Las palabras no se las lleva el viento

Gabriel se empeña en reunir a toda la familia, con motivo del cumpleaños de la madre, ya octogenaria, después de veinte años de pequeñas desavenencias y tensiones; pero estas amenazan con aflorar, porque las palabras no se las lleva el viento y están cansados de fingir que no pasa nada.

Este es el esquema argumental de Lluvia fina, última novela de Luis Landero, cuyos personajes nos resultan familiares, ya que se sienten insatisfechos y parecen vivir en la ficción. Son personajes que sueñan, buscando un sentido a la vida, que fantasean, como el padre que se inventaba historias, que tenían como protagonista al Gran Pentapolín, supuestamente un antepasado de la familia; u Horacio, al que le gustaba viajar con la imaginación, como los niños: “Un día le dijo -a Sonia- que quería tener dos hijos, que se llamarían Ángel y Azucena. Hablaba de ellos como si ya existieran y los viese correteando por el piso, y lo que más le preocupaba era que pudiesen hacer un estropicio con los juguetes o los cómics”; o Andrea que, primero, sueña una vida en común con Horacio, del que estaba locamente enamorada, aunque éste acabó casándose con su hermana mayor, y, después, con convertirse en una gran compositora e intérprete de canciones; o Gabriel que experimenta un interés desmedido por las cosas más insospechadas y heterogéneas, como el ajedrez, el yoga, la recolección de setas, la alquimia, la botánica, el esoterismo o el bricolaje; pero que lo mismo que surge se marcha, provocándole una insatisfacción permanente.

Las desavenencias entre los miembros de la familia hunden sus raíces en un pasado compartido, que recuerdan unos y otros, aunque de forma diferente y, a veces, antagónica, por ejemplo, la visita de Horacio a la mercería que daría lugar con el tiempo a su casamiento con Sonia, lo cuenta esta como algo orquestado por la madre, para quien, en cambio, se trató de un hecho casual. Por eso, la historia de esta familia no acaba nunca, porque cada uno de los componentes tiene su versión de cada episodio, con sus bifurcaciones y detalles, que cuentan a la confidente preferida por todos, Aurora, la cual, además de escuchar, tiene que “comentar, comprender, moderar, orientar, consolar, condolerse, alegrarse, negociar los silencios, ofrecer consejos y esperanzas…”.

Andrea es la más ligada al padre y por ende al pasado: “Porque yo creo en el ayer —dijo Andrea—. Ahora la gente se olvida enseguida de las cosas, pero yo no, yo creo en el ayer. Yo miro atrás todos los días y veo las huellas de mis pasos marcadas en el polvo del tiempo. Los recuerdos arden dentro de mí. ¿Cómo pudo mamá tirar a la basura el retrato del Gran Pentapolín? ¿Cómo se atrevió?”. Es un personaje inseguro y contradictorio, pues, si le dices que es feliz, te contesta enumerando sus desgracias, y viceversa. Su gran secreto y su gran tragedia es que se enamoró de Horacio de golpe y para siempre, oyendo a su madre hablar de él.

Gabriel, en cambio, adora a la madre, que siempre le ha favorecido como hijo varón. Sus hermanas, por eso, lo consideran un privilegiado, una persona feliz por naturaleza, casado con una mujer maravillosa, Aurora, y que sabe disfrutar el presente. Pero él también vive pendiente del pasado, pues la propia fiesta que quiere organizar tiene como finalidad cerrar viejas heridas y demostrar el amor y el cariño que tiene hacia su madre y hermanas y que hasta ahora, según él, no ha demostrado.

Sonia es la hija mayor, que sueña con viajar y aprender idiomas, pero a la que su madre, primero, obligó a hacerse cargo de la mercería, con 14 años, impidiéndole seguir estudiando, y, después, a casarse con Horacio, un joven al que no quería y del que acabó divorciándose. Ahora es feliz con su nueva pareja, pero también está condicionada por este pasado infeliz y frustrante.

