Patria

La voz de la conciencia de Bittori que le habla, que le reprocha su comportamiento: ”¿Qué? Estás cayendo en el rencor y ya te he dicho muchas veces que…” Y esta la interrumpe mandándola callar: “Vale, déjame en paz”. Así se desarrolla esta magnífica novela de Fernando Aramburu, en la que la mujer de un asesinado por ETA sólo encuentra humanidad en los objetos, no en los vecinos del pueblo, que para acentuar su dolor se vuelven contra ella.

Bittori habla sola, como también lo hace la que fue su amiga, Miren, madre de Joxe Mari, un etarra condenado en la prisión del Puerto de Santa María: “Hasta allí abajo nos hacen ir. Cabrones.”

Vamos conociendo sus vidas y la de sus familias respectivas, a través de hábiles saltos atrás, que se producen de forma casi imperceptible, a partir, por ejemplo, del color de la sangre que le extrae Xabier a su madre: “Rojo. Xabier, tienes que ir a tu casa, a tu padre le ha pasado algo malo. Y esas palabras, le ha pasado algo, se quedaron resonando dentro de él… No le dieron más detalles ni él se atrevió a preguntar; pero ya se daba cuenta por la cara de la compañera que le comunicó la noticia…”

Y volvemos al presente también de modo casi imperceptible, para retornar, de nuevo al pasado, a las pocas páginas, y conocer así la reacción de su hermana Nerea, que justifica así su ausencia en el entierro de su padre: “No quiero ver al aita muerto. No lo resistiría. No quiero que me saquen en los periódicos. No quiero aguantar las miradas de la gente del pueblo. Ya sabes cómo nos odian…”

Siguiendo este juego temporal, del presente al pasado y viceversa, conocemos la historia completa de la víctima: desde las cartas de ETA pidiendo el impuesto revolucionario al Txato, pasando por las primeras pintadas amenazándolo, hasta el aislamiento absoluto de él y su familia, porque en el pueblo -un microcosmos, donde afloran los instintos más primarios de pertenencia y se siguen masivamente las consignas, para no levantar sospechas- les niegan el saludo. Da igual que sea tan vasco, como el que más, porque ha sido señalado por ETA y algo habrá hecho: “Y mucho cuidadito con juntarte con él –le dice Miren a su marido, Joxian-. Lo mejor es que se marchen. Con todo el dinero que tienen, ¿qué les cuesta comprar una casa por ahí abajo? ¡Son ganas de provocar!”.

Y también, así, se nos va revelando la vida de Joxe Mari, primero, cuando salía a quemar autobuses urbanos para luchar por una Euskal Herria libre, o participaba en homenajes a presos de ETA, salidos de la cárcel, o lanzaba cócteles molotov contra un cipayo; después, ya como miembro de la organización terrorista, cuando disparaba a bocajarro a un guardia civil, como quien practica un deporte; y finalmente cuando es detenido, sometido a torturas y condenado a muchos años de prisión.

En estos momentos, cuando le asalta la pena, susurra “El pájaro es pájaro” de Mikel Laboa, para tranquilizarse, porque la última imagen del mundo libre para Joxe Mari fue precisamente el CD, que contenía esta canción:

“Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.
Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.

Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Per así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
Yo amaba al pájaro.
Y yo…
Yo amaba al pájaro.”

Además, todo se cuenta desde la perspectiva de cada uno de los miembros de ambas familias, de tal modo que, cuando conocemos el asesinato del Txato, por ejemplo, a través de su hijo Xabier, ya sabemos el punto de vista de su hermana Nerea y el de su madre, Bittori, sobre este mismo hecho, con lo cual nuestra percepción de la realidad es más completa y objetiva.

Resulta admirable este intento de abarcar globalmente lo que sucedió  en el País Vasco, durante los años de ETA, unido a la autenticidad de los personajes, que quedan lejos del maniqueísmo, porque cada uno de ellos, tanto víctimas como verdugos, se nos presentan con sus valores humanos, pero también con sus defectos y contradicciones.

Fernando Aramburu pone al descubierto el problema de la identidad de un pueblo, cuando esta es una sola y excluyente, sobre todo en espacios pequeños, donde la presión social está por encima de las personas y se refleja incluso en la vida íntima de estas:

“-Y la gente del pueblo, ¿qué dirá? Hostia bendita, antes que oírles, prefiero estar aquí.

