El pasado nunca muere

Durante las últimas semanas, los compañeros me preguntan qué siento estando tan cerca de la jubilación. Les respondo que nada especial, pues las clases me absorben y no me da tiempo a pensarlo; pero no es del todo cierto, porque, después de casi treinta y seis años en la enseñanza, mi vida va a cambiar. Hace unos días, mientras me dirigía conduciendo al instituto, pensaba en ello y de súbito me invadió un sentimiento de nostalgia de algo que todavía no se había producido; pero que inevitablemente se producirá, a partir del próximo curso. Sentí pena de verme ausente del instituto y pensé que al Seat Toledo que conducía también le iba a cambiar la vida. Al dejar de utilizarlo diariamente, quedará aparcado en algún lugar de la calle y, con el paso de los días, el polvo y la suciedad se apoderarán de él.

Así que el sentimiento de nostalgia era doble: por mí y por mi vehículo. Y vino a mi mente la copla de Jorge Manrique:

 

Recuerde el alma dormida,


avive el seso y despierte,


contemplando


cómo se passa la vida,


cómo se viene la muerte


tan callando;


cuán presto se va el plazer,


cómo después, de acordado,


da dolor;


cómo, a nuestro parescer,


cualquiera tiempo passado


fue mejor.

 

Con estos versos, la tristeza originada por el recuerdo de algo que aún no había perdido se acentuó. Pero también pensé en Faulkner, el maestro de la narrativa moderna, cuando escribió: “El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”. Y apliqué esta gran verdad a mi vida: mi experiencia como docente nunca terminará de pasar; siempre estará ahí operando sobre el presente, formando parte de él, cuidándome, de igual modo que yo puedo cuidar la carrocería del Seat Toledo, lavándolo de vez en cuando.

6 pensamientos en “El pasado nunca muere

  1. No permitiremos, Matías, que tu coche se cubra de polvo. Si tú, por azar, te olvidas de su cuidado y limpieza, ten por seguro que cualquiera de nosotros te recordará que precisa de un lavado y, si es necesario, te lo programaremos, como te sugerí el otro día, «directivamente».

  2. ¡Qué buena entrada, Matías! ¡Qué redonda! ¡Cómo habría disfrutado con ella Vladimir Propp! No dejes la escritura; ahora menos que nunca, maestro y amigo.

  3. Cuando me lo comentaste por teléfono, no acababa de creerlo: ¡Te jubilas!
    En ese momento, me sentí muy afortunado, por haber pertenecido durante los dos últimos años, a la «nómina de alumnos», que han gozado de la ilusión y profesionalidad que has derrochado en cada minuto de tus clases.
    La docencia pierde un gran profesional, además de una persona que engrandece el significado de la palabra «humanidad».
    ¡Nunca podré agradecerte lo suficiente, todo lo que me has ayudado! ¡Gracias a tí, hoy puedo decir que he superado las Pruebas de Acceso a Grado Superior (en lo que a Lengua se refiere)!
    ¡Muchas gracias por todo y espero que disfrutes de una merecida y estupenda jubilación! ¡Te lo mereces!

  4. Gracias, Alfonso, soy yo quien tiene que agradecerte a ti el haberte tenido como alumno. Te deseo lo mejor en la nueva andadura que inicias el curso próximo.

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