Cubierta del libro Carta de una desconocida

El inicio de la carta que recibió el novelista R. en su casa no puede ser más desgarrador: “Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches he tenido que luchar con la muerte que rondaba a esa pequeña y frágil vida”. La autora de la misma sólo quiere compartir su desolación y su íntimo secreto con este hombre del que siempre ha estado enamorada, aunque él no lo ha sabido nunca. Cuenta su historia con sencillez, delicadeza y mesura, muy lejos del estilo retórico y altisonante de los folletines románticos, lo cual le da visos de autenticidad. Quizá por esto nos atrapa desde el principio, sin darnos tregua hasta el final, revelando poco a poco los pormenores del secreto, sin detenerse en detalles innecesarios, centrándose en lo esencial del mismo, que son los sentimientos de ella, que por la persistencia en el tiempo llegan a parecernos abrumadores. 

Pero, al mismo tiempo que nos introducimos en la psicología de esta mujer desconocida y conocemos su desgraciada historia, sentimos un cierto desasosiego por lo que debe estar experimentando el personaje del escritor, que lee la carta: si lamenta no haberla reconocido en los encuentros que tuvo con ella, si siente el deseo de volverla a ver, si se considera culpable de alguna manera por lo sucedido… 

En este sentido, Stefan Zweig demuestra una extraordinaria capacidad para sugerir mucho más que lo que cuenta, pues lo que sabemos sobre el destinatario de la carta es únicamente a través de la mujer desconocida, que sin duda está condicionada por la indiferencia de él. Sólo al final se nos da a entender algo sobre su estado anímico: “Él dejó caer la carta, las manos le temblaban. Entonces empezó a cavilar durante un buen rato. Recordaba vagamente a una niña vecina suya, a una joven, a una mujer que había encontrado en un local nocturno, pero era un recuerdo poco preciso y desdibujado, como un piedra que tiembla en el fondo del agua que corre”.

La estructura “in extrema res”, porque la novela se inicia en el punto final de la historia, cuando el novelista R. llega a su casa y ya ha pasado todo lo que se cuenta, supone aplicar un orden artificial, que no se corresponde con la sucesión cronológica normal de los hechos; pero resulta muy eficaz literariamente, pues vamos a conocer el secreto de la mujer, al mismo tiempo que él lee la carta, con lo cual le acompañamos en su más que probable desasosiego.

Cabe preguntarse por qué esta mujer se enamora de una forma tan obsesiva, casi patológica, desde que era una niña, aunque ella misma nos da alguna pista: “Antes de que tú mismo te hicieras presente en mi vida, había ya un nimbo alrededor de ti, una aureola de riqueza, de un ser especial y misterioso. Todos, en aquella casa del barrio bajo –quienes llevan una vida estrecha sienten curiosidad hacia un recién llegado-, esperábamos con impaciencia tu aparición”. Es decir, la atracción que siente no sólo es hacia la persona del escritor, sino también hacia la forma de vida desahogada y todo lo que rodea a esta: el mayordomo, el lujo, la sensibilidad…

La mujer desconocida se deja morir porque para la persona a la que ha amado durante toda su vida ella no existe, puesto que jamás la ha reconocido ni recordado: “No te dejo ninguna fotografía ni ninguna señal, del mismo modo que tú no me has dejado nada y nunca me reconocerás, nunca. Era mi destino en la vida; que lo sea también en la muerte, pues. No quiero llamarte para que acudas en mi última hora, me voy sin que conozcas mi nombre ni mi cara. Muero fácilmente porque tú desde lejos no puedes sentirlo”.

La referencia final al jarrón vacío, donde él solía poner las rosas blancas, ignorando que era ella quien las enviaba, y donde se detuvo su mirada, una vez leída la carta, es un símbolo del amor eterno, pues ambos acaban unidos de algún modo para siempre.

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