Joxe Mari despotricaba, los puños dispuestos, las palabras mordidas, contra su hermano que:

-Desde pequeño ha sido rarito de cojones. Ahora nos convierte a ti en la madre del maricón, y a mí en el hermano del maricón, y tira nuestros apellidos por los suelos.”

Una novela, Patria, que, como se afirma en el prólogo, “nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político”, y que va a interesar no sólo a los que deseen conocer los “años de plomo” en el País Vasco, sino sobre todo a los aficionados a la buena literatura, porque es de los libros que te atrapan desde el principio y no se pueden dejar de leer.

Gastronomía y música en el homenaje a Borges

Qué extraordinario maridaje gastronómico-musical, ayer, miércoles, en el IES Gran Capitán, como homenaje a Jorge Luis Borges: un almuerzo evocador de la comida y la bebida argentina, preparado y servido por el alumnado y profesorado de la Escuela de Hostelería; y un concierto de Chico Herrera, con letras inspiradas en el libro Los seres imaginarios del escritor argentino.

En el Salón de Actos, lugar donde se desarrolló la actividad, nos esperaban, impecablemente vestidos, los alumnos y alumnas, encargados de acompañarnos a la mesa correspondiente. En la primera página del díptico, donde figura el menú, leemos la frase: “Si hay algo que no existe, es el olvido”, lo cual es una paradoja borgiana, porque incluso lo que se olvida no desaparece sino que queda alojado en el subconsciente.

Como homenaje a Buenos Aires, ciudad natal del escritor, nos sirvieron, en primer lugar, un cóctel, ”Daki Tereré”, que es una adaptación de la clásica bebida “Tereré”, elaborada con mate mezclado con sirope aromatizado de fino. A continuación, tres aperitivos, elegantemente presentados y exquisitos de sabor: Hummus, salpicón de huevas con espuma de mahonesa y tripas de bacalao en salsa verde con alcachofas. Después, merluza asada en su punto, acompañada de pisto, patatas risoladas y ajetes. Y por último, ravioli de rabo de toro con crema de patata y guiso de trigo y nabos, una combinación perfecta de sabor y melosidad.

Para acompañar estos platos, dos vinos argentinos: un blanco Altavista State Torrontés 2016, afrutado y con un punto de acidez, que lo hace diferente; y un tinto Altavista Classic Reserva Malbec 2014, equilibrado e intenso.

De postre, brownie de choco y nueces con coulis de fresa, salsa de chocolate y helado de stracciatella, acompañado de licor de amontillado, con un guiño al Toblerone, la famosa chocolatina de Suiza, país donde falleció Borges.

La segunda parte de la actividad la protagonizó el concierto de Chico Herrera; pero antes nuestra compañera Raquel Castro, coordinadora del ciclo de actividades en homenaje al escritor argentino, recordó que en el 2016 se cumplió el treinta aniversario de su muerte y en el 2017 se han cumplido sesenta años de la publicación de su libro Lo seres imaginarios. Igualmente, agradeció al profesorado y al alumnado del IES Gran Capitán, en particular al de la Escuela de Hostelería, la participación en este homenaje.

Chico Herrera es alto y delgado, y admirador de cantautores, como Pedro Guerra, Caetano Veloso y Silvio Rodríguez, cuyos ecos se aprecian en su forma de interpretar. Acompañado de la guitarra y con una voz suave y melodiosa, nos dio a conocer sus canciones, inspiradas en el universo mitológico de Borges.

Comenzó con “Haokah”, dedicada al dios del trueno entre los indios:

“Suena el tambor del trueno.
En este cielo gris.
encomiendan tu presencia,
danzan para ti.
Usas el aire para hacer
sonar tu tambor…”

A la izquierda del escenario, una mesa, con un reloj de arena, símbolo del tiempo -una de las preocupaciones de Borges-; y a la derecha, un espejo, donde se refleja la imagen del cantautor, al que vemos doble -otro concepto que aparece continuamente en los textos del escritor argentino-, interpretando una canción homónima:

“El espejo encierra
algunos rasgos de ti,
susurra secretos
que hay dentro de ti.
No sabes lo que esconde,
no sabes si es tu doble,
o si solo es un reflejo de ti…”

La preocupación social de Chico Herrera aparece en la canción “El devorador de las sombras”:

“Juro no haber causado hambre ni llanto.
Juro no haber matado,
ni haber hecho matar.
Juro no haber robado alimentos…”

Pero el momento culminante de la tarde se alcanza, cuando baja del escenario, se acerca a donde estamos sentados y “a capella” interpreta “A bao a qu”, al tiempo que baila entre las mesas, moviendo con armonía su estilizado cuerpo.

