Una mujer adelantada a su tiempo

En el siglo XIX, época en la que vivió Concepción Arenal, los reclusos recibían diferente trato, según sus recursos económicos: los ricos, a diferencia de los pobres, podían entrar y salir de la cárcel y disfrutaban de una vida mejor en su interior, donde existía confinamiento, insalubridad y tratos vejatorios, de tal forma que su permanencia en ella, en lugar de reformar la vida de los reclusos, la arruinaba. Por eso, la mayor preocupación de esta pensadora y la temática de sus libros y artículos es la reforma de las cárceles y asilos, así como la concienciación de la sociedad española sobre la necesidad de disponer de una administración moderna donde no exista la corrupción de los funcionarios.

El problema con el que se enfrentó Arenal es que, en su época, esta ambición de pensamiento y acción para cambiar el mundo estaba reservada a los hombres, lo cual la hizo ser prudente en su vida privada, cuidando de su casa y sus dos hijos, y a la larga le impidió asistir a los numerosos congresos en el extranjero, donde era reconocida como una autoridad mundial en todo lo que se refiere a la represión y prevención del delito.

Escribe Anna Caballé en la introducción a su magnífica biografía: “En Pontevedra -se refiere al hallazgo en cuatro cajas de manuscritos de Concepción Arenal- comprendí que junto a la severa pensadora y reformista latía otra mujer, rebelde, enamorada, desafiante y orgullosa, sobre la cual la primera se había impuesto con los años en un esfuerzo enorme por ser coherente con su pensamiento y con las obras por las que sería conocida”. Es decir, a causa de su obsesión por hacerse respetar como intelectual, llegó a negarse a sí misma como mujer, adoptando al escribir la voz masculina y vistiendo como un hombre.

Concepción Arenal recurre a escribir poesía, para expresar  sus sentimientos, sobre todo en los momentos de angustia, pues ella se siente absolutamente alejada de las demás jóvenes, por sus inquietudes intelectuales y por su espíritu rebelde e independiente, y no sabe cómo enfrentarse a su propia identidad.

Fue una pionera de las “sin sombrero”, por su forma de vestir masculinizada, pues no llevaba nunca sombrilla, guantes, mantilla o abanico. Se casó con Fernando García Carrasco, con el que tuvo tres hijos, y con el que compartía el talante liberal, así como la defensa del progreso y la ciencia. Por desgracia, el marido, de salud quebradiza, muere de tuberculosis nueve años después de la boda, cuando Concepción tiene 37 años, produciendo en esta una honda impresión.

En su primer ensayo (1858), Dios y libertad, opone la vida convencional a su amor a la ciencia; la mujer de casa a la mujer del porvenir; la filosofía del creyente frente a la del no creyente; la España católica a la España liberal; la fe a la razón… Ella busca una síntesis de contrarios, que sólo pueden armonizarse con un espíritu abierto y que se encuentra en la inteligencia y el sentimiento humanitario. Su conclusión es que la religión, que es necesaria para la moral, no puede existir sin libertad, “porque al prohibir que el hombre piense, se le prohíbe que pueda creer, pues carece de la libertad para que sus creencias sean una elección responsable y comprometida… El catolicismo, que se mantiene a la defensiva, debe abrirse sin miedo a la libre discusión de las ideas, huyendo de un neo catolicismo asfixiante y dañino”.

Después de este ensayo, adopta una actitud reflexiva, que reconocemos en su memoria sobre la beneficencia, Manual del visitador del pobre, concebido para ser útil a las visitadoras de San Vicente de Paúl, una guía práctica de cómo y con qué actitud acercarse a los pobres, que está por encima del antagonismo de clases, pues, según la autora, bastaría un cambio de actitud de unos y otros para solventarlo. También se reconoce esta actitud reflexiva en Memoria sobre la igualdad, ensayo, donde aborda por primera vez la cuestión de la mujer, postergada intelectualmente a lo largo de la historia, puesto que a nadie le interesó su educación y siempre dependía económicamente del varón.

A partir de la primavera de 1864, acepta el cargo de visitadora de prisiones, donde constata el mal trato a las presas; la pésima calidad de la comida, pues se desvía dinero destinado a la alimentación; y las malas condiciones de vida en general. En esa época trabajaba a diario en las conferencias de San Vicente de Paúl, con su gran amiga, la condesa de Mina, que tenía las mismas inclinaciones sociales que ella. Arenal ve en la ignorancia, pues la mayoría no saben leer ni escribir, y en el embrutecimiento en que viven los presos, el obstáculo principal para su regeneración. Para paliar esta ignorancia y con la finalidad de que los presos reflexionen sobre su pasado y tomen conciencia sobre qué les ha llevado a infringir la ley, elabora una serie de cartas dirigidas a ellos, donde además explica con palabras sencillas y con ejemplos el Código Penal español. Todas las cartas las reunió en un libro, El visitador del pobre, que se publicó en 1865, con el objetivo de que pudiera ser leído en las cárceles.

Paradójicamente, la publicación de este libro, que tanto esfuerzo le había costado escribir, fue seguida de su cese fulminante como visitadora, sin ningún tipo de agradecimiento a su labor. Probablemente Arenal, que denunció las malas prácticas y la corrupción imperantes en las prisiones, no encajaba en los planes del gobierno el cual no tenía ninguna intención de reformar estas, como lo prueba la desaparición del cargo de visitadora, que había desempeñado.

El impacto en su salud fue inmediato, tanto física como psíquicamente, pues cae en un estado de abatimiento y melancolía: “Arenal (…) vuelve a ser una mujer hundida, todavía más, si cabe, que a la muerte de su marido (…) pues la herida esta vez se ha infringido a su orgullo (…) No puede entender que no se la trate como se merece”. Ella tiene un alto concepto de sí misma y considera que su dolor es más grande que ningún otro. 

El siguiente libro (1867) es contra las ejecuciones públicas, que, en su opinión no sirven para nada, porque muchos crímenes se cometen bajo un impulso incontrolable y la vista pública de las mismas es un factor embrutecedor, pues a veces son presenciadas por niños que reciben un honda impresión.

En 1868, guiada siempre por su preocupación social, escribirá un folleto titulado La voz que clama en el desierto, donde plantea la necesidad de reformar el campo castellano, para que “España no deje morir de hambre a uno solo de sus hijos”. En concreto propone: evaluar los daños de las cosechas, apoyar la obra pública para luchar contra el desempleo, conceder créditos sin interés a los más perjudicados, dar plena libertad al asociacionismo, informar de lo que pasa por parte de la prensa sin concesiones al poder, facilitar la llegada de suministros a las poblaciones más necesitadas…

Ese mismo año, en septiembre, se produce la insurrección militar contra Isabel II, ajena a todas las desdichas de su país, que se ve obligada a emigrar. Se impone el sexenio democrático, con un espíritu renovador, pero de imposible realización política. Arenal se sitúa en una posición equidistante entre los extremos: vencedores y vencidos, monárquicos y republicanos, católicos y krausistas…

Es nombrada inspectora de casas de corrección de mujeres, cargo del que la habían cesado, y pone toda su ilusión en el proceso revolucionario, reclamando una reforma de las prisiones en la línea de acabar con el hacinamiento, la corrupción de los funcionarios, la falta de actividad de los presos y su nula instrucción.Para ello, propone: la restricción de la prisión preventiva, la profesionalización del personal, el fomento de la actividad entre los presos con el fin de reinsertarse en la sociedad, cuando queden libres, etc. 

El nuevo orden de cosas requiere nuevas formas de pensar y actuar, y a esto responde La mujer del porvenir, un ensayo donde denuncia que la mujer no tenga los mismos derechos ante la ley, por ejemplo, que no pueda acceder al sacerdocio ni se le permita una simple transacción financiera o acudir a la universidad, pero sí, en cambio, las mismas obligaciones, pues la ley criminal la equipara al varón y le aplica iguales penas cuando comete un delito.

Pero todos sus proyectos de reglamentación, todos sus planes de mejoras  cayeron en saco roto, tanto bajo el régimen de Amadeo de Saboya como en la República. Tampoco los derechos de la mujer que reivindica se equiparan a los del varón. Por eso, se hunde en la melancolía y la desesperación, al ver que su voz clama en el desierto.

Su forma de superar esta decepción es fundar La voz de la Caridad, una revista dedicada a la beneficencia y a los establecimientos penales, donde se da la voz a “los pobres, los tristes y los encarcelados” y desde donde se llevan a cabo iniciativas, como campañas de socorro para lo heridos de guerra contra el carlismo, las inundaciones en el Levante, la mejora de los asilos, la ayuda a los huérfanos, el estado de las cárceles, etc. Su idea al crearla es llegar a donde no llegan las instituciones públicas o el estado, lo cual supone para Arenal ejercer un papel comprometido, educador y socialmente activo ante la desgracia.

En 1873, con la proclamación de la República, desaparece su cargo de inspectora de la cárcel de mujeres de Madrid, porque el proyecto de reforma de las prisiones de Arenal no gusta a las autoridades que acaban aprobando en las Cortes otro distinto. Pero sigue su trabajo incansable en la revista y colabora activamente con la Cruz Roja, institución inspirada en valores aconfesionales y apolíticos, recién creada en España, y que prestó un servicio importante durante la guerra carlista, socorriendo a los heridos de uno y otro bando. Por esta época escribe una colección de veinticuatro relatos que muestran las consecuencias del conflicto: el dolor de los soldados, el sufrimiento de las madres, las escenas de desolación, la presencia de la muerte…

Con la vuelta de la monarquía en 1875, se elimina la libertad de cátedra y son detenidos y encarcelados los profesores más significativos del liberalismo, como Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón y Francisco Giner de los Ríos, lo cual provoca la indignación de Arenal. En la cárcel surge la idea de crear una universidad libre, la Institución Libre de Enseñanza, que comienza en 1876.

