Matar a un ruiseñor

Publicada en 1960, es la primera y única novela de la autora norteamericana Harper Lee. Aborda el problema del racismo en uno de los estados del Sur, Alabama, durante la depresión económica que siguió al desplome de la bolsa de Nueva York en 1929. Aunque pueda parecer algo superado actualmente teniendo en cuenta, por ejemplo, que una persona de color ejerce como presidente de los Estados Unidos, lo cierto es que todavía hay comportamientos o situaciones racistas, como han demostrado las recientes protestas por la muerte de un joven negro desarmado, a manos de un policía blanco, en el estado Misuri.

El racismo en el condado de Maycomb, donde se desarrolla la historia, aparece como un sentimiento irracional. Así, de esta forma tan didáctica, le explica Atticus a su hijo Jem el comportamiento del jurado que condenó injustamente a Tom:

“Aquellos hombres, los del jurado, eran doce personas razonables en su vida cotidiana, pero ya viste que algo se interponía entre ellos y la razón. Viste lo mismo aquella noche delante de la cárcel. Cuando el grupo se marchó, no se fueron como hombres razonables, se fueron porque nosotros estábamos allí. Hay algo en nuestro mundo que hace que los hombres pierdan la cabeza; no sabrían ser razonables aunque lo intentaran. En nuestros tribunales, cuando la palabra de un negro se enfrenta con la de un blanco, siempre gana el blanco.”

La racionalidad que falta en esta localidad es quizá el rasgo que mejor define a Atticus, auténtico protagonista de la novela. Su integridad moral se eleva por encima de los afectos e intereses personales, lo cual lo convierte en un modelo no sólo de abogado sino también de hombre.

Matar a un ruiseñor –título que simboliza la inocencia- se estructura en dos partes claramente diferenciadas, que se unen al final: por un lado, el misterio en torno al personaje de Boo Radley, que ejerce una extraordinaria influencia sobre los niños y que la autora sabe generar desde el principio dejando pistas, como los regalos en el hueco del árbol; y por otro, el juicio a un hombre negro, Tom Robinson, acusado injustamente de violar a una mujer blanca, y cuya defensa le encargan a Atticus

La historia la cuenta, años después de que suceda, la hija de éste, Scout, una niña curiosa e inteligente, que posee la ingenuidad propia de su edad y, en consecuencia, la capacidad para juzgar los hechos, sin los prejuicios raciales que dominan en Maycomb. Es un de los principales logros de la novela, pues esta voz narradora resulta convincente en todo momento por su verosimilitud y espontaneidad. Ni siquiera desentonan sus reflexiones sobre los hechos, que nos anuncian a la mujer madura y juiciosa en la que se acabará convirtiendo.

Además, Matar a un ruiseñor está escrita con fluidez narrativa y con precisión lingüística, a lo que hay que añadir un fino sentido del humor, como cuando la maestra le dice a Scout que tiene que corregir el perjuicio que Atticus le ha ocasionado enseñándola a leer y escribir; o cuando se describe la inusitada expectación que había despertado el juicio a Tom Robinson:

“Parecía una fiesta mayor. En el poste de amarre no había sitio para atar ni un animal más; debajo de todos los árboles posibles había mulas y carros parados. La plaza de delante del edificio del juzgado estaba cubierta de gente sentada sobre periódicos, comiendo bollos con jarabe y empujándolos gaznate abajo con leche caliente traída en jarros de fruta. Algunos mordisqueaban tajadas frías de pollo y de cerdo. Los más pudientes regaban el alimento con Coca-Cola de la tienda, bebida en vasos abombados. Unos niños de cara sucia correteaban por entre la multitud, y los bebés almorzaban en los pechos de sus madres.”

Leer esta novela, más de cincuenta años después de su publicación, es no solo un ejercicio de reflexión sobre uno de los problemas más graves que ha padecido la humanidad, el racismo, sino también un disfrute para los aficionados a las buenas historias.

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