MIGUEL HERNÁNDEZ

Hay en la historia de la literatura española numerosos casos de escritores, donde la vida y la obra aparecen íntimamente unidas: desde Garcilaso de la Vega, en el siglo XVI, hasta Gustavo Adolfo Bécquer, en el XIX. Pero es difícil encontrar un autor enfrentado a circunstancias vitales tan adversas como Miguel Hernández.

Precisamente, en estas circunstancias, que condicionaron su existencia, centra su excelente biografía Eutimio Martín.

La primera de ellas fue que su padre le obligó a salir del colegio -donde había demostrado sus cualidades para el estudio- a los 15 años, lo cual le causó una profunda frustración. Años más tarde, escribió Miguel Hernández:

“Al hijo del rico se le daban a escoger títulos y carreras; al hijo del pobre siempre se le ha obligado a ser el mulo de carga de todos los oficios. No le han dejado ni tiempo ni voluntad para elegir un camino en el trabajo. (…) Las universidades no han tenido puertas ni libros para los hijos pobres (…) los hijos de los ricos, por muy dignos de cuidar cerdos que fueran, gozaban de todo y sólo para ellos se abrían las aulas.”

La segunda circunstancia adversa fue la frustración amorosa, a pesar de que se incluya a la pareja Miguel y Josefina, su mujer, entre los amantes célebres. Tanto su primer libro de poemas “Perito en lunas”, como su segundo “El rayo que no cesa”, ocultan una libido desenfrenada:

 

“¿No cesará este rayo que me habita

el corazón de exasperadas fieras

y de fraguas coléricas y herreras

donde el metal más fresco se marchita?

 

¿No cesará esta terca estalactita

de cultivar sus duras cabelleras

como espadas y rígidas hogueras

hacia mi corazón que muge y grita?

 

Este rayo no cesa ni se agota:

de mí mismo tomó su procedencia

y ejercita en mí mismo sus furores.

 

Esta obstinada piedra de mí brota

y sobre mí dirige la insistencia

de sus lluviosos rayos destructores.”

Considera Eutimio Martín que el rayo que no cesa de herir al poeta es la consecuencia angustiosa de un deseo sexual insatisfecho.

La tercera fue la guerra civil, cuyo desenlace acabó no sólo con el ideal republicano de convertir a España en un país más justo, sino también con su aspiración personal de ejercer con libertad el oficio de poeta:

“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.”

Tras la guerra civil, estando Miguel Hernández en la cárcel, condenado a muerte por haber permanecido, durante toda la contienda, en la zona roja, escribiendo y hablando en defensa de la causa republicana, se negó a colaborar con la nueva prensa del régimen franquista, sabiendo que, si aceptaba, podía conseguir su liberación. Fue el último ejemplo de coherencia y fidelidad a sus ideas.

En estos tiempos que corren, donde la corrupción está a la vuelta de la esquina, recordar a Miguel Hernández, con motivo del primer centenario de su nacimiento, es recordar a un poeta entregado con pasión al oficio de escribir y a una persona digna e íntegra.

Finaliza Eutimio Martín su muy recomendable biografía con estas palabras dichas por el poeta de Orihuela al escultor Alberto Sánchez, pero que se podrían aplicar a él mismo:

“La vida de los hombres suele ser retorcida como las raíces de los tomillos en su lucha por subsistir; pero hay muy pocos que al final de esta lucha huelan tan profundamente y limpiamente como éste.”

 

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