La obra que le daría a Concepción Arenal una proyección internacional es Estudios penitenciarios, donde reúne sus aportaciones diseminadas en artículos y folletos, sobre la necesaria reforma de las cárceles. Le sigue Ensayo sobre un derecho de gentes, donde plantea la necesidad de legislar un derecho internacional con la finalidad de evitar las guerras y que sea respetado por todos los países; y defiende propuestas que hoy son de uso común, como el sentirse ciudadano del mundo. En La mujer de su casa considera un anacronismo este ideal tradicional, pues así considerada, como ama de casa, la mujer vive por debajo de sus derechos y de sus obligaciones como ser social: “Nada de lo que ocurra fuera de él -se refiere al hogar- le interesa (…) porque nada conoce; en nada piensa, más allá del bienestar que transcurre entre las cuatro paredes y en nada serio está implicada… Al hombre la mujer que sólo es ama de casa le conviene porque, al sentirla inferior a él en muchos aspectos, puede dominarla y verse en superior tamaño del que posee en realidad… A la mujer no se la ve, ni ella se ve, como un fin en sí misma, sino un medio del varón…” 

Su salud está cada vez más deteriorada, a causa de una bronquitis crónica, y en sus últimos años de vida, tiende a aislarse, consciente quizá de que “era la voz que clama en el desierto de una sociedad indiferente a su discurso, a su utopía reformista”. Es la misma conciencia de fracaso que experimentaron, al final de sus días, las mujeres románticas de aquella época, que habían tenido juventudes inquietas y rebeldes: la condesa de Mina, Carolina Coronado, Cecilia Böhl de Faber, Gertrudis Gómez de Avellaneda, etc. No obstante, Concepción Arenal sigue combatiendo hasta el final por sus ideales de justicia. Como prueba, su último libro, El visitador del preso, donde defiende de nuevo la necesidad de que la sociedad civil, aparte de la iglesia, asuma la formación moral de los más débiles o que tienen un comportamiento extraviado, porque ella cree firmemente en la reinserción social de estos. Además, plantea que cuanto menos tiempo esté en la cárcel, mejor, y si su pena es escasa, no debería ingresar, como sucede ahora con las inferiores a dos años.  Es decir, que Arenal se adelantó a su época con estos planteamientos tan novedosos, que fueron cristalizando con el tiempo.

Falleció de una neumonía, en aquella época incurable, el 4 de febrero de 1893. Se podría decir, siguiendo el razonamiento de Anna Caballé, que Concepción Arenal es la pensadora más interesante del siglo XIX, en España, incluyendo el género masculino. Además su pensamiento, siempre ligado a lo social, abarca muchos ámbitos: desde la deficiente situación de las prisiones, necesitadas de una urgente reforma, o el atraso del campo castellano, que exige una transformación para que no mueran de hambre los que trabajan en él, pasando por el dogmatismo de la religión, que debe abrirse a la libre discusión de las ideas, o la discriminación de la mujer que ha de tener los mismos derechos que el varón, hasta el sin sentido de la guerra, que causa dolor y sufrimiento no sólo a los que participan directamente en ella sino también a sus familias, o, en fin, la pobreza que impide a las personas vivir con dignidad. Muchas de estas propuestas, en particular las relacionadas con la reforma de los centros penitenciarios, que en su época no fueron aceptadas, hoy día son de uso común.

Por esta biografía, Anna Caballé, recibió el Premio Nacional de Historia 2019. El jurado argumentó su elección “por reunir todos los requisitos de excelencia en una obra de historia: novedad historiográfica y metodológica, pluralidad de fuentes y un planteamiento científico y riguroso del estudio biográfico sobre un personaje todavía no suficientemente conocido pero importante en la historia de España”.

Un lugar donde volver

Al Landero fabulador de historias, protagonizadas por personajes que sueñan, se le suma el de El huerto de Emerson o El balcón en invierno, obras donde se encuentra el origen real de estos seres de ficción. Son dos libros que en sus propias palabras nos sugieren a los lectores un lugar donde volver: nuestro propio pasado. En el primero de ellos, a partir de vivencias personales, reflexiona sobre diferentes aspectos de la condición humana: el arte de escribir, el paso inexorable del tiempo, la profesión docente, la naturaleza cambiante, la infancia prolongada, el amor platónico, los diferentes roles de la mujer y el hombre, las crisis de creación, etc.

Al hilo de estas reflexiones, aparecen escritores y obras que le marcaron como lector: Emerson, que da título al libro; Faulkner, Joyce, Proust, García Márquez, Kafka, etc. También personas normales que se cruzaron en su vida y que le dejaron huella, como Manuel Pache o el señor Bordas, que trabajaba como oficinista en la Tabacalera y era un auténtico maestro del lenguaje. Y episodios desperdigados, que no se le borran de la memoria y que son Iluminaciones para él, como el día en que vio a una mujer orinar en cuclillas: “Debí de sentir algo parecido al deseo y a la repulsión -ansia. avidez, animadversión, rabia…-, ganas de huir y ganas de quedarme y de seguir mirando y de no cansarme ya nunca de mirar, aterrado y maravillado ante el prodigio, como los pastorcillos ante la aparición celestial”. 

El huerto de Emerson está compuesto por quince evocaciones, casi todas de su infancia, algunas de carácter literario, otras reflexivas, o una mezcla de ambas. En la primera, Tiempo de vendimia, reflexiona sobre el arte de escribir, que plantea como “la cosa más natural del mundo”, si uno quiere hacerlo con voluntad y libertad. Encontrar la primera frase es la clave, pues a partir de ella irán apareciendo muchas más, y en ese momento hay que poner orden, tachando lo que haya que tachar, añadiendo lo que haya que añadir, sufriendo cuando te atascas y no se te ocurre nada, y guiándose siempre por el asombro del niño “para el que todo el mundo está por descubrir y por decir”. No obstante, a veces, pasa por períodos de esterilidad creativa y esos días eleva La plegaria al señor de la invención y de la gramática: “Oh, señor!, a ti me encomiendo, socórreme en estos momentos de aflicción en que al tomar la pluma no sé si empuño el látigo o el cetro, lléname la cabeza de fantasías y concédeme la gracia de encontrar el nombre exacto de las cosas, de hacer poderosas las palabras humildes, interesante lo vulgar, nuevo lo viejo, de modo que pueda imaginar lo que nadie ha imaginado antes, y decirlo como nadie lo ha dicho nunca”.

En el El viento en la vela, paseando por el cementerio de la Almudena, piensa en el paso inexorable del tiempo y se da ánimos, ante la crisis vital y de creatividad por la que estaba pasando: “Confía en ti, me dije. No codicies los frutos ajenos. Acuérdate de Emerson y labora en tu huerto sin angustia ni prisas. Sobre todo sin prisas. Estás enfermo de impaciencia, ya te lo decían en la infancia. No te disperses, concéntrate, embrida el pensamiento, no saltes de una cosa a otra, dejando todo a medio pensar.” 

En el siguiente, Un hombre sin oficio, se refiere a todos los miembros de su familia por parte de padre, como hombres sin oficio y en los que se inspira para crear sus personajes literarios: “alumbramos un afán, nos entregamos a él con el mayor empeño, como si en eso nos fuera la vida, y al poco tiempo lo dejamos, desencantados o aburridos. Sigue una época de hastío y angustia existencial, hasta que no tardamos en encontrar una nueva pasión”. Así, el propio Landero se considera, más que de saber académico, un profesor de detalles, de vislumbres y caprichos, que han ido dejando las lecturas en su memoria.

El niño y el sabio evoca el primer día de clase con sus alumnos, donde les decía que todos somos únicos, como nuestras huellas dactilares o nuestras caras, y que en cada uno de nosotros está la semilla de la originalidad, pero hay que ganársela trabajando en lo concreto, buscando en nuestra memoria, en nuestro huerto, y sin olvidar nunca la infancia y nuestra capacidad de asombro ante las cosas, de donde nace el conocimiento, por ejemplo, “el olor de una manzana, el sabor de la magdalena, el tacto de una hoja de higuera, la expresión de miedo de un condenado a muerte, el sonido lejano de un trueno…”

El noviazgo entre Cipriana y Florentino es un pretexto para evocar el atardecer en su pueblo, Alburquerque, evocación donde Landero demuestra su destreza como escritor: “Lejos se oía acaso el paso tardío y apresurado de una caballería. Con la última luz, alta y escueta en el mirador de la palmera o de un tejado, la urraca venía con su estribillo a increpar y a burlarse del día antes de irse a dormir”.

La nostalgia de la niñez le acompaña siempre y sólo encuentra acomodo para este viaje en la escritura: “Personalmente, a veces pienso que no he superado el drama de dejar de ser niño, y que todo lo que hago lleva la marca de una infancia prolongada en secreto. Lo demás, la literatura, la guitarra, la enseñanza, el obligado amor son cosas que he ido encontrando en el camino, tributos y servidumbres impuestos por la madurez”. 

Los diferentes roles de los hombres y las mujeres le dan pie para reflexionar de nuevo sobre el tiempo, sobre la lentitud de los primeros al actuar y la rapidez con la que hacen las cosas las segundas: “Las mujeres de mi familia solían ir deprisa, en tanto que los hombres parecía que, más que ir de viaje, se habían sentado a esperar al borde del camino y no tenían prisas en proseguir la marcha. Vivían, y el tiempo iba haciendo su oficio. Antes de llegar a viejos, ya los hombres habían renunciado a seguir adelante. Las mujeres en cambio no paraban de andar hasta el último aliento”.

El viejo marino trata sobre la esperanza y la emoción de la vuelta, que siempre es más gustosa que el regreso, del mismo modo que lo imaginado o deseado es más placentero que su cumplimiento. Es decir, trata sobre lo que son en realidad los personajes de sus novelas: soñadores, a los que no satisface nada, porque en el ensueño precisamente está la clave de sus vidas.

Y esto enlaza con su afición por viajar a través de los libros y novelas de aventuras de Stevenson, Homero, Cervantes o Julio Verne, acompañando a los héroes de papel en sus maravillosas andanzas. También viajar a ciudades, donde lo que más le gusta al visitarlas por primera vez es sentarse en la terraza de un café para observar a la gente ir y venir y escuchar la música callejera. Para regresar a casa y reinventar lo vivido, soñando el viaje, porque necesita “un poquito de realidad para escribir”.

