Una historia cercana a nosotros

Un cuadro adquirido por Leo, crítico y profesor de arte, es el detonante de esta historia, llena de vida y sensibilidad. Se titula sorprendentemente “Autorretrato” y en él aparecen tres personas: una joven, Violet Blom, tendida en el suelo de una habitación vacía; una segunda mujer de la que solo se ve el tobillo y el pie calzado con un mocasín; y una sombra que parece corresponder a alguien que está contemplando el cuadro: “Al incluir una sombra en cada uno de sus lienzos, Bill llamaba la atención sobre el espacio que se abre entre el espectador y la obra, que es donde tiene lugar la verdadera acción de toda pintura, pues una pintura se convierte en sí misma en el momento de ser contemplada. Sin embargo, el espacio que ocupa el espectador pertenece igualmente al pintor. El espectador se sitúa en la posición del pintor y contempla un autorretrato, pero lo que él o ella ve no es una imagen del hombre que ha firmado el cuadro en la esquina inferior derecha, sino de otra persona: una mujer.”

La historia la cuenta en primera persona el propio Leo, que entabla con Bill, autor del cuadro, una relación de amistad que se extiende a sus familias, cuando ambos se casan respectivamente con Erica y Lucille y tienen sendos hijos. Después aparecerá en la vida del pintor Violet, que le había servido de modelo anteriormente.

Esto se entremezcla con los recuerdos tristes de la infancia de Leo en Alemania y cómo sus padres y él abandonaron el país a tiempo, antes de que los nazis llegaran al poder y promulgaran las leyes de Nuremberg: “Los judíos ya no eran ciudadanos del Reich y sus posibilidades de abandonar el país disminuyeron. Mi abuela, mi tío, mi tía y sus dos hijas gemelas, Anna y Ruth, nunca llegaron a marcharse. Estábamos viviendo en Nueva York cuando mi padre averiguó que sus familiares habían sido embarcados en un tren con destino a Auschwitz en junio de 1944. Todos ellos fueron exterminados”.

Demuestra una especial maestría Siri Hustvedt para construir los personajes, profundizando poco a poco en su interior, hasta mostrarlos en toda su complejidad. Así, consiguen atraparnos, aunque hay momentos en que la lectura se vuelve algo tediosa, como en la descripción pormenorizada de la exposición sobre la histeria de Bill.

Además de  la amistad entre las dos familias, van apareciendo grandes temas, casi todos relacionados con los sentimientos y las emociones, como: el amor y las dificultades para la entrega total, pues, como dice Erika de su marido “hubo siempre algo en él, algo remoto, que me resultaba inalcanzable, y siempre anhelé eso que me estaba vedado”; la envidia como acompañante inevitable de la fama, por modesta que pueda ser esta; los recuerdos y su relevancia en las distintas etapas de la vida, pues “lo que a los cuarenta años nos parece vital bien puede haber perdido su importancia a los setenta”; el transcurrir del tiempo y cómo el pasado está devorando continuamente al presente; la violencia, a través de un personaje tan extraño, como Teddy Giles, que acaba resultando despreciable, tanto por su conducta personal como por su obra artística; la relación padres-hijos y los fluctuantes cambios en los estados de ánimo de los segundos: “Durante aquella primavera Matt montó en cólera con Erica y conmigo en un par de ocasiones a causa de nimiedades. Cuando estaba realmente de mal humor colgaba de su puerta un cartel de NO MOLESTAR sin el cual tal vez no hubiéramos sido conscientes de las sombrías cavilaciones que tenían lugar en el interior de su dormitorio; pero el cartel certificaba de modo inequívoco su reclusión, y siempre que pasaba junto a él la soledad defensiva de Matt me calaba hasta los huesos como una memoria física de mi propia adolescencia temprana”.

Pero el tema predominante en la novela es el arte, que  desempeña un papel capital no sólo porque el detonante de la historia sea un cuadro sino también porque, a través del arte, a través de las imágenes visuales, particularmente las obras de Bill, vamos conociendo más sobre los personajes de lo que se puede expresar con palabras: “convertía aquello que le eludía en objetos reales que pudieran soportar el peso de sus necesidades, sus dudas y sus deseos: pinturas, cajas, puertas, y todos esos niños que filmó en vídeo. El padre de tantos miles. Tierra y pintura y vino y cigarrillos y esperanza”.

Y ligado al arte, el trabajo intelectual y creativo: Bill trabajando obsesivamente en sus pinturas y esculturas; Violet escuchando las grabaciones de mujeres anoréxicas que después le servirán para escribir sus libros; Leo dando sus clases en la universidad y preparando un ensayo sobre las pinturas negras de Goya; Lucille escribiendo sus poemas; Erika impartiendo clases también en la universidad y estudiando  la represión y la liberación en la obra literaria de Henry James; y el citado Teddy Giles cultivando un arte sórdido, impregnado de violencia.

De vez en cuando surgen chispazos de humor, que agradecemos los lectores para contrapesar la dosis de arte, como cuando el narrador protagonista descubre, al cumplir los 57 años, los repentinos cambios que su cuerpo había experimentado: “Más sorprendentes me resultaron, sin embargo, los blanquecinos repliegues de grasa que se habían aposentado en torno a mi cintura. Yo siempre había sido delgado, y aunque ya había notado una sospechosa tirantez en la cintura cuando me abrochaba los pantalones por las mañanas, tampoco me había inquietado. Lo cierto es que me había perdido la pista a mí mismo. Había seguido yendo por ahí con una imagen propia completamente desfasada.”

Inesperadamente, sobreviene una muerte que altera la vida de estas dos familias. El suceso lo cuenta Leo escuetamente, como si no fuera con él, como si no acabara de creérselo y cada uno de los personajes lo vive de forma diferente, pues unos expresan el dolor, mediante el llanto, mientras que otros lo interiorizan; sin embargo, con el paso del tiempo, también estos acaban pasando el duelo necesario. Surge la tensión en las conversaciones, en los silencios; unos consuelan y otros son consolados.

Más adelante el interés se desplaza hacia el hijo de Bill, Mark, cuyo comportamiento oscuro y enigmático, así como su aparente indiferencia ante los reproches de los adultos acaban incrementando las tensiones familiares y repercutiendo en el estado anímico de todos, especialmente en su padre, porque el chico “encarnaba todo aquello contra lo que Bill había luchado tan larga y denodadamente: el compromiso superficial, la hipocresía y la cobardía”; y además porque en el fondo se siente culpable de esta conducta, cuando se concedió preferencia sobre su hijo, al abandonar a Lucille para irse a vivir con Violet.

Desde una perspectiva emocional, lo que se cuenta en esta novela suena a verdad, hasta el punto de que se podría decir que la vida de cualquiera de nosotros es como la de estos personajes, donde aparece todo lo que amaron, como indica el título, y también todo lo que les hizo sufrir. Por eso, Leo conserva en el cajón de su mesilla de noche objetos que tienen un especial significado para él: “Conservo las cartas como otros tantos objetos, seducido por sus diversas metonimias. Hoy en día, cuando saco todas mis cosas, rara vez separo las cartas de Violet a Bill de la pequeña foto que conservo de los dos, pero siempre mantengo la navaja de Matthew y el trocito de cartón alejados del resto de mis reliquias. Aquellos donuts devorados en secreto y el presente robado se hallan demasiado impregnados de Mark y de mis propios temores”. Y por eso los lectores sentimos su historia tan cercana a nosotros.

