Representa a muchas otras mujeres

Desgracia impeorable (1972) es un libro donde Peter Handke, Premio Nobel de Literatura de este año, no sólo evoca la figura de su madre, que se suicidó unos meses antes, sino que además reflexiona sobre su vida. Se refiere a su nacimiento en un ámbito patriarcal, cerrado y machista, donde las mujeres no tenían ninguna posibilidad de hacer algo diferente a lo que estaba previsto de antemano: casarse, para estar siempre subordinada al marido, formar una familia y tener hijos. Pero ella, desde pequeña, se reveló como una alumna inteligente, a la que los profesores le daban las mejores notas y que, pasado el tiempo, quiso aprender: “La cosa empezó así: de repente a mi madre le entraron ganas de hacer algo: quería aprender alguna cosa; porque aprendiendo, cuando era niña, había sentido algo de sí misma. Fue como cuando uno dice: «Me siento a mí mismo». Por primera vez un deseo; y un deseo, además, que se formula, una y otra vez, un deseo que al final se convirtió en una idea fija. Mi madre contaba que le había «mendigado» a mi abuelo que le dejara aprender algo”. 

Se marchó a la ciudad, coincidiendo con el surgimiento del nazismo, una experiencia de vida en común, que en principio despertó grandes expectativas en el pueblo y que le ayudó a salir de sí misma y a hacerse independiente, porque se sentía una mujer distinta, con una naturaleza vital y dinámica. Pero la vida le dio la espalda, porque no llegó a aprender nada que le permitiera realizarse como persona, y porque se casó con un hombre al que no quería y que además la maltrataba. Acabó entrando en el sistema, y se transformó en una mujer mezquina y hacendosa; dejó de ser ella misma, si es que alguna vez lo había sido, y se convirtió en un tipo. Con la gente apenas contaba y de las cosas sólo podía disponer en pequeñas cantidades: “los zapatos del domingo no había que ponérselos durante la semana; cuando se venía de la calle había que colgar enseguida el vestido en la percha; la cesta de malla de la compra no era para jugar; el pan tierno, mañana. (Incluso el reloj que me regalaron para la confirmación, inmediatamente después de la ceremonia me lo quitaron y lo guardaron bajo llave.)”.

Con el paso del tiempo, empezó a encontrarse poco a poco a sí misma; leía periódicos y libros, aunque, al hacerlo, siempre establecía una relación con su propia vida, con lo que habría podido ser y no había sido; nunca en relación con el futuro, con lo que aún podría ser: “Está claro que estos libros los leía siempre como historias del pasado, nunca como sueños del futuro; allí encontraba ella todo aquello que se había perdido y que ya nunca más volvería a recuperar. Ella misma se había quitado de la cabeza, demasiado pronto, cualquier idea de futuro. Así, esta segunda primavera en realidad era ahora sólo una transfiguración de aquello que uno había vivido junto con los demás. La literatura no le enseñaba a pensar en sí misma de ahora en adelante, sino que le decía que era demasiado tarde para esto”.

Comenzaron los dolores de cabeza, el insomnio, la pérdida transitoria de la memoria, y la soledad: “No aguanto en casa y por esto voy corriendo de un lado para otro por los alrededores, da igual por dónde sea. Ahora me levanto algo más pronto; para mí es el momento más difícil, tengo que obligarme a hacer algo para no meterme otra vez en la cama. En estos momentos no sé qué hacer con mi tiempo. Hay una gran soledad en mí, no tengo ganas de hablar con nadie”.

Todos estos sinsabores y decepciones la llevan a pensar en el suicidio, que prepara con toda meticulosidad: “De verdad que me gustaría estar muerta, y cuando voy por la calle me entran ganas de dejarme caer cuando oigo un coche que viene a toda velocidad”. 

Mientras escribe sobre su madre, Peter Handke reflexiona sobre sí mismo, porque, al recordarla, recuerda su propia vida, sus propios recuerdos, donde hay más cosas que personas, y de estas solo detalles (cabellos, mejillas, cicatrices… ); y reflexiona también sobre el proceso de escritura, sus dudas sobre si está siendo excesivamente franco, sin lograr distanciarse del relato, como le sucede habitualmente, al escribir otros libros: “Pero a veces, trabajando en esta historia, me he hartado de tanta franqueza y de tanta honradez y he deseado ardientemente escribir algo en lo que pudiera mentir un poco y en lo que pudiera disfrazarme, por ejemplo, una obra de teatro (…) Porque habitualmente lo que ocurre es que parto de mí mismo y de mis asuntos; a medida que voy avanzando en la escritura me voy liberando de todo ello y al final dejo a mis asuntos, y a mí mismo, seguir su camino como producto de mi trabajo, como mercancía que ofrezco”.

En efecto, no parece haber ninguna mentira en este libro, todo suena a auténtico, porque Handke no logra distanciarse lo suficiente: sólo la vida desgraciada de su madre, que incluso después de muerta estaba necesitada de amor, y él recordándola y escribiendo con objetividad, quizá como terapia para superar el dolor, a través de la palabra, para aclarar su mente y acabar con el embotellamiento en el que se encontra. Pero acaso esta madre no es una mujer especial sino que representa a muchas otras, que, como ella, no pudieron realizarse como personas.

Bartleby

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Leyendo Bartleby, el escribiente, me viene a la mente el existencialismo de Albert Camus, quien reconoció la influencia de esta novela de Herman Melville en su obra. En efecto, tanto Mersault, protagonista de El extranjero, como Bartleby comparten un sentimiento de apatía e indiferencia con respecto a la realidad, que en el caso de éste último se resume en la frase “Preferiría no hacerlo”, que repite una y otra vez, negándose a realizar su trabajo. También recuerda a los personajes de las novelas de Franz Kafka, pues se trata de un antihéroe trágico que se siente acosado no se sabe muy bien por qué, como el Gregorio Samsa de La metamorfosis, que despierta una infausta mañana convertido en un enorme insecto; o Josef K., que protagoniza El proceso y que es arrestado, juzgado, condenado y ejecutado, supuestamente por un delito, que nunca se sabe cuál es; o, en fin, el protagonista de El castillo, el agrimensor K. que lucha en vano por acceder a al castillo para realizar un trabajo que ignora en qué consiste. Incluso la actitud de Bartleby puede recordar movimientos de resistencia pasiva, como el llevado a cabo por Gandhi, negándose a colaborar con el Imperio Británico, que a la larga dio sus frutos, logrando la liberación de la India y Pakistán.

Pero la novela Herman Melville, publicada bastantes años antes, hay que analizarla en su época, mediados del siglo XIX, cuando se produce la Revolución Industrial en Estados Unidos, una revolución  que defraudó las expectativas de la clase obrera, que realizaba un trabajo alienante, durante largas jornadas, en condiciones penosas y a cambio de un escaso salario. Y también hay que tener en cuenta el subtítulo de las ediciones en inglés de la obra, “Una historia de Wall Street”, nombre de la calle donde se encuentra la bolsa de Nueva York, es decir, el mundo financiero de Estados Unidos.

En este contexto, Bartleby, el escribiente se puede entender como una crítica al sistema capitalista y, en particular, al trabajo deshumanizador. El protagonista, que había trabajado antes en la Oficina de las Cartas Muertas, es decir, cartas llenas de vida, pero que carecen de destinatario, se niega ahora a desarrollar su nueva ocupación de copista de textos que tampoco se dirigen a nadie. Son dos trabajos alienantes que no le producen ninguna satisfacción y que no le permiten realizarse como persona. Por eso, su “preferiría no hacerlo” representa la negativa a colaborar con el sistema, pues no está dispuesto ni a producir ni a consumir.