Disfrutar con la escritura es lo que se propone Luis Landero en El huerto de Emerson, este pequeño libro sobre su vida: “Qué gusto da escribir, qué alegría, notar el llenor de las palabras, los viejos sones de la música, el gozo casi físico que uno siente cuando consigue convocar en unas líneas a los cinco sentidos, o cuando alcanza el sencillo y extremado arte de la precisión, de un solo tiro abatir limpiamente la pieza. La lascivia de la exactitud”. Y este mismo disfrute es el que experimentamos los lectores al adentrarnos en sus recuerdos, escritos con brillantez y autenticidad, que nos hacen evocar nuestra propia vida.

Una novela oscura

El inicio de Un amor (2020) no sólo nos sitúa en un lugar aislado, La Escapa, sino que genera expectativas en el lector sobre la soledad e indefensión en la que se encuentra la protagonista, Nat: “Al hacerse de noche es cuando cae el peso sobre ella, tan grande que tiene que sentarse para coger aliento”. Además, su adaptación al medio rural no va a ser fácil. Se anuncia en esta pincelada impresionista del casero, un personaje inquietante y perturbador al que Nat le consiente demasiado, sin saber muy bien por qué: “Es difícil calcular su edad. Su deterioro no tiene que ver con los años, sino con la expresión hastiada, con la manera de balancear los brazos y doblar las rodillas mientras avanza. Se detiene ante ella, coloca las manos en las caderas y mira alrededor”.

Como la propia autora ha declarado “aunque escrita en tercera persona, la novela está contada desde la perspectiva de la protagonista”, que trabaja de traductora y cuyo estado de ánimo se refleja en la casa destartalada, sucia y con goteras, que ha alquilado y que no le ofrece protección, y en lo abrupto del paisaje donde está ubicada. El Glauco, monte que rompe la monotonía de los campos, le parece siniestro por su color pálido y macilento: “Casualmente la palabra glauco había aparecido en el libro que intenta traducir, atribuida al personaje principal, el padre temible que en un momento dado suelta una imprecación muy dolorosa para uno de sus hijos, algo que, según el texto, hace clavándole su mirada glauca. Al principio, Nat pensó en una afección de los ojos, pero luego comprendió que una mirada glauca es, simplemente, una mirada vacía, inexpresiva, el tipo de mirada en la que la pupila permanece muerta, casi opaca”. 

La tarea de traducir se vuelve ardua, como su propia vida en La Escapa: “Al desgranar el lenguaje con ese nivel de conciencia, lo despoja de sentido. Cada palabra se convierte en enemiga y traducir es lo más parecido a batirse en duelo con una versión previa, y mejor, de su texto. Avanza con tanta lentitud que se desespera. ¿Es el calor, la soledad, la falta de confianza, el miedo? ¿O es, simplemente –y debería admitirlo–, su ineptitud, su torpeza?”

Contrasta el estilo sencillo y claro en qué está escrita la novela con la historia compleja que se cuenta, porque los personajes, bajo su aparente sencillez, ocultan aspectos turbios, como Andreas, conocido como el alemán, cuando le propone a Nat un trueque, un intercambio primigenio, en verdad, desconcertante, que va a marcar la vida de la protagonista.

A partir de este momento, se inicia una extraña relación entre ambos, que “extrae de ella algo completamente nuevo, algo inagotable y adictivo”; una relación casi fraternal, semiclandestina, donde no hay imposiciones ni ultrajes, pero tampoco timidez, ambos unidos por una especie de saber secreto e inaccesible, como si fueran miembros de una secta. Pero, cuando acaban, actúan como si no se conocieran: “Nat lo observa a escondidas, fascinada por ese cuerpo que ha sido suyo y que ahora, de pronto, es otra vez ajeno”, como su propio cuerpo, que se vuelve de otra forma. Esta indiferencia, este desconocimiento de lo que piensa cada uno del otro, le afecta más a ella: “En cuanto a él, habla poco, y cuando lo hace, es solo para referirse a cosas externas, temas sin trascendencia, lejanos a ellos dos”. 

En cualquier caso, se trata de una relación que resulta atractiva para el lector precisamente por lo extraño de la misma, desde su inicio, porque es desigual en cuanto a la entrega y a la expresión de los sentimientos, porque existe una cierta desconfianza por parte de Nat, porque poco a poco va conociendo aspectos del pasado de él que contrastan con el hombre primitivo y sin experiencia que se había imaginado que era: “Le atrajo la imagen que ella se había construido de él o quizá la que él mismo quiso dar: un hombre de campo, sin posibilidad de cambio, que hacía mucho tiempo -¡él mismo lo dijo!- que no había estado con una mujer. Un hombre que había perdido la capacidad de seducir -si es que alguna vez la tuvo-, que se veía obligado a proponer un trueque de bienes como si viviera en un poblado primitivo, desconociendo las reglas elementales de la cortesía…”. 

Pero lo más interesante es que, en la evolución de la relación, se van invirtiendo los papeles, pues “ella se vuelve cada vez más pequeña, y él más fuerte. Ella más dependiente, y él más libre”. El poder de seducción que Nat había creído tener sobre Andreas y que le producía placer, lo ve ahora como una amenaza, porque siempre puede haber otra mujer más joven. De hecho acaba preguntándose algo que parecía tener claro: “¿Por qué está Andreas con ella? ¿Porque no ha conseguido nada mejor? ¿Porque es quien tenía más a mano?”.

Surgen los celos y la relación comienza a deteriorarse. “El tiempo es el castigo”, piensa Nat, quien, a pesar de todo, sigue como hipnotizada por Andreas. Por eso, su sufrimiento es mayor, cuando la separación es inevitable. Al final se produce un curioso paralelismo entre ella y su perro, Sieso, ambos acorralados, en un medio rural donde rigen otras reglas.

Dos son pues los temas principales que se plantean en esta novela especialmente oscura, como la ha calificado la propia autora: la adaptación al medio rural, las normas no escritas que condicionan hasta la asfixia la vida de Nat, y la complejidad de su relación con Andreas, cómo evoluciona, desde el acto primitivo del trueque, donde él depende exclusivamente de ella, hasta la progresiva inversión de papeles, y el consiguiente deterioro de la relación. El ritmo de la narración es fluido y constante, a base de frases cortas, un léxico sencillo y diálogos precisos: “Se pone el chaquetón y sale. El sol ya está alto, pero no calienta. Más tramoya, se dice. Un Sol pintado, de pacotilla. El cielo se tensa sobre el contorno de El Glauco, el camino se extiende ante ella, marcando la dirección que ha de seguir”. Así, con esta sequedad nos muestra, a través del paisaje de la mañana, el estado de ánimo de la protagonista, cuando el pueblo ya ha dictado sentencia contra ella.

Sentimos desasosiego por lo que le sucede a esta mujer, y también solidaridad, porque la vemos como víctima de un medio hostil, donde rigen, como se ha dicho, unas normas no escritas que penalizan los comportamientos considerados inadecuados, como el de los hermanos incestuosos de la casa en ruinas o como el de la propia Nat, que ha tomado la decisión de vivir sola y de mantener una relación con un hombre mal visto en el pueblo. Al final, no obstante, nos queda la sensación de que, a pesar de haber consentido demasiado, consigue de algún modo liberarse, al aceptar el trueque de Andreas, superando así sus dudas e inseguridades como mujer: “Piensa que un solo instante -por ejemplo, ese instante- basta para justificar una vida completa: hay quien no tuvo ni siquiera eso. Pero otros recuerdos han perdido ya su validez. Los descarta uno a uno, hasta quedarse solo con ese primer día”.  

Vigencia de Montaigne

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Este es otro de los libros que permanecían cerrados en algún estante de mi biblioteca; pero, nada más iniciar su lectura, he tenido la sensación de algo leído, tales son las verdades y reflexiones atinadas que encierran estos ensayos escogidos de Montaigne (1533-1592), como el dedicado al miedo que afecta de distinta forma a las personas, según su nivel económico: “Los que viven en continuo sobresalto por temor de perder sus bienes y ser desterrados o subyugados, viven siempre en constante angustia, sin comer y beber en reposo; mientras que los pobres, los desterrados  y los siervos suelen vivir con mucha mayor alegría”. También cuando alude a la coincidencia de las escuelas filosóficas en que hemos venido al mundo para disfrutar y no para sufrir, a pesar de la certeza de  la muerte, que nos sorprende y causa temor: “Tengámosla viva en nuestra imaginación y veámosla en todas las fisonomías. Al ver tropezar un caballo, cuando se desprende una teja de lo alto, ante el más insignificante pinchazo de un alfiler, insistamos en pensar: ¿será este mi último momento?, procurando endurecernos y esforzarnos”. 

Considera fundamental la educación de los hijos, diferenciando entre la inclinación natural y las normas que les obligamos a seguir, poniendo el énfasis en el entendimiento y las costumbres, por encima de la enseñanza de conocimientos, y defendiendo el diálogo en la línea de Sócrates; “Querría yo que el maestro se valiera de otra táctica y que, desde luego, según el alcance espiritual del discípulo, comenzara a valorar a sus ojos el exterior de las cosas, haciéndoselas gustar, escoger y discernir por sí mismo, bien preparándose el camino, bien dejándole abrirlo por sí mismo. Tampoco quiero que el maestro fabulice y hable solo; es necesario que oiga a su discípulo hablar a su vez (…) Conviene que lo que acaba de aprender el niño lo explique éste de diversas maneras y que lo acomode a otros tantos casos, para comprobar si recibió bien la enseñanza hasta asimilarla”. Este planteamiento coincide con las tendencias pedagógicas más avanzadas de la actualidad, por ejemplo, con la competencia de aprender a aprender, que figura en los currículos de Primaria, ESO y Bachillerato, y que consiste en que los estudiantes aprendan a construir su propio conocimiento. Del mismo modo hay que considerar su decidida defensa de viajar a otros países desde muy jóvenes para aprender lenguas diferentes a la nuestra,  “para disfrutar el espíritu de los países que se visitan y sus costumbres y para pulir nuestra inteligencia con el contacto de los demás”.

