Historia de una parábola


En pocas novelas están los personajes tan plenamente integrados en la naturaleza, como en las de John Steinbeck: “Kino se levantó antes del amanecer. Las estrellas aún brillaban y el día había dibujado apenas un pálido bosquejo de luz en la parte baja del cielo, en dirección al este. Los gallos habían estado cantando desde hacía rato, y los primeros cerdos ya habían comenzado su incesante voltear de ramitas y aserrín para ver si había algo de comer que hubiese pasado inadvertido. Afuera de la choza, en el montón de atún, una bandada de pajaritos gorjeaban y agitaban, sus alas”.


Este es el inicio de ​La perla​, con el protagonista, Kino, levantándose antes del amanecer en medio de la naturaleza, con las estrellas brillando en el cielo y los animales iniciando sus primeros cantos y movimientos de la mañana. Su cabaña hecha de ramas se encuentra al lado de otras, donde también reina la tranquilidad y sólo se escucha la Canción clara y delicada de la Familia. Pero cuando surge algún tipo de peligro se oye una nueva canción, la Canción del Mal, “la música del enemigo, de un enemigo de la familia, una melodía salvaje, secreta y peligrosa”, porque todo lo que veían, hacían o escuchaban lo convertían en canción.


Él pertenece a uno de los dos pueblos antagónicos, que aparecen en la novela, el de los indígenas, que están sometidos a los blancos, los cuales constituyen el pueblo explotador. Steinbeck precisamente denuncia esta explotación y la estructura social que la permite y la perpetúa. Mientras que los indios, como hemos visto, viven en contacto íntimo con la naturaleza; los blancos, en cambio, viven de espaldas a ella, aislados en sus casas lujosas de las ciudades.


Sucede un hecho, el hallazgo de la perla más hermosa y más grande jamás vista, que va poner al descubierto el engaño y el acoso de una sociedad materialista, traída por los hombres blancos, los cuales demuestran una hipocresía y un interés que los define, como grupo social. Pero este efecto perverso va a afectar también al propio Kino a quien el hallazgo de la perla despierta un ansia de mejorar que al final acaba volviéndose en su contra, a pesar de la legitimidad de este deseo, que pasa fundamentalmente por que su hijo, Coyotito, estudie: “Mi hijo abrirá los libros y los leerá. Y mi hijo sabrá de números. Y esto nos hará libres porque sabrá, y, como él sabrá, nosotros aprenderemos de él”. La educación como vía para la liberación y la emancipación de los pobres. ¡Ahí es nada!

La lectura se hace amena, gracias a un lenguaje sencillo y al simbolismo que le confiere una dimensión poética a la novela, aunque al mismo tiempo nos hace sufrir la peripecia vital de Kino y su familia, que despierta la solidaridad de los de su clase; pero también la envidia de los poderosos, que tratan de quitarle la perla, utilizando todo tipo de argucias.


El maravilloso final nos deja la duda de si el protagonista ha fracasado o, por el contrario, hemos de interpretarlo como el resultado de un aprendizaje, que le lleva rechazar un mundo materialista donde prima el dinero por encima de la dignidad. Su vuelta a La Paz, que se produce curiosamente al atardecer (“El dorado atardecer estaba declinando cuando unos niños, a la carrera, llegaron histéricos al pueblo y corrieron la voz de que Kino y Juana se encontraban de vuelta. Y éste fue quizás el detalle que más impresionó a aquellos que los vieron”), supone la reintegración definitiva de Kino en el mundo natural al que pertenece.

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