Claro que se han barajado otras interpretaciones: un ejercicio de libertad de Bartleby frente a un destino arbitrario y determinista; la muestra de un caso de depresión, ya que el protagonista presenta todos los síntomas, como la ausencia de motivación o la pérdida del deseo de vivir; el anuncio del hombre aplastado y mecanizado de las grandes ciudades, como Nueva York, donde se desarrolla la historia; la inutilidad de la vida; etc. 

Mención aparte merece el narrador de esta historia que corresponde a un abogado prudente y metódico, que no revela su identidad y que tuvo trabajando a Bartleby en su despacho, junto a otros tres escribientes más. Su actitud no deja de sorprendernos, pues duda entre la simpatía hacia su empleado y la desesperación que le produce su desobediencia: “Con cualquier otro hombre me hubiera precipitado en un arranque de ira, desdeñando explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba”.

No obstante, estas dudas las compartimos los lectores, a quienes Bartleby nos acaba resultando entrañable, pues, a pesar de su negativa a trabajar, no muestra la menor incomodidad, enojo o impaciencia, cuando le dice a su jefe ”Preferiría no hacerlo”. La misma fórmula que emplea, que no es exactamente un rechazo sino una preferencia, contribuye a esta cordialidad y cercanía hacia el personaje.

El mensaje final de esta novela corta, que no fue entendida en su época, se resume en la última frase. “¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!, pues la actitud de no acción de este personaje y su destino final, se interprete como una crítica al sistema capitalista, o un gesto de rebeldía frente al mismo o un ejercicio de libertad, se puede identificar con el conjunto de los seres humanos.

Historia de una parábola


En pocas novelas están los personajes tan plenamente integrados en la naturaleza, como en las de John Steinbeck: “Kino se levantó antes del amanecer. Las estrellas aún brillaban y el día había dibujado apenas un pálido bosquejo de luz en la parte baja del cielo, en dirección al este. Los gallos habían estado cantando desde hacía rato, y los primeros cerdos ya habían comenzado su incesante voltear de ramitas y aserrín para ver si había algo de comer que hubiese pasado inadvertido. Afuera de la choza, en el montón de atún, una bandada de pajaritos gorjeaban y agitaban, sus alas”.


Este es el inicio de ​La perla​, con el protagonista, Kino, levantándose antes del amanecer en medio de la naturaleza, con las estrellas brillando en el cielo y los animales iniciando sus primeros cantos y movimientos de la mañana. Su cabaña hecha de ramas se encuentra al lado de otras, donde también reina la tranquilidad y sólo se escucha la Canción clara y delicada de la Familia. Pero cuando surge algún tipo de peligro se oye una nueva canción, la Canción del Mal, “la música del enemigo, de un enemigo de la familia, una melodía salvaje, secreta y peligrosa”, porque todo lo que veían, hacían o escuchaban lo convertían en canción.


Él pertenece a uno de los dos pueblos antagónicos, que aparecen en la novela, el de los indígenas, que están sometidos a los blancos, los cuales constituyen el pueblo explotador. Steinbeck precisamente denuncia esta explotación y la estructura social que la permite y la perpetúa. Mientras que los indios, como hemos visto, viven en contacto íntimo con la naturaleza; los blancos, en cambio, viven de espaldas a ella, aislados en sus casas lujosas de las ciudades.


Sucede un hecho, el hallazgo de la perla más hermosa y más grande jamás vista, que va poner al descubierto el engaño y el acoso de una sociedad materialista, traída por los hombres blancos, los cuales demuestran una hipocresía y un interés que los define, como grupo social. Pero este efecto perverso va a afectar también al propio Kino a quien el hallazgo de la perla despierta un ansia de mejorar que al final acaba volviéndose en su contra, a pesar de la legitimidad de este deseo, que pasa fundamentalmente por que su hijo, Coyotito, estudie: “Mi hijo abrirá los libros y los leerá. Y mi hijo sabrá de números. Y esto nos hará libres porque sabrá, y, como él sabrá, nosotros aprenderemos de él”. La educación como vía para la liberación y la emancipación de los pobres. ¡Ahí es nada!

La lectura se hace amena, gracias a un lenguaje sencillo y al simbolismo que le confiere una dimensión poética a la novela, aunque al mismo tiempo nos hace sufrir la peripecia vital de Kino y su familia, que despierta la solidaridad de los de su clase; pero también la envidia de los poderosos, que tratan de quitarle la perla, utilizando todo tipo de argucias.


El maravilloso final nos deja la duda de si el protagonista ha fracasado o, por el contrario, hemos de interpretarlo como el resultado de un aprendizaje, que le lleva rechazar un mundo materialista donde prima el dinero por encima de la dignidad. Su vuelta a La Paz, que se produce curiosamente al atardecer (“El dorado atardecer estaba declinando cuando unos niños, a la carrera, llegaron histéricos al pueblo y corrieron la voz de que Kino y Juana se encontraban de vuelta. Y éste fue quizás el detalle que más impresionó a aquellos que los vieron”), supone la reintegración definitiva de Kino en el mundo natural al que pertenece.

La vida de las mujeres

En su única novela, Alice Munro, Premio Nobel de Literatura 2013, cuenta la infancia y adolescencia de Del, en un pueblo de Canadá, y su camino de iniciación en el mundo de la escritura guiada por la curiosidad y la inteligencia. Esto, unido al hecho de estar escrita en primera persona, ha llevado a pensar que puede tratarse de recuerdos de la propia autora, aunque ella misma haya declarado que la novela “sólo es autobiográfica en la forma, no en los contenidos”.

Lo cierto es que, desde la primera página, tenemos la certeza de algo vivido, con personajes excéntricos, como el tío Benny, con su manía de guardar objetos averiados e inservibles, y con una ingenuidad que nos conmueve, por ejemplo, cuando cuenta lo que le sucedió en la ciudad de Toronto al ir a buscar a su mujer huida: 

“-Primero pregunté a un tipo que me dijo que, cruzado un puente, llegaría a un semáforo rojo donde se suponía que tenía que torcer a la izquierda; pero cuando llegué allí no supe qué hacer. No sabía si torcer a la izquierda con el semáforo rojo o esperar a que se pusiera verde para hacerlo. -Tuerces a la izquierda con el semáforo verde -gritó mi madre, desesperada-. Si tuerces a la izquierda con el semáforo rojo te topas con todos los coches que están cruzando delante de ti. 

-Sí, lo sé, pero si tuerces a la izquierda con el semáforo verde te topas con los coches que vienen en dirección contraria.

-Pues esperas a que haya una brecha.

-Pero entonces te puedes pasar todo el día esperando, porque nadie te deja pasar.”

El lenguaje utilizado por Munro es sencillo y preciso también cuando se refiere, como de pasada, a la época en la se encuentran: 

“Owen se columpiaba en la puerta mosquitera, cantando en un tono cauteloso y despectivo, como solía hacer cuando se mantenían conversaciones largas: 

Tierra de esperanza y gloria, 

madre de los que son libres, 

cómo podremos alzarte 

nosotros que hemos nacido de ti. 

Esa canción se la había enseñado yo; aquel año cantábamos esa clase de himnos todos los días en el colegio, para ayudar a salvar Gran Bretaña de Hitler.”