Ser una mujer negra en la sociedad actual

Se trata de una novela coral, protagonizada por doce mujeres que abarcan un amplio espectro de edades, clases sociales, sexualidad y cultura. Está escrita en verso libre, sin punto, lo que le da una densidad, continuidad y ritmo más propio de la poesía, que, además, se ve reforzado por el uso continuo de la anáfora: 

“Yazz y Warris han llegado al campus y caminan por el paseo, la lluvia amaina, el cielo se despeja, aparece el arcoíris

dejan atrás el gimnasio de donde entran y salen estudiantes con ropas deportivas

dejan atrás la lavandería, estudiantes en modo zombi mirando las vueltas de las lavadoras y jugando con sus móviles

dejan atrás el centro cultural donde hay una galería y una cafetería que vende café y tartas a precios inefables para los pijos que van al campus solo por parar allí

dejan atrás los bloques del barrio de las residencias con estelas de música y hierba saliendo por las ventanas, hasta llegan a la suya”. 

No parece que haya un orden preestablecido ni en la narración de las historias ni en la sucesión de las voces, aunque hay un nexo común a todas ellas,  que son mujeres negras: Amma, autora de obras de teatro, de ideas feministas y que pasó años al margen del sistema;  Yazz, su hija que estudia en la universidad y se siente muy segura de sí misma; Dominique,  amiga y productora de las obras de teatro, que escribe Amma; Carole, que  logra con su determinación estudiar en la universidad de Oxford y desempeñar un cargo importante en un banco de Londres; Bummi,  su madre, que trabaja de limpiadora, a pesar de que es Licenciada en Matemáticas; La Tisha, amiga de Carole, que es cajera en un supermercado; Shirley, que estudió Historia y ejerce como profesora en su antiguo instituto; Winsome, madre de esta, que vive desahogadamente en Barbados y se siente agradecida a la vida; Penélope, que trabaja en el mismo centro que Shirley y hace valer su voz ante los compañeros, que las discriminan; Megan, transexual, que cambia su nombre por el de Morgan; Hattie, su bisabuela, que vive en la granja Pastos Verdes, la cual quiere dejarle como herencia; y Grace, madre de Hattie, que quedó huérfana a los ocho años y se crió en un hogar para chicas. 

La propia autora ha explicado el proceso de selección de estas mujeres, rompiendo con la perspectiva reduccionista, que predomina en el cine y en la literatura: “Inventé tantos perfiles como pude. Los negros somos prácticamente invisibles en la ficción, pero incluso, cuando lo somos, estamos sometidos a muchos estereotipos, como el de los chicos violentos y las mujeres que se prostituyen”. 

Al leer la novela, tenemos la impresión -y esto lo ha captado muy bien la traductora, Julia Osuna Aguilar- de que Bernardine Evaristo se ha metido en el interior de estos personajes femeninos, que nos hablan a nosotros, como si estuvieran revelándonos una confidencia. Por eso, el lenguaje se va adaptando a las características de cada uno, aunque se aprecia desde el principio un estilo cercano a la oralidad, sencillo y desenfadado, sin aderezos, en sintonía con el carácter libre y un punto anárquico del primero de ellos, Amma, que es un trasunto de la propia autora: “ella quiere que la gente vaya a ver sus obras con curiosidad puesta, le importa un comino la ropa que lleven, además tiene su propio estilo ¡que te den!, que ha evolucionado, cierto es, desde el peto vaquero del cliché, con la boina del Che, el palestino y la chapa perenne de los símbolos femeninos entrelazados (eso sí que era dar la chapa, nena)”. 

Las descripciones son igualmente sencillas, pero con imágenes brillantes y sugestivas: “aquella mujer era una estatua, le relucía la piel, la ropa le flotaba alrededor, tenía rasgos esculturales, labios gruesos, rastas como finos cordeles en caída libre hasta las caderas y salpicadas de amuletos de plata y abalorios de colores”. Así, nos da a entender la fortaleza y sensualidad de Nzinga, una mujer que se había hecho a sí misma, superando una infancia horrible, y con la que Domique mantiene una relación apasionada que deriva en un sentimiento de posesión y agresividad por parte de la primera. 

Y sobre todo Bernardine  Evaristo hace gala de un fino sentido del humor, al describir a los personajes, pues le bastan dos pinceladas para ridiculizarlos o para ponderar su sensibilidad: 

  • “Dominique se disponía a hablarle de su festival super capitalista cuando la ha rescatado una amiga que trabajaba con la compañía en los ochenta, Linda, una escenógrafa que antes tenía hechuras de golfilla callejera y ahora tiene constitución de carcelero de gulag”
  • “ella la ha saludado efusivamente, se ha despedido igual de efusiva y ha dicho poco más entre medias, lo que se llama su “emparedado de hola y adiós” reservado para la gente con la que tienes que ser amable”. Así se refiere a Shirley.
  • “cuando Bummi vio a su hija recoger el título el día de su graduación, le rodaron por la cara unos lagrimones tan gordos que parecían latigazos de lluvia contra una ventanilla de coche sin limpiaparabrisas”.

Pero, con independencia de la raza negra a la que pertenecen los personajes, en Niña, mujer, otras se reivindica la libertad de la mujer, en general, que sufre la discriminación en nuestra sociedad: “un par de amigas le sugirieron -a Amma- que fuera a terapia para que le ayudaran a sentar cabeza (por su promiscuidad sexual), les respondió que ella era prácticamente virgen comparada con las estrellas del rock masculinas que fardaban de conquistarlas por miles y a las que encima admiraban por ello ¿y a esos les ha dicho alguien que vayan a mirárselo, a psicoanalizarse?”. 

En este sentido, la novela es muy actual, como cuando habla del incierto futuro que les espera a las jóvenes universitarias, como Yazz: “tiene a dos de las miembros de su cuadrilla de la uni, las Injodibles, sentadas a los lados, Waris y Courtney, quienes como ella trabajan duro porque están todas empeñadas en sacarse un buen título porque sin eso la llevan clara aunque de todas formas la llevan todas clara, eso lo tienen asumido cuando acaben la facultad será con una deuda de campeonato y una competitividad loca por un puesto de trabajo y los precios indignantes de los alquileres que se ven por ahí suponen que su generación tendrá que volverse a vivir a casa de sus padres ¡para los restos!”. O cuando se refiere a la vida, antes y después de los atentados del 11-S, para personas, como su amiga somalí Waris, que utiliza el hijab como expresión de su identidad musulmana, y a la que miran con una hostilidad “que va a peor cada vez que a un yihadista le da por volar por los aires a gente blanca”. O cuando habla del racismo, a través de personajes como, Carole, que llega a la universidad de Oxford donde nadie le dirige la palabra y la hacen sentirse “aplastada, minúscula, una don nadie”;  Ada Mae, que se pintaba en los dibujos como si fuera una niña blanca; y su hermano Sonny, que no quería que lo vieran con su padre negro, más allá del pueblo. O en fin cuando critica sarcásticamente la excesiva burocracia del Plan de Estudios Nacional, el equivalente a nuestra reforma educativa, que limita la libertad de cátedra del docente: 

“el cuartel general de la Gestapo impuso entonces la programación de aula, otra palabrota que agregar al canon cada vez más amplio de Shirley: ¡plan de estudios nacional! ¡ránquines de posicionamiento! ¡programación de aula! 

todo lo cual dejaba sin espacio para responder a las necesidades fluctuantes de una clase de niños vivitos y coleando, individuos cada uno de ellos 

tampoco podía ya redactar libremente los informes escolares, algo que en realidad siempre le había gustado, felicitar a sus alumnos por sus progresos, hacer saber a los padres que estaba velando por sus hijos 

en lugar de eso tenía que poner cruces siguiendo una lista de afirmaciones genéricas 

ya no podía decir, por ejemplo, que un chico había mejorado su caligrafía, y por tanto su trabajo era más legible y merecía mejores notas porque ella lo había alentado a sentarse recto, concentrarse y escribir más despacio”. 