Aurora tiene la virtud de saber escuchar, de ponerse en el lugar del otro, sin juzgar. Por esa razón, los demás le cuentan sus problemas: “Sonia y Andrea debieron de detectar de inmediato su carácter indulgente y acogedor, su mansedumbre y su aptitud innata para las confidencias, para escuchar y comprender y hacer suyos los relatos ajenos, porque enseguida empezaron a contarle pasajes de su vida, cada vez con más detalle, con más hondura e intención, con más libertad, y diríase también que con más desvergüenza”. No obstante, a ella también le gustaría que la escucharan: “Si tuviese a alguien a quien contarle sus recuerdos, una Aurora que la escuchara y acogiera con gusto sus palabras, quizá lograra comprender algo, o al menos desahogarse y aliviar esta pena que desde hace tiempo la carcome por dentro”.

Se trata pues de una novela de personajes. Por eso, en su mayor parte, es dialogada y Landero demuestra gran habilidad para cruzar unos diálogos con otros, sin previo aviso, aunque se desarrollen en momentos diferentes, como por ejemplo aquí, donde mezcla uno entre Andrea y Gabriel, con otro posterior, que mantienen éste y Aurora:

“—Anoche te llamé cuatro o cinco veces y comunicabas —dijo Gabriel.

—Estaría hablando con Sonia —dijo Andrea.

—Sí, ya me ha dicho que estuvisteis hablando.

—¿Entonces para qué preguntas?

—Es tremenda. Siempre tiene la escopeta cargada. No hay palabra o silencio a los que no le saque punta.

—Ya sabes cómo es —dijo Aurora—. No sé de qué te extrañas. ¿Y tú qué le dijiste? —Nada, qué le iba a decir. Que qué le parecía la idea de hacerle una fiesta a mamá”.

Esto le da continuidad y viveza a lo que cuenta, porque los cruces o pequeños saltos de un diálogo a otro, siempre guiándose por el sentido, por lo que se está hablando, los repite, a lo largo de la novela, hasta formar una tupida red.

No utiliza, por tanto, un único punto de vista de narrador omnisciente, sino que son tantas perspectivas como personajes, porque no hay verdades absolutas en la memoria subjetiva, sino pequeños trozos de verdad y de mentira. No obstante, Aurora, escuchándolos a todos, hace de filtro para contar la historia.

Luis Landero sigue demostrando un extraordinario dominio del lenguaje y un fino sentido del humor, como por ejemplo, al describir la eclosión de la sexualidad en Sonia y cómo empezaba a gustar a los hombres, casi sin ser consciente de ello: “Mi propio cuerpo se sabía atractivo y hacía por su cuenta, sin que yo lo supiera, todo lo posible por gustar y excitar. Te juro que yo no era consciente de aquella conspiración del cuerpo contra mi verdadera voluntad. El pelo, que siempre lo tuve largo y espeso, ya no me obedecía. El culo y las caderas me llevaban como alzada en un trono, y el busto, las tetas, los hombros, parece que se sentían bien en aquellas alturas, tan a la vista de los hombres, tan expuestas a la admiración o a la curiosidad de unos y otros”.

Lluvia fina es una reflexión sobre la verdad y la mentira, sobre si la primera es necesaria para la convivencia, como sostiene Sonia, o si es la segunda la que la garantiza, como opina Guillermo. Leyendo esta novela y profundizando en los personajes; empapándose de la lluvia fina que constituyen sus historias, cualquiera se puede ver reflejado, porque todos hemos vivido experiencias parecidas en nuestras relaciones, no sólo familiares; todos hemos sentido esos agravios, esos pequeños rencores, que duermen en nuestro interior y que en un momento dado pueden salir a la luz.

En las entrañas del nazismo

El orden del día, premio Goncourt 2017, no es una novela al uso donde se cuenta una historia de ficción cronológicamente, pues su autor, Eric Vuillard recrea, utilizando fuentes diversas, una reunión secreta de Hitler con un grupo de grandes empresarios alemanes que acabaron donando grandes cantidades de dinero para financiar la campaña electoral del partido nazi, con la excusa de conseguir la estabilidad para Alemania. Es el primer paso del ascenso de Hitler al poder y de su dominio de Europa, con las consecuencias catastróficas que todos conocemos.

Vuillard va alternando diferentes momentos del pasado en su reconstrucción: antes de la guerra; al inicio de esta, cuando los grandes empresarios alemanes financian al partido nazi; durante la “invasión” de Austria; en el juicio de Núremberg; etc.