O cuando alude a la complicidad entre todos los miembros de su familia, sin necesidad de hablar: “Mi madre se quedó sentada en su silla de lona y mi padre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa.”

Otro personaje redondo, aunque en las antípodas del tío Benny, es la madre, Addie, defensora de los derechos de la mujer, con inquietudes culturales y que se ha hecho a sí misma: “La timidez y la vergüenza son lujos que yo nunca pude permitirme”, le dice a Del, cuando esta decide no seguir colaborando con ella, porque le da reparo contestar en público a las preguntas sobre el contenido de las enciclopedias que vendía.

También sus tías Grace y Elspeth son personajes logrados, con su sentido del humor ingenuo y desconcertante, como cuando le preguntaron a Del por la inquilina que tenían en su casa de la ciudad, a la que habían oído cantar en una fiesta la canción What Is life without my lover?: “¿Qué tal vuestra inquilina? ¿Qué le parece la vida sin su amante?”. Y Del les explicó que esa canción provenía de una ópera, que era una traducción, y sus tías gritaron: “¿ Ah, sí? ¡Y nosotras lamentándolo por ella!”.

Y es que La vida de las mujeres es una novela de personajes, con los que la narradora protagonista compartió su infancia y adolescencia, especialmente mujeres tradicionales, cuya existencia sometida al hombre y con el único destino del matrimonio y los hijos, refleja críticamente: “¿Qué era una vida normal? Era la vida de las chicas que trabajaban con ella, las fiestas de homenaje, las sábanas de hilo, las baterías de cocina y la cubertería de plata, ese complicado orden femenino; y por otro lado, era la vida del salón de baile Gay-la, ir borracha en coche por carreteras negras, escuchar chistes de hombres, soportar y pelearte con hombres y conseguirlos, conseguirlos: un lado no podía existir sin el otro, y al asumir y acostumbrarse a ambos, un chica se ponía camino del matrimonio. No había otra manera. Y yo no iba a ser capaz de hacerlo. No. Me quedaba con Charlotte Brontë”.

Hay momentos especialmente hermosos como la descripción sutil de su despertar sexual, el día que conoció a Garnet en la iglesia, mientras escuchaban al pastor baptista: “Pero toda mi atención estaba centrada en nuestras manos apoyadas en el respaldo de la silla. Él movió un poco la suya. Yo moví la mía, volví a moverla. Hasta que las pieles se tocaron, ligera pero vívidamente, se apartaron, regresaron y permanecieron juntas, apretadas la una a la otra. Luego los meñiques se frotaron con delicadeza, el suyo se montó poco a poco sobre el mío. Un titubeo; mi mano se abrió ligeramente, su meñique me tocó el anular y el anular quedó capturado, y así sucesivamente hasta que, en fases tan formales como inevitables, con reticencia y certeza, su mano cubrió la mía. Entonces él la levantó del respaldo y la sostuvo entre los dos. Me invadió una gratitud angelical, como si realmente hubiera alcanzado otro nivel de existencia. Me pareció que no era necesario más reconocimiento, no era posible más intimidad”.

La vida de las mujeres concluye con un giro metaliterario: Del, después de su ruptura con Garnet, cuando éste amenaza su libertad, decide escribir una novela para realizarse como persona: “Llegó un momento en que todos los libros de la biblioteca del ayuntamiento no fueron suficientes para mí; necesitaba tener libros propios. Comprendí que lo único que podía hacer con mi vida era escribir una novela. Escogí a la familia Sheriff para escribir sobre ella; lo que le había sucedido la aislaba de forma impresionante, la condenaba a ser material de ficción.”

En realidad, la novela que pretende escribir y que supone el descubrimiento de su vocación literaria, es la que nosotros estamos leyendo. Por eso, aunque Alice Munro haya declarado que La vida de las mujeres es autobiográfica sólo en la forma, los lectores tenemos el derecho a dudar de esa afirmación y considerar que tiene una base real: “Jerry -el amigo superdotado de Del- contemplando y dando la bienvenida a un futuro que aniquilaba Jubilee (…) yo haciendo planes secretos de convertirla en una fábula negra y fijarla en mi novela”. 
Además, en el epílogo la narradora-protagonista llega a explicarnos su aspiración como escritora, que podría firmar la propia Alice Munro y que consiste en buscar la autenticidad, partiendo de una realidad, recreada mediante el trabajo literario: “Y ninguna lista podía contener lo que yo quería, porque lo que yo quería era hasta el último detalle, cada capa de discurso y pensamiento, cada golpe de luz sobre la corteza o las paredes, cada olor, bache, dolor, grieta, engaño, y que se mantuvieran fijos y unidos, radiantes, duraderos.”

Una mujer vital y clarividente

Existen dos posiciones en torno a la prostitución: hay quien la condena sin paliativos, considerándola una humillación para las mujeres, y hay quien defiende la libertad de ejercerla. En este sentido, la historia que cuenta Alberto Moravia en la novela La Romana causaría hoy día bastante controversia: “Yo había perdido, al menos por ahora, el matrimonio y todas las modestas ventajas que de él me prometía; pero, en compensación, había recuperado mi libertad (…) Aquella mañana, por primera vez, consideré mi cuerpo como un medio bastante cómodo de conseguir los fines que el trabajo y la seriedad no me habían permitido alcanzar”.

A mí personalmente me ha desconcertado, pero al mismo tiempo me ha causado admiración este personaje, que es plenamente consciente de su situación en el mundo, hasta el punto de aceptar la prostitución de forma positiva, tomando las riendas de su destino, sin depender de los demás. Demuestra así su relativismo moral, tal y como afirma en el prólogo Ana María Moix, “Adriana no condena, en ningún momento, a ninguno de los retorcidos y complejos personajes con quienes entabla relación en su peculiar modo de ganarse la vida, ni siquiera juzga al asesino con el que se acuesta en una ocasión”. Ni tampoco condena a Gino del que estaba enamorada y que le traiciona ocultándole un aspecto importante de su vida. Se limita a vivir, aprovechándose de la hermosura y exuberancia de su cuerpo, y aunque en general no disfrute de las relaciones con los hombres, experimenta un fuerte sentimiento de complicidad y sensualidad, cuando le pagan por sus servicios. 

Hay una huella indudable del existencialismo en este novela, pues la protagonista, a la que acabamos de referirnos y que tiende a reflexionar sobre lo que le sucede, experimenta a menudo un extravío intenso, que le lleva a ver su vida y las cosas que hace carentes de significado, simples apariencias absurdas: “Me decía: Yo estoy aquí y podría estar en cualquier parte (…) Pensaba que había salido de una oscuridad sin fin y que pronto volvería a otra oscuridad igualmente ilimitada, y que mi breve paso habría estado marcado tan solo por actos absurdos y casuales. Comprendía entonces que mi angustia no era debida a las cosas que hacía, sino, más profundamente, al mero hecho de vivir, que no era ni malo ni bueno, sino sólo doloroso e insensato”.

Recuerda, en este sentido, al Meursault  de la novela El extranjero de Camus, al que la realidad le resulta absurda e inabordable, aunque Adriana, a diferencia de este personaje que no experimenta ningún tipo de sentimiento, pues todo en él es  indiferencia, abulia y apatía, sí siente, unas veces, alegría y satisfacción, y otras, como en el fragmento anterior, dolor y angustia. Su mayor asidero en este sentido es el amor, sentimiento que da sentido a su vida.

