La antiutopía de Fahrenheit 451

Hay temas que preocupan a Ray Bradbury, como el futuro, el desarrollo tecnológico, la destrucción del mundo, o la vida en otros planetas, y que se repiten en su obra literaria: en sus cuentos, como los incluidos en el libro “Crónicas marcianas”, y en sus novelas, como esta que comentamos: “Fahrenheit 451”, que se ha convertido en un clásico de la literatura universal.

Su protagonista, Guy Montag, es un bombero que disfruta quemando libros, en la brigada, comandada por el capitán Beatty, porque viven en un país donde están prohibidos. Pero su encuentro casual con un chica joven, Clarisse, va a cambiar su forma de ver la vida, suscitándole dudas sobre su trabajo y el sentido del mismo.

Sin embargo, lo que en verdad se plantea en esta novela es una antiutopía: lo que puede ser la vida humana programada por un estado omnipresente, que aparentemente vela por la felicidad, aunque se trata de una felicidad artificial, no elegida por sus ciudadanos, cuyos movimientos, e incluso sus pensamientos, son controlados en todo momento. De ahí que esté prohibido pensar y preocuparse por los problemas, porque éstos no existen y, si existen, los soluciona papá estado: “Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno.”

Recuerda este mundo descrito por Ray Bradbury a los regímenes totalitarios, que no respetan las libertades individuales y adoctrinan a sus ciudadanos, desde pequeños, tal como sucedió en la dictadura franquista, en la Alemania nazi o en el régimen de Stalin; por ejemplo, en la época de Franco, se impartía en las aulas “Formación del Espíritu Nacional”, para educar a los alumnos en los principios y valores del régimen. Un mundo donde no se hacen preguntas: “ha de saber que nunca hacemos preguntas o, por lo menos, la mayoría no las hace; no hacen más que lanzar respuestas, y nosotros sentados allí durante otras cuatro horas de clase”. Por eso, se le da a la gente concursos televisivos que puedan ganar recitando de memoria canciones populares o nombres de capitales; no materias que hagan pensar, como la filosofía o la sociología, pues por este camino se llega a la melancolía. 

Pero Ray Bradbury no sólo describe lo que sucede en las dictaduras, sino que se anticipa al mundo de hoy día, en especial, en la función que atribuye a la televisión de entretener a las personas, evitándoles que piensen y cuestionen al poder establecido. También en esa visión de la felicidad, como algo obligatorio y programado, que conecta con el hedonismo predominante en la actualidad.

Una obra, Fahrenheit 451, que quizá no nos cautive por la forma en que está escrita; pero que nos pone en alerta sobre el futuro que se avecina, ya bastante presente, si descuidamos la defensa de las libertades individuales y el valor de los libros, impresos o digitales, indispensables para pensar y cuestionarnos las verdades impuestas.

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