Ser una mujer negra en la sociedad actual

Se trata de una novela coral, protagonizada por doce mujeres que abarcan un amplio espectro de edades, clases sociales, sexualidad y cultura. Está escrita en verso libre, sin punto, lo que le da una densidad, continuidad y ritmo más propio de la poesía, que, además, se ve reforzado por el uso continuo de la anáfora: 

“Yazz y Warris han llegado al campus y caminan por el paseo, la lluvia amaina, el cielo se despeja, aparece el arcoíris

dejan atrás el gimnasio de donde entran y salen estudiantes con ropas deportivas

dejan atrás la lavandería, estudiantes en modo zombi mirando las vueltas de las lavadoras y jugando con sus móviles

dejan atrás el centro cultural donde hay una galería y una cafetería que vende café y tartas a precios inefables para los pijos que van al campus solo por parar allí

dejan atrás los bloques del barrio de las residencias con estelas de música y hierba saliendo por las ventanas, hasta llegan a la suya”. 

No parece que haya un orden preestablecido ni en la narración de las historias ni en la sucesión de las voces, aunque hay un nexo común a todas ellas,  que son mujeres negras: Amma, autora de obras de teatro, de ideas feministas y que pasó años al margen del sistema;  Yazz, su hija que estudia en la universidad y se siente muy segura de sí misma; Dominique,  amiga y productora de las obras de teatro, que escribe Amma; Carole, que  logra con su determinación estudiar en la universidad de Oxford y desempeñar un cargo importante en un banco de Londres; Bummi,  su madre, que trabaja de limpiadora, a pesar de que es Licenciada en Matemáticas; La Tisha, amiga de Carole, que es cajera en un supermercado; Shirley, que estudió Historia y ejerce como profesora en su antiguo instituto; Winsome, madre de esta, que vive desahogadamente en Barbados y se siente agradecida a la vida; Penélope, que trabaja en el mismo centro que Shirley y hace valer su voz ante los compañeros, que las discriminan; Megan, transexual, que cambia su nombre por el de Morgan; Hattie, su bisabuela, que vive en la granja Pastos Verdes, la cual quiere dejarle como herencia; y Grace, madre de Hattie, que quedó huérfana a los ocho años y se crió en un hogar para chicas. 

La propia autora ha explicado el proceso de selección de estas mujeres, rompiendo con la perspectiva reduccionista, que predomina en el cine y en la literatura: “Inventé tantos perfiles como pude. Los negros somos prácticamente invisibles en la ficción, pero incluso, cuando lo somos, estamos sometidos a muchos estereotipos, como el de los chicos violentos y las mujeres que se prostituyen”. 

Al leer la novela, tenemos la impresión -y esto lo ha captado muy bien la traductora, Julia Osuna Aguilar- de que Bernardine Evaristo se ha metido en el interior de estos personajes femeninos, que nos hablan a nosotros, como si estuvieran revelándonos una confidencia. Por eso, el lenguaje se va adaptando a las características de cada uno, aunque se aprecia desde el principio un estilo cercano a la oralidad, sencillo y desenfadado, sin aderezos, en sintonía con el carácter libre y un punto anárquico del primero de ellos, Amma, que es un trasunto de la propia autora: “ella quiere que la gente vaya a ver sus obras con curiosidad puesta, le importa un comino la ropa que lleven, además tiene su propio estilo ¡que te den!, que ha evolucionado, cierto es, desde el peto vaquero del cliché, con la boina del Che, el palestino y la chapa perenne de los símbolos femeninos entrelazados (eso sí que era dar la chapa, nena)”. 

Las descripciones son igualmente sencillas, pero con imágenes brillantes y sugestivas: “aquella mujer era una estatua, le relucía la piel, la ropa le flotaba alrededor, tenía rasgos esculturales, labios gruesos, rastas como finos cordeles en caída libre hasta las caderas y salpicadas de amuletos de plata y abalorios de colores”. Así, nos da a entender la fortaleza y sensualidad de Nzinga, una mujer que se había hecho a sí misma, superando una infancia horrible, y con la que Domique mantiene una relación apasionada que deriva en un sentimiento de posesión y agresividad por parte de la primera. 

Y sobre todo Bernardine  Evaristo hace gala de un fino sentido del humor, al describir a los personajes, pues le bastan dos pinceladas para ridiculizarlos o para ponderar su sensibilidad: 

  • “Dominique se disponía a hablarle de su festival super capitalista cuando la ha rescatado una amiga que trabajaba con la compañía en los ochenta, Linda, una escenógrafa que antes tenía hechuras de golfilla callejera y ahora tiene constitución de carcelero de gulag”
  • “ella la ha saludado efusivamente, se ha despedido igual de efusiva y ha dicho poco más entre medias, lo que se llama su “emparedado de hola y adiós” reservado para la gente con la que tienes que ser amable”. Así se refiere a Shirley.
  • “cuando Bummi vio a su hija recoger el título el día de su graduación, le rodaron por la cara unos lagrimones tan gordos que parecían latigazos de lluvia contra una ventanilla de coche sin limpiaparabrisas”.

