El informe de Brodie


Tienen los cuentos de Borges una peculiaridad: que nos invitan a releerlos. Sea por las citas, con frecuencia, literarias, o por las referencias concretas a las fuentes, con las que suele encabezarlos, sea por la cuidada construcción de los mismos, incluidos los desenlaces sorprendentes, lo cierto y verdad es que acabamos releyéndolos y descubriendo aspectos que habían pasado inadvertidos en una primera lectura.

Así, en el magistral “La intrusa” percibimos que el terrible final, que se cuenta de forma lapidaria (“Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no habrá más perjuicios”) está anunciado sutilmente, antes, en la presentación de los hermanos, como dos hombres propensos a la pelea. O el protagonismo que alcanzan las armas en el titulado “El encuentro” también se nos sugiere bastante antes del final, con la visita del niño Borges al interior de la casa. Y algo similar acontece en “Juan Muraña”, donde el sueño que tiene su sobrino, Emilio Trápani, es un presagio del desenlace.

Esto revela la sólida armazón de los cuentos, donde se unen –en palabras de Ricardo Piglia, gran estudioso de la literatura borgiana- la civilización y la barbarie. La primera, que le vendría al autor argentino de su padre, que contaba con una nutrida y variada biblioteca; mientras que la segunda tendría relación con los antepasados de su madre, entre los que había “soldados y estancieros”, y con la propia historia argentina, donde se encuentra la figura del gaucho, habitante de las llamadas “tierras de nadie”, que no obedecía ni aceptaba las normas sociales y de trabajo.

La mayor parte de los que integran El informe de Brodie son un buen ejemplo de esta alianza entre civilización y barbarie, pues suelen partir de algo que ha oído o leído el autor, para a continuación contarnos historias, donde predominan la violencia y las pasiones.

Por ejemplo, “La intrusa” comienza así: “Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido…”. Y las primeras palabras del titulado “El informe de Brodie” son estas: “En un ejemplar del primer volumen de las Mil y una noches (Londres, 1840) de Lane, que me consiguió mi querido amigo Paulino Keins, descubrimos el manuscrito que ahora traduciré al castellano…”.

La temática es variada: desde el tiempo, que aparece, en todos los cuentos, en especial la idea circular del mismo; pasando por la preocupación por el destino, que se reconoce, por ejemplo, en “Historia de Rosendo Juárez”, personaje que, cuando toma la decisión de no pelear, se rebela contra lo que había sido su vida; hasta la violencia y muerte, pues en casi todos se producen o se anuncian duelos o asesinatos, como en el extraordinario “El evangelio según San Marcos”.

El punto de vista narrativo corresponde predominantemente a una primera persona, que frecuentemente no es Borges, sino un personaje de clase social baja, que le cuenta algo vivido por él mismo. Y lo hace de forma lineal, con sentido del ritmo, mediante un lenguaje sencillo y directo, y demorándose en los prolegómenos, con el fin de captar la atención del oyente, como en las historias orales.

Curiosamente Borges, cuando publicó este libro, llevaba más de veinte años escribiendo sus cuentos de memoria y dictándoselos después a su mujer o a sus amigos, porque se había quedado ciego.

Hablaremos de El informe de Brodie mañana, miércoles, a las 18:30, en el club de lectura del instituto.

Todo en la vida es negociable


Desde el principio, nos encontramos a un personaje, Huguito, que vive en la ensoñación de ser único y de que el destino le tiene reservado algo bueno y especial, tal y como sucede en otras novelas de Luis Landero, como Juegos de la edad tardía y Hoy Júpiter. Esto le genera unas expectativas que se ven incrementadas por el conocimiento de dos secretos -el que le cuenta su madre, que aparentemente tiene que ver con la salud mental de esta, y el que le revela su padre sobre la particular forma de llevar sus negocios-, los cuales cambian su papel en la vida, porque de débil pasa a ser fuerte, de dominado a dominador:

“Comimos los tres en silencio, no un silencio único para todos sino cada cual metido en el suyo propio, y era curioso, porque mi madre, quizá alarmada por el temor de que hubiese podido contarle el secreto a mi padre durante nuestras correrías laborales, no se atrevía a mirarlo, y en cuanto a mi padre, cohibido por mi presencia y avergonzado de sus fechorías, no se atrevía tampoco a mirarnos ni a mi madre ni a mí, y solo yo podía encararlos sin miedo, con la seguridad de que ellos no se arriesgarían a enfrentar mi mirada”.

También contribuyen a generarle confianza en sí mismo algunas frases que encuentra en uno de los libros de su padre: “No hay nada que no puedas ser, no hay nada que no puedas hacer (…); Más vale poner nuestra meta alta y quedarse corto que ponerla baja y conseguirla; (…) Cree, sueña, atrévete”.

Así, pues Landero dota al personaje de las armas necesarias para vivir sus ensoñaciones, como Cervantes a don Quijote; pero estas no acaban materializándose. La vida de Huguito se desarrolla del sueño a la decepción y de la decepción al sueño, en una sucesión ininterrumpida e interminable, contra la que no puede hacer nada: campesino, sabio, comerciante… Es el pesado fardo de los deseos imposibles, o mejor dicho, que sólo lo son en la imaginación de personajes como él, y que le llevan a choques continuos contra la realidad, aunque siempre se libra del descalabro, gracias a un destino fatal, el de peluquero, que le persigue y al que siempre acaba adaptándose.

Y del mismo modo que don Quijote necesitaba a su escudero Sancho Panza, que representa la racionalidad y el sentido común, para acompañarle en sus aventuras, él necesita a Leo, su mujer, para ayudarle a realizar sus maravillosos proyectos de trabajo.

La historia está escrita en primera persona, frente al narrador omnisciente que predomina en la mayoría de sus novelas anteriores, con la inmediatez y autenticidad que ello implica, pues el protagonista imagina que cuenta su vida a un auditorio fiel de pelucandos, a partir de un presente incierto.

Luis Landero confirma con esta novela su extraordinaria capacidad de narrador, engarzando hábilmente unos acontecimientos con otros, unas fantasías de Huguito con otras; y su estilo brilla, como siempre, en las descripciones sutiles y penetrantes, como esta del silencio: “Y ahora entra en escena otra vez el silencio, su majestad el silencio, el que a veces te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, el urdidor de equívocos, de esperanzas, de angustias, de culpas, de las más fantásticas sugerencias e hipótesis, (…) el histrión desvergonzado al que no le importa hacer público lo inconfesable sin miedo ni rubor, el mago que convierte lo claro en turbio y lo inescrutable en evidente, el que con más secreta elocuencia nos define, porque tanto o más que nuestras palabras los demás nos conocen e intuyen por nuestros silencios”.