Las mujeres que protagonizan esta novela -Premio Man Booker, 2019- tienen algo más en común, pues sus vidas, las de la mayoría, han estado llenas de obstáculos, que han tenido que superar, y muchas de ellas han pasado por situaciones dramáticas, como el rechazo social o la violación. Quizá por eso predomina un cierto sentimiento de frustración, que acompaña a cualquier persona, porque las expectativas y los planes de futuro que nos trazamos, con el paso del tiempo, no siempre nos satisfacen del todo o simplemente nos defraudan. Sin embargo, no llegamos a verlas como víctimas, probablemente porque no estaba en la intención de la autora: “No quería crear personajes que fueran víctimas, porque ya ha habido suficientes mujeres negras que eran personajes trágicos”.

Al final, se retoma el estreno de la obra de teatro de Amma, al que se había hecho referencia al principio de la novela, y que le sirve a Bernardine Evaristo para enlazar las historias de estas mujeres, pues la mayoría asisten al mismo; y, además, en el epílogo, se produce un reencuentro inesperado y entrañable, que nos hace reflexionar y volver sobre capítulos anteriores, que habían dejado en el aire algunas interrogantes: 

“que equivocada estaba, a las dos se le saltan las lágrimas y es como si los años estuvieran regresando atrás en el tiempo y borrando sus vidas entre medias

la cuestión no es sentir algo o decir palabras

la cuestión es estar

juntas”.

Recuerdo de una pasión

Cuenta la relación homosexual, entre dos hombres muy diferentes: un joven pintor español discreto y  bien vestido, perteneciente a una familia acomodada, y Michel, un obrero normando entrado en años y de familia humilde. El primero causaba sospechas en el mundo de la noche, pero el segundo infundía respeto y todo se le toleraba, porque era considerado como uno de ellos. Ambos frecuentan Vincennes, un barrio de París, aparentemente tranquilo y acomodado, aunque con zonas de sombra: “bolsas de miseria concentradas en desvanes y patios que un día fueron almacenes, cuadras y talleres, y cuyas dependencias han sido habilitadas como dudosas viviendas en las que se aprietan familias asiáticas o norteafricanas, jubilados en situación de quiebra que se ven en apuros para pagar la calefacción, gente en el filo, tipos a los que las sombras se tragan sin que nadie los eche de menos”. 

La historia la narra uno de los dos personajes, el joven pintor, con extraordinaria crudeza, porque la pasión les arrastra, desde el primer encuentro, y se trata de una relación gozosa y complicada, violenta y tierna, y llena de necesidades y recriminaciones mutuas. Todo es un deambular continuo por la noche, consumiendo alcohol y practicando sexo de modo desenfrenado. Michel ya está hospitalizado en el momento de la narración y el recuerdo del amor se mezcla con la tristeza por ver cómo se deteriora poco a poco su estado físico: “Las manos huesudas en las que destacaban las venas azules, las piernas frágiles como cañas cubiertas por un cuero adobado, nada tienen que ver con el hombre maduro y fuerte al que amé, del que gocé -y al que hice gozar, durante casi un año”.

También vamos conociendo la infancia terrible de éste, durante la guerra, con su madre ejerciendo la prostitución, para mantenerlo a él y a sus hermanos, mientras el padre está en el frente. Y en perfecta simetría, el narrador nos informa igualmente sobre su propia pasado, cuando su madre descubre horrorizada su homosexualidad, al leer las cartas que Bernardo le ha dirigido “Diez años más tarde, agita una hoja de papel. ¿Esto quiere decir lo que dice? En la otra mano lleva media docena de sobres. Eso quiere decir que te dedicas a registrar cajones que no son tuyos, le respondo. Deja caer los sobres al suelo, y su cuerpo sobre una butaca, mientras se lleva las manos al pecho y estalla en sollozos”.

Paris-Austerlitz está construida con un deliberado desorden temporal, pues el presente tedioso y terrible de la enfermedad fatal de Michel se mezcla con el pasado gozoso en que se conocieron, donde vivían el instante del amor: “La alegría de los primeros meses abriéndose paso entre la pegajosa telaraña de los recuerdos que llegan luego. La distancia que suaviza y convierte el pasado en engañoso caramelo”. Y también, como se ha dicho, intercala con sutilidad y acierto narrativo anécdotas personales de uno y de otro, antes de conocerse. 

Así avanza esta novela breve e intensa que no da tregua, porque la tensión está minuciosamente calculada y porque predomina la ambigüedad de sentimientos del narrador, que, por una lado, rechaza al antiguo amante y, por otro, lo echa de menos y no puede soportar “la imagen de su cuerpo entre las piernas de otro”.

El final coincide con el final de la relación, que como todas las rupturas, no es aceptada por ambos de la misma manera, pues siempre hay uno que desea “que el tren vuelva a la estación de partida y las agujas a la salida del andén lo conduzcan a otra estación de destino”. Pero también es el final de Michel, así como la vuelta del joven pintor a Madrid, con lo que se aúnan los tiempos: el pasado de la historia de amor y el presente de las vidas de los antiguos amantes.
A diferencia de  La larga marcha, La caída de Madrid, Los viejos amigos o En la orilla, novelas de carácter social, en las que Rafael Chirbes nos muestra la España de la segunda mitad del siglo XX (la posguerra, la oposición a la dictadura franquista, la transición democrática, el boom inmobiliario y sus excesos, etc.) París-Austerlitz es una novela muy personal, retomada y abandonada durante veinte años, desgarradora por los efectos destructivos del amor.

Nombrarlas para que existan

Tierra de mujeres

“Las casas de nuestros abuelos están llenas de retratos. Nos observan desde el cristal y parece que de un momento a otro podrían arrancarse a hablar. Algunas veces pienso que callan demasiado. Otras, que nos recriminan con la mirada. Me gusta pararme a pensar en cómo se hicieron esas fotografías y por qué, quién eligió la escena, el marco y el lugar idóneos para que pudieran terminar siempre congelados en un instante, contemplándonos desde la pared”. Así empieza este ensayo de María Sánchez, que nos hace pensar de inmediato en nuestra propia vida, porque, como diría León Felipe, “la historia es la misma, la misma siempre que pasa, desde una tierra hasta otra tierra, desde una raza a otra raza, como pasan esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca”.

Está escrito con extraordinaria sobriedad, a base de frases cortas y palabras sencillas, pero está impregnado de un lirismo, que deriva de su autenticidad, como cuando confiesa que de niña sus referentes eran los hombres: “Quería ser como ellos. Demostrarles que era tan fuerte y estaba tan dispuesta como ellos. Porque si hay algo que nos queda claro desde pequeños es esto. Que los hombres de sangre y tierra nunca lloran, no tienen miedo, no se equivocan nunca. Siempre saben lo que hay que hacer. Siempre”.

Y es que las mujeres, no sólo en su casa sino en todos los ámbitos de la vida, eran sombras, invisibles y siempre “al servicio del hermano, del padre del marido, de los mismos hijos”, aunque estaban disponibles para todo: “porque preparan a los hijos para ir a la escuela, cocinan, dejan la casa limpia, bajan al huerto y cuidan las gallinas, arreglan a los suyos (a los vivos y a los muertos), no salen de esa lista infinita de tareas domésticas y siguen teniendo tiempo. Tiempo para ellos, claro. Porque después de los cuidados, van al campo a ayudar al marido, al padre o al hermano en las tareas del día a día, sin nisiquiera tener peso en la toma de decisiones o recibir algo a cambio”. 