Pero, con independencia de la raza negra a la que pertenecen los personajes, en Niña, mujer, otras se reivindica la libertad de la mujer, en general, que sufre la discriminación en nuestra sociedad: “un par de amigas le sugirieron -a Amma- que fuera a terapia para que le ayudaran a sentar cabeza (por su promiscuidad sexual), les respondió que ella era prácticamente virgen comparada con las estrellas del rock masculinas que fardaban de conquistarlas por miles y a las que encima admiraban por ello ¿y a esos les ha dicho alguien que vayan a mirárselo, a psicoanalizarse?”. 

En este sentido, la novela es muy actual, como cuando habla del incierto futuro que les espera a las jóvenes universitarias, como Yazz: “tiene a dos de las miembros de su cuadrilla de la uni, las Injodibles, sentadas a los lados, Waris y Courtney, quienes como ella trabajan duro porque están todas empeñadas en sacarse un buen título porque sin eso la llevan clara aunque de todas formas la llevan todas clara, eso lo tienen asumido cuando acaben la facultad será con una deuda de campeonato y una competitividad loca por un puesto de trabajo y los precios indignantes de los alquileres que se ven por ahí suponen que su generación tendrá que volverse a vivir a casa de sus padres ¡para los restos!”. O cuando se refiere a la vida, antes y después de los atentados del 11-S, para personas, como su amiga somalí Waris, que utiliza el hijab como expresión de su identidad musulmana, y a la que miran con una hostilidad “que va a peor cada vez que a un yihadista le da por volar por los aires a gente blanca”. O cuando habla del racismo, a través de personajes como, Carole, que llega a la universidad de Oxford donde nadie le dirige la palabra y la hacen sentirse “aplastada, minúscula, una don nadie”;  Ada Mae, que se pintaba en los dibujos como si fuera una niña blanca; y su hermano Sonny, que no quería que lo vieran con su padre negro, más allá del pueblo. O en fin cuando critica sarcásticamente la excesiva burocracia del Plan de Estudios Nacional, el equivalente a nuestra reforma educativa, que limita la libertad de cátedra del docente: 

“el cuartel general de la Gestapo impuso entonces la programación de aula, otra palabrota que agregar al canon cada vez más amplio de Shirley: ¡plan de estudios nacional! ¡ránquines de posicionamiento! ¡programación de aula! 

todo lo cual dejaba sin espacio para responder a las necesidades fluctuantes de una clase de niños vivitos y coleando, individuos cada uno de ellos 

tampoco podía ya redactar libremente los informes escolares, algo que en realidad siempre le había gustado, felicitar a sus alumnos por sus progresos, hacer saber a los padres que estaba velando por sus hijos 

en lugar de eso tenía que poner cruces siguiendo una lista de afirmaciones genéricas 

ya no podía decir, por ejemplo, que un chico había mejorado su caligrafía, y por tanto su trabajo era más legible y merecía mejores notas porque ella lo había alentado a sentarse recto, concentrarse y escribir más despacio”. 

Las mujeres que protagonizan esta novela -Premio Man Booker, 2019- tienen algo más en común, pues sus vidas, las de la mayoría, han estado llenas de obstáculos, que han tenido que superar, y muchas de ellas han pasado por situaciones dramáticas, como el rechazo social o la violación. Quizá por eso predomina un cierto sentimiento de frustración, que acompaña a cualquier persona, porque las expectativas y los planes de futuro que nos trazamos, con el paso del tiempo, no siempre nos satisfacen del todo o simplemente nos defraudan. Sin embargo, no llegamos a verlas como víctimas, probablemente porque no estaba en la intención de la autora: “No quería crear personajes que fueran víctimas, porque ya ha habido suficientes mujeres negras que eran personajes trágicos”.

Al final, se retoma el estreno de la obra de teatro de Amma, al que se había hecho referencia al principio de la novela, y que le sirve a Bernardine Evaristo para enlazar las historias de estas mujeres, pues la mayoría asisten al mismo; y, además, en el epílogo, se produce un reencuentro inesperado y entrañable, que nos hace reflexionar y volver sobre capítulos anteriores, que habían dejado en el aire algunas interrogantes: 

“que equivocada estaba, a las dos se le saltan las lágrimas y es como si los años estuvieran regresando atrás en el tiempo y borrando sus vidas entre medias

la cuestión no es sentir algo o decir palabras

la cuestión es estar

juntas”.

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