Es el estilo que le permite penetrar en el interior del protagonista, para descubrirnos su miseria moral, su capacidad de odio y venganza, cuando su proyecto de regeneración fracasa; pero también su aversión al tedio, que da lugar a nuevos proyectos de vida: “Era el tedio, el monstruo del tedio, que venía con su cara de ceniza y su lento desfilar al ritmo del tambor, y su lúgubre cortejo de fantasmas, a clausurar oficialmente mi vida con el sello mortal de la monotonía. No hay trabajo más agotador e insufrible que la rutina frustrante de las horas, los días, los meses, todos iguales a sí mismos, el mismo trayecto diario, las mismas calles, la misma plaza…”

Y siempre haciendo gala de un sentido del humor inteligente e irónico, como cuando el brigada Ferrer le habla de la autoridad de los peluqueros sobre los pelucandos, que “es comparable acaso a la del médico con sus pacientes o a la del sacerdote con sus feligreses. Al peluquero le cuentan lo que a nadie se atreverían a contar, secretos sobre su trabajo, sobre su matrimonio… Y es que, de algún modo el cabello es la extensión del pensamiento y hasta de la conciencia”. O cuando su amante, la coronela, le da a entender a Huguito, el mecanismo para saber si su marido, el coronel, está en el cuartel: “Y ella desde el sueño dijo algo de un banderín y una corneta, y señaló a una ventana, y yo comprendí enseguida, porque desde la ventana se veía un banderín que, en efecto, permanecía arriado cuando el coronel estaba fuera del campamento, y al llegar se izaba, al tiempo que se daba un toque de corneta…”.

Merece la pena soñar con un futuro mejor, con un trabajo que colme nuestros deseos y nos asegure una vida digna, tal como hace el protagonista de esta novela, frente a la resignación de otros personajes, como el viejo peluquero Baltasar; pero siendo consciente de nuestras limitaciones, porque en la vida, como sugiere el título, todo es negociable, empezando por uno mismo.

Actualidad de “Utopía”

 

Utopía surge, en parte, por el descubrimiento de América, con los relatos de una cultura y una forma de organizarse social y políticamente diferente a lo que existía en la Europa Medieval. Es probable que este hecho estimulara a Tomás Moro a imaginar un mundo ideal, caracterizado por la justicia, la libertad y la solidaridad, en consonancia con el nuevo espíritu renacentista, y donde primara el interés común por encima del individuo.

A mí, personalmente, la lectura de este libro, publicado por primera vez en 1516, me ha suscitado un doble sentimiento de admiración y asombro.

Por un lado, me admira la solidaridad de Tomás Moro hacia los más necesitados, impensable en una época, donde los reyes estaban obsesionados con ampliar su poder, manteniendo ejércitos permanentes que arruinaban al pueblo, y los nobles explotaban miserablemente a los campesinos, con el fin de obtener el máximo beneficio de sus tierras.

Como ejemplo de esta solidaridad, su crítica a la pena de muerte para el ladrón, acompañada de un certero análisis de las causas del delito: “Es desproporcionadamente cruel como castigo de los robos e ineficaz como remedio. Un robo no es un crimen merecedor de la pena capital. Ni hay castigo tan horrible que prive de robar a quien tiene que comer y vestirse y no halla otro remedio de conseguir su sustento. No parece sino que en esto, tanto Inglaterra como otros países, imitáis a los malos pedagogos: prefieren azotar a educar. Se promulgan penas terribles y horrendos suplicios contra los ladrones, cuando en realidad lo que habría que hacer es arbitrar medios de vida. ¿No sería mejor que nadie se viera en la necesidad de robar para no tener que sufrir después por ello la pena capital?”

Y por otro lado, me asombra su capacidad para anticiparse al futuro, pues este tipo de sociedad ideal se intentaría llevar a la práctica, cuatro siglos después, en los llamados regímenes comunistas. Desgraciadamente, los resultados no fueron los que habría deseado el pensador inglés, ya que la burocracia centralizada y sobre todo la falta de libertad frustraron estas experiencias, que acabaron derivando en regímenes totalitarios. Por eso, aparecen en la literatura obras críticas con éstos, como Rebelión en la granja de Orwell, una fábula mordaz, donde un grupo de animales expulsa a los humanos de su granja, la cual acaba convirtiéndose en una tiranía brutal.

Utopía está dividido en dos partes: una primera, donde diferentes personajes -entre los que destaca el propio Tomás Moro y, en especial, Rafael Hitlodeo, supuesto compañero de Américo Vespucio, en los dos viajes que realizó éste para explorar el nuevo mundo- dialogan críticamente sobre las sociedades europeas de la época; y una segunda en la que éste personaje, Rafael Hitlodeo, expone a los demás contertulios las características de la isla de Utopía, una lugar ideal para vivir.

Es muy interesante la reflexión sobre el papel de los intelectuales en la política. Hay dos posturas: la de Rafael Hitlodeo, partidario de la libertad e independencia de éstos, con respecto al poder político, para poder llevar una vida más tranquila; y la de Tomás Moro, que defiende la función del intelectual como consejero de los príncipes y reyes, con el fin de ser más útil a la sociedad.

En la isla de Utopía lo más importante es la felicidad de los ciudadanos, que consiste en vivir según la ley natural, ajustándose a la razón, ayudándose los unos a los otros y disfrutando de los placeres, pero con mesura. Como el bien colectivo está por encima de los intereses particulares, todas las cosas son comunes, lo cual es incompatible con la existencia de la propiedad privada.

Llama la atención, por su actualidad, la tolerancia y el respeto a las personas, incluida la mujer, como lo demuestra: la aceptación del divorcio, en determinadas circunstancias; la defensa de la libertad religiosa; la aprobación del suicidio y la eutanasia, cuando la enfermedad es incurable; etc. También, la eficacia y sencillez del sistema judicial, con pocas leyes y con penas proporcionales a los delitos cometidos, que además, pueden ser redimidas. E igualmente, la jornada laboral de 6 horas, suficientes para obtener las cosas necesarias para la vida, aunque hay que tender a su reducción para cultivar las facultades superiores.

