Diario de invierno

El título de este último libro de Paul Auster no sólo alude a que lo escribió, durante el invierno del año pasado, sino también metafóricamente a su propia edad física, 64 años, cuando aparecen las primeras señales de la vejez.

El autor norteamericano deja a un lado las historias de ficción, a las que nos tiene acostumbrados y se adentra en su propia vida; pero, como en el caso de Ernesto Savato (Antes del fin), no nos ofrece un libro de memorias al uso, sino “un catálogo de datos sensoriales”, producto de indagar lo que ha sido vivir en el interior de su cuerpo, desde el primer día que recuerda estar vivo, hasta el momento presente.

Así, va relatando sus vivencias y recuerdos: los dos accidentes que tuvo en su infancia, las primeras experiencias sexuales, los viajes por países de todo el mundo, las numerosas casas donde ha vivido, sus ataques de pánico, los dos matrimonios contraídos, sus momentos de cólera y de cobardía, la muerte de sus padres, el aprendizaje del oficio de escritor y las dificultades para vivir del mismo, etc. Lo hace, además, sin seguir un orden cronológico estricto, pues va de la niñez a la vejez, de la vejez a la adolescencia, de la adolescencia al periodo adulto, etc., relacionando episodios, que han tenido lugar en diferentes etapas de su vida. Esto desconcierta, en un principio, pero acaba resultando grato adaptarse al discurrir aparentemente caprichoso de su memoria, donde en realidad hay un orden interno que nos viene dado por la presencia más o menos persistente de los placeres y los dolores.

Las diferentes historias nos las cuenta una segunda persona, tras la que se oculta el propio autor, y que le permite, sin renunciar a la verosimilitud de lo narrado, evitar la subjetividad de la primera persona, es decir, marcar distancias con respecto a esta y, de este modo, alcanzar un mayor grado de autenticidad. Destacan, en este sentido, las páginas dedicadas a su madre, un prodigio de ternura e introspección, donde describe las tres mujeres que habitaban en ella:

“A un lado estaba la diva, la persona encantadora (…), que embelesaba al mundo en público, la joven con el obtuso y negligente marido que anhelaba atraer sobre ella los ojos de los demás (…). En medio, que era con mucho el espacio más amplio que ocupaba, había una mujer seria y responsable, una persona inteligente y humana, la que te cuidaba de pequeño, la que iba a trabajar, la mujer que emprendió pequeños negocios a lo largo de muchos años (…) la insuperable contadora de chistes y un as en los crucigramas (…). Al otro lado, en el extremo de su personalidad, estaba la débil y asustadiza neurótica, la desamparada criatura presa de virulentos ataques de ansiedad, la mujer llena de fobias cuyas incapacidades fueron creciendo con el paso de los años…”

Son palabras que nos presentan a una mujer compleja y que nos hacen reflexionar sobre nuestra propia vida y escribir mentalmente nuestro propio libro de memorias. Esto es lo máximo que se le puede pedir, como lector, a un libro y quizás el principal logro de Paul Auster en Diario de invierno.

 

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