“Alguien sube la escalera,
sube peldaños gastados de tanto pisar.
Nota el talón su presencia,
osado y sin miedo decide avanzar.
Dejando atrás las leyendas,
sube la torre seguro, sin mirar atrás…”

Y todos cantamos con él el estribillo:

“A bao a qu leyenda
A bao a qu despierta”

De vuelta en el escenario, continúa musitándonos sus canciones al oído, contándonos el secreto de Borges, que también lo es del propio Chico Herrera y de cada uno de nosotros: el paso del tiempo.

“El tránsito inconstante de gente que pasa por tu lado
varía según lo exija el guión de la rutina
manejada por dos o tres agujas que
marcan el rumbo.
Sus movimientos torpes o acelerados, acertados o no,
diferentes pero iguales, en definitiva iguales,
ante el paso del tiempo, inexorable paso del tiempo,
mientras os semáforos siguen cambiando…”

Así, finalizó su actuación y con ella el almuerzo borgiano. Felicitaciones al centro y, en especial, a todas las personas que han hecho posible esta actividad.

Releer El camino

La primera vez que leí El camino, hace ya bastantes años, me cautivaron la sencillez y autenticidad de sus personajes, así como la ternura con la que Delibes se acerca a ellos. Por ejemplo Mariuca-uca, una niña huérfana de madre desde su nacimiento, que ha sido criada por su padre y que sigue por todas partes a Daniel, el Mochuelo, porque está enamorada de él; el propio Daniel, protagonista de la novela, al que le hubiera gustado elegir su destino, quedándose en el pueblo, pero debe acatar la decisión de su padre de enviarle a la ciudad, para estudiar el Bachillerato; Roque, El Moñigo, que tiene fama de golfo y zascandil, y sabe más de la vida que los demás niños, a los que le gusta retar para que hagan lo que él es capaz de hacer; etc.

También me sedujo el arte de la descripción de Delibes, tanto de personajes, como de paisajes, lugares y objetos. Como ejemplo, esta descripción impresionista del cementerio del pueblo, el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, donde selecciona detalles (la puerta de hierro, la pequeña fosa, los cipreses, la ausencia de panteones) que impresionaron a Daniel, el Mochuelo, para mostrarnos el lugar, desde su punto de vista:

“Doblaron el recodo de la parroquia y entraron en el minúsculo cementerio. La puerta de hierro chirrió soñolienta y enojada. Apenas cabían todos en el pequeño reciento. A Daniel, el Mochuelo, se le aceleró el corazón al ver la pequeña fosa, abierta a sus pies. En la frontera este del camposanto, lindando la tapia, se erguían adustos y fantasmales, dos afilados cipreses. Por lo demás, el cementerio del pueblo era tibio y acogedor. No había mármoles, ni estatuas, ni panteones, ni nichos, ni tumbas revestidas de piedra. Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.”

Pero recientemente he vuelto a leer “El camino”, y he podido comprobar que esta novela es más compleja de lo que la sencillez de los personajes y de la historia misma parece indicarnos, sobre todo si nos fijamos en su estructura interna y en el punto de vista narrativo.

Con respecto a la primera, Delibes parte de un presente, la noche previa a la marcha a Madrid de Daniel, durante la cual se produce un salto atrás o analepsis, en el que evoca desordenadamente la vida del niño: pequeñas historias que se entrecruzan entre sí y que se supeditan a la historia principal. La novela finaliza al amanecer del mismo día, con lo que se vuelve al tiempo inicial.

Sin embargo, la evocación de estos episodios, que fluyen en la mente de Daniel, se alterna con retornos al presente que está viviendo, de tal modo que se produce un juego temporal, un ir y venir continuo, que podría haber resultado caótico y desordenado, de no ser por la habilidad de Delibes para conectar todos los cabos sueltos. En efecto, diferentes nexos narrativos le sirven para relacionar las historias y los capítulos: motivos que se repiten (el origen de la vida, el amor, el sexo, la amistad, la muerte); dosificación de una historia (al final del capítulo IV, hay una referencia a Lola, la tendera, cuya retrato esperpéntico se desarrolla en el capítulo siguiente); capítulos que empiezan con la misma palabra con la que había finalizado el anterior (el II y III, con la palabra “valle”.); anécdotas que cuenta en un capítulo, como la de la Mica, cuando cogió robando manzanas a Daniel y sus amigos en el jardín de su casa, y que retoma de nuevo, varios capítulos después; etc.