Después de la frustrada relación con Gino, encuentra en el joven estudiante, Jacobo, la posibilidad de ser feliz, aunque éste, que se deja guiar siempre por la razón, no le corresponde con la misma entrega e intensidad: “Hago todas las cosas del mismo modo… sin amarlas ni sentirlas en el corazón… sino sabiendo con la cabeza cómo se hacen y, a veces, haciéndolas incluso, en frío y desde fuera… soy así y, a lo que parece, no puedo cambiarme”. 

Sólo, cuando le lee en voz alta pasajes de sus libros favoritos, abre su alma y afloran sus sentimientos: “En verdad, durante estas lecturas, él se abandonaba del todo, sin temor ni ironía, como quien se encuentra a sí mismo en su elemento y no teme ya mostrarse sincero. Este hecho me impresionó, porque hasta entonces había pensado que el amor y no la lectura era la condición más favorable para que se abriera el alma humana. A Mino, en cambio, a lo que parecía, le pasaba lo contrario; y ciertamente nunca le vi en la cara tanto entusiasmo y tanto candor, ni siquiera en los raros momentos de sincero afecto hacia mí, como cuando, alzando la voz en curiosos tonos cavernosos o bajándola en manera discursiva, me recitaba a sus autores preferidos”.

Este canto a la lectura en voz alta enlaza con toda una tradición de literatura oral, porque no es lo mismo leer en silencio para uno mismo que hacerlo para los demás poniendo en juego la entonación y el timbre de la voz, para matizar o realzar el significado de las palabras.

Pero en la novela no importan sólo las reflexiones de Adriana sino que también hay una intriga que gira en torno a una polvera que robó en la casa donde trabajaba Gino, cuyas consecuencias condicionan su vida y la de los que le rodean. Alberto Moravia va dejando cabos sueltos sobre este hecho, que acaban relacionando a los personajes principales, para que permanezcamos atentos a la lectura.

Así se explica el final dramático donde se cruzan las vidas de tres de los amantes de Adriana: el oficial de policía secreta, Astarita, que ama a esta hasta la servidumbre, aunque no es correspondido; el siniestro asesino Sonzogno, que la trata como un objeto de su propiedad; y el mencionado Jacobo, que rechaza la idea de estar enamorado de ella. 

La romana , publicada en 1947, es una novela que se lee con facilidad, de la mano de una primera persona, que corresponde a la protagonista, Adriana, la cual cuenta la aventura de su existencia, como los pícaros de los Siglos de Oro. Tras el desconcierto inicial que nos causa, al conocer su decisión de dedicarse libremente a la prostitución, poco a poco, a través de sus reflexiones, acaba causándonos admiración por su vitalidad, capacidad y clarividencia para superar errores, contradicciones y sobre todo situaciones adversas: “Qué traición ni traición… se ha matado, ¿qué más quieren?, ninguno de ustedes dos hubiera tenido coraje de hacer otro tanto… y les digo también esto: ustedes dos no tienen ningún mérito si no han traicionado… porque son dos desgraciados, dos pobretones, dos miserables, y si las cosas van bien, tendrán al final lo que nunca han tenido y estarán bien ustedes y sus familias… pero él era rico, había nacido en una familia rica, era un señor, y si lo hacía era porque creía en ello y no porque esperaba nada… él tenía mucho que perder, al contrario de ustedes que solo pueden ganar… eso es lo que digo… y debieran avergonzarse de venir a hablarme de traición”. Con estas palabras lúcidas les réplica a los dos compañeros de Jacobo, que le habían insistido en la traición de éste, al delatarlos a la policía.

 

Hablaremos de esta novela de Alberto Moravia el 25 de septiembre, miércoles, a las 18 horas, en Club de Lectura del IES Gran Capitán.

 

La historia de una espera

Tom, casado con Berta Isla, define así a los espías: “Nosotros somos las atalayas, los fosos y los cortafuegos; somos los catalejos, los vigías, los centinelas que siempre estamos de guardia, nos toque esta noche o no. Alguien tiene que estar atento para que el resto descanse, alguien ha de detectar las amenazas, alguien ha de anticiparse antes de que sea tarde”. Porque, en efecto, esta última novela de Javier Marías, publicada en 2017, trata de este tipo de personas, que, según la definición de la RAE, observan o escuchan lo que pasa con disimulo y secreto para comunicarlo, después, al que tiene interés en saberlo, que normalmente es el Estado. Personas que garantizan que las cosas, incluidas las más corrientes, como que haya pan en las panaderías o  que cada uno reciba a fin de mes su salario, sucedan con normalidad. Personas imprescindibles e insustituibles, que están rindiendo un servicio esencial a los demás y que no pueden desaparecer, para que todo funcione.

La historia se cuenta desde dos puntos de vista: comienza con un narrador omnisciente que nos presenta a los personajes y la difícil situación en la que se encuentran, a pesar de que se conocían desde casi niños: “Berta Isla sabía que vivía parcialmente con un desconocido. Y alguien que tiene vedado dar explicaciones sobre meses enteros de su existencia se acaba sintiendo con licencia para no darlas sobre ningún aspecto. Pero también Tom era, parcialmente, una persona de toda la vida, que se da por descontada como el aire. Y uno jamás escruta el aire”. 

Después, la voz narradora pasa a la propia protagonista, la cual cuenta la vida con su marido, un hombre reclutado para los servicio secretos, por sus excepcionales cualidades para las lenguas y los acentos. La novela es, en este sentido, la historia de una espera, que se refleja en la imagen de ella misma asomada al balcón de su piso con la mirada perdida, como Penélope, que de noche destejía lo que había tejido de día, aguardando el regreso de Odiseo. Una espera y también la obligación de convivir en medio de la ocultación y el miedo, lo cual le lleva a plantearse el dilema de seguir o no al lado de Tom, “ignorando la mitad de su existencia (…), sin saber en qué andaba metido ni cuánto se manchaba las manos y el ánimo, si engañaba mucho, si traicionaba a quienes lo considerarían compañero o amigo, si los enviaría a prisión o a la muerte, y todo ello sin preguntar. Con riesgos para mí y para el niño…”.

Y es que, por encima de la anécdota y de la intriga, en torno a lo que sucede, que sabe generar Javier Marías, está su estilo introspectivo, ese indagar en el pensamiento de los personajes, en sus dudas, al tomar una decisión, como el dilema Berta, o las de Tom para contarle a esta lo que le obligó a llevar la vida de agente secreto; en la necesidad de callar lo que sucede en las misiones secretas, que para eso son estrictamente confidenciales: “Nada de eso existe para ti. No debería existir ni para mí. De hecho no existe, como quieres que te lo diga. No acontece, no tiene lugar (…) Estamos obligados.  Para siempre. De lo contrario nos acusarían de revelar secretos de estado, y eso no es ninguna broma, te lo aseguro”; en las dolorosas ausencias necesarias, que separan de su familia al que trabaja en este menester; en los posibles escrúpulos morales por haber propiciado la detención de quienes han depositado la confianza en ti. 

O reflexionar sobre la diferencia entre los servicios secretos de una democracia avanzada, como Inglaterra, que supuestamente deben atenerse a leyes estrictas y estar controlados por políticos elegidos y por jueces honrados, y los llamados sociales de nuestra dictadura, hacia los que sentíamos aversión y desprecio, por su comportamiento despiadado e indigno; sobre la veleidad del pueblo que nunca es responsable de nada: “¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croacia? ¿Qué culpa del estalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado”; o sobre la asunción de la muerte de un ser querido y el largo periodo en el que su ausencia se siente como transitoria.