Por eso, Maria Sánchez se plantea contar la vida de las mujeres de nuestros pueblos, con las que al final acaba identificándose: “Una narrativa que descanse en las huellas. En las huellas de todas esas mujeres que se rompieron las alpargatas pisando y trabajando, a la sombra, sin hacer ruido, y siguen solas, esperando que alguien las reconozca y comience a nombrarlas para asistir”. 

Contribuye a la inmediatez y a la credibilidad de este ensayo, que esté basado en la experiencia personal de la autora; que sea una mujer, que vive en el medio rural, la que reivindica el feminismo, la que denuncia la doble jornada de trabajo; la que habla de la titularidad compartida de la tierra; la que demanda acabar con la discriminación y la invisibilización, en especial, de las trabajadoras temporeras inmigrantes; la que exige que se escuchen sus voces para decir qué sienten, qué quieren, qué les hace falta… Porque la cultura de las mujeres del campo no debe desaparecer: “Somos pastoras, jornaleras, agricultoras, arrieras, aceituneras, ganaderas. Somos la mano que cuida y que ha hecho posible que los lugares que hoy se consideran parques nacionales y naturales de este país lo sean”. De lo contrario, todo ese conocimiento, toda esa cultura, se perderá.

Empieza por recoger y reivindicar palabras que ha escuchado muchas veces a su familia o a la gente que conoce por su oficio de veterinaria, pero a las que no ha prestado atención ni sabe su significado: “fardela”, la talega de los pastores; “galiana”, camino más pequeño de los trashumantes; “empollo”, la primera hierba que nace en otoño tras las primeras lluvias; etc. También menciona elementos de la naturaleza (árboles, pájaros, insectos…) o espacios protegidos o formas de producción, como la ganadería extensiva, que la mayoría de la gente desconoce, sobre todo los niños, y se pregunta cómo proteger y cuidar aquello que se desconoce. Porque se trata -escribe- de que “este libro se convierta en una tierra donde poder asentarnos y encontrar el idioma común. Un tierra donde sentirnos hermanos, donde reconocernos y buscar alternativas y soluciones. Sólo entonces podremos rascar más profundo y hablar de despoblación, agroecología, cultura, ganadería extensiva…”

A continuación, en la segunda parte, se centra en tres mujeres: su tatarabuela Pepa, que llevaba todas las tareas domésticas; su abuela Carmen a la que llamaban la gordita; y su mamá, del mismo nombre. La primera se sentía muy enraizada a la tierra: “Mi tatarabuela conocía muy bien todos sus árboles, aunque ya no pudiera ir a verlos como antes (…) Sabía reconocer perfectamente de qué encina o de qué alcornoque estaban hablando sus hijos. Porque ella seguía allí, con ellos, aunque no los viera ni los tocara. Esa era su genealogía”. La Segunda también nació y creció en el campo: “Desde pequeña, tenía que ir sola todos los días a llevarles la comida a los hombres que trabajaban en el campo, una hora de camino, a pie”. Y la tercera, que fue una perfecta desconocida para su hija durante años y a la que no quería parecerse, por encontrarse siempre a la sombra de su padre, se ha acabado convirtiendo en un resplandor entre la oscuridad: “La historia de mi madre es la misma de tantas mujeres de este país que dedicaron su vida entera a su familia, poniéndose a ellas mismas en última posición. Nunca enfermaban, nunca se quejaban, nunca había un problema (…) Tan solo les tocó vivir en una época machista en la que la mujer quedaba reducida al espacio doméstico, donde se convertía en madre y compañera”.

María Sánchez, con este ensayo, escrito con sentimiento y autenticidad, pretende y consigue servir de altavoz y plataforma a estas tres mujeres de su familia, que representan a otras muchas, para que recuperen su espacio, sin sentir temor ni vergüenza. Pero también reivindica el medio rural, sus costumbres, sus historias, su cultura, y toda la biodiversidad que vive en él, para que no desaparezca.

Homenaje a los libros


Al inicio de este ensayo tan original, hay varias frases, de las que entresaco esta de Antonio Basanta, porque contrarresta el efecto letárgico que me está produciendo el confinamiento prolongado en casa: «Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse. Leer, aun siendo un acto comúnmente sedentario, nos vuelve a nuestra condición de nómadas». 

En el prólogo, Irene Vallejo explica cómo empezó a pergeñar El infinito en un junco, a partir de una serie de preguntas: “¿cuándo aparecieron los libros?, ¿cuál es la historia secreta de los esfuerzos por multiplicarlos o alquilarlos?, ¿qué se perdió por el camino, y qué se ha salvado?, ¿por qué algunos de ellos se han convertido en clásicos?, ¿cuántas bajas han causado los dientes del tiempo, las uñas del fuego, el veneno del agua?, ¿qué libros han sido quemados con ira, y qué libros se  han copiado de forma más apasionada?, ¿los mismos?”. 

La primera escala de este viaje por el mundo de los libros es la Biblioteca de Alejandría que, a diferencia de las anteriores, tenía papiros sobre cualquier tema, procedentes de todas las partes del mundo, y que fueron traducidos al griego, que era como ahora el inglés. Además, no se trataba de una Biblioteca privada sino que estaba abierta a todas las personas con deseo de saber. La idea de crearla se atribuye a Alejandro Magno y casa bien con su sueño de poseer el mundo y crear un imperio mestizo; pero en realidad fue su general Ptolomeo el que la materializó.

A esta primera escala le siguen: La Ilíada y la Odisea de Homero, donde encontramos enseñanzas con valiosas dosis de sabiduría antigua, pero también expresiones de ideología opresiva hacia la mujer, que reflejan el papel secundario de esta en la sociedad: “Madre, marcha a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y vigila que las esclavas cumplan sus tareas. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y sobre todo cosa mía, porque yo estoy al mando en este palacio”. 

Ambos poemas épicos se difundieron, en un principio, de forma oral, por un bardo  que domina el arte de las pausas y el suspense, que introduce en su narración nombres y peculiaridades de la zona donde se encuentra, y que la interrumpe en un momento muy calculado para seguir al día siguiente. La literatura, así, se concierte en un arte efímero, porque cada representación es única y diferente. 

Cuando se inventa la escritura -según las teorías más recientes, por una razón práctica: anotar las listas de propiedades por parte de los ricos-, los textos se fijan para siempre. Además, con este invento, “la literatura ganó la libertad de expandirse en todas las direcciones”. Aparecen sucesivamente: el primer escritor con conciencia social, Hesíodo (700 años a. C.), que es crítico con las autoridades que favorecen a los poderosos y rapiñan a los pobres, en Los trabajos y los días; los primeros filósofos, como Heráclito (540-480 a. C.), para el cual todo fluye, nada permanece; el primer historiador, Herodoto (siglo V a. C.), quien, siguiendo el método del periodista, viajó, observó y extrajo conclusiones para escribir las Historias; el primer bibliotecario, Calímaco (siglo III a. C.), que “trazó un atlas de todos los escritores y de todas las obras” que había en la Biblioteca de Alejandría, por orden alfabético; y una de las escasas mujeres que escribieron en la antigüedad, la romana Sulpicia, de la que nos han llegado versos de su pasión por un hombre, que en aquella época fueron claramente transgresores: 

¡Al fin llegaste, Amor!

Llegaste con tal intensidad

que me causa más vergüenza

negarte

que afirmarte.

Cumplió con su palabra Amor,

te acercó a mí.

Conmovido por mis cantos,

te trajo Amor a mi regazo.