Hoy día se tiene la certeza, como consecuencia del desarrollo tecnológico, de que en un futuro próximo no va a haber trabajo para todos y de que habrá que redefinir nuestro tiempo libre. Por eso, resulta muy ilustrativa y reconfortante la lectura de Utopía, un libro, que describe el tipo de sociedad que se avecina, donde se trabaje lo indispensable; estén garantizadas la sanidad y la educación, como servicios públicos; y se fije una renta básica para cada persona, que le permita afrontar las necesidades de cada día y vivir con dignidad: “que se prescriba una cantidad fija de dinero por ciudadano”, escribe Tomás Moro.

Hablaremos de Utopía, en el club de lectura del IES Gran Capitán, el próximo 5 de abril, miércoles, a las 17:30, en la Biblioteca.

Patria

La voz de la conciencia de Bittori que le habla, que le reprocha su comportamiento: ”¿Qué? Estás cayendo en el rencor y ya te he dicho muchas veces que…” Y esta la interrumpe mandándola callar: “Vale, déjame en paz”. Así se desarrolla esta magnífica novela de Fernando Aramburu, en la que la mujer de un asesinado por ETA sólo encuentra humanidad en los objetos, no en los vecinos del pueblo, que para acentuar su dolor se vuelven contra ella.

Bittori habla sola, como también lo hace la que fue su amiga, Miren, madre de Joxe Mari, un etarra condenado en la prisión del Puerto de Santa María: “Hasta allí abajo nos hacen ir. Cabrones.”

Vamos conociendo sus vidas y la de sus familias respectivas, a través de hábiles saltos atrás, que se producen de forma casi imperceptible, a partir, por ejemplo, del color de la sangre que le extrae Xabier a su madre: “Rojo. Xabier, tienes que ir a tu casa, a tu padre le ha pasado algo malo. Y esas palabras, le ha pasado algo, se quedaron resonando dentro de él… No le dieron más detalles ni él se atrevió a preguntar; pero ya se daba cuenta por la cara de la compañera que le comunicó la noticia…”

Y volvemos al presente también de modo casi imperceptible, para retornar, de nuevo al pasado, a las pocas páginas, y conocer así la reacción de su hermana Nerea, que justifica así su ausencia en el entierro de su padre: “No quiero ver al aita muerto. No lo resistiría. No quiero que me saquen en los periódicos. No quiero aguantar las miradas de la gente del pueblo. Ya sabes cómo nos odian…”

Siguiendo este juego temporal, del presente al pasado y viceversa, conocemos la historia completa de la víctima: desde las cartas de ETA pidiendo el impuesto revolucionario al Txato, pasando por las primeras pintadas amenazándolo, hasta el aislamiento absoluto de él y su familia, porque en el pueblo -un microcosmos, donde afloran los instintos más primarios de pertenencia y se siguen masivamente las consignas, para no levantar sospechas- les niegan el saludo. Da igual que sea tan vasco, como el que más, porque ha sido señalado por ETA y algo habrá hecho: “Y mucho cuidadito con juntarte con él –le dice Miren a su marido, Joxian-. Lo mejor es que se marchen. Con todo el dinero que tienen, ¿qué les cuesta comprar una casa por ahí abajo? ¡Son ganas de provocar!”.

Y también, así, se nos va revelando la vida de Joxe Mari, primero, cuando salía a quemar autobuses urbanos para luchar por una Euskal Herria libre, o participaba en homenajes a presos de ETA, salidos de la cárcel, o lanzaba cócteles molotov contra un cipayo; después, ya como miembro de la organización terrorista, cuando disparaba a bocajarro a un guardia civil, como quien practica un deporte; y finalmente cuando es detenido, sometido a torturas y condenado a muchos años de prisión.

En estos momentos, cuando le asalta la pena, susurra “El pájaro es pájaro” de Mikel Laboa, para tranquilizarse, porque la última imagen del mundo libre para Joxe Mari fue precisamente el CD, que contenía esta canción:

“Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.
Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.

Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Per así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
Yo amaba al pájaro.
Y yo…
Yo amaba al pájaro.”

Además, todo se cuenta desde la perspectiva de cada uno de los miembros de ambas familias, de tal modo que, cuando conocemos el asesinato del Txato, por ejemplo, a través de su hijo Xabier, ya sabemos el punto de vista de su hermana Nerea y el de su madre, Bittori, sobre este mismo hecho, con lo cual nuestra percepción de la realidad es más completa y objetiva.

Resulta admirable este intento de abarcar globalmente lo que sucedió  en el País Vasco, durante los años de ETA, unido a la autenticidad de los personajes, que quedan lejos del maniqueísmo, porque cada uno de ellos, tanto víctimas como verdugos, se nos presentan con sus valores humanos, pero también con sus defectos y contradicciones.

Fernando Aramburu pone al descubierto el problema de la identidad de un pueblo, cuando esta es una sola y excluyente, sobre todo en espacios pequeños, donde la presión social está por encima de las personas y se refleja incluso en la vida íntima de estas:

“-Y la gente del pueblo, ¿qué dirá? Hostia bendita, antes que oírles, prefiero estar aquí.

Joxe Mari despotricaba, los puños dispuestos, las palabras mordidas, contra su hermano que:

-Desde pequeño ha sido rarito de cojones. Ahora nos convierte a ti en la madre del maricón, y a mí en el hermano del maricón, y tira nuestros apellidos por los suelos.”

Una novela, Patria, que, como se afirma en el prólogo, “nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político”, y que va a interesar no sólo a los que deseen conocer los “años de plomo” en el País Vasco, sino sobre todo a los aficionados a la buena literatura, porque es de los libros que te atrapan desde el principio y no se pueden dejar de leer.

Gastronomía y música en el homenaje a Borges

Qué extraordinario maridaje gastronómico-musical, ayer, miércoles, en el IES Gran Capitán, como homenaje a Jorge Luis Borges: un almuerzo evocador de la comida y la bebida argentina, preparado y servido por el alumnado y profesorado de la Escuela de Hostelería; y un concierto de Chico Herrera, con letras inspiradas en el libro Los seres imaginarios del escritor argentino.

En el Salón de Actos, lugar donde se desarrolló la actividad, nos esperaban, impecablemente vestidos, los alumnos y alumnas, encargados de acompañarnos a la mesa correspondiente. En la primera página del díptico, donde figura el menú, leemos la frase: “Si hay algo que no existe, es el olvido”, lo cual es una paradoja borgiana, porque incluso lo que se olvida no desaparece sino que queda alojado en el subconsciente.