Estas introspecciones a veces van acompañadas de textos de dos escritores ingleses: Shakespeare y  Eliot. Por ejemplo, una escena de Enrique V, en la que el Rey, la noche antes de la batalla, haciéndose pasar por una persona normal y corriente, escucha cómo un soldado se pregunta por la causa de la guerra, le sirve a Berta para cuestionar las razones por las que actúa su marido.  O el verso “Como la muerte se parece a la vida”, perteneciente al poema “Little Gidding”, describe la situación de Tomás, que lleva casi dos años sin regresar a casa, pues ambas, la muerte y la vida, son posibles en su caso: “Podía no regresar nunca, en todo caso, aunque aún respirara en un lugar lejano. Yo podía optar por no esperarlo más o seguirlo esperando, cabía ‘declararlo’ muerto a todos los efectos o ‘decidir’ que todavía pisaba la tierra y cruzaba el mundo; todo interiormente, para mis adentros”.

Hay también críticas a las malas prácticas de los Estados: “Si usted supiera la cantidad de gente en el mundo que cobra por no hacer nada, por figurar en un consejo de administración o ser miembro de un patronato, por asistir a un par de reuniones al año, por asesorar sin asesorar. En realidad cobra por estarse quieta y callar. Los Estados cargan con parásitos, y lo hacen de sumo grado”. Así, le justifica Tupra a Berta el sueldo que va a cobrar sin hacer absolutamente nada.

En el último tramo de la novela, cuando la ausencia de Tom se prolonga, cambia el punto de vista en favor de un narrador omnisciente, que le permite  a Javier Marías distanciarse de la historia, sin renunciar al mundo interior de los personajes, y al mismo tiempo aunar las perspectivas de ambos. Pero no solo eso, pues en la historia hay un cabo suelto, una intriga sin resolver, relacionada con Janet, que se retoma. El confidente de este secreto, y a través de él nosotros los lectores, es Mr Southworth, antiguo profesor de Tom en la universidad y con quién éste conversaba, cuando se le comunicó su posible implicación en la muerte de esta  joven.

Reaparece también la voz narradora de Berta para cerrar la novela. Ella y su futuro marido, cuando se enamoraron, no dudaban de que iban a ser importantes en la vida; pero con el tiempo, como suele ocurrir con todos los jóvenes, a medida que pasa el tiempo y se hacen mayores, toman conciencia de que pertenecen “a esa clase de personas que no se ven protagonistas ni de su propia historia, sacudida por otros desde el principio; que descubren a mitad del camino que, por únicas que todas sean, la suya no merecerá ser contada por nadie”. 

Las novelas de Javier Marías no defraudan, pues además de sus argumentos muy bien trabados y, en el caso de Berta Isla, su capacidad para generar la intriga y mantenerla hasta el final, está su estilo original, inconfundible; su frase larga para introducirse en la mente de los personajes y explorar los recovecos de la psicología humana.

La fuerza de una mujer para luchar contra la adversidad

El prólogo con el que se inicia esta novela, publicada por primera vez en 2007, es inquietante, por las referencias a una vida pasada infeliz; y el primer capítulo confirma este desasosiego, con la protagonista, Rebecca, que regresa a su casa del trabajo, en un cadena montaje de Chautauqua Falls, por un camino solitario de sirga, y es seguida por un individuo bien vestido y con un sombrero panamá: “El puente en Poor Farm Road estaba todavía a kilómetro y medio. ¿Cuántos minutos? No era capaz de calcularlo: ¿veinte? Y correr estaba descartado. Se preguntó qué sucedería durante aquellos veinte minutos”.

Mientras esto sucede, evoca, a través de un narrador omnisciente, su vida actual, con un hijo de tres años que la espera en casa de unos amigos; y un marido, Niles Tignor, que se ausenta durante semanas por razones supuestamente de trabajo. Pero también recuerda, veinte años atrás, en 1939, la vida con sus padres, que se vieron obligados a emigrar a Estados Unidos huyendo del nazismo; su difícil  integración en este país, sobre todo por las dificultades para aprender el nuevo idioma y por la decisión absurda de no hablar alemán ni siquiera en la intimidad de la casa. 

A estas dificultades de adaptación hay que añadir: el carácter violento y atormentado del padre, Jacob Schwart, como consecuencia de las calamidades pasadas, que lo habían llevado de profesor de Matemáticas en Munich, al trabajo agotador de sepulturero en Milburn, con un salario miserable; las crisis nerviosas de una madre pusilánime y tartamuda, Anna, que había sido una muchacha bonita y esbelta, que tocaba el piano en Alemania; los problemas de conducta del hermano mayor en la escuela; la vida miserable en la casa al lado del cementerio; el olor a hierba podrida, que impregnaba la piel y el pelo; las burlas de la gente del pueblo.

La situación en su familia se degrada de tal forma, sobre todo a raíz de la enfermedad de la madre, que se vuelven como animales, chapoteando en la miseria y en la suciedad: “Con frecuencia la comida se devoraba sacándola de la pesada sartén de hierro que permanecía más o menos continuamente sobre el fogón, tan cubierta y encostrada de grasa que ni siquiera era necesario limpiarla. Había además harina de avena en una olla en el fogón que tampoco se limpiaba nunca. Siempre había pan, mendrugos y cortezas de pan, y galletitas saladas Ritz, que se comían a puñados; latas de conservas: guisantes, maíz, remolacha, chucrut, judías verdes y alubias cocinadas que se comían directamente de la lata con una cuchara”. 

Los momentos de ternura y alegría son como leves destellos, en medio de la oscuridad, por ejemplo entre ella y su madre: “Rebecca secaba la vajilla para ayudar a mamá. Eran momentos felices para Rebecca. Sin que mamá diera la menor señal de notarlo, y menos aún de que lo considerase molesto, Rebecca podía pegarse a sus piernas, que despedían una tibieza extraordinaria. A través de unos párpados casi cerrados miraba hacia arriba, para ver a mamá que también la miraba”. O cuando esperan infructuosamente la llegada desde Europa, en el barco Marea, de la hermana de Anna y su familia, y comienzan a hacer planes para acondicionar mejor la casa, de manera que pudieran alojarse junto con ellos.

Pero el sentimiento de odio hacia todas las personas, incluidas ella y su madre, que se apodera del padre, como consecuencia del rencor y la frustración, desemboca en un estallido de violencia extrema.

Lo sorprendente es la sensatez que demuestra Rebecca, después de haber vivido en un ambiente familiar tan hostil, por ejemplo, cuando conocemos, a través del estilo indirecto libre, su pensamiento crítico sobre las clases que le daban en el instituto: “La asignatura que menos le gustaba era el álgebra. ¿Qué tenían que ver las ecuaciones con las cosas de verdad? Y en la clase de Lengua se veían forzados a memorizar poemas de Longfellow, Whittier, Poe, ridículas cantarinas, ¿qué tenían que ver las rimas de los poemas con las cosas?”. O cuando le pregunta con una lógica aplastante a la señorita Lutter, que acabó adoptándola: “¿Por qué permitió Jesús que lo crucificaran, señorita Lutter? No tenía por qué hacerlo, ¿verdad que que no, si era hijo de Dios?”.