Una voz en primera persona, cuya identidad desconocemos, aunque puede ser el propio autor, cuenta los hechos y reflexiona sobre ellos, y juzga a los personajes. A veces, se vale de la ironía: “los venerables patricios intercambian palabras ligeras de tono, respetables; uno tiene la impresión de asistir a las primicias un tanto artificiales de una fiesta al aire libre”. Y en otras ocasiones utiliza metáforas descalificadoras: “Eran veinticuatro, junto a los árboles muertos de la orilla, veinticuatro gabanes de color negro, marrón o coñac, veinticuatro pares de hombros rellenos de lana, veinticuatro trajes de tres piezas y el mismo número de pantalones de pinzas con un amplio dobladillo”.

Leyendo estos pasajes, como también las conversaciones distendidas sobre música clásica, entre el que era Presidente de Austria, Schuschnigg, que pactó la entrega de su país a la Alemania nazi, y Seyss-Inquart, que ejercerá de Ministro sin cartera en el gobierno de Hitler; o el júbilo con el que esperaban los austriacos la llegada de los nazis, se nos hiela la sangre, al pensar cómo contribuyeron unos y otros al origen y crecimiento de la bestia.

Hay un pintor, Louis Soutter, ya anciano en aquella época y al que se refiere Vuillard en la novela, que, al final de su vida, dibujó sus angustias en forma de personajes oscuros, retorciéndose como alambres, y que parece estar presagiando con ellos los horrores del nazismo. Es la pincelada lírica de la novela.

Pero lo que sorprende es la mediocridad del ejército alemán, cuando avanza lentamente, en dirección a Austria: “Lo que acababa de averiarse no eran sólo unos tanques aislados, no era sólo un pequeño carro blindado aquí y allá: era la inmensa mayoría del ejército alemán; y ahora la carretera ha quedado enteramente bloqueada”. Una mediocridad que le lleva a afirmar a Vuillard que el mundo se rindió ante un bluff, a pesar de la propaganda alemana de la época, que presentaba a su ejército como una maquinaria de precisión.

También causa desconcierto el apoyo del pueblo austriaco a la invasión de su país por los nazis, así como el de la iglesia y los líderes socialdemócratas: “Con el fin de consagrar la anexión de Austria, se convocó un referéndum. Se detuvo a los opositores que quedaban. Los sacerdotes instaron desde el púlpito a votar a favor de los nazis y las iglesias se ornaron con banderas con cruces gamadas. Hasta el antiguo líder de los socialdemócratas pidió que se votara sí. Apenas se alzó alguna voz discordante. El 99,75% de los austriacos votó a favor de la incorporación al Reich”.

Sólo los más de mil setecientos suicidios acaecidos en una semana, se convierten en actos de resistencia y rechazo hacia los nazis, que ya humillaban a los judíos austriacos, rasurándoles la cabeza, llevándolos a rastras por las calles, obligándolos, a cuatro patas, a limpiar las aceras o a comerse la hierba. Sólo los que se quitaron la vida aquellos días parecieron entender que el crimen estaba cerca. Pero como la abyección no tiene límites y, dado que la mayoría de los suicidas lo hacía con gas y dejaban las facturas sin pagar, la compañía austriaca de gas les cortó el suministro a sus compatriotas.

No es, en efecto, El orden del día, una novela de ficción al uso; pero posee un alto valor literario, que reconocemos en la selección de los momentos históricos y en cómo los va alternando; en la voz narradora que valora los hechos, juzga a los personajes e interpela a los lectores; y sobre todo en el lenguaje cuidado y rítmico con el que está escrita.

Sólo te queda el resquemor de que esas grandes empresas alemanas (Bayer, BMW, Siemens, Shell, Telefunken, etc.), que financiaron al partido nazi y utilizaron mano de obra esclava de los campos de concentración (“Vivían allí negros de mugre, infestados de piojos, caminando cinco kilómetros tanto en invierno como en verano calzados con simples zuecos para ir del campo a la fábrica y de la fábrica al campo. Los despertaban a las cuatro y media… los golpeaban y torturaban”), obteniendo, así, grandes beneficios, no hayan respondido de sus crímenes. Como siempre ha sucedido, a lo largo de la historia, los poderes económicos se adaptan, sin ningún tipo de escrúpulo moral, a cualquier ideología y, además, suelen salir indemnes de sus fechorías, a diferencia de lo que nos ocurre al resto de los mortales.