Como homenaje a Buenos Aires, ciudad natal del escritor, nos sirvieron, en primer lugar, un cóctel, ”Daki Tereré”, que es una adaptación de la clásica bebida “Tereré”, elaborada con mate mezclado con sirope aromatizado de fino. A continuación, tres aperitivos, elegantemente presentados y exquisitos de sabor: Hummus, salpicón de huevas con espuma de mahonesa y tripas de bacalao en salsa verde con alcachofas. Después, merluza asada en su punto, acompañada de pisto, patatas risoladas y ajetes. Y por último, ravioli de rabo de toro con crema de patata y guiso de trigo y nabos, una combinación perfecta de sabor y melosidad.

Para acompañar estos platos, dos vinos argentinos: un blanco Altavista State Torrontés 2016, afrutado y con un punto de acidez, que lo hace diferente; y un tinto Altavista Classic Reserva Malbec 2014, equilibrado e intenso.

De postre, brownie de choco y nueces con coulis de fresa, salsa de chocolate y helado de stracciatella, acompañado de licor de amontillado, con un guiño al Toblerone, la famosa chocolatina de Suiza, país donde falleció Borges.

La segunda parte de la actividad la protagonizó el concierto de Chico Herrera; pero antes nuestra compañera Raquel Castro, coordinadora del ciclo de actividades en homenaje al escritor argentino, recordó que en el 2016 se cumplió el treinta aniversario de su muerte y en el 2017 se han cumplido sesenta años de la publicación de su libro Lo seres imaginarios. Igualmente, agradeció al profesorado y al alumnado del IES Gran Capitán, en particular al de la Escuela de Hostelería, la participación en este homenaje.

Chico Herrera es alto y delgado, y admirador de cantautores, como Pedro Guerra, Caetano Veloso y Silvio Rodríguez, cuyos ecos se aprecian en su forma de interpretar. Acompañado de la guitarra y con una voz suave y melodiosa, nos dio a conocer sus canciones, inspiradas en el universo mitológico de Borges.

Comenzó con “Haokah”, dedicada al dios del trueno entre los indios:

“Suena el tambor del trueno.
En este cielo gris.
encomiendan tu presencia,
danzan para ti.
Usas el aire para hacer
sonar tu tambor…”

A la izquierda del escenario, una mesa, con un reloj de arena, símbolo del tiempo -una de las preocupaciones de Borges-; y a la derecha, un espejo, donde se refleja la imagen del cantautor, al que vemos doble -otro concepto que aparece continuamente en los textos del escritor argentino-, interpretando una canción homónima:

“El espejo encierra
algunos rasgos de ti,
susurra secretos
que hay dentro de ti.
No sabes lo que esconde,
no sabes si es tu doble,
o si solo es un reflejo de ti…”

La preocupación social de Chico Herrera aparece en la canción “El devorador de las sombras”:

“Juro no haber causado hambre ni llanto.
Juro no haber matado,
ni haber hecho matar.
Juro no haber robado alimentos…”

Pero el momento culminante de la tarde se alcanza, cuando baja del escenario, se acerca a donde estamos sentados y “a capella” interpreta “A bao a qu”, al tiempo que baila entre las mesas, moviendo con armonía su estilizado cuerpo.

“Alguien sube la escalera,
sube peldaños gastados de tanto pisar.
Nota el talón su presencia,
osado y sin miedo decide avanzar.
Dejando atrás las leyendas,
sube la torre seguro, sin mirar atrás…”

Y todos cantamos con él el estribillo:

“A bao a qu leyenda
A bao a qu despierta”

De vuelta en el escenario, continúa musitándonos sus canciones al oído, contándonos el secreto de Borges, que también lo es del propio Chico Herrera y de cada uno de nosotros: el paso del tiempo.

“El tránsito inconstante de gente que pasa por tu lado
varía según lo exija el guión de la rutina
manejada por dos o tres agujas que
marcan el rumbo.
Sus movimientos torpes o acelerados, acertados o no,
diferentes pero iguales, en definitiva iguales,
ante el paso del tiempo, inexorable paso del tiempo,
mientras os semáforos siguen cambiando…”

Así, finalizó su actuación y con ella el almuerzo borgiano. Felicitaciones al centro y, en especial, a todas las personas que han hecho posible esta actividad.

Releer El camino

La primera vez que leí El camino, hace ya bastantes años, me cautivaron la sencillez y autenticidad de sus personajes, así como la ternura con la que Delibes se acerca a ellos. Por ejemplo Mariuca-uca, una niña huérfana de madre desde su nacimiento, que ha sido criada por su padre y que sigue por todas partes a Daniel, el Mochuelo, porque está enamorada de él; el propio Daniel, protagonista de la novela, al que le hubiera gustado elegir su destino, quedándose en el pueblo, pero debe acatar la decisión de su padre de enviarle a la ciudad, para estudiar el Bachillerato; Roque, El Moñigo, que tiene fama de golfo y zascandil, y sabe más de la vida que los demás niños, a los que le gusta retar para que hagan lo que él es capaz de hacer; etc.

También me sedujo el arte de la descripción de Delibes, tanto de personajes, como de paisajes, lugares y objetos. Como ejemplo, esta descripción impresionista del cementerio del pueblo, el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, donde selecciona detalles (la puerta de hierro, la pequeña fosa, los cipreses, la ausencia de panteones) que impresionaron a Daniel, el Mochuelo, para mostrarnos el lugar, desde su punto de vista:

“Doblaron el recodo de la parroquia y entraron en el minúsculo cementerio. La puerta de hierro chirrió soñolienta y enojada. Apenas cabían todos en el pequeño reciento. A Daniel, el Mochuelo, se le aceleró el corazón al ver la pequeña fosa, abierta a sus pies. En la frontera este del camposanto, lindando la tapia, se erguían adustos y fantasmales, dos afilados cipreses. Por lo demás, el cementerio del pueblo era tibio y acogedor. No había mármoles, ni estatuas, ni panteones, ni nichos, ni tumbas revestidas de piedra. Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.”

Pero recientemente he vuelto a leer “El camino”, y he podido comprobar que esta novela es más compleja de lo que la sencillez de los personajes y de la historia misma parece indicarnos, sobre todo si nos fijamos en su estructura interna y en el punto de vista narrativo.

Con respecto a la primera, Delibes parte de un presente, la noche previa a la marcha a Madrid de Daniel, durante la cual se produce un salto atrás o analepsis, en el que evoca desordenadamente la vida del niño: pequeñas historias que se entrecruzan entre sí y que se supeditan a la historia principal. La novela finaliza al amanecer del mismo día, con lo que se vuelve al tiempo inicial.

