Calle de las tiendas oscuras

El pretexto para contar la historia es original: un hombre, que ha sufrido una amnesia de repente, que le borra su pasado, inicia un proceso de investigación para recuperarlo. Emplea pues, Patrick Modiano, una técnica propia de la novela policiaca, de tal modo que el narrador-protagonista va buscando pistas que le conduzcan hacia esa identidad perdida.

Una de estas pistas, la primera, es un músico, Waldo Blunt, que toca el piano en un bar, en medio del ruido ocasionado por las voces y carcajadas de los clientes: “Me daba pena: me decía que en alguna etapa de su vida lo habían escuchado cuando tocaba el piano. Desde entonces, había debido de acostumbrarse a ese zumbido perpetuo que ahogaba la música que interpretaba.” La situación de este pianista es parecida a la de los profesores que explicamos pacientemente en el aula, elevando nuestra voz, por encima de las conversaciones de los alumnos.

Las pistas le llevan a los recuerdos, aunque primero son atisbos de estos, sacudidas que revuelven el interior de su mente: “Entonces me saltó por dentro un resorte. Las vistas desde aquella habitación me provocaban una sensación de inquietud, una aprensión que ya había sentido antes.” Como, cuando volvemos, a nuestra ciudad natal, después de muchos años fuera de ella, y recorremos sus calles con todos los sentidos alerta, nos detenemos frente a alguna fachada, y nos fijamos en la cara de algún viandante, con la intención de encontrar algo que nos devuelva al pasado.

Poco a poco, los resortes van adquiriendo forma y se convierten en personas a las que conoció: “Cada vez que Mansoure pronunciaba ese nombre de sonoridades lunares y quejumbrosas, notaba que se posaban en mí los ojos pálidos de Denise, como la primera vez.” Así, hasta que parece encontrar su propia identidad, en la época de la ocupación nazi de Francia; pero los recuerdos no son agradables: “Estoy solo. Vuelvo a tener miedo, ese miedo que siento cada vez que bajo por la calle Mirabeau, miedo que se fijen en mí, de que me detengan, de que me pidan la documentación.”

Demuestra Patrick Modiano una especial habilidad para describirnos este proceso de búsqueda. Lo comprobamos, sobre todo, al releer algunos pasajes que nos permitan recomponer el puzle. Además, lo hace mediante un lenguaje claro y sencillo, al que de vez en cuando incorpora imágenes llenas de expresividad: “Tenía una forma de beberse tus palabras, con los ojos como platos y la frente arrugada, igual que si estuvieras profiriendo oráculos”. Se refiere a la extraordinaria atención que ponía al escucharle Wrede, otra persona que se cruzó en la vida del protagonista. O cuando describe la inexpresividad de un japonés con el que coincide en un bar: “Estaba inmóvil, con la cara inexpresiva, y temí que se tambalease en el sillón al mínimo soplo de aire, porque seguramente se trataba de un cadáver embalsamado”.

Quien cuenta la historia desde el presente es Guy Roland –nombre que le puso su amigo y jefe de la agencia de detectives donde trabaja, después de sufrir la amnesia-, pero, a medida que va encontrando pistas, el pasado irrumpe y se va alternando con el presente. Del mismo modo que se alternan su voz narradora con la de una tercera persona, quizá en aras de la objetividad.

Cuando parece que el pasado fluye y que Guy ha logrado recuperarlo, surge la bruma que lo hace desaparecer (el paso frustrado de la frontera, la nieve que le produce sensación de ahogo, la calle de las tiendas oscuras…). Lo que viene a decirnos Patrick Modiano es que la memoria, como la vida misma, es frágil y se esfuma con la misma rapidez que el llanto de un niño.

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