Me alegra haber cometido esta falta.

Revelarlo y gritarlo.

No, no quiero confiar mi placer

a la estúpida intimidad de mis notas.

Voy a desafiar la norma,

me asquea fingor por el qué dirán.

Fuimos la una digna del otro,

que se diga eso.

Y la que no tenga su historia

que cuente la mía.

La escritura de Irene Vallejo es sencilla, pero muy cuidada y cuenta la historia de los libros como si se tratara de una ficción. Así, describe la forma de leer en la antigüedad: “En la Antigüedad, cuando los ojos reconocían las letras, la lengua las pronunciaba, el cuerpo seguía el ritmo del texto, y el pie golpeaba el suelo como un metrónomo. La escritura se oía”.

El infinito en un junco, según la propia autora, es un dédalo, un desorden ordenado, pues salta de un género a otro, de la narración a la poesía, de la historia a la autobiografía, de la crónica de viaje al periodismo, etc. Pero, en ningún momento, pierde el rumbo de lo que nos quiere contar. Le interesan sobre todo las personas que han contribuido a la transmisión de los libros: narradores orales, bibliotecarios, escritores, libreros, copistas, esclavos, viajeros, monjes y monjas de los monasterios, etc. Precisamente, este original ensayo empieza y acaba con dos anécdotas muy significativas: la de los caballeros que recorrían las provincias del imperio de Alejandro Magno recogiendo ejemplares para la Biblioteca de Alejandría; y la de las jóvenes amazonas bibliotecarias que recorren los valles aislados de Kentucky, con las alforjas cargadas de libros, para los habitantes de aquel empobrecido territorio del este de los Estados Unidos.

Su originalidad reside en las continuas referencias al presente, que ponen de manifiesto que las ideas se repiten a lo largo de la historia. Por ejemplo, el desafío de organizar la información en la Biblioteca de Alejandría tiene su parangón hoy día en el nombre de “ordenadores”, que se ha puesto a los aparatos informáticos y que alude a la necesidad de ordenar los datos. También, ha permanecido la labor de traducción que se llevó a cabo en la famosa biblioteca y que facilitó el intercambio cultural y el cosmopolitismo, en línea con el sueño de globalización de Alejandro Magno. E igualmente, se han repetido, a lo largo de la historia, las guerras desencadenadas con la finalidad de “capturar prisioneros, poseerlos y traficar con ellos”. O del mismo modo que los romanos ricos se apropiaron de las bibliotecas griegas, grandes magnates norteamericanos, como Peggy Guggenheim, compraron a precio de ganga, durante la segunda guerra mundial, obras de arte de pintores europeos y las llevaron a Estados Unidos. 

Con El infinito en un junco Irene Vallejo nos muestra su ilimitado amor a los libros en sus diferentes formatos: ”a los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría”. Y al mismo tiempo, reivindica su capacidad de supervivencia, pues han superado guerras, desastres naturales, tiempos de saqueo, persecuciones, incendios, inundaciones, etc. Porque los libros, que han venido expresando las mejores ideas de la especie humana (“los derechos humanos, la democracia, la confianza en la ciencia, la sanidad universal, la educación obligatoria, el derecho a un juicio justo, y la preocupación social por los débiles”) y también las peores, constituyen un espacio inmenso con los otros y se escriben para unir a lectores de distintas procedencias y de épocas diferentes; y así, como dice Stefan Zweig, “defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Una obra que te hace pensar sobre la humanidad

La carretera, Libros Prohibidos.

Cuenta la historia del fin del mundo, con un padre y un hijo como únicos supervivientes. El estilo es austero y preciso, lapidario, casi podría decirse: “Cruzaron la ciudad a mediodía del día siguiente. Él tenía la pistola a mano sobre la lona doblada que cubría el carrito. Llevaba el chico pegado a él. Casi toda la ciudad estaba quemada. No había señales de vida. Coches en la calle con una costra de ceniza, todo cubierto de ceniza y polvo. Rastros fósiles en el fango reseco. Un cadáver en un portal, tieso como el cuero. Haciéndole un mohín al día”. 

Caminan hacia el sur, hacia regiones más cálidas, pero apenas tienen para comer y las ropas y calzado de los que disponen no son suficientes para combatir el frío intenso, sensación que domina la novela de principio a fin. Ambos se necesitan mutuamente, pero todas las ciudades y casas que se encuentran están cubiertas por el polvo, que lo invade todo. Además, deben tener cuidado con las restantes personas que han sobrevivido a la catástrofe, algunas de las cuales han vuelto al canibalismo por necesidad.  

El hombre le explica a su hijo que, en esta lucha por la supervivencia, ellos son los buenos: “Querías saber qué pintan tenían los malos. Pues ya lo sabes. Podría ocurrir otra vez. (…) Se quedó allí sentado con la manta por capucha. Al cabo de un rato levantó la vista. ¿Todavía somos los buenos?, dijo. Sí. Todavía somos los buenos. Y lo seremos siempre”.

De vez en cuando, al padre le vienen los recuerdos de su mujer y madre de su hijo, que prefirió renunciar a seguir viviendo en una situación de apocalipsis como la que se encuentran: “Fui una estúpida. Ya lo hemos hablado un montón de veces. No me he convencido yo sola de esto. Me han convencido a la fuerza. Y no puedo más. Incluso había pensado no decirte nada”.

El que cuenta la historia es un narrador omnisciente, que se dirige a veces al hombre, cuya identidad desconocemos, para recordarle lo que tiene que hacer y el peligro que corre: “Tendrías que subir agua. Podrías ponerte al descubierto”. O para preguntarle: “Crees que tus padres están observando? ¿Que te ponderan en su libro mayor? ¿Con relación a qué?”.

En medio del desastre y la desolación, a veces, surgen momentos de extraordinaria ternura, como, cuando el hijo cree haber visto a otro niño en una ciudad calcinada: 

“El chico le estaba tirando de la chaqueta. Papá, dijo.

¿Qué?

Tengo miedo por ese niño.

Lo sé, pero no le pasará nada.

Deberíamos ir a buscarlo, papá. Podríamos llevarlo con nosotros. (…) Y yo le daría al niño la mitad de mi comida”. 

O en el mar, durmiendo sobre la arena, cuando el hombre recuerda otra noche junto a su mujer: “Cuando volvió al fuego, se arrodilló junto a ella y acarició sus cabellos mientras dormía y dijo que si él fuera Dios habría creado el mundo tal cual sin ninguna diferencia”.

La narración te absorbe, porque la situación del padre y el hijo es cada vez más dramática: “Efectivamente se estaban muriendo de hambre. Una región saqueada, esquilmada, arrasada. Desvalijada hasta la última migaja. Noches de un frío intenso y una negrura de ataúd y la mañana tardaba en llegar y traía consigo un silencio terrible”. 

Además, el pragmatismo del primero choca con el sentimiento de solidaridad del segundo, por ejemplo cuando encuentran al viejo medio ciego, que dice tener 90 años, al que el chico desea ayudar. También con el hombre harapiento que les robó el carrito con todas las provisiones en la playa, al que persiguen y acaban cogiendo. O cuando el padre quiere contarle un cuento y el chicó se niega: 

“Esos cuentos no son verdad.

No tienen por qué. Son Cuentos.

Sí, pero en esas historias siempre estamos ayudando a gente y nosotros no ayudamos a la gente.”

La suerte parece cambiar, cuando encuentran un refugio subterráneo con alimentos y bebidas; pero, en cuestión de poco tiempo, la situación vuelve a ser dramática. El chico se despierta asustado por la noche, aunque el padre trata de que no se rinda ante la adversidad: “Cuando sueñes con un mundo que nunca existió o con un mundo que no existirá y estés contento otra vez, entonces te habrás rendido. ¡Lo entiendes? Y no puedes rendirte. Yo no lo permitiré”.