Sin embargo, la evocación de estos episodios, que fluyen en la mente de Daniel, se alterna con retornos al presente que está viviendo, de tal modo que se produce un juego temporal, un ir y venir continuo, que podría haber resultado caótico y desordenado, de no ser por la habilidad de Delibes para conectar todos los cabos sueltos. En efecto, diferentes nexos narrativos le sirven para relacionar las historias y los capítulos: motivos que se repiten (el origen de la vida, el amor, el sexo, la amistad, la muerte); dosificación de una historia (al final del capítulo IV, hay una referencia a Lola, la tendera, cuya retrato esperpéntico se desarrolla en el capítulo siguiente); capítulos que empiezan con la misma palabra con la que había finalizado el anterior (el II y III, con la palabra “valle”.); anécdotas que cuenta en un capítulo, como la de la Mica, cuando cogió robando manzanas a Daniel y sus amigos en el jardín de su casa, y que retoma de nuevo, varios capítulos después; etc.

En cuanto al punto de vista, corresponde al de un narrador omnisciente, pero impregnado de la visión ingenua de la vida que tiene Daniel. Por eso, tras este narrador, percibimos los sentimientos del niño, por ejemplo, el dolor que experimenta el día que entierran a su amigo Germán, el Tiñoso, cuando se imagina como uno de los insectos que coleccionaba el cura de la Cullera, de tal forma que cada campanada “era como una aguja afiladísima que le atravesaba una zona vital de su ser”. Pero, al mismo tiempo, el narrador es capaz de reflexionar, como un adulto, ante este hecho dramático: “Le dolía que los hechos pasasen con esta facilidad a ser recuerdos; notar la sensación de que nada, nada de lo pasado, podría reproducirse. Era aquella una sensación angustiosa de dependencia y sujeción.”

Delibes podría haber optado por el narrador protagonista; pero entonces no hubieran sido creíbles reflexiones filosóficas, como esta, sobre la fugacidad de la vida, en la mente de un niño.

Releer El camino, teniendo en cuenta su complejidad narrativa, ha sido un aliciente añadido a una historia, protagonizada por personajes de carne y hueso; que está contada mediante un lenguaje sencillo, depurado de retórica; y que, en último extremo, viene a decirnos que el verdadero camino no es el que eligen los demás por nosotros, sino el que elegimos nosotros libremente.

Originalidad

La palabra que mejor define quizá esta novela, por la que Jean Echenoz recibió el Premio Goncourt de 1999, es “originalidad” y se refleja en aspectos, como la estructura, el punto de vista narrativo y el estilo.

Comienza siendo una historia, que pronto se escinde en dos, protagonizadas por el mismo personaje, Félix Ferrer, aunque se desarrollan en tiempos y lugares diferentes: París, donde tiene su tienda de arte, y el Polo Norte, adonde ha ido en busca de un tesoro abandonado. Las dos historias se van alternando, pero en un momento determinado, aparece otro personaje, Baumgartner, con el que Ferrer aparentemente no tiene ninguna relación, y que pasa a protagonizar la primera de las historias. Se genera la intriga en torno a este personaje enigmático, que quiere pasar inadvertido y que viaja a España por razones que desconocemos… En realidad, Echenoz utiliza el método de la deconstrucción: ha dividido la historia de Ferrer en varias piezas y, como si se tratara de resolver un puzle, los lectores las vamos encajando cada una en su sitio. Así, hasta que las piezas se vuelven a unir, y esta unión le sirve al autor para resolver la intriga producida por la aparición repentina de Baumgartner y, a su vez, para generar otra intriga, que renueve nuestro interés.

Quien cuenta la historia es un narrador omnisciente, dinámico y divertido, que hace comentarios, dirigidos a los lectores sobre la propia narración: “Pero no estamos en eso. Primero hay que ir al cementerio”. O se pregunta por la agitada vida sentimental del protagonista: “¿no va siendo hora de que Ferrer se centre un poco? ¿Va a pasarse la vida coleccionando esas aventuras insustanciales cuyo desenlace conoce de antemano, aventuras de las que ni siquiera piensa ya como antes que esta vez será la buena?”. O reflexiona jocosamente sobre el perfume ácido y persistente de su vecina, Bérangère, con la que tiene una aventura: “Por más que ventilaba la casa a fondo, el olor tardaba horas en desaparecer, es más, nunca se iba del todo. Es más, era tan poderoso que bastaba que Bérangère llamase para que, difundido por los cables del teléfono, invadiese de nuevo la casa. Antes de conocerla, Ferrer ignoraba la existencia de Extatics Elixir. Ahora, lo respira de nuevo mientras se dirige de puntillas hacia el ascensor: el perfume penetra por el ojo de la cerradura, por los intersticios de la puerta, le persigue hasta su casa.”

Su sentido del humor se acentúa, además, en las situaciones dramáticas, como en el funeral de Delahaye, empleado en la tienda de arte: “El sacristán le alarga el hisopo, Ferrer lo coge sin saber si lo coge bien y se pone a agitarlo atolondradamente. Pese a que no se propone trazar figuras especiales en el aire, forma unos círculos y barras, un triángulo, una cruz de San Andrés, dando vueltas en torno al ataúd ante los atónitos ojos de la gente, sin saber cuándo ni cómo pararse, hasta que la gente empieza a murmurar. Entonces el capellán, sobria pero firmemente, le coge de la manga y lo repatria hacia su silla de la primer fila. Pero en ese instante, sorprendido por el vigor capellanil, sin dejar de blandir el hisopo, lo suelta: el objeto se estrella sobre el ataúd, que suena a hueco al recibir el impacto”.

La originalidad se refleja también en el estilo, combinando la narración en tercera persona con las intervenciones en primera persona, sin indicar estas mediante guiones, lo cual da fluidez al relato, al presentarlo como un todo continuo: “Su ultimo destino había sido La Salpétrière, departamento de inmunología, yo buscaba anticuerpos, comprobaba si los había, calculaba cuántos, intentaba ver de qué tipo eran, estudiaba su actividad, ya ve, ¿no? Claro, bueno, supongo, titubeó Ferrer, a quien, después de Baumgartner y conforme a las instrucciones de Sarrandon, le tocaría cambiar de habitación dos días más tarde y dos plantas más abajo”.

Y en el uso sugestivo del lenguaje. Como prueba, este símil comparando el ruido que produce el surtidor de una fuente, con los aplausos que recibe un artista sobre el escenario: “Aquí no hay jardín sino un patio con vetustos plátanos entre los que rebulle una fuentecilla, o más bien un grueso surtidor que se contonea sobre sí mismo produciendo un ruido espumoso e irregular. La mayor parte del tiempo, ese ruido parece querer remedar salvas moderadas de aplausos, dispersas, poco entusiastas o puramente corteses. Pero a ratos también entra en sincronía consigo mismo y produce entonces durante unos instantes esa escansión de aplausos regulares, un tanto ridículos y binarios –otra, otra- que se desencadena cuando un público reclama el regreso del artista al escenario.”

