere seguir viviendo allí y ayudar a sus habitantes pescadores, que son sus amigos, a reconstruir sus vidas, quizá como una estrategia de supervivencia.

Carrère, que reflexiona sobre lo que cuenta, se siente diferente a Philippe: “Yo, tan alejado de esa sabiduría, yo, que vivo en la insatisfacción, la tensión perpetua, que persigo sueños de gloria y destrozo mis amores porque siempre me imagino que en otra parte. algún día, más tarde, encontraré algo mejor”. 

Después de la experiencia del tsunami, escribe sobre Juliette, la hermana pequeña de su mujer, que acabó muriendo a causa del cáncer. De nuevo una desgracia en el centro del relato y nuevamente también las comparaciones con los otros, con los personajes de sus historias, de las que siempre sale mal parado por carecer de cosas que estos tienen, como por ejemplo la capacidad de amar. Así, cruzando la imagen de los demás con la suya propia, va hablándonos de sí mismo.

Después de la muerte de Juliette, un amigo de esta, Étienne Rigal, también minusválido y con el que había trabajado en el Tribunal de Vienne, le cuenta su relación con ella y su propia vida: la defensa de los más débiles al impartir la justicia; el miedo fundamental que roe a las personas por dentro, que no pueden afrontar, y con el que se puede doblegar su voluntad; la convicción de que la desgracia es una marca de nacimiento y ningún esfuerzo nos librará de ella; la aceptación de la minusvalía como una necesidad inexcusable para vivir; la administración de la justicia favoreciendo al débil; los trucos en los contratos de las entidades crediticias para engañar a los clientes; etc. 

Y Patrice, el marido de Juliette, le cuenta los últimos días de esta en el hospital, hasta que la sedaron para que no sufriera: “Está de nuevo tendido cerca de ella, pero más cómodamente, casi como si estuvieran en la cama conyugal. Ella respiraba sin tropiezos, parecía no sufrir. Navegaba en un estado crepuscular que en un momento dado iba a convertirse en la muerte, y él la acompañó hasta aquel momento. Se puso a hablarle al oído, muy bajo, y mientras hablaba le tocaba suavemente la mano, la cara, el pecho, a intervalos la besaba con un roce de los labios”. Resulta enternecedor cómo Patrice, aunque sabe que el cerebro de su mujer no está en condiciones de analizar las vibraciones de su voz ni el contacto de su piel, tiene la esperanza de que perciba esos gestos de cariño en los últimos momentos. Es una expresión del amor que siente hacia ella, una forma de decirle que este sentimiento se sobrepone a la muerte.

Se podría decir que Emmanuel Carrère, premio Princesa de Asturias de las Letras 2021, escribe, como el Truman Capote de A sangre fría, con la credibilidad del que se ha documentado con testimonios de primera mano; pero, a diferencia de éste, que narra con objetividad, él se inmiscuye en el relato para opinar, para ofrecernos reflexiones personales sobre estas vidas ajenas de las que habla, porque, según declaraciones suyas, esto le parece más honesto que ausentarse del mismo. Incluso llega al extremo de que, una vez concluido el libro, se lo da a leer a las personas que lo protagonizan con el fin de conocer su opinión.