La carretera, publicada en 2006, es una novela de ciencia ficción, descorazonadora, que nos habla del apocalipsis: las carreteras sembradas de escombros, las ciudades destruidas, el océano cubierto de ceniza, los bosques calcinados, los ríos secos o con las aguas turbias y lodosas, los puentes caídos, y sobre todo las personas, cuyos cadáveres se pudren en todos los lugares. No se sabe muy bien por qué ha sucedido esta catástrofe, pero afecta a todos los países del mundo. La penosa marcha a ninguna parte de los dos personajes, cada vez más lenta, refleja esta agonía del fin del del mundo; y, cuando sólo queda el hijo, continúa adelante, porque “no se sabe lo que puede deparar la carretera” y quizá pueda encontrar a los buenos. El lenguaje seco y frío, lapidario, sin apenas adorno, así como la ausencia de puntuación en los diálogos, contribuyen a esta atmósfera de desolación, Es probable que no sea la mejor lectura para esta situación en la que nos encontramos; pero tiene el ritmo sostenido y el poder de seducción de las grandes novelas.

Vision amarga de la realidad

Esta novela de cerca de seiscientas páginas cuenta la desdichada existencia de Ferdinand Bardamu, que tiene numerosos paralelismos con el propio Céline. El estilo aparentemente desenfadado, a base de frases cortas y palabras sencillas, sin excluir vulgarismos, así como su antibelicismo, se aprecian desde el principio de la novela: “Conque ¿no había error? Eso de dispararnos, así, sin vernos siquiera, ¡no estaba prohibido! Era una de las cosas que se podían hacer sin merecer un broncazo. Estaba reconocido incluso, alentado seguramente por la gente seria, ¡como la lotería, los esponsales, la caza de montería!”. Se trata de una primera persona que corresponde a un chico francés de 20 años que se ha alistado, de modo circunstancial y no del todo convencido, en la guerra contra Alemania, y se acaba arrepintiendo de ello, : “¡Ah, qué no habría dado, cretino de mí, en aquel momento por estar en la cárcel en lugar de estar allí!”. Lo dice, porque las balas de los alemanes vuelan por el aire, formando un estruendo que se mete en la cabeza y permanece en ella durante largo rato, incluso cuando ha cesado el tiroteo.

Son simples reflexiones, que reflejan una visión amarga de la existencia humana y una falta de confianza en los hombres, de los que hay que tener miedo, porque están locos. Pero el ritmo de la narración es dinámico, porque no dejan de suceder cosas: la muerte del coronel y del mensajero, la distribución de la carne para el regimiento, el desmayo, el nombramiento de cabo, el comandante Pinçon: “La aldea estaba reservada en exclusiva para el Estado Mayor, sus caballos, sus cantinas, sus bagajes, y también para el cabrón del comandante. Se llamaba Pinçon, aquel canalla, el comandante Pinçon. Espero que ya haya estirado la pata (y no de muerte suave). Pero en aquel momento de que hablo, estaba más vivo que la hostia, el Pinçon”. 

La sorna permanente, en especial, para criticar el trato humillante que recibían de los superiores, se convierte en un atractivo para los lectores, a quienes no cesa de sorprendernos el tono anti épico del narrador protagonista, contando sus recuerdos de la Primera Guerra Mundial, después de haber transcurrido muchos años. Además, hay algo que le diferencia de sus superiores y que él define así: “Cuando se carece de imaginación, morir es cosa de nada; cuando se tiene, morir es cosa seria” (27). Por eso, Bardamu se alegra de caer herido, para sobrevivir en un ambiente tan hostil, porque no le encuentra sentido a la guerra.

Resulta insólito que el protagonista de Viaje al fondo de la noche sea un cobarde o, por decirlo en sus propias palabras, un hombre que ama demasiado la vida como para perderla en la guerra, porque el protagonista habitual en este tipo de novelas solía ser un héroe, caracterizado por su valor en el campo de batalla, que es lo que la sociedad demanda, como escribe el propio Bardamu, ponderando la actitud de las enfermeras que trabajan en el bastión donde él convalece, precisamente a causa de su miedo a morir: “exigían héroes y quienes no lo eran del todo debían presentarse como tales o bien prepararse para sufrir el más ignominioso de los destinos”.

Al horror de la Guerra Mundial, le siguen, en este viaje continuo: el periodo de baja en París, donde se ve obligado a fingir para evitar ser enviado de nuevo al frente de batalla; la pobreza, el calor sofocante y las enfermedades de la selva africana, donde se siente solo; el aislamiento también en Nueva York, en medio de multitudes anónimas que se desplazan de un sitio a otro, y donde, como en toda América sólo hay o millonarios o muertos de hambre; y de vuelta en París, donde sobrevive ejerciendo la medicina, en un barrio marginal, en el que ni siquiera es capaz de cobrar sus honorarios. 

Como consecuencia de estas experiencias, aparecen de nuevo las reflexiones amargas: “A medida que te quedas en un sitio, las cosas y las personas se van destapando, pudriéndose, y se ponen a apestar a propósito para ti”. Y el hastío irresistible, que le lleva a plantearse las razones para seguir viviendo: “ánimo, Ferdinand, -me repetía a mí mismo, para alentarme-, a fuerza de verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabarás descubriendo lo que da tanto miedo a esos todos, a todos esos cabrones, y que deben de encontrarse al fin de la noche. ¡Por eso, no van ellos hasta el fin de la noche”. Sólo encuentra un poco de paz y sentido a su vida en compañía de algunas mujeres, como Lola, la norteamericana que vino a ayudar a Francia, durante la Primera Guerra Mundial; y sobre todo Molly, una prostituta a la que conoce en su estancia en Detroit.

De su sátira no se salva nadie, ni siquiera los ancianos de un hospital, donde se halla convaleciente, que dedican todo su tiempo a cotillear de los demás, ni tampoco la iglesia, representada por Protiste, cura al que conoce cuando ejerce como médico en París y al que le echa en cara su regusto de superioridad: “Según su idea, estábamos, todos los humanos, en una especie de sala de espera de eternidad en la tierra con números. El número de él era excelente, por supuesto, y para el Paraíso. Lo demás se la sudaba”. Ni por supuesto los ricos: “Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, infelices, baqueteados por la vida (…) cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón. Es la señal infalible”.

Su situación parece cambiar en su último destino: el manicomio, donde se convierte en director y pasa por un periodo sin apuros económicos, aunque él cree que no va a durar: “Sólo que yo siempre había pensado que no duraría el milagro. Tenía un pasado con muy mala pata, que me repetía, como eructos del destino” (528). Y en efecto sucede algo que va a poner de manifiesto su falta de compasión hacia el ser humano.

En resumen, Ferdinand Bardamu, trasunto, como decíamos, del propio autor, huye continuamente de un sitio a otro, buscando un sentido a su vida; pero, como reza el título de la novela, se trata de un viaje al fin de la noche, el cual le hace reflexionar y hablarse a sí mismo, a veces, para animarse, pero con más frecuencia para lamentar su existencia, la indolencia a la que acaba llegando, incapaz de consolar a su amigo moribundo: “Pero sólo estaba yo, yo y sólo yo, junto a él, un Ferdinand muy real al que le faltaba lo que haría a un hombre más grande que una simple vida, el amor por la vida de los demás”. 