O este pasaje donde nos muestra el paso del tiempo, personificando las estaciones del año: “Por lo demás, el tiempo acaba de cambiar bruscamente como si el invierno se impacientase, anunciándose de un humor de perros y atropellando al otoño con amenazadoras borrascas para ocupar su sitio lo antes posible, eligiendo uno de esos días de noviembre para, en menos de una hora, despojar estruendosamente a los árboles de sus hojas encogidas y reducidas al estado del recuerdo.”

Esta originalidad formal le viene como anillo al dedo a una historia cambiante, como el mundo de hoy día: los personajes aparentemente muertos, en realidad, no lo están; se producen cambios repentinos de espacios geográficos (París, el Polo Norte, San Sebastián); aparecen súbitamente personajes extraños; etc. El propio título, “Me voy”, frase con la que empieza y acaba la novela, y que sugiere la vida inestable del protagonista, trasladándose de un lugar a otro y cambiando de pareja continuamente, confirma esta sensación.

Una buen lectura para las vacaciones que se aproximan.

La ley del menor

A pesar de su brevedad, es una novela muy bien documentada, lo cual da credibilidad a la historia que se cuenta. Lo apreciamos en diversos ámbitos, pero sobre todo en la administración de la justicia, pues Fiona, la protagonista, que ejerce como jueza, argumenta sus sentencias con rigor y meticulosidad, como por ejemplo el caso de los siameses Mark y Matthew, donde, basándose en la “doctrina de la necesidad”, autoriza la separación de ambos para salvar la vida del primero, aunque sabe que va a ocasionar la muerte del segundo.

También, se aprecia en el ámbito de la música, que es la afición favorita de Fiona: “Con infinita paciencia tanteaba dos notas que se repetían, añadía otra y después repetía las tres, y hasta la cuarta línea no se estiraba por fin, exuberante, hacía arriba, para convertirse en una de las más deliciosas que el compositor había concebido nunca”. Así, con esta sensibilidad y conocimiento musical describe su interpretación al piano de una pieza de Mahler.

E igualmente en el mundo de los testigos de Jehová, religión que practica Adam, quien se resiste a recibir una transfusión de sangre, porque lo prohíbe la Biblia: “Mezclar tu sangre con la un animal o la de otro ser humano es una infección, una contaminación. Es un rechazo del maravilloso don del creador. Por eso, Dios lo prohíbe específicamente en el Génesis, en el Levítico y en los Hechos”.

Esta meticulosidad en la documentación, que parece ser marca de la casa, se ajusta como un guante al carácter de Fiona, personaje que resulta admirable por la entrega absoluta a su trabajo, lo cual llega a afectar negativamente a su propia vida familiar. Tanta es su relevancia en la novela que, a pesar de estar escrita desde el punto de vista del narrador omnisciente, percibimos la presencia de Fiona tras esta voz narradora, impregnándola de una racionalidad que se refleja en el estilo frío, objetivo y austero en el que está escrita la novela.

No obstante, hay momentos en los que el lenguaje se enriquece con las galas de la literatura, como, cuando Fiona va al hospital para comprobar la madurez de Adam, en su drástica de decisión de rechazar la transfusión sanguínea, que puede costarle la vida. Ambos interpretan una canción, ella cantando y él tocando el violín, que va a abrirle al chico una perspectiva diferente de la vida:

“En la primera estrofa los dos fueron a tientas, casi como disculpándose, pero en la segunda sus miradas y, olvidando por completo a Marina, que ahora estaba de pie junto a la puerta, Fiona elevó la voz y el desmañado arqueo de Adam se volvió más osado, y acometieron el acento afligido del lamento que vuelve la vista atrás:

Estábamos junto al río mi amor y yo en un campo,

y en mi hombro inclinado ella posó su mano de nieve.

Me pidió que tomará la vida con calma,

tal como la hierba crece en las riberas;

pero yo era joven e insensato y ahora soy todo llanto”

Lo que expresan los versos de William Yeats es justo lo que Fiona le da a entender a Adam: que existe otra forma de vivir, que piense detenidamente su decisión. Y éste, un joven de 17 años, va a entender el mensaje, pero intentando unir su destino al de ella, una mujer madura, lo cual condiciona el desenlace de la historia, porque Fiona también va a experimentar un cambio, en ella también se produce una inmersión, que la conmueve por dentro y que la sitúa frente a su vida anterior.

Esta es la historia principal, un conflicto entre la racionalidad, representada por la jueza, y la fe, encarnada por Adam, aunque entre medias se suceden una serie de casos, que la primera debe resolver y donde aparecen temas de gran trascendencia social, como el radicalismo religioso, las separaciones matrimoniales y la prevalencia de las necesidades de los niños sobre las de los padres o viceversa.

Ian McEwan quizá trata de abarcar demasiado sin profundizar en nada; pero lo que no se le puede negar es su maestría para narrar:

“Fiona y Marina siguieron letreros escritos con rotulación de autopista. (…) Doblaron hacia un pasillo ancho y brillante que les condujo a un rellano de ascensores y subieron en silencio a la novena planta, donde otro pasillo idéntico las encaminó, después de doblar tres veces a la izquierda, hacia Cuidados Intensivos. Sobrepasaron un mural vistoso de unos monos cantando en la selva. Ahora, finalmente, el aire estancado olía a hospital, a comida cocinada y retirada hacía mucho tiempo, a antisépticos y, con intensidad más tenue, a algo dulce. Ni fruta ni flores.”

Con esta precisión y capacidad para sugerir el aspecto y el olor característico del hospital, cuenta el recorrido que hacen estas dos mujeres por el interior del mismo hasta el lugar donde se encuentra Adam.

Y también para generar la intriga, por ejemplo, cuando Fiona, antes de comenzar el concierto en honor de los magistrados, recibe una información por parte del juez Sherwood, que no sabemos cuál es, pero que, poco a poco, vamos intuyendo, por las sucesivas reacciones de ella: primero su compañero de concierto, Mark, le dice: “Estás pálida”; después, durante la interpretación, “Fiona tocaba como si el piano se ocupara de sí mismo” (…) “también sabía que avanzaba con paso majestuoso hacia algo horrible. Era verdad, no lo era. Sólo lo sabría cuando la música cesara y tuviera que afrontarlo” (…) “Tenía un gusto metálico en la boca”. Así, va creando la intriga, en torno a la noticia que le ha dado el juez, hasta que nos da la pista definitiva, cuando Fiona y Mark interpretan la misma canción que ella había interpretado con Adam en el hospital. Es el trágico desenlace de la novela, en el que ella se ve implicada, sin haber sido muy consciente de ello.