Sin embargo, la adversidad va a seguir formando parte de su vida, después de casarse supuestamente con Tignor: “Bebía con él en las primeras horas de la mañana cuando no conciliaba el sueño. A veces lo tocaba, con suavidad. Con el cuidado de una mujer que toca a un perro herido que podría volverse contra ella, gruñéndole”. Incluso cuando huye con el hijo de ambos, Niley, y parece que las cosas le van ir mejor, la sombra de la violencia la persigue, o al menos eso es lo que se transmite a los lectores, que en cualquier momento esperamos su reaparición, quizá por el peso de un pasado que trata de olvidar o porque es una mujer frágil, insegura y vulnerable: “parecía una llama vertical, erguida, atraía las miradas, deslumbraba; pero una llama, después de todo, es una cosa delicada, una llama puede verse amenazada de repente, destruida”.

Se ve forzada a cambiar de identidad, convirtiéndose en Hazel Jones, lo cual le va a permitir continuar con su vida, así como encontrar la felicidad con Chet y la esperanza de un futuro para su hijo como pianista; pero la autora estadounidense, en un audaz juego de simetrías, aún nos tiene reservadas más sorpresas: la reaparición del hombre con el sombrero panamá, Byron Hendricks; el retorno del presentador del programa de jazz que escuchaba, de forma obsesiva, el hijo de la protagonista, cuando era pequeño; la vuelta del espíritu atormentado de la familia Schwart, que parece concentrarse en las manos delicadas de éste, con toda su fuerza, con sus ventajas e inconvenientes; el regreso a sus orígenes, como empleada de hotel, de la propia Hazel Jones, antes Rebecca Schwart; y sobre todo el reencuentro, mediante un delicioso intercambio de cartas, con su prima Freyda, 57 años después de que soñara con su llegada a Milburn. 

Para contar esta historia de violencia y superación, Joyce Carol Oates utiliza una escritura fluida y sencilla, que en ocasiones se ve interrumpida por frases filosóficas, algunas de grandes pensadores, que reflejan el temperamento obsesivo de los personajes, particularmente del padre: “La humanidad teme a la muerte… ¡Ocúltales tu debilidad y un día se lo devolveremos con creces!.. El individuo es confusión… La vida es lucha incesante, conflicto”.

Demuestra, además, una gran capacidad de sugerencia, dando a entender, por ejemplo, la violencia, a través de las consecuencias de la misma: “Rebecca se movía con dificultad y ocultaba el pelo bajo un pañuelo. En la cadena de montaje se vio que tenía la cara hinchada, y que su gesto era huraño. Cuando se quitó las gafas de sol con montura de plástico, de la clase barata y risueña que se compraba en las farmacias, y las reemplazó por los anteojos protectores se pudo ver que tenía el ojo izquierdo hinchado y amarillento. Cuando Rita le dio un codazo y le dijo al oído: «Vaya, corazón, ha vuelto. ¿No es eso?», Rebecca no respondió.”

Sus descripciones son impresionistas y mordaces: “Tignor era como una gran luna de rostro maltrecho en el cielo nocturno, y sólo veías la parte brillantemente iluminada, resplandeciente como una moneda, pero sabías que había otro lado, oscuro y secreto. Los dos lados de la luna marcada de viruela eran simultáneos, pero querías pensar, como una niñita, que sólo existía la parte iluminada”. Y sus imágenes expresivas y contundentes, como un golpe en pleno rostro: “Tenía la cabeza tan vacía como una nevera arrojada en un vertedero.”

La hija del sepulturero es una novela cuyo interés no decae en sus cerca de setecientas páginas, fundamentalmente por la fuerza y autenticidad de su protagonista, inspirada en su propia abuela, una mujer que tuvo que luchar contra un destino incierto e impregnado de violencia machista, y que representa un modelo de superación ante la adversidad, al descubrirnos cada día una razón para seguir viviendo dignamente. En este sentido, ha declarado Joyce Carol Oates: “Me gusta poner a los personajes en momentos de crisis para conocer su coraje, no es la violencia en sí lo que me interesa.”



Aquí no son ustedes mujeres, sino dependientas

Al leer Tea Rooms (1934), la primera novela que me viene a la cabeza es La Colmena de Camilo José Cela, pues ambas se desarrollan en su mayor parte en el interior de un local de ambiente relajado, a donde acuden personajes de distinta clase social y que ejercen diferentes profesiones. En las dos novelas vemos desfilar a la sociedad madrileña de la época, con una diferencia de 10 ó 15 años, que son los que separan la II República de la Dictadura franquista; pero, mientras el autor gallego se limita a mostrar con objetividad las vidas de estos personajes, Luisa Carnés  se detiene especialmente en las mujeres que trabajan en el salón de té, hasta descubrirnos el origen de sus desgracias: “Todos conocen ya su historia en el salón. La repite a cada momento. Parece encontrar en su origen miserable, en su vida de privaciones, un motivo de vanidad: el mismo que suscita en otros la opulencia. Tal vez alimenta la tesis de que la única nobleza del globo la constituye la casta de los oprimidos, y le enorgullece pertenecer a ella. Detalla la desventura de su hermana mayor, abandonada por el novio después de cuatro años de relaciones. («Cuando la hizo la niña, se largó»). La tragedia de su padre, parado hace cerca de un año. («Dice que un día se tira al Metro»). El constante batallar de su madre con las amas de casa pudientes; y luego, «aquellos críos», torturados por todas las escaseces imaginables”.

Así, resume la desgraciada historia de su familia, Marta, una chica que se siente orgullosa de pertenecer a la clase social de los oprimidos. Pero Luisa Carnés trasciende las vidas individuales de estas mujeres, hasta convertirlas en representativas del grupo social de personas menos favorecidas, al que pertenecen Marta y el resto de las que trabajan en el salón de té, incluida la protagonista, Matilde.

Al escribir esta novela, la autora se basa en su propia vida, pues trabajó durante un tiempo en un local de estas características, en Madrid, lo cual  explica la veracidad y el realismo de lo que cuenta. De hecho, la protagonista es un trasunto suyo y, a través de ella, expone su compromiso y solidaridad con los explotados, que se sienten desesperados por su situación: “Yo sí leo los periódicos -le dice Matilde a Antonia-. En todo el mundo, los obreros recorren las calles, hambrientos, y los niños se mueren de frío y de hambre. Las grandes fábricas, las minas , los comercios, las industrias, cierran sus puertas en todos los países. Cada día que pasa aumenta el número de hambrientos y de parados. Los campesinos se apoderan de las tierras y se las reparten. Los obreros asaltan las tiendas de comestibles. Los hambrientos quieren comer”.

Está haciendo referencia, con estas palabras, a la utopía comunista, pues hacía pocos años se había producido en Rusia la Revolución de Octubre, que despertó en las clases bajas de todos los países del mundo, incluido España,  la ilusión de que un mundo más justo es posible.

Pero las verdaderas protagonistas de Tea Rooms son las mujeres, doblemente discriminadas, como mujeres y como trabajadoras. Los casos más dramáticos son el de Marta, que tiene que prostituirse para sobrevivir, y el de Laurita, que queda embarazada del novio y acaba muriendo al abortar: “Ahí dentro, en una habitación reducida de paredes azuladas, queda el cuerpo exangüe de Laurita, envuelto en una sábana. Ayer tarde estaba en el salón de té, se movía de un lado para otro, sonreía llena de vida, hablaba, y ahora está inmóvil, marcado el rostro por una trágica amarillez, perdida hasta la última gota de su sangre juvenil”.

Luisa Carnés, por boca de Matilde, responsabiliza a la sociedad de esta discriminación de las mujeres: “Pero la sociedad no parece conmoverse por estos acontecimientos. Desde hace milenios vienen perpetrándose abortos ilegales y prostituciones sin que nadie se asombre por ello. La sociedad viene causando víctimas desde hace millares de años. Por lo tanto, no es una sociedad humanitaria. Es una sociedad llamada a desaparecer”.

Por eso, plantea la emancipación y la lucha por la verdadera igualdad de las mujeres -de ahí su mirada innovadora que la hace plenamente vigente- a través de la cultura y el trabajo más cualificado, que les hará pensar por sí mismas, al margen de la voluntad del marido, del padre, del jefe de la oficina o del patrono de la fábrica.

Esta defensa de los derechos de la mujer supone para Luisa Carnés un paso adelante en su compromiso social, que hay que enmarcar en las políticas progresistas del Frente Popular, así como en su acercamiento al Partido Comunista.

Tea Rooms, en este sentido, encaja dentro de la narrativa social anterior a la Guerra Civil, a la que pertenecen también otros autores, como Ramón J. Sénder, César Muñoz Arconada o Joaquín Arderius, y que tiene como fin transmitir a los lectores la necesidad de mejorar la condición de la clase trabajadora y de los más desprotegidos de la sociedad, en particular las mujeres. Esta finalidad explica el lenguaje sencillo en que está escrita, el predominio del diálogo, la preferencia por personajes que representan a un grupo social, la linealidad narrativa, y los monólogos reflexivos: “Los hombres que desfilan por el salón apenas miran a la dependienta. La dependienta, dentro de su uniforme, no es más que un aditamento del salón, un utilísimo aditamento humano. Nada más. Ella corresponde a esta indiferencia con desprecio. Para ella, el público se compone de una interminable serie de autómatas; de seres de ojos, palabras y ademanes idénticos -todos la misma actitud: el índice, tieso, indicando el dulce elegido y un brillo glotón en los ojos; un brillo repugnante- “Aquí no son ustedes mujeres; aquí no son más que dependientas”.

 

Hablaremos de Te Rooms de Luisa Carnés, el próximo 26 de junio, miércoles, a las 11:30, en el Club de Lectura del IES Gran Capitán. Será la última sesión de este curso académico.

 

Las palabras no se las lleva el viento

Gabriel se empeña en reunir a toda la familia, con motivo del cumpleaños de la madre, ya octogenaria, después de veinte años de pequeñas desavenencias y tensiones; pero estas amenazan con aflorar, porque las palabras no se las lleva el viento y están cansados de fingir que no pasa nada.

Este es el esquema argumental de Lluvia fina, última novela de Luis Landero, cuyos personajes nos resultan familiares, ya que se sienten insatisfechos y parecen vivir en la ficción. Son personajes que sueñan, buscando un sentido a la vida, que fantasean, como el padre que se inventaba historias, que tenían como protagonista al Gran Pentapolín, supuestamente un antepasado de la familia; u Horacio, al que le gustaba viajar con la imaginación, como los niños: “Un día le dijo -a Sonia- que quería tener dos hijos, que se llamarían Ángel y Azucena. Hablaba de ellos como si ya existieran y los viese correteando por el piso, y lo que más le preocupaba era que pudiesen hacer un estropicio con los juguetes o los cómics”; o Andrea que, primero, sueña una vida en común con Horacio, del que estaba locamente enamorada, aunque éste acabó casándose con su hermana mayor, y, después, con convertirse en una gran compositora e intérprete de canciones; o Gabriel que experimenta un interés desmedido por las cosas más insospechadas y heterogéneas, como el ajedrez, el yoga, la recolección de setas, la alquimia, la botánica, el esoterismo o el bricolaje; pero que lo mismo que surge se marcha, provocándole una insatisfacción permanente.

Las desavenencias entre los miembros de la familia hunden sus raíces en un pasado compartido, que recuerdan unos y otros, aunque de forma diferente y, a veces, antagónica, por ejemplo, la visita de Horacio a la mercería que daría lugar con el tiempo a su casamiento con Sonia, lo cuenta esta como algo orquestado por la madre, para quien, en cambio, se trató de un hecho casual. Por eso, la historia de esta familia no acaba nunca, porque cada uno de los componentes tiene su versión de cada episodio, con sus bifurcaciones y detalles, que cuentan a la confidente preferida por todos, Aurora, la cual, además de escuchar, tiene que “comentar, comprender, moderar, orientar, consolar, condolerse, alegrarse, negociar los silencios, ofrecer consejos y esperanzas…”.

Andrea es la más ligada al padre y por ende al pasado: “Porque yo creo en el ayer —dijo Andrea—. Ahora la gente se olvida enseguida de las cosas, pero yo no, yo creo en el ayer. Yo miro atrás todos los días y veo las huellas de mis pasos marcadas en el polvo del tiempo. Los recuerdos arden dentro de mí. ¿Cómo pudo mamá tirar a la basura el retrato del Gran Pentapolín? ¿Cómo se atrevió?”. Es un personaje inseguro y contradictorio, pues, si le dices que es feliz, te contesta enumerando sus desgracias, y viceversa. Su gran secreto y su gran tragedia es que se enamoró de Horacio de golpe y para siempre, oyendo a su madre hablar de él.

Gabriel, en cambio, adora a la madre, que siempre le ha favorecido como hijo varón. Sus hermanas, por eso, lo consideran un privilegiado, una persona feliz por naturaleza, casado con una mujer maravillosa, Aurora, y que sabe disfrutar el presente. Pero él también vive pendiente del pasado, pues la propia fiesta que quiere organizar tiene como finalidad cerrar viejas heridas y demostrar el amor y el cariño que tiene hacia su madre y hermanas y que hasta ahora, según él, no ha demostrado.

Sonia es la hija mayor, que sueña con viajar y aprender idiomas, pero a la que su madre, primero, obligó a hacerse cargo de la mercería, con 14 años, impidiéndole seguir estudiando, y, después, a casarse con Horacio, un joven al que no quería y del que acabó divorciándose. Ahora es feliz con su nueva pareja, pero también está condicionada por este pasado infeliz y frustrante.

Aurora tiene la virtud de saber escuchar, de ponerse en el lugar del otro, sin juzgar. Por esa razón, los demás le cuentan sus problemas: “Sonia y Andrea debieron de detectar de inmediato su carácter indulgente y acogedor, su mansedumbre y su aptitud innata para las confidencias, para escuchar y comprender y hacer suyos los relatos ajenos, porque enseguida empezaron a contarle pasajes de su vida, cada vez con más detalle, con más hondura e intención, con más libertad, y diríase también que con más desvergüenza”. No obstante, a ella también le gustaría que la escucharan: “Si tuviese a alguien a quien contarle sus recuerdos, una Aurora que la escuchara y acogiera con gusto sus palabras, quizá lograra comprender algo, o al menos desahogarse y aliviar esta pena que desde hace tiempo la carcome por dentro”. Pero no es así y la presión que sufre explica su sorprendente y desdichado final.

Se trata pues de una novela de personajes. Por eso, en su mayor parte, es dialogada y Landero demuestra gran habilidad para cruzar unos diálogos con otros, sin previo aviso, aunque se desarrollen en momentos diferentes, como por ejemplo aquí, donde mezcla uno entre Andrea y Gabriel, con otro posterior, que mantienen éste y Aurora:

“—Anoche te llamé cuatro o cinco veces y comunicabas —dijo Gabriel.

—Estaría hablando con Sonia —dijo Andrea.

—Sí, ya me ha dicho que estuvisteis hablando.