Leer esta novela de Céline, ahora, en la situación de confinamiento en la que nos encontramos, ha sido un disfrute continuo, por la historia que cuenta, por la visión amarga que ofrece de la realidad, por el tono sardónico y provocativo, por el ritmo dinámico, y por el lenguaje sencillo y directo, descarnado, que tanto recuerda a otros escritores, como Henry Miller, Charles Bukowski, o los de la Generación Beat, a los que sin duda influyó el escritor francés.

A seguir soñando con el porvenir

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Con Un faccioso más y algunos frailes menos (1879) concluyen los dos primeros tomos de los Episodios Nacionales, donde Benito Pérez Galdós abarca, veintinueve años de la historia de España, de 1805 a 1834. Al escribirlos, se propuso: “presentar en forma agradable los principales hechos militares y políticos del periodo más dramático del siglo, con objeto de recrear (y enseñar también, aunque no gran cosa) a los aficionados a esta clase de lecturas”. No le impulsó, por tanto, ningún deseo patriótico, contra Francia, como algún crítico francés de la época consideró: “La demencia patriótica que nuestros vecinos llaman chauvinisme es tan contraria a mi manera de sentir, que me tengo por libre de tal enfermedad ahora y siempre”.

Esta declaración de principios es interesante, porque sitúa a Galdós en una posición equilibrada y sensata con respecto a España, que se presta poco o nada a una posible utilización o apropiación del escritor, ahora que las efervescencias patrióticas han regresado con fuerza al panorama político nacional.

El inicio de la novela es algo tedioso, porque apenas hay acción y los personajes que aparecen son tantos, que cuesta identificarlos; no obstante, disfrutamos del estilo sencillo y, al mismo tiempo, expresivo de Galdós, y particularmente de su fino sentido del humor: “En la época en que nuevamente la encontramos, Doña María de la Paz se acercaba a una vejez apoplética, marchando a ella con los pies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y el cuello grasos. Sus cabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, y era que ella perseguía las canas como si fueran liberales, y no daba cuartel a ninguna, siendo tan implacable con ellas, que cuando vinieron en tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse en el puro casco, las disfrazó vistiéndolas de luto para que nadie las conociera”.

Hay un momento, a partir del diálogo entre el que se podría considerar protagonista, Salvador de Monsalud, y D. Carlos Navarro, alias Garrote, en que el interés crece, pues, al cruce de acusaciones mutuas, hay que añadir el desvelamiento de un secreto personal que, de alguna manera, los une. El enfrentamiento entre liberales y conservadores, que está detrás de toda la trama, aparece de modo explícito. 

Galdós se muestra crítico con los excesos de los dos bandos, pero especialmente con los segundos, a través del que parece su alter ego en en la novela, Salvador de Monsalud, que huye de Navarra, donde triunfó el alzamiento carlista: “Aquella misma tarde partió Salvador, deseando huir de un país que le infundía repugnancia y miedo, a causa de las muchas lecturas que en él había visto (…); un país que abandona en masa hogares, trabajo, campo y familia por conquistar una soberanía que no es la suya y una corona que no ha de aumentar sus derechos; ríos de sangre derramados diariamente entre hombres de una misma Nación; clérigos que esgrimen espadas (…) Así lo pensaba Salvador, huyendo de Elizondo y de Navarra, como el que huye de una epidemia, deseando perder de vista pronto a la gente facciosa y el sangriento teatro de sus hazañas, tomó el camino de Urdax con ánimo de salir de Navarra por los Pirineos y entrar en la España Isabelina por la Francia Orleanista”.  

La relación entre los dos hermanos va a mantener la intriga y es curioso cómo las asperezas y desacuerdos entre ellos representan, en cierto modo, el enfrentamiento entre los liberales y los carlistas, que va a desembocar en un suceso terrible, protagonizado por masas incontroladas con deseos de venganza: la matanza de los jesuitas, en 1834, a la que alude el título, porque se les acusaba absurdamente de ser responsables de la epidemia de cólera que asoló Madrid.  

Hechos como éste, que ponen de manifiesto, por una lado, la inutilidad de la violencia y por otro la negación de la ciencia en favor de la barbarie, le hacen ser pesimista a Salvador, que no coincide con los buenos propósitos de D. Benigno y sólo confía en las generaciones futuras: “En tanto, no puedo tener entusiasmo como usted, porque no creo en el presente. Me parece que asisto a una mala comedia. Ni aplaudo ni silbo. Callo, y quizás me duermo en mi luneta. No tengo que soñar en mi felicidad doméstica, que es ya un hecho positivo; soñaré con ese porvenir lejano de nuestra patria, con ese tiempo, querido amigo mío, en que la mayoría de los españoles se reirá de la angelical inocencia política de usted”.

Si analizamos lo sucedido en España, desde aquella época hasta la actualidad, casi doscientos años después, mucho me temo que habrá que seguir soñando, porque, aunque es verdad que hemos abrazado la bandera de la libertad, aún nos falta “admitir todos los progresos y aplicarlos a las leyes, a las costumbres, al vivir y al pensar, evitando guerras y colisiones”. Valga como ejemplo, un paralelismo entre lo que se cuenta en esta novela y la actualidad: si en 1834 la enfermedad del cólera diezmó la población española, particularmente la madrileña; en los tiempos que corren es la pandemia del coronavirus la que se está mostrando implacable en nuestro país. En aquel tiempo, lo que Galdós denomina el populacho culpó sin argumentos lógicos al clero de ser responsable y el resultado fue una tragedia; hoy día, los ánimos están más calmados, pero hay quien busca sacar réditos políticos de la desgracia de todos, en lugar de caminar juntos para superarla.

La feria de los oportunismos

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Pío Baroja, en toda su obra literaria, tiende a jugarlo todo desde un punto de vista moral, con palabras sencillas y precisas, porque cree que el novelista no sólo ha de interpretar la realidad sino que debe tener, además, una actitud crítica ante ella, aunque esto suponga el desmoronamiento de principios, oficios y categorías sociales establecidos. 

En La feria de los discretos (1905), novela ambientada en Córdoba, denuncia el atraso y la aversión a lo nuevo que no sólo se da en esta ciudad sino en toda España, como se observa en el pasaje donde el protagonista visita la casa de los Springer, familia de origen suizo, que llevaba viviendo en Córdoba más de treinta años: “¿Qué diferencia entre aquel hogar y la casa en donde Quintín había vivido con María Lucena y su madre! Allí no se hablaba de marqueses, ni de condes, ni de cómicos, ni de toreros, ni de jacas; allí no se hablaba, más que de trabajo, de perfeccionamiento de la industria, de arte y de música”. 

Es el narrador omnisciente, quien se expresa así, haciendo suyos los pensamientos críticos del protagonista, Quintín, un joven cordobés que ha pasado ocho años en un internado de Inglaterra, a donde le habían enviado supuestamente para endulzar su carácter y convertirlo en un hombre de bien, pues era un niño atrevido, valiente y fanfarrón: “La brutalidad de la educación inglesa tonificó a Quintín y lo hizo atlético y bienhumorado. Lo más importante que aprendió allá fue que hay que ser en la vida fuerte, listo, sereno y ponerse en condiciones de vencer siempre”.

Y con esta convicción, aunque desdeñando el respeto a los principios religiosos y patrióticos de sus condiscípulos ingleses, regresó a Córdoba, donde pronto descubrirá cierto misterio que envuelve su nacimiento. Por otra parte, en la ciudad se empiezan a observar los prolegómenos de la Revolución de 1868, que acabó con el reinado de Isabel II y trajo la democracia a España, aunque por un periodo breve de tiempo. 