Hablaremos sobre esta novela el próximo lunes, 7 de noviembre, a las 18 horas, en la sesión del club de lectura del instituto.

Maus

Todo es sencillo en este cómic elaborado hace más de treinta años: la historia personal de la supervivencia en los campos de exterminio nazis, que le cuenta Vladek a su hijo Art; los textos, escritos en un lenguaje desprovisto de ostentación y adornos; y los dibujos simples y esquemáticos.

Esta sencillez contribuye a hacer más creíble el relato de unos hechos terribles. Así, recuerda Vladek la desaparición de su hermana Fela, de los hijos de esta y de su padre, que tuvo un comportamiento ejemplar, un día que los nazis concentraron, en un estadio, a todos los judíos de Sosnowiec para separarlos en dos grupos:

“PADRE DE VLADEK: La mandaron a la izquierda. Cuatro niños eran demasiados. ¡Fela!

(Dibujo)

¡Mi hija! ¿Cómo se las apañará sola con cuatro hijos a su cargo?

(Dibujo)

VLADEK: ¿Y qué hizo mi padre? ¡Saltó la valla al lado malo!

(Dibujo)

Los de ese lado nunca regresaron”

Para reforzar la ejemplaridad del cómic, Art Spiegelman utiliza el género didáctico de la fábula, pues los judíos aparecen convertidos en ratones débiles y esquivos; los nazis en gatos sagaces e inteligentes; y los polacos son cerdos estúpidos, sin capacidad de actuación.

Se alternan el presente, en que Vladek es entrevistado por Art, en Nueva York, entre 1978 y 1992, con el pasado aterrador de la Alemania nazi. La relación entre ambos personajes es tensa, porque el primero tiene un carácter fuerte y es perfeccionista hasta la obsesión, mientras que el segundo es neurótico y con sentimiento de culpa, por no haber cumplido las expectativas de su padre.

Pero el relato avanza de forma inexorable, descubriéndonos aspectos de la vida cotidiana de los judíos polacos, durante aquel periodo negro: la expropiación de sus bienes; las dificultades para sobrevivir; el traslado, primero, a los guetos, y, después, al campo de concentración de Auschwitz.

En éste, además, los prisioneros viven hacinados en barracones y sometidos a todo tipo de humillaciones: los obligan a desnudarse y a ducharse con agua helada en pleno invierno; les proporcionan ropa y calzado sin mirar la talla; apenas les dan de comer; y a los más débiles los asesinan sin más miramientos:

“VLADEK: Y no paraban de llegar trenes llenos de judíos.

(Dibujo)

Y los que terminaban en las cámaras de gas, antes de que los enterraran, eran los afortunados.

Los otros tenían que saltar a la tumba todavía con vida.

(Dibujo)

Prisioneros que trabajaban allí rociaban a los vivos y a los muertos con gasolina.

(Dibujo)

Y la grasa de los cuerpos en llamas la recogían y la vertían de nuevo para que todos se quemaran mejor.”

A medica que nos vamos aproximando al final, el estado físico y mental de Vladek empeora y, en la última entrevista, se produce la paradoja de que recuerda con precisión el pasado -su liberación del campo de exterminio y el reencuentro con su mujer, Anja- mientras que confunde a Art con su otro hijo fallecido.

Una experiencia grata y enriquecedora la relectura de Maus, libro que no sólo nos permite adentrarnos en el Holocausto nazi de una forma diferente, como si de un cuento se tratara, sino además conocer la vida de un hombre, Vladek Spiegelman, que probablemente, de no haber tenido un carácter tan singular, no habría sobrevivido.

Hablaremos de este cómic el 8 de junio, miércoles, a las 19 horas, en la próxima sesión del club de lectura. En la biblioteca del centro se pueden encontrar  ejemplares del mismo.

Con Labordeta entre bastidores

No he tenido conciencia real del número de personas que participamos en el Festival Homenaje a José Antonio Labordeta, hasta el día del estreno, 21 de abril, cuando nos juntamos todos entre bastidores. Creo que somos treinta y cuatro. La mayoría estamos sentados ahora a ambos lados del escenario, tras los telones azules, cruzando entre nosotros sonrisas y miradas de complicidad que dan unidad al grupo.

Carmen no sólo es la presentadora de este festival sino también la directora y principal animadora del mismo. Su capacidad organizativa y su constancia en el trabajo han hecho posible el brillante resultado final.

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Es la sesión de tarde, después de una exitosa sesión matinal ante el alumnado de 1º de Bachillerato y 4º de ESO. Los temores en cuanto a la asistencia de público se han visto disipados, pues hay más de media entrada en el salón de actos del IES Gran Capitán, en torno a ochenta personas, entre las que reconozco a Paula, la hija de José Antonio, y a Fede, gestora de la Fundación Labordeta, que nos han honrado con su presencia. Nos lo prometieron al grupo de profesores y profesoras que hicimos el viaje a Zaragoza en el mes de febrero y han cumplido su palabra.

Suena la música, que da entrada a la primera parte. Entre bastidores, escuchamos el saludo de Carmen a los asistentes y sus primeras palabras sobre José Antonio y su poliédrica figura: profesor, poeta, cantautor, naturalista, ecologista, comunicador, caminante, político… Añade que en el festival nos vamos a centrar en su poesía, la gran desconocida, que es íntima, introvertida, cotidiana, próxima. Ahora está explicando la estructura del mismo, y los que participamos en el primer bloque estamos listos para entrar en el escenario.

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Los compases de la pequeña orquesta (José Carlos Archilla, trompeta; Elisa González, clarinete; Alfonso Valdivia, batería; Cristina Moya, violín; Javier Fernández, guitarra; Paco Torres, bombardino; José Luis Rodríguez, cajón; y Carmen Bajo, flauta travesera) nos indican el momento de hacerlo. Ya nos encontramos sentados a la derecha y a la izquierda del escenario. El sonido de la trompeta, interpretando la jota aragonesa, sirve de preludio al primer poema “Cesaraugusta dos” (Gracia), al que le siguen: “La dulce foto” (Lola), “Acuérdate” (Maribel), “Primer recuerdo de mi padre” (Ana), “Te he visto envejecer” (Paqui), “Nos haces una falta sin fondo” (Matías), “Ella”, “Y te daré la paz” (María), “Tres cantos corporales” (Lorena y Aurora) y “Érase una vez” (Paula).