—¿Entonces para qué preguntas?

—Es tremenda. Siempre tiene la escopeta cargada. No hay palabra o silencio a los que no le saque punta.

—Ya sabes cómo es —dijo Aurora—. No sé de qué te extrañas. ¿Y tú qué le dijiste? —Nada, qué le iba a decir. Que qué le parecía la idea de hacerle una fiesta a mamá”.

Esto le da continuidad y viveza a lo que cuenta, porque los cruces o pequeños saltos de un diálogo a otro, siempre guiándose por el sentido, por lo que se está hablando, los repite, a lo largo de la novela, hasta formar una tupida red.

No utiliza, por tanto, un único punto de vista de narrador omnisciente, sino que son tantas perspectivas como personajes, porque no hay verdades absolutas en la memoria subjetiva, sino pequeños trozos de verdad y de mentira. No obstante, Aurora, escuchándolos a todos, hace de filtro para contar la historia.

Luis Landero sigue demostrando un extraordinario dominio del lenguaje y un fino sentido del humor, como por ejemplo, al describir la eclosión de la sexualidad en Sonia y cómo empezaba a gustar a los hombres, casi sin ser consciente de ello: “Mi propio cuerpo se sabía atractivo y hacía por su cuenta, sin que yo lo supiera, todo lo posible por gustar y excitar. Te juro que yo no era consciente de aquella conspiración del cuerpo contra mi verdadera voluntad. El pelo, que siempre lo tuve largo y espeso, ya no me obedecía. El culo y las caderas me llevaban como alzada en un trono, y el busto, las tetas, los hombros, parece que se sentían bien en aquellas alturas, tan a la vista de los hombres, tan expuestas a la admiración o a la curiosidad de unos y otros”.

Lluvia fina es una reflexión sobre la verdad y la mentira, sobre si la primera es necesaria para la convivencia, como sostiene Sonia, o si es la segunda la que la garantiza, como opina Guillermo. Leyendo esta novela y profundizando en los personajes; empapándose de la lluvia fina que constituyen sus historias, cualquiera se puede ver reflejado, porque todos hemos vivido experiencias parecidas en nuestras relaciones, no sólo familiares; todos hemos sentido esos agravios, esos pequeños rencores, que duermen en nuestro interior y que en un momento dado pueden salir a la luz.

En las entrañas del nazismo

El orden del día, premio Goncourt 2017, no es una novela al uso donde se cuenta una historia de ficción cronológicamente, pues su autor, Eric Vuillard recrea, utilizando fuentes diversas, una reunión secreta de Hitler con un grupo de grandes empresarios alemanes que acabaron donando grandes cantidades de dinero para financiar la campaña electoral del partido nazi, con la excusa de conseguir la estabilidad para Alemania. Es el primer paso del ascenso de Hitler al poder y de su dominio de Europa, con las consecuencias catastróficas que todos conocemos.

Vuillard va alternando diferentes momentos del pasado en su reconstrucción: antes de la guerra; al inicio de esta, cuando los grandes empresarios alemanes financian al partido nazi; durante la “invasión” de Austria; en el juicio de Núremberg; etc.

Una voz en primera persona, cuya identidad desconocemos, aunque puede ser el propio autor, cuenta los hechos y reflexiona sobre ellos, y juzga a los personajes. A veces, se vale de la ironía: “los venerables patricios intercambian palabras ligeras de tono, respetables; uno tiene la impresión de asistir a las primicias un tanto artificiales de una fiesta al aire libre”. Y en otras ocasiones utiliza metáforas descalificadoras: “Eran veinticuatro, junto a los árboles muertos de la orilla, veinticuatro gabanes de color negro, marrón o coñac, veinticuatro pares de hombros rellenos de lana, veinticuatro trajes de tres piezas y el mismo número de pantalones de pinzas con un amplio dobladillo”.

Leyendo estos pasajes, como también las conversaciones distendidas sobre música clásica, entre el que era Presidente de Austria, Schuschnigg, que pactó la entrega de su país a la Alemania nazi, y Seyss-Inquart, que ejercerá de Ministro sin cartera en el gobierno de Hitler; o el júbilo con el que esperaban los austriacos la llegada de los nazis, se nos hiela la sangre, al pensar cómo contribuyeron unos y otros al origen y crecimiento de la bestia.

Hay un pintor, Louis Soutter, ya anciano en aquella época y al que se refiere Vuillard en la novela, que, al final de su vida, dibujó sus angustias en forma de personajes oscuros, retorciéndose como alambres, y que parece estar presagiando con ellos los horrores del nazismo. Es la pincelada lírica de la novela.

Pero lo que sorprende es la mediocridad del ejército alemán, cuando avanza lentamente, en dirección a Austria: “Lo que acababa de averiarse no eran sólo unos tanques aislados, no era sólo un pequeño carro blindado aquí y allá: era la inmensa mayoría del ejército alemán; y ahora la carretera ha quedado enteramente bloqueada”. Una mediocridad que le lleva a afirmar a Vuillard que el mundo se rindió ante un bluff, a pesar de la propaganda alemana de la época, que presentaba a su ejército como una maquinaria de precisión.

También causa desconcierto el apoyo del pueblo austriaco a la invasión de su país por los nazis, así como el de la iglesia y los líderes socialdemócratas: “Con el fin de consagrar la anexión de Austria, se convocó un referéndum. Se detuvo a los opositores que quedaban. Los sacerdotes instaron desde el púlpito a votar a favor de los nazis y las iglesias se ornaron con banderas con cruces gamadas. Hasta el antiguo líder de los socialdemócratas pidió que se votara sí. Apenas se alzó alguna voz discordante. El 99,75% de los austriacos votó a favor de la incorporación al Reich”.

Sólo los más de mil setecientos suicidios acaecidos en una semana, se convierten en actos de resistencia y rechazo hacia los nazis, que ya humillaban a los judíos austriacos, rasurándoles la cabeza, llevándolos a rastras por las calles, obligándolos, a cuatro patas, a limpiar las aceras o a comerse la hierba. Sólo los que se quitaron la vida aquellos días parecieron entender que el crimen estaba cerca. Pero como la abyección no tiene límites y, dado que la mayoría de los suicidas lo hacía con gas y dejaban las facturas sin pagar, la compañía austriaca de gas les cortó el suministro a sus compatriotas.

No es, en efecto, El orden del día, una novela de ficción al uso; pero posee un alto valor literario, que reconocemos en la selección de los momentos históricos y en cómo los va alternando; en la voz narradora que valora los hechos, juzga a los personajes e interpela a los lectores; y sobre todo en el lenguaje cuidado y rítmico con el que está escrita.

Sólo te queda el resquemor de que esas grandes empresas alemanas (Bayer, BMW, Siemens, Shell, Telefunken, etc.), que financiaron al partido nazi y utilizaron mano de obra esclava de los campos de concentración (“Vivían allí negros de mugre, infestados de piojos, caminando cinco kilómetros tanto en invierno como en verano calzados con simples zuecos para ir del campo a la fábrica y de la fábrica al campo. Los despertaban a las cuatro y media… los golpeaban y torturaban”), obteniendo, así, grandes beneficios, no hayan respondido de sus crímenes. Como siempre ha sucedido, a lo largo de la historia, los poderes económicos se adaptan, sin ningún tipo de escrúpulo moral, a cualquier ideología y, además, suelen salir indemnes de sus fechorías, a diferencia de lo que nos ocurre al resto de los mortales.