Precisamente, uno de los puntos de interés de la novela estriba en descubrir este misterio y sus consecuencias en la vida del protagonista, que, en un momento determinado, a causa de un desengaño amoroso, decide convertirse en un hombre de acción; así como en constatar el avance de las intrigas de la logia masónica de la ciudad, que conducirán a la revolución liberal.

El otro nos viene de la mano del lenguaje, pues, desde el principio, se aprecia el estilo impresionista de Baroja, basado más en la sensaciones que en los detalles y que está lejos de las descripciones estáticas de los novelistas del siglo XIX:  “Al anochecer, la magia del crepúsculo daba al pueblo y al paisaje lejano luces de oro y de rosa, colores espléndidos de una magnificencia extraordinaria. Las nubes enrojecían, tomaban tonos escarlata…; el campo se doraba, y los últimos rayos del sol incendiaban los pedruscos y las matas de lo alto de la sierra. En las calles inundadas de luz, aparecía en la acera una cinta de sombra y se agrandaba y se ensanchaba hasta ocupar todo el empedrado. Luego subía lentamente por las paredes, llegaba a las rejas y a los balcones, escalaba los aleros torcidos… El sol desaparecía por completo de la calle, y sólo quedaban entonces restos de claridad en las torrecillas, en los altos miradores, en las centelleantes vidrieras…”

También se aprecia una perfecta imitación del habla cordobesa mediante la utilización de expresiones hoy día en desuso, como por ejemplo:  “pintar un jabeque”, para referirse al lanzamiento de la navaja a un objetivo determinado; o “la horca de los catalanes” o “los pavitos de la mae”, en alusión respectivamente a los número 11 y 22 del juego de la lotería. 

La novela alcanza su punto culminante cuando el protagonista logra salir vivo de la ciudad, perseguido por los hombres de Pacheco; pero antes publica un artículo de despedida, cargado de ironía, en el periódico local La Víbora, que acaba así: “¡Adiós, Córdoba, pueblo de los discretos, espejo de los prudentes, encrucijada de los ladinos, vivero de los sagaces, enciclopedia de los donosos, albergue de los que no se duermen en las pajas, espelunca de los avisados, cónclave de los agudos, sanedrín de los razonables! ¡Adiós, Córdoba!”.  Quizá esta crítica, explícita también en toda la novela, explica el enfado que causó en muchos cordobeses La feria de los discretos.

Pasan seis años y Quintín, convertido en un hombre de acción, que ha logrado triunfar política y económicamente mediante el engaño y la mentira, busca en el amor dar un sentido a su vida, algo que llene su corazón vacío; pero acaba tomando conciencia de que este sentimiento tan noble exige una honradez de la que él carece.

Resulta placentero leer esta novela, que en palabras de Pío Caro Baroja, sobrino del autor, “es la feria de los oportunismos, en un mundo violento y romántico: en consecuencia es también una novela romántica, con su simbolismo moral como colofón”. Además, para los que vivimos en Córdoba el placer es doble, porque nuestro compañero Benito Vaquero está preparando una ruta literaria por las calles y plazas de la ciudad, que aparecen en la novela, y que podríamos hacer.  

Hablaremos de La feria de los discretos, en la próxima sesión del club de lectura del IES Gran Capitán, el 1 de abril, miércoles, a las 17:30, en la biblioteca, si el coronavirus no lo impide.

Vigencia de Entre visillos

“Las mezquindades de la burguesía de posguerra, anquilosada en sus prejuicios y temerosa de cualquier mudanza, nos suministró a los prosistas de entonces una gran cantera de inspiración”. Así, se expresa la propia Carmen Martín Gaite, al analizar los cuentos de un escritor contemporáneo suyo, Ignacio Aldecoa, y esto mismo se podría decir de su novela Entre visillos (1958), donde cuenta la vida de una serie de personajes, pertenecientes a esta clase social, en el ambiente cerrado y agobiante de una ciudad de provincias, en plena dictadura franquista:

“Mercedes se salió del portal y la cogió por un brazo. Se puso a tirar hacia dentro y la otra se debatía riendo a pequeños chilliditos.

-Ay, ay, bueno, ya, que me tiras…

-Venga, déjanos en paz, si estás muerta de ganas…

Julia, apoyada en la pared, las miraba sin intervenir.

-Anda, no hagáis el ganso -dijo-. Os mira la gente.

La amiga, ya libre, se arregló las horquillas, sofocada.

-¿Pero tú ves las trazas que me ha puesto? No debía subir.

Subieron. Iba haciendo remilgos todavía por la escalera.

-Mira que eres faenista. Luego se me hace tarde. Si no fuera por lo bien que se está en el mirador…”

En este fragmento del inicio de la novela se aprecian los principales rasgos de la misma: el protagonismo fundamentalmente femenino; la perfecta imitación del habla coloquial; la preocupación por la opinión ajena que condiciona la vida de estas mujeres; la costumbre de mirar entre visillos, desde el interior de la casa, la realidad exterior, que se sugiere con la referencia al mirador; etc. 

Carmen Martín Gaite representa la vida ordinaria en una ciudad, sin ningún tipo de aderezo o falsedad, lo que nos hace creíble la historia; pero aún le da mayor credibilidad cómo estos personajes evolucionan y algunos de ellos se muestran inconformistas, rebelándose, de alguna forma, contra el ambiente provinciano, que les asfixia, como Julia que decide marcharse a Madrid con su novio, sin el permiso de su padre, el cual se opone a esta relación; o su hermana Natalia, quien influida por Pablo, rompe con el modelo tradicional de mujer, cuya vida se orienta irremisiblemente a la búsqueda de marido, tomando la determinación de estudiar una carrera universitaria para realizarse así como persona;  o la misma Elvira, que se empeña en ser una mujer independiente y segura de sí misma, aunque al final acabe aceptando un matrimonio del que no está muy convencida. 

Y lo más interesante es que dos de estos personajes, Pablo y Natalia, contribuyen a narrar la historia, desde su perspectiva, ella con un enfoque claramente intimista y subjetivo, por su corta edad y porque se trata de un diario personal; y él con una orientación más reflexiva y crítica sobre la España de aquella época. Ambos, además, entablan una relación de amistad y acaban coincidiendo en su oposición al ambiente opresivo que les rodea, aunque a Natalia le cuesta asumirlo, como refleja esta conversación que mantienen en un café: 

“—¿De qué se ríe? 

—De que estoy pensando si viniera mi padre. 

—¿Viene aquí? 

—A todos los cafés va. 

—Ojalá viniera ahora, para que me lo presentara usted. 

—¿Para qué? 

—Para que yo le hablara de eso de sus estudios. A ver si me explicaba él los inconvenientes que tiene para dejarla hacer carrera. Porque con usted no me entero. 

Pareció asustarse. 

—Huy, no, por Dios, si viene no le diga nada. 

—Pero, qué es lo que pasa con su padre, ¿le tiene usted miedo? Las cosas hay que hablarlas”.

Las dos voces de Pablo y Natalia se entremezclan con la narración objetiva en tercera persona, característica del realismo objetivista en el que se suele encuadrar la novela, lo cual hace que Carmen Martín Gaite trascienda esta corriente literaria y nos permite, además, a nosotros, los lectores, conocer la realidad de una forma más completa y global.

No parece que hayan pasado más de sesenta años desde la publicación de Entre visillos, porque, aunque la situación social y política de España ha cambiado sensiblemente -ya no vivimos en una dictadura sino que disfrutamos de una democracia- permanecen la frescura y autenticidad de los diálogos, y el protagonismo de las mujeres inconformistas, que luchan por sus derechos, particularmente las citadas Julia, Natalia y Elvira, le confiere gran actualidad.