Añade un consejo sobre la actitud del maestro con el alumno, que nos hubiera venido muy bien a los docentes, cuando empezamos a impartir la Enseñanza Secundaria Obligatoria, hace algunos años: “Bueno es que se muestre a su vista con el fin de que juzgue sus bríos y ver hasta dónde se debe rebajar para ceñirse a sus fuerzas. Si no se tiene esto en cuenta, poco se conseguirá; saber escoger y conducir con acierto y mesura es una de las labores previas más difíciles que conozco”.

Llama la atención la humildad de Montagne al escribir estos ensayos, quitándose todo el mérito, que atribuye fundamentalmente a dos escritores clásicos: Séneca y Plutarco, a los que, en efecto, cita continuamente: “Comparadas mis razones con las de aquellos maestros, me siento débil y mediocre, tan pesado y poco brillante, que no solo me doy pena sino que llego a menospreciarme;  alegrándome en cambio que muchas veces mis opiniones coincidan con las de los antiguos”.

A la humildad, hay que añadir el relativismo y antidogmatismo con los que afronta su análisis de la realidad, principios de razonamiento muy modernos: “Esto que queda escrito son mis opiniones e ideas; yo las expongo según las veo y las creo discretas, no como cosa indiscutible que ha de creerse por completo. No tengo otro propósito que el de trasladar al papel lo que siento. Es posible que mañana resulte diferente si nuevas enseñanzas transforman mi manera de ser”. Y esto mismo lo aplica al pensamiento de los clásicos, que no se puede considerar como algo incontrovertible, como dijo Dante en la Divina Comedia: “Tanto como saber me agrada dudar”.

Sólo tienen una rémora los ensayos, que una mente tan lúcida y racional como la de Montaigne no puede soslayar: la discriminación de la mujer, a la que considera inferior al hombre, como, por ejemplo, cuando se refiere a su incapacidad para cultivar el sentimiento de amistad, que atribuye a una supuesta falta de solidez de su alma: “Pero no hay ejemplo de que el sexo femenino haya dado pruebas de semejante afecto, por lo que las antiguas escuelas filosóficas declaran a la mujer incapaz de de profesarla”. O cuando dice de la esposa: “El más útil y honroso saber, y la ocupación más digna de una esposa es la ciencia del hogar”. Probablemente esta discriminación se explica por la época en que le tocó vivir, donde el papel de la mujer estaba completamente supeditado al hombre y su función exclusiva era llevar las riendas del hogar. 

Considera a la amistad como el último extremo de perfección en las relaciones que ligan a los humanos, superior a la existente entre padre e hijo o entre marido y mujer, porque la amistad se basa en la comunicación, es libremente elegida e imperecedera:

“¡Oh hermano mío; qué desgracia haberte perdido!

Tu muerte acabó con todas las alegrías 

que tu dulce amistad nutría mi vida.

Al morir, quebraste toda mi dicha, hermano.

Contigo, toda mi alma está enterrada…”

(Catulo)

Para corroborar o avalar sus tesis, como en este caso, suele apoyarse en citas de escritores antiguos, que son los únicos que lee, porque le parecen más sólidos y sustanciosos que los nuevos. Muestra su admiración por los ya citados Séneca y Plutarco, porque sus obras nos enseñan deleitando; entre los poetas prefiere a Virgilio, Lucrecio, Catulo y Horacio; de los autores de teatro destaca a Plauto y Terencio; en los historiadores, que son su pasión, encuentra la pintura del hombre, y entre ellos, además de Plutarco, señala a César, que es capaz de hablar sinceramente de sus enemigos, escribe con objetividad y sin refinamiento, y sabe seleccionar lo más relevante.

Su elogio de la conversación es incondicional: “El más fructuoso y natural ejercicio de nuestro espíritu es, desde mi punto de vista, la conversación”. Además -añade-, que cuando alguien le contraría, despierta su atención, no su cólera, porque celebra la verdad cualquiera que sea la mano en la que encuentra. A los que ponen demasiado ardor en la defensa de sus opiniones, los considera estúpidos, porque con ello lo único que demuestran es debilidad.

Sorprende la vigencia de estas reflexiones de un pensador del siglo XVI, muchas de las cuales son perfectamente aplicables en la actualidad, pues no trata de transmitirnos información, sino normas de comportamiento ético, que cualquiera podría asumir, por su sensatez y equilibrio. Montaigne, guiándose siempre por la razón y la duda, reflexiona sobre sí mismo, sobre su propia vida, trata de aclararse: “yo mismo soy el contenido de mi libro”, escribe en el prólogo. Este tono confesional, acompañado de un estilo sencillo, sin artificios, pero al mismo tiempo profundo, impregna estos ensayos de cercanía y credibilidad. Además, se apoya continuamente en textos clásicos, con lo que no sólo le leemos a él sino también a todos los autores que él ha admirado.

Una historia de la vida cotidiana

Libros de segunda mano: Anne Tyler-Ejercicios respiratorios.Plaza & Janés.1995. - Foto 1 - 52995720

El detonante para que la protagonista de esta novela, Maggie, recuerde su vida matrimonial es un programa de radio, Baltimore AM, que va escuchando en el renovado Dodge de color gris, camino del entierro del marido de Serena, una amiga de la infancia. “¿Qué hace ideal a un matrimonio?” es la pregunta del día, que en un principio no le interesa nada, porque ella es una mujer responsable de sí misma, que lleva veintiocho años casada con Ira. Pero, durante el viaje, al que éste la acompaña, afloran antiguas diferencias: “Si hay algo en ti que de verdad no puedo soportar -dijo ella- es tu forma de actuar, tan soberbia. No podemos tener una simple discusión con sus pros y sus contras. Ah, no. Tú has de hacer hincapié en lo ilógica que soy, en lo irracional que soy y en lo razonable y perfecto que eres tú”. 

Ya en el entierro, Maggie se encuentra con antiguos  compañeros de clase, entre los que está Durwood Clegg, al que rechazó por demasiado dócil y sentimental cuando éste le propuso salir, porque en ningún caso quería desempeñar el papel de dura en la relación de pareja. Mirándolos, piensa en el paso inexorable del tiempo, que sus antiguos compañeros no parecen captar: “Se preguntó cómo era posible que no hubieran reparado en que los demás habrían envejecido, como ella, a lo largo de aquellos años; que, más o menos, todos habrían pasado por las mismas fases: criar a los hijos y decirles adiós, maravillarse ante las arrugas descubiertas en el espejo, contemplar a los propios padres volviéndose frágiles y titubeante”.

Le vuelven los recuerdos de aquella época, cuando decidió ser asistente en la residencia de ancianos, en lugar de ir a la universidad, aunque había sido la primera de la clase en el instituto, porque “¿De qué le servía a ella una información parcial, insustancial y rimbombante como la aprendida en el instituto: La ontogenia resume la filogenia y la sinécdoque es el uso de la parte por el todo?”. También evoca la boda de Serena con Max y la desilusión que se llevó con la respuesta de esta, cuando le preguntó si estaba segura de haber escogido al hombre adecuado: “Es la hora de casarse. Es todo -le dijo-. ¡Estoy harta de citas! ¡Estoy harta de tener que andar siempre guardando las apariencias! Quiero sentarme en el sofá, con un marido normal y corriente, y mirar la tele durante una eternidad. Será como quitarme una faja. Así es como lo imagino, exactamente”.

Por su parte, Ira no materializó su deseo de estudiar medicina, porque tuvo que hacerse cargo del negocio de su padre y cuidar de éste y sus dos hermanas; pero se casó con Maggie de la que sigue enamorado, aunque no soporta que no se tome en serio la vida, pues se lanza siempre con ímpetu y torpeza hacia ningún sitio en particular, como cuando pensó, llena de preocupación, que su hija Daisy fumaba marihuana, porque encontró en su escritorio papel de fumar, que al final resultó que utilizaba para limpiar su flauta; o cuando salió en persecución de un ladrón que le había robado el bolso, sin pensar si iba o no armado; o ahora que está decidida a que su hijo Jesse, separado de Fiona, se reconcilie con ella, a pesar de que ya han firmado los papeles del divorcio. Así la define su marido: “Cree que tiene derecho a cambiar la vida de los demás. Cree que las personas que ella quiere son mejores de lo que en realidad son, y por ello luego empieza a cambiar las cosas, para que esas personas se adapten a la idea que se ha forjado de ellas”. 

Maggie, en cambio, cuando actúa así, está convencida de que no se entromete en la vida de los demás, simplemente le parece que el mundo está algo desenfocado, que los colores no acaban de estar en su contorno correspondiente y que, sólo con que ella efectúe un pequeñísimo ajuste, todo acabará encajando a la perfección. Cree que sus planes son perfectos y que se acabarán realizando, aunque nunca lo consigue. 

Estas desavenencias provocan discusiones entre ellos, que se vuelven a veces embarazosos silencios. Maggie percibe el mundo mejor, pues carece de egoísmo y se acerca a personas abandonadas, como el viejo Otis, mientras que Ira se siente frustrado desde el día en que tuvo que renunciar a su sueño de estudiar medicina. En la educación de sus hijos, particularmente de Jese, que abandonó los estudios en el instituto, él fue demasiado duro y ella demasiado blanda, o al menos eso se echaban en cara: “Ahora le parecía que, debido a Jesse, había estado peleando desde el día en que  nació y adoptando siempre las mismas posturas. Ira lo criticaba, Maggie lo disculpaba. Ira afirmaba que Jesse era incapaz de ser cortés, que se negaba a borrar de su rostro aquella expresión obstinada y que, cuando le echaba una mano en la tienda, era un inepto total. Sólo necesitaba sentirse seguro de sí mismo, decía Maggie”.

A medida que avanzamos en la novela, que consiguió el Premio Pulitzer 1989 y que dura sólo el día del funeral, los flashback o saltos atrás se introducen de forma muy natural, por ejemplo, para recordar la boda de Serena; o la forma accidental en la que se conocieron Maggie e Ira; o la difícil convivencia del hijo de ambos, Jesse, con su mujer, Fiona, después del nacimiento de Leroy; etc.. Así, a través de este juego de presente y pasado, vamos conociendo la vida de la protagonista y su familia.