En cuanto al punto de vista, corresponde al de un narrador omnisciente, pero impregnado de la visión ingenua de la vida que tiene Daniel. Por eso, tras este narrador, percibimos los sentimientos del niño, por ejemplo, el dolor que experimenta el día que entierran a su amigo Germán, el Tiñoso, cuando se imagina como uno de los insectos que coleccionaba el cura de la Cullera, de tal forma que cada campanada “era como una aguja afiladísima que le atravesaba una zona vital de su ser”. Pero, al mismo tiempo, el narrador es capaz de reflexionar, como un adulto, ante este hecho dramático: “Le dolía que los hechos pasasen con esta facilidad a ser recuerdos; notar la sensación de que nada, nada de lo pasado, podría reproducirse. Era aquella una sensación angustiosa de dependencia y sujeción.”

Delibes podría haber optado por el narrador protagonista; pero entonces no hubieran sido creíbles reflexiones filosóficas, como esta, sobre la fugacidad de la vida, en la mente de un niño.

Releer El camino, teniendo en cuenta su complejidad narrativa, ha sido un aliciente añadido a una historia, protagonizada por personajes de carne y hueso; que está contada mediante un lenguaje sencillo, depurado de retórica; y que, en último extremo, viene a decirnos que el verdadero camino no es el que eligen los demás por nosotros, sino el que elegimos nosotros libremente.

Originalidad

La palabra que mejor define quizá esta novela, por la que Jean Echenoz recibió el Premio Goncourt de 1999, es “originalidad” y se refleja en aspectos, como la estructura, el punto de vista narrativo y el estilo.

Comienza siendo una historia, que pronto se escinde en dos, protagonizadas por el mismo personaje, Félix Ferrer, aunque se desarrollan en tiempos y lugares diferentes: París, donde tiene su tienda de arte, y el Polo Norte, adonde ha ido en busca de un tesoro abandonado. Las dos historias se van alternando, pero en un momento determinado, aparece otro personaje, Baumgartner, con el que Ferrer aparentemente no tiene ninguna relación, y que pasa a protagonizar la primera de las historias. Se genera la intriga en torno a este personaje enigmático, que quiere pasar inadvertido y que viaja a España por razones que desconocemos… En realidad, Echenoz utiliza el método de la deconstrucción: ha dividido la historia de Ferrer en varias piezas y, como si se tratara de resolver un puzle, los lectores las vamos encajando cada una en su sitio. Así, hasta que las piezas se vuelven a unir, y esta unión le sirve al autor para resolver la intriga producida por la aparición repentina de Baumgartner y, a su vez, para generar otra intriga, que renueve nuestro interés.

Quien cuenta la historia es un narrador omnisciente, dinámico y divertido, que hace comentarios, dirigidos a los lectores sobre la propia narración: “Pero no estamos en eso. Primero hay que ir al cementerio”. O se pregunta por la agitada vida sentimental del protagonista: “¿no va siendo hora de que Ferrer se centre un poco? ¿Va a pasarse la vida coleccionando esas aventuras insustanciales cuyo desenlace conoce de antemano, aventuras de las que ni siquiera piensa ya como antes que esta vez será la buena?”. O reflexiona jocosamente sobre el perfume ácido y persistente de su vecina, Bérangère, con la que tiene una aventura: “Por más que ventilaba la casa a fondo, el olor tardaba horas en desaparecer, es más, nunca se iba del todo. Es más, era tan poderoso que bastaba que Bérangère llamase para que, difundido por los cables del teléfono, invadiese de nuevo la casa. Antes de conocerla, Ferrer ignoraba la existencia de Extatics Elixir. Ahora, lo respira de nuevo mientras se dirige de puntillas hacia el ascensor: el perfume penetra por el ojo de la cerradura, por los intersticios de la puerta, le persigue hasta su casa.”

Su sentido del humor se acentúa, además, en las situaciones dramáticas, como en el funeral de Delahaye, empleado en la tienda de arte: “El sacristán le alarga el hisopo, Ferrer lo coge sin saber si lo coge bien y se pone a agitarlo atolondradamente. Pese a que no se propone trazar figuras especiales en el aire, forma unos círculos y barras, un triángulo, una cruz de San Andrés, dando vueltas en torno al ataúd ante los atónitos ojos de la gente, sin saber cuándo ni cómo pararse, hasta que la gente empieza a murmurar. Entonces el capellán, sobria pero firmemente, le coge de la manