EL LECTOR

Habitualmente he leído, primero, una novela y, después, veo su versión cinematográfica. Me vienen a la memoria grandes películas, como “La colmena” y “Los santos inocentes”, adaptaciones de novelas homónimas de Camilo José Cela y Miguel Delibes, respectivamente.

En cambio, con “El lector” me ha sucedido justamente lo contrario: hace unos meses vi la película, dirigida por Stephen Daldry y magníficamente interpretada por Kate Winslet, en el papel de Hanna, y estos días acabo de terminar la novela del mismo nombre, escrita por Bernhard Schlink.

Al leerla, he puesto rostro a los personajes, sin necesidad de imaginármelos, a partir de las indicaciones de su autor. Además, como conocía el argumento, su lectura tampoco ha suscitado en mí la curiosidad por lo que iba a suceder. Sin embargo, he disfrutado, profundizando en los personajes, deteniéndome en los motivos que les impulsan a actuar de una determinada manera, particularmente, en el caso de Hanna y el secreto de su analfabetismo; y sobre todo he disfrutado con la forma, con el estilo en el que está escrita la novela, con el poder evocador del lenguaje, que le permite al narrador-protagonista, por ejemplo, contraponer con extraordinaria eficacia sensitiva la Hanna de la que estuvo enamorado, con la que va a visitar en la prisión, veinte años después.

“El lector” es una novela sobre la seducción amorosa y el sentimiento de culpa, cuyo argumento resulta muy atractivo para los aficionados a la lectura, pues la protagonista le exige a su joven amante que le lea, en voz alta, fragmentos de obras literarias, antes de mantener relaciones sexuales; pero el pasado de ella oculta algo que cambiará las vidas de ambos, como cambió la de toda una generación de alemanes, que aceptó, de una u otra manera, las atrocidades del nazismo.

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