La historia de Maggie e Ira representa a muchos matrimonios, cuyos componentes conocen las cualidades y defectos del otro; que discuten, sin que llegue la sangre al río; pero se quieren. La ingenuidad y fantasía de ella contrastan con la sensatez y el pragmatismo de él; y el choque entre los dos caracteres da lugar a situaciones tensas, pero que no acaban nunca en tragedia, como cuando Maggie se apea del coche, después de una discusión con Ira, aparentemente con la firme determinación de abandonarlo, pues incluso llega a imaginar la vida con otro hombre; pero finalmente acaba subiendo de nuevo al mismo, como si nada hubiera sucedido. Su relación es lo contrario de la felicidad absoluta, porque está llena de pequeñas alegrías y frustraciones, de situaciones de la vida cotidiana, de sentimientos básicos, nada grandilocuentes, como la de cualquier pareja. En consonancia con esta cotidianeidad y realismo, Anne Tyler nos cuenta la historia mediante un lenguaje sencillo, preciso y ágil, y utilizando además un sentido del humor, que da lugar a momentos verdaderamente divertidos, con lo cual la lectura se hace siempre placentera. 

El apagón tecnológico


Max está tan embebido en el partido de fútbol americano que retransmiten por televisión, la final de la Super Bowl del año 2022, que no se pierde ni la publicidad: “-Max no deja de mirar cuando llegan los anuncios. Se vuelve un consumidor sin intención de comprar nada. Un centenar de anuncios en las próximas tres o cuatro horas”. Mira y escucha, pero con el sonido bajo, de tal forma que, mientras tanto, puede hablar con los demás. Martín, por su parte, está también absorbido por el Manuscrito de 1912 de Eisntein sobre la teoría de la relatividad especial. Ellos dos y la mujer del primero, Diane, esperan la llegada de dos amigos, Jim y Tessa, que vuelan desde París a Nueva York.

Pero de súbito sucede algo: la señal de televisión se pierde, lo cual desconcierta a Max y, probablemente, a toda la gente que está viendo el partido,  al sentirse “abandonada por la ciencia, la tecnología, el sentido común”. Diana intenta llamar a sus hijas con el móvil, pero tampoco éste da señales de vida. Entonces le pregunta a su marido: “¿Esto no será la aceptación que señala la caída de la civilización mundial?”

Mientras tanto, Jim y Tessa, van en una furgoneta con otros pasajeros heridos hacia una clínica, porque el avión ha sufrido un aterrizaje forzoso, en el momento del apagón. Cuando llegan a esta, toman conciencia de lo que ha sucedido, de lo que es un mundo sin tecnología, por la voz de una mujer que les atiende: “-Cuanto más avanzados, más vulnerables. Nuestros sistemas de vigilancia, nuestros dispositivos de reconocimiento facial, la resolución de nuestras imágenes. ¿Cómo sabemos quiénes somos? ¿Qué pasará cuando nos tengamos que marchar? Sin luz, sin calefacción. Irme a casa, al sitio donde vivo, encima de un restaurante que se llama Verdad y Belleza, si no funcionan el metro ni los autobuses, si no hay taxis, si el ascensor del edificio está bloqueado…”

A raíz del apagón tecnológico, la novela, que comienza de forma anodina, poco a poco coge vuelo y los personajes adquieren fuerza. Por ejemplo, Max habla solo, frente a la pantalla vacía, imaginando jugadas y anuncios, ante la estupefacción de su mujer: “Inalámbrico como tú quieres. Relaja e hidrata. Te da el doble por el mismo coste. Reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares”. Incluso se figura que baja al campo de juego con el micrófono invisible en la mano y se dirige a una cámara también imaginaria: “Aquí, en la banda del campo, este equipo rezuma confianza a pesar de la racha de lesiones”.

Martin piensa en alto, interrogándose por lo que ve: “Me miro en el espejo y no sé a quién estoy mirando. La cara que me mira no parece la mía. Pero, bien mirado, ¿por qué iba a serlo? ¿Acaso el espejo es una superficie realmente reflectante? ¿Y acaso es la primera cara que ven también los demás? ¿O bien es algo o alguien que me he inventado? (…) ¿Y qué ve la gente cuando camina por la calle y mira a otra gente? ¿Lo mismo que yo veo?”. 

Diane habla continuamente de un viaje a Roma, sobre los techos pintados, sobre los turistas, sobre la figura de Jesús de Nazaret… Pero, aunque le pregunta a Max, éste no le contesta o lo hace con desgana, porque no hay comunicación entre ellos, sólo monólogos, cada uno en su mundo, como si el apagón hiciera imposible el diálogo.

Surgen reflexiones sobre la situación que están viviendo: “La inteligencia artificial que traiciona a quienes somos y nuestra forma de vivir y pensar”. Si falla la tecnología, queda el mismo vacío que el de la pantalla del televisor

Las historias de Max, Diane y Matin, y la de sus amigos, Jim y Tessa, que se han ido alternando, acaban fundiéndose con la llegada de estos al piso; y en un momento determinado los papeles de cada uno se definen. Es como si, libres de las ataduras de la tecnología, se encontrasen a sí mismos y, sin importarles contradecirse, empezaran a divagar en alto sobre lo que ha ocurrido o sobre la vida, diciendo simplemente lo que se les viene a la cabeza, sin ninguna pretensión de que los demás les escuchen, sólo para tomar conciencia de que están vivos: 

“y luego el aterrizaje forzoso, un ruido gigantesco, como de un cohete, y el impacto que pareció la voz del mismo Dios, perdonadme, y me di en la cabeza con la ventanilla, alguien gritó fuego, había un ala en llamas, y sentí que me entraba sangre en el ojo y estiré el brazo para cogerle la mano a Tessa, la tenía allí, estaba diciéndome algo, y al otro lado del pasillo alguien medio gritaba y medio se asfixiaba…” (Jim)

“Aquí y ahora, en estas horas cruciales, me he abierto paso a golpes y codazos hasta esta calle y este edificio y he encontrado la llave de mi casa y he abierto la puerta de entrada y no hace falta que me lo recuerde a mí mismo, no hace falta ni decirlo, los ascensores no funcionan, así que me he puesto a subir despacio las escaleras, observando cada peldaño mientras subía, piso tras piso…” (Max)

“Mirar fijamente al espacio. Perder la noción del tiempo. Irse a la cama. Levantarse de la cama. Meses y años y décadas de dar clase. Los alumnos tienen tendencia a escuchar. Todos con orígenes distintos. Caras oscuras, claras, intermedias. ¡Qué está pasando en las plazas públicas de Europa, esos sitios en los que he caminado y mirado y escuchado? Me siento muy ingenua (…) Alguien que quería inspirar a sus alumnos (…) La película del fin del mundo. Gente atrapada en una habitación” (Diane)

“LLevo muchos años escribiendo en cuadernillos. Ideas, recuerdos, palabras, un cuaderno tras otro, ya hay muchísimos amontonados en los armarios, en los cajones y en todas partes, y a veces revisito cuadernos antiguos y me asombra leer lo que pensé en un momento dado que valía la pena escribir. Las palabras me devuelven a un tiempo muerto…” (Tessa)

“-Hora de terminar, ¿verdad? Pero no paro de ver el nombre. Einstein. La teoría de la relatividad de Einstein causando disturbios en las calles, ¿o acaso me lo estoy imaginando porque ya es tarde y no he dormido y apenas comido y la gente que hay aquí conmigo no está escuchando lo que digo?…” (Martin)

El silencio, que es lo que queda después del apagón tecnológico, es como el teatro del absurdo, donde los personajes apenas si se comunican y todo se presenta en un mundo vacío, aunque en esta novela no se deba a un gran conflicto bélico mundial; y lo mismo que en este tipo de teatro, Don DeLillo no nos ofrece respuestas, sino que deja a cada lector su propia interpretación.

Es difícil en poco más de cien páginas, mediante un lenguaje sencillo y preciso, dejar un poso tan profundo, hacernos reflexionar sobre un mundo dependiente de la tecnología, hasta el extremo de quedarnos vacíos, confundidos y sin capacidad de respuesta, si nos desaparece esta. 

Al finalizar la novela, Martin, que estaba leyendo el manuscrito de Einstein sobre la relatividad, se refiere nuevamente a este científico, y a los lectores nos vuelve su pronóstico sobre el negro futuro de la humanidad con el que había comenzado: “No sé con qué armas se librará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se librará con palos y piedras”.

El aprendizaje de ejercer la libertad

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Como indica el título, Retrato del artista adolescente (1916), James Joyce cuenta en esta novela su niñez y adolescencia, los momentos más relevantes de las mismas. El nombre ficticio que utiliza, Stephen Dedalus, es el mismo que después protagonizará su famosa novela Ulises. Comienza con una anécdota de su infancia, cuando aún no dominaba el lenguaje y cometía errores de pronunciación, al cantar esta canción de un cuento que le contaba su padre: “Ay, las floles de las losas veldes”, en lugar de “Ay, las flores de las rosas verdes”. 

Pero este recuerdo infantil es un salto atrás, al hogar familiar que añora, porque se encuentra realmente en un colegio interno, donde lo mejor es irse a la cama y dormir: “Sólo las oraciones en la capilla, y, luego, la cama. Sintió escalofríos y bostezó. ¡Qué bien se estaría en la cama cuando las sábanas comenzaran a ponerse calientes! Primero, al meterse, estaban frías. Le dio un escalofrío de pensar lo frías que estaban al principio. Pero luego se ponían calientes y uno se dormía. ¡Qué gusto daba estar cansado!  (…) Sintió un calor reconfortante que se iba deslizando por las sábanas frías, cada vez más caliente, más caliente…” (15)

James Joyce sabe captar perfectamente las sensaciones de frío y calor, de tal forma que también nosotros nos imaginamos en el interior de la cama, entre las sábanas, como experimentamos el mismo estado de confusión y perplejidad, cuando los compañeros del internado le ponen en una encrucijada: 

“-Dinos, Dédalus, ¿besas tú a tu madre por la noche antes de irte a la cama?

Stephen contestó:

-Sí.

Wells se volvió a los otros y dijo:

-Mirad, aquí hay uno que dice que besa a su madre todas las noches antes de irse a la cama.

Los otros chicos pasaron de jugar y se volvieron para mirar, riendo. Stephen se sonrojó ante sus miradas y dijo:

-No, no la beso.

Wells dijo:

-Mirad, aquí hay uno que dice que él no besa a su madre antes de irse a la cama”. (12) 

¿Cuál es la respuesta adecuada para que no se rían de él? Hoy en día se podría calificar de acoso escolar poner a un niño en una situación como esta, donde ninguna de las dos salidas posibles es aceptable.

Stephen se siente diferente a los demás, pues tiende al aislamiento y  experimenta una extraña inquietud vagando de noche por los jardines en busca de Mercedes, la mujer amada: “Él no quería jugar. Lo que él necesitaba era encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba constantemente. No sabía dónde encontrarla ni cómo, pero una voz interior le decía que aquella imagen le había de salir al encuentro sin ningún acto positivo por parte suya… Habrían de encontrarse tranquilamente como si ya se conociesen de antemano, como si se hubieran dado cita en una de aquellas puertas de los jardines o en algún otro sitio más secreto” (63). 

Cuando su familia se traslada a Dublín, al contemplar los muelles y el río, Stephen continúa experimentando esa sensación extraña, ese arrebato de locura, y busca algo en su interior, además del amor, como una revelación, porque el mundo real no le dice nada. Lee a escritores subversivos, como Byron, y su principal ocupación es la escritura, aunque sus profesores y compañeros lo acusan de herético. En este sentido, Retrato del artista adolescente es una novela de iniciación y aprendizaje, pues nos cuenta un proceso de búsqueda que le va a llevar a encontrarse a sí mismo y a descubrir su vocación de escritor.

En un momento dado, los ejercicios espirituales, dirigidos por jesuitas, le muestran un posible camino, una posible alternativa vital para un niño con inquietudes como él. Estos ejercicios giran en torno a la idea de la muerte, que aparecerá cuando menos la esperamos, lo cual, primero, le aterroriza y le hace sentirse culpable, y después, le lleva a encontrar la paz interior en la confesión, sobre todo del pecado nefando de haber mantenido relaciones sexuales con una prostituta: “Es usted muy joven, hijo mío, y me va usted a permitir que le ruegue que abandone ese pecado. Es un pecado terrible. Mata el cuerpo y mata el alma. Es la causa de muchos crímenes y desgracias. Abandónelo usted, hijo mío, por el amor de Dios. Es deshonroso e indigno de hombres”.

Durante este periodo de su vida de colegial, nunca duda, siempre obedece e incluso siente la llamada de la vocación religiosa. Pero en realidad todo forma parte del aprendizaje, de “la canción nueva y salvaje de la vida”, que se le aparece en forma de mujer: “La imagen de la muchacha había penetrado en su alma para siempre y ni una palabra había roto el santo silencio de su éxtasis. Los ojos de ella le habían llamado y su alma se había precipitado al llamamiento…” (169). 

Tras la minuciosidad con la que cuenta su experiencia de los ejercicios espirituales, sin ocultar los detalles terribles y escabrosos de las penalidades del infierno, hay una actitud crítica, propia de quien se ha alejado de esas posiciones religiosas radicales. Esta actitud alcanza también al sentimiento nacional irlandés, al que ve como una traba a su libertad: “Cuando el alma de un hombre nace en este país, se encuentra con redes arrojadas para retenerla, para impedirle la huida. Me estás hablando de nacionalidad, de lengua, de religión. Estas son las redes de las que yo he de procurar escaparme”. (202)

Porque Stephen Dedalus quiere sentirse libre, exento de ataduras, sean familiares, religiosas o patrióticas, solamente dispuesto a sentir y amar, y a expresarlo a través de la palabra: 

“¿No estás cansada de ese ardiente afán,

tú, de ángeles caídos seducción?

No me evoques encantos que se van.

El corazón del hombre es un volcán

por tus ojos que dueños suyos son.

¿No estás cansada de ese ardiente afán? 

Más que el fuego tus laudes altos van,

humo en el mar, desde uno a otro rincón.

No me evoques encantos que se van…” (222)

El final no puede ser otro que la partida; pero antes, en la conversación que mantiene con su amigo Cranly, deja clara su postura vital, que es toda una declaración de principios: “No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo tanto en vida y arte, tan libremente como me sea posible, usando para mi defensa sólo las armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia”.

Retrato del artista adolescente es una novela de iniciación y aprendizaje, como se ha señalado numerosas veces, que muestra las dudas y contradicciones propias de la adolescencia y que nos anuncia una aventura literaria llena de osadía por lo que tiene de ruptura con la tradición anterior.

Doble retorno


Libros de segunda mano: LA FIESTA DEL CHIVO. Mario Vargas LLosa ( ALFAGUARA ) - Foto 1 - 108845991

Hace años que compré esta novela, donde se cuenta el fin de la dictadura del general Trujillo, en la República Dominicana; sin embargo, por unas razones o por otras, ha permanecido sin abrir, en algún estante de mi biblioteca, hasta hace unos días, que me he decidido leerla, impulsado por la reciente versión teatral que se ha hecho de la misma.

Desde las primeras líneas, donde reflexiona sobre lo inadecuado del nombre que le pusieron sus padres, Urania, se genera una inquietud en torno a este personaje, que regresa a Santo Domingo de Puerto Rico, treinta y cinco años después de haberse marchado, a finales de 1961, buscando reencontrarse con un pasado que le produce escalofríos recordar: “¡Urania, Urania! Mira que si, después de todos estos años, descubres que, debajo de tu cabecita voluntariosa, ordenada, impermeable al desaliento, detrás de esa fortaleza que te admiran y envidian, tienes un corazoncito tierno, asustadizo, lacerado, sentimental”. (13) Así, le habla la voz de su conciencia, que se repite a lo largo de la novela, y que marca una distancia con respecto a ella, aunque al mismo tiempo le da más verosimilitud a lo que se cuenta.

Del personaje de Urania se pasa al dictador Trujillo, al que nadie se atreve a protestar por miedo a ser torturado o asesinado por el SIM (Servicio de Inteligencia Militar). La sumisión a su persona llega al extremo de que una emisora, La Voz Dominicana, adelanta su noticiero, para que él, que se levanta a las cuatro de la mañana, pueda escucharlo. Su sola presencia intimida a los demás: “Pero, como tantos oficiales, como tantos dominicanos, frente a Trujillo su valentía y su sentido del honor se eclipsaban, y se apoderaba de él una parálisis de la razón y de los músculos, una docilidad y reverencia serviles” (482). Esto se dice de Pupo Román, Jefe de las Fuerzas Armadas, que jamás permite a nadie faltarle al respeto, excepto al dictador, que le humilla con frecuencia.

Y del dictador, que es conocido con el apodo del Chivo, se pasa a los hombres que participaron en su asesinato, porque son tres las historias que se entrecruzan: el regreso de Urania, para ver a su padre y reconciliarse, de algún modo, con su pasado; los últimos días de Rafael Leónidas Trujillo, ejerciendo el poder absoluto con mano de hierro; y la espera paciente de sus asesinos, cada uno con su motivo particular para vengarse. Pero, a medida que avanzamos en la lectura, aparecen cabos, tendidos hábilmente, que unen las tres historias: “Se rió, de buen humor. Pero, mientras se reía, de súbito volvió el recuerdo de la muchachita asustadiza de la Casa de Caoba, testigo incómodo, acusador, que le estropeó el ánimo. Hubiera sido mejor pegarle un tiro, regalarla a los guardias, que se la rifaran o compartieran. El recuerdo de aquella carita estúpida contemplándolo sufrir, le llegaba al alma” (197).

La narración es fluida, poderosa, y hay un ir y venir continuo de personajes y situaciones, y de saltos en el tiempo, hacia atrás y hacia adelante, lo que da lugar a una estructura fragmentada, donde la acción se desordena deliberadamente. Así, se incrementa el interés del lector, al que se le generan expectativas para cuya materialización hay que esperar, porque Vargas-Llosa sabe demorarse, ralentizar el tiempo, revelando progresivamente detalles, interrumpir la narración, por ejemplo, cuando parece inminente la muerte del dictador y sus asesinos le esperan: “¿Pero, iba a venir? Sentía la tremenda tensión en que la espera había puesto a sus compañeros. Nadie abría la boca; ni se movían. Los oía respirar: Antonio Imbert, aferrado al volante, de manera calmada, con largas chupadas de aire; rápido de modo acezante, Antonio de la Maza, que no desviaba los ojos de la carretera; y a su lado, la acompasada y profunda respiración de Amadito, su cara vuelta también hacia Ciudad Trujillo”( 295).  O cuando Urania da esta respuesta inquietante a la pregunta de por qué rompió relaciones con su padre durante tanto tiempo: “Porque no era tan buen padre, como crees, tía Adelina” (332).

Poco a poco vamos sabiendo más detalles sobre la vida de Urania, después de haberse marchado sorpresivamente de Santo Domingo: su estancia en Adrian, estudiando el Bachillerato con ahínco, aunque lo hacía para no pensar; su periodo en la universidad de Harvard, en Cambridge, donde empezó a disfrutar de nuevo, pues descubrió que la vida merecía ser vivida y que estudiar no era sólo una terapia para olvidar; el rechazo que le inspiran los hombres en quienes despierta deseo. Como también vamos conociendo pormenores sobre la vida de Trujillo y su régimen corrupto,  y sobre los hombres que le mataron: “Ya no recordaba cómo empezó aquello, las primeras dudas, conjeturas, discrepancias, que lo llevaron a preguntarse si en verdad todo iba bien, o si, detrás de esa fachada de un país que bajo la severa pero inspirada conducción de un estadista fuera de lo común progresaba a marchas forzadas, no había un tétrico espectáculo de gentes destruidas, maltratadas y engañadas, la entronización por la propaganda y la violencia de una descomunal mentira”. (225) Así se cuenta cómo poco a poco fue horadándose el trujillismo de Antonio Imbert.