Para controlar los nervios, opto por no mirar al público y me concentro en las imágenes, seleccionadas primorosamente por Antonio, que se proyectan en la pantalla central, mientras recitan mis compañeros y compañeras. Todos lo hacen con pausa y poniendo el énfasis en las palabras adecuadas; todos se levantan de la silla y se acercan al atril, cuando aparece el nombre del poema y suenan las primeras notas de la música que lo acompaña, tal y como estaba previsto. Es el fruto del trabajo continuado y de los ensayos que hemos tenido, durante el curso. Ha ocurrido algo maravilloso: a medida que cada uno de nosotros hemos interiorizado los poemas que nos correspondían, y los hemos hecho nuestros, relacionando sus contenidos con situaciones de nuestra propia vida personal, la declamación ha ido mejorando, sobre todo en autenticidad, y tenemos el convencimiento de que quienes nos escuchan están viendo: a la ciudad de Zaragoza; al niño José Antonio Labordeta; a su querida madre; a su fallecido y llorado hermano Miguel; a su mujer trajinando en la cocina; a su hija Paula formulando preguntas ingenuas; etc.

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De nuevo, nos encontramos entre bastidores, ahora escuchando el taconeo del baile flamenco, ejecutado con maestría por Paula y Malena, al compás de la guitarra. Sólo alcanzamos a ver, en el círculo de luz, por detrás de la pantalla, sus sombras desplazándose armoniosamente. Le sigue Cristina, que ha dramatizado su poema “Veinte ocho estíos corren por mis manos”. Oímos las risas del público y cómo ella se detiene, hasta que se hace el silencio nuevamente. Nos cruzamos miradas de alegría, porque le está saliendo muy bien, a pesar de que estaba hecha un manojo de nervios.

Los poemas de este segundo bloque reflejan el paso del tiempo: “Treinta años y otra vez primavera” (Gracia), “Treinta y cinco veces uno” (Paco Ortiz), “Cuarenta y cinco veces” (Paco Pérez) y “El espejo” (Lola). Cada uno recita con su propio estilo: íntimo, sencillo, sentencioso, profundo.

Me toca de nuevo salir al escenario, porque vienen los poemas de la docencia, que vamos a declamar profesores eméritos, como le gusta llamarnos a Carmen. Música de batería, una mezcla de sonidos graves y agudos, anuncia nuestra textos: “Porque ya nunca haremos la revolución soñada” (Matías), “Mientras vosotros estáis con los grafismos” (Miguel), “Crecen sobre mis manos” (Benito) y “Días huidos” (Paqui). La autenticidad caracteriza, en general, las recitaciones de este bloque tercero.

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Estamos en el ecuador del festival y los versos de José Antonio Labordeta se vuelven críticos contra la banalidad y la hipocresía de sus contemporáneos. Benito, con su voz intensa y modulada, interpreta “No bomba”, un poema de corte surrealista al que ha puesto música y que acompaña con secuencias del cine mudo. Después, el trío formado por Lidia, Victoria e Isabel interpretan con brillantez “Canción tonta para concluir un curso de funcionario cultural”, con letra de Labordeta y música también de nuestro compañero Benito.

Le siguen los poemas de Miguel Labordeta, hermano de José Antonio. Son textos muy personales y difíciles de entender, a causa de sus imágenes oníricas y de su complejidad sintáctica; pero de gran calidad y hondura. Carmen en su presentación recuerda la importancia que tuvo Miguel en la vida del cantautor y el lugar preferente que ocupa su recuerdo en la Fundación Labordeta de Zaragoza.

Se oye el inicio del Himno de la República para introducir “1936” (Juan), donde se describen los efectos destructores de la Guerra Civil. El clarinete acompaña “La voz del poeta” (Matías), poema en el que se expresa la doble frustración de Miguel, por lo que contempla a su alrededor y por lo que observa dentro de sí mismo. El sonido de la batería coincide con “Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto” (Lourdes), donde se plantea una huida del mundo antes de ser eliminado. Y un redoble de tambor acompaña a “Severa conminación de un ciudadano del mundo” (Paco Pérez), poema en el que se critica a los poderosos que provocan las guerras.

A estas alturas del festival, sabemos que todo marcha bien, con el ritmo y la fluidez adecuados, gracias en gran parte al trabajo de los técnicos Josua y Antonio. Lo comentamos entre bastidores, procurando no molestar a Carmen que en este momento anuncia el sexto bloque, impregnado de pesimismo, nostalgia y recuerdo. La música de la orquesta sirve de pórtico a los poemas que lo integran: “La vieja chaqueta” (Ana), que es –según el poeta- casi la epidermis cotidiana con la que uno crece; “Mi perro” (Marina), que “como yo, se abandona a la desesperanza de los atardeceres”; “Un mes inútil” (Lorena) que, a causa de la terrible enfermedad que afectaba a José Antonio, “invade las ventanas de una larga y suave melancolía”; “Origen” (Isabel) o los pasajes de su vida que recuerda cada hombre; “El viejo armario”(Gracia), que con su olor a alcanfor nos trae a la memoria “toda la historia vieja y personal”.

El grupo de músicos no se pone de acuerdo con Carmen, que es interrumpida cada vez que intenta retomar su labor de presentadora. La razón es que llegamos al bloque del humor, pues José Antonio era bastante irónico y socarrón. Ejemplo de ello son los poemas pertenecientes al mismo: “Los cultos” (Miguel), “Noche de Reyes” (Juan), “Escribo estas palabras” (Marina), y “Libro de familia” (Maribel). Todos son introducidos con música festiva.

El último bloque está constituido por tres poemas que nos invitan a soñar con manos extendidas y frágiles sonrisas, a amarnos en libertad, y a disfrutar de nuestras nietas, claro está, cuando las tengamos. Mientras se recitan, se oye de fondo el sonido de la flauta interpretando el “Canto a la libertad”.

Como broche final para el espectáculo, Lidia, Victoria e Isabel interpretan esta misma canción, acompañadas a la guitarra por Benito y Lola. Todos coreamos el estribillo:

“Habrá un día
en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad”

La emoción está servida y las lágrimas corren por más de una mejilla. La hija de Labordeta, Paula, sube al escenario agradecida, y los aplausos atruenan en el salón de actos.

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