Los personajes son en general psicológicamente complejos en sus reacciones y evoluciones, tanto las víctimas como los verdugos: Urania está traumatizada por un hecho sucedido en su infancia, que ha condicionado toda su vida; Trujillo oculta una profunda debilidad, tras la apariencia de hombre duro e implacable; Johnny Abbes, el Jefe del SIM, que lleva la parte sucia del régimen, tiene un aspecto físico que supone la negación del porte, la marcialidad, la fortaleza y apostura que caracteriza a los militares; Joaquín Balaguer, minusvalorado por todos, actúa con suma prudencia e inteligencia, para asegurarse el poder, después de la muerte del dictador; etc.

A medida que nos aproximamos al término de la novela, las historias no sólo se alternan sino que se cuentan desde diferentes puntos de vista, por ejemplo, el asesinato de Trujillo lo conocemos a través de sus asesinos, pero también desde la perspectiva de éste, con lo que nuestra visión se hace más global. Nos explicamos hechos, que los que estaban implicados en su muerte no se explican, porque les falta información, como la no movilización de las Fuerzas Armadas encabezadas por el general Pupo Román, que se debe a la inseguridad y falta de determinación de éste.

La revelación del misterio que oculta Urania se demora hasta un final sobrecogedor, que explica su vida desdichada y muestra la auténtica naturaleza del dictador Trujillo, pues, tras su barbarie y degradación moral, se encuentra un ser inseguro y acomplejado: “De vez en cuando solloza y sus suspiros levantan su pecho. Unos vellos blanquecinos ralean entre sus tetillas y alrededor de su oscuro ombligo. ¿Se ha olvidado de ella? ¿La amargura y el sufrimiento que se adueñaron de él la han abolido?”.

La Fiesta del Chivo, título que hace referencia al treinta de mayo, celebrado con entusiasmo por el pueblo dominicano, porque fue el día en que murió el dictador, es una novela ambiciosa formalmente, con personajes complejos, muy bien escrita, que muestra sin aderezos la brutalidad y la degradación moral del régimen de Trujillo, y que mantiene la intriga hasta el final.

Como una tragedia griega

Plata quemada (Contemporánea): Amazon.es: Piglia, Ricardo: Libros

La novela cuenta una historia real, ocurrida entre el 27 de septiembre y el 6 de noviembre de 1965. Un grupo de delincuentes, después de perpetrar un robo con asesinato en Buenos Aires, huyen a Uruguay y se refugian en un piso de la capital, donde son rodeados por la policía: “La larga odisea que ya dura cuatro horas en el momento de escribir esta crónica comenzó aproximadamente a las 22 horas de ayer y hacia la medianoche el enorme despliegue policial, donde se utilizaron unos trescientos hombres, estaba completo. Se ocuparon las azoteas y las casas vecinas. Pasada la medianoche los pistoleros salen del departamento al pasillo, desde donde disparan a la calle y hacia las terrazas cercanas buscando un escape. Violento tiroteo al que sigue un período de relativa calma. Los disparos de pistola y de revólver decrecieron en intensidad”.

Pero Plata quemada, reeditada en 1997, comienza con la presentación de dos de los atracadores, a los que llaman los gemelos, porque son amigos inseparables: uno, Dorda, “es pesado, tranquilo, con cara rubicunda y sonrisa fácil”, mientras que el otro, Brignone, “es flaco, ágil, liviano, tiene el pelo negro y la piel muy pálida como si hubiera pasado en la cárcel más tiempo del que realmente pasó”. Ambos llevan un estigma desde pequeños que les dice: “Vos vas a terminar mal”. El primero de ellos, al que apodan el Gaucho, en efecto, tuvo una infancia violenta y represiva, pues, en el colegio de curas al que le llevó su madre interno, “se meaba en la cama y lo obligaban a sacar el colchón y caminar adelante de todos, que se reían de él mientras cargaba el colchón para llevarlo a secar al sol, y andaba por el patio sin llorar, el Gaucho, hasta que lo mandaban a las duchas y ahí sí con el agua que le cae por la cara puede llorar sin que nadie se dé cuenta. No sea marica, Dorda, no sea puto, se mea encima el manflorón. Y se reían, los otros, y él se les tiraba encima y se revolcaban en la tierra, a los golpes”. Después, pasó dos veces por el reformatorio, donde le trataron su homosexualidad con electrochoques e inyecciones de insulina. Y finalmente estuvo en la cárcel, condenado a pan y agua por un asesinato. Por todo esto, por este pasado difícil, los dos amigos tienen su propia dignidad personal, que les lleva a aguantar hasta el último momento, sin traicionar a nadie ni dar su brazo a torcer. 

La intriga se genera desde el principio, en torno al atraco que están a punto de cometer y, a medida que avanzamos en la lectura, Ricardo Piglia sabe mantenerla, suscitando el interés del lector sobre el cerco al que somete la policía a los delincuentes:  “Por eso siguió lo que siguió, la ceremonia trágica que cualquiera que haya estado ahí esta noche no olvidará jamás. Primero salió un humo blanco, por la ventanita del baño…”. Curiosamente este humo blanco, que anuncia lo que están haciendo en el interior del piso, explica también el significado del título, desencadena la condena de la sociedad y convierte a los atracadores en un grupo de nihilistas, que no le dan valor a nada.

El ritmo de la narración es continuo y dinámico, y lo consigue Piglia mediante procedimientos lingüísticos: los cambios de tiempo verbal, como al inicio de  Plata quemada, donde utiliza el presente para presentar a los protagonistas, como hemos visto,  y cambia al pasado para contar los prolegómenos del atraco; y los cambios también del punto de vista, que le lleva a pasar del narrador omnisciente, que nos cuenta la historia, a fragmentos, a veces muy breves, en primera persona, como este momento, donde se mezcla el  recuerdo del Gaucho Dorda, durante su estancia en la cárcel, con lo que está sucediendo en el interior del piso sitiado por la policía: “Eran terribles los chilenos, lo trataban como a un animal. Ahí no vuelvo. A Sierra Chica no me llevan más. Se asomó por la ventana, con el Nene tirado en el piso, la medallita entre los dedos, el Gaucho, lo sentía muerto en el piso, al único hombre que lo había querido y lo había defendido siempre y lo había tratado como a una persona”. 

Los medios de comunicación convierten el cerco de la policía en un espectáculo mediático, donde se elaboran, con participación del vecindario, todo tipo de teorías y versiones de los hechos, algunas verdaderamente estrambóticas: 

“—Primero pensé que era un incendio —dijo el señor Magariños, con un sobretodo negro sobre su piyama azul—. Después pensé que se había caído un avión encima del edificio.

 —… La loca del cuarto —dijo el señor Acuña—que volvió a intentar suicidarse…

 —Un negro tiene tomado un departamento del primer piso y en el departamento tiene dos rehenes. 

—Los hijos del portero están muertos, pobres chicos, los vi tirados en el pasillo”.

Y el desenlace, como en las tragedias griegas, no puede ser otro que la venganza de una muchedumbre, espoleada por los medios de comunicación y sedienta de sangre: “El deseo de venganza, que acaso sea la primera chispa en el relámpago de la mente humana cuando está lesionada, corría con velocidad eléctrica por entre la muchedumbre”.

El lenguaje, sobre todo, cuando son los personajes quienes hablan, presenta abundantes rasgos propios del español hablado en Argentina, particularmente del lunfardo, así como términos y expresiones características del argot carcelario: “Pero por qué no subís vos, apuráte, a tu hija le están haciendo el culito y vos acá como un gil, la tienen en el baño del telo, un flaco con un gorompo como un brazo, y ella da grititos de gusto y se caga encima cuando empieza a gozar”. Así, con esta zafiedad, le habla al comisario Silva uno de los delincuentes, probablemente con el mismo registro que el utilizado por él con los presos a los que torturaba y a los que rebajaba hasta convertirlos en muñecos sin forma. Tanto unos como otros -dice Ricardo Piglia- “son los únicos que saben hacer de las palabras objetos vivos, agujas que se entierran en la carne y te destruyen el alma como un huevo que se parte en el filo de la sartén”.

No es, por tanto, una novela policial al uso, donde solo interesa la intriga, sino que hay además una crítica social de fondo y una profundización en la psicología de estos personajes, que pasan largos periodos de su vida en la cárcel, la cual se convierte para ellos en una escuela de pensamiento, que acaba enloqueciéndolos: “Aprendés sobre todo a pensar cuando estás en la gayola, un preso es por definición un tipo que se pasa el día pensando. ¿Te acordás, Gaucho? Vivís en la cabeza, te metés ahí, te hacés otra vida, adentro de la sabiola, vas, venís, en la mente, como si tuvieras una pantalla, una tele personal, la metés en el canal tuyo y te proyectás la vida que podrías estar viviendo o ¿no es así, hermanito?, te hacen de goma, te metés para adentro y viajás, con un poco de droga que consigas, chau, estás en otra, te tomás un taxi, bajás en la esquina de la casa de tu vieja, entrás en el bar de Rivadavia y Medrano a mirar por la ventana a los tipos que baldean la vereda, cualquier gansada. Una vez estuve como tres días haciendo una casa, te juro, empecé con los cimientos y la fui haciendo, de memoria, la casa, los pisos, las paredes, las escaleras, el techo, los muebles. Después que la terminás de hacer, le ponés una bomba y la hacés explotar, todo el tiempo pensás que los tipos quieren volverte loco. Que están para eso. Y te vuelven loco, tarde o temprano. Si estás todo el tiempo pensando”.

Esta dimensión marcadamente social acerca Plata quemada a la novela negra, como también la indignidad de los personajes, acostumbrados a los actos más abyectos y depravados desde pequeños: “Me acordaba de minitas de ocho, diez años que había conocido en la escuela y las hacía crecer, las veía desarrollarse, saltar la soga, a la hora de la siesta, les veía los soquetes blancos, las piernas flacas, las tetitas que empiezan a llenarse, y a la semana de estar en ese mambo ya me las estaba moviendo, no las dejaba crecer mucho, me las movía en el terraplén, atrás de la vía hay un yuyal y después unas cañas y un campito y yo les hacía el virgo, las ponía boca arriba y las sostenía en upa, apenas, con las dos manos, del culito, y se la metía, tardaba como una hora y al final las desvirgaba”.  Y la violencia extrema y gratuita que practican: 

“El Gaucho Dorda, semidesnudo, salió al pasillo, le puso el arma en el cuello y, en medio de un tiroteo infernal, lo remató con un balazo en la boca. El jefe de policía y el loco, degenerado, psicótico, criminal reincidente de Dorda (dijo un informante policial) se miraron durante una eternidad y luego el Gaucho Rubio, antes de matarlo, le guiñó el ojo y le sonrió. 

—Moríte, mierda —dijo Dorda y saltó hacia atrás”.

Pero la novela se puede leer también como una tragedia griega, pues al Nene Brignone y al Gaucho Dorda, a pesar de su perversidad y violencia, también se les puede considerar -así lo escribe el propio autor en el epílogo- como héroes que deciden enfrentar lo imposible y resistir, y que eligen la muerte como destino. Además, tienen enfrente, primero, a instituciones, como el colegio de curas, donde se humilla al diferente, o la cárcel, que envilece a los presos, hasta convertirlos en peores personas; y después, a una policía corrupta, que utiliza la tortura de forma sistemática, en lugar de vigilar por el bien común.

Decía Ricardo Piglia en el prólogo de su libro de relatos La invasión, para justificar su reedición, en 2006, treinta y nueve años después de ser publicado por primera vez, que no le parecía a él que un escritor escriba mejor a medida que avanza o que mejore con los años, pues a menudo es más bien al revés. Después de leer Plata quemada, podemos asegurar que esta última apreciación en su caso no se ha cumplido, pues la novela le ha exigido un ejercicio de estilo, una exploración técnica y una profundización en la psicología de los personajes, que nos han permitido disfrutar a los lectores de otras facetas de su creación literaria.

El arte del relato


En el 2006, Ricardo Piglia volvió a publicar su primer libro de relatos, La invasión, editado por primera vez en 1967. Lo hizo, según escribe él mismo en el prólogo, porque no ve demasiadas diferencias con los libros que ha escrito desde entonces. Y añade: “No me parece que un escritor escriba mejor a medida que avanza o que mejore con los años (a menudo es más bien al revés)”. De los diez relatos que comprendía la primera edición, confiesa que ha revisado algunos, suprimiendo lo que consideraba irrelevante, y ha reescrito completamente Tarde de amor. Además, ha añadido cinco: Desagravio, En noviembre, El pianista, El joyero y Un pez en el hielo.

El Chino es el protagonista del primero de ellos, El joyero. Su vida ha sido muy desgraciada, tras su paso por la cárcel, a causa de un  accidente que costó la vida a una mujer. Solamente su hija le da seguridad: “La nena le transmitía una alegría y una intimidad que siempre lo calmaba. Ella lo hacía sentirse un hombre como nunca ninguna mujer lo había hecho sentir. Cuando estaba con Mimi se sentía seguro y actuaba con suavidad, sin perder la calma. Jamás estaba perdido estando con su hija. Con el resto del mundo, en cambio, vacilaba inseguro”.

El segundo, Tarde de amor, resulta inquietante desde el principio, pues Wagner y el maestro Pardo traman hacer algo que desconocemos; pero que tiene que ver con la mujer, que alquila la habitación de al lado para acostarse con otros hombres y a la que observan por el ojo de la cerradura: “La fascinación de los cuerpos desnudos apareció una vez más, como si hubiera metido la cabeza en el paño negro de un fotógrafo”.

Los finales de estos dos relatos nos sorprenden, aunque el desenlace del segundo es mucho más sutil, con ese referencia a la llave de la puerta que separa las dos habitaciones.

La pared es el título del tercero y simboliza el aislamiento y la incomunicación en que se queda el protagonista, que se encuentra en un asilo y se entretenía mirando a la gente que pasaba, antes de que la construyeran: “Poder mirar la calle es una gran cosa. La gente cruza haciendo gestos y se ríe y a veces lo saludan a uno y cada tanto pasan camiones y colectivos y una vez pasó un jockey en un alazán que era un lujo”.

“Las actas del juicio, escrito en 1964, es —si ese parecer tuviera algún sentido—mi mejor cuento. Narra hechos históricos y es una conjetura sobre las razones del asesinato del general Urquiza, el caudillo entrerriano que participó en las guerras civiles, derrotó a Rosas en 1852”. Esto escribe el propio Ricardo Piglia sobre este cuarto relato, que se inicia con el reconocimiento del crimen por parte de sus propios hombres, y cuya causa se deduce de la narración posterior, donde se sugiere que el general era un traidor a los suyos: “pero los recibió como si los necesitara, con todo embanderado, y por la ventana se veía luz y la mesa cubierta de porteños y el General disimulado en el medio, vestido como ellos”.

Sobre el siguiente escribe: “Mata-Hari 55 también es, en un sentido, un relato histórico y se refiere a las acciones clandestinas de los «comandos civiles» que conspiraban contra Perón en las vísperas de la llamada revolución libertadora que lo derrocó en septiembre de 1955”. Y en efecto, si creemos al autor, él se limita a reproducir el contenido de varias cintas donde le informan sobre la mujer, a la que hace referencia el título, y que se acostó con un peronista, supuestamente para obtener información; pero al final de nuevo vuelve a sorprendernos.

El que da título al libro, La invasión, es un prodigio de dosificación y sutilidad narrativas, pues la historia avanza inexorablemente hacia el único final posible, ofreciendo pistas que lo anuncian: se confunden en el fondo de la celda las sombras del morocho y Celaya; hablan en voz baja; fuman del mismo cigarrillo; comen juntos sentados en un rincón; etc.

En el siguiente, Santiago se comporta sorprendentemente de forma desleal con su amigo Miguel, cuando éste lo invita a comer con la familia de su novia: “callate, pibe, -me decía- ¿ qué te pasa? ¿No querés que tu novia se entere de tu vida? Callate, pibe. Callate, pibe,  y no sé qué me pasaba”. Esta deslealtad genera unas consecuencias impredecibles, que, una vez más, sólo se sugieren en un final verdaderamente extraordinario, que te hace volver atrás en la lectura.

La honda y En el terraplén son de los relatos más flojos por la simplicidad de las historias, aunque están bien armados y nos sorprenden en su finalización. El primero trata del engaño de un adulto a un niño y el segundo sobre la ilusión infantil de los Reyes Magos.

En Tierna es la noche –otro de los favoritos de Piglia le dice Luciana a Emilio, su amante ocasional y narrador de esta historia: “Sabés lo que ando buscando? Piedritas. Juguetes que perdí. Por ejemplo que alguien se enamore de mí como antes. Como hace muchísimo tiempo aquellos muchachitos sonsos a los que yo quería como una loca. Eso ando buscando”. Porque se siente sola e insatisfecha, sentimientos que  nos conducen a un desenlace inevitable, sugerido de nuevamente con sutilidad: “tenía la piel cenicienta y desnuda, los ojos como dos llagas en medio de la cara.tenía la piel cenicienta y desnuda, los ojos como dos llagas en medio de la cara”.

En Desagravio, que remite a un hecho trágico en la historia argentina, sucedido en el 16 de junio de 1955 y que costó la vida a cientos de ciudadanos indefensos, se mezclan con maestría la historia personal de Fabrizio y Elisa con el bombardeo de la Plaza de Mayo, cuando están manifestándose los peronistas. Desde el principio, se plantean ambas historias como sendos actos de desagravios, hasta un final verdaderamente antológico.

Apenas sabemos nada del protagonista de En noviembre, donde se vuelven a mezclar la historia personal de éste con un suceso real, el hundimiento del barco griego Narvachos en el Mar del Plata; pero las últimas palabras hacen volar nuestra imaginación: “La tengo en la palma de la mano. Parece de plata, es griega. No sé cuánto vale, tiene una fecha que no puedo descifrar. La miro brillar al sol. Por cuántas manos habrá pasado antes de que el marinero se la guardara en el bolsillo, en Atenas o en Tebas, y luego se hundiera con ella. Una moneda griega. Puede ser que me traiga suerte. No me vendría mal”.

Sucede algo maravilloso en El pianista: el juez que investiga el crimen de dos hombres, en el territorio fronterizo de la selva de Misiones, entre Argentina y Brasil, se enamora de la principal sospechosa, Clide Calveyra, tan solo de verla en una película grabada por uno de los dos asesinados. Todo está contado con la habitual pericia de este autor argentino, avanzando, de forma sutil y progresiva, hacia un desenlace, de nuevo sorprendente.

El inicio del último de los relatos es un ejemplo de cómo Ricardo Piglia sabe enganchar al lector, a partir de una situación aparentemente normal, pero que incluye elementos inquietantes: “Emilio Renzi estaba en la terraza de un bar en la plaza Carlo Felice, frente a la estación de Turín, a la mañana temprano, cuando la vio. No podía ser. Inés estaba ahí, en una mesa cercana, con el tipo de pelo blanco. Con el canalla de pelo blanco que la había traído a Europa. Llevaba el vestido azul que Emilio le había regalado y sonreía, hermosísima, en la claridad del verano”. Pero en la continuación no sucede nada de lo que uno puede esperar: ni un crimen pasional ni una reconciliación. Antes al contrario, la historia deriva hacia los últimos días de Cesare Pavesse, que va a investigar Emilio y con el que inevitablemente se establece un paralelismo.

Predomina un tono confesional -que recuerda a Borges, como lo evoca también el juego con la veracidad de ciertas historias, asegurando que va a transcribir sin cambios una grabación o algo que le han contado o que ha vivido uno de personajes- y que une casi todos estos relatos, de tal forma que los lectores estamos expectantes a lo que se nos cuenta, atraídos, además, por la oralidad del lenguaje, impregnado de rasgos propios del español hablado en Argentina. Esto, unido a la habilidad que demuestra Piglia para armar los relatos, a partir de situaciones aparentemente comunes, generar y mantener la intriga, hasta sorprendernos siempre con finales abiertos, hace que iniciemos la lectura de cada uno de ellos sin pereza, con la certeza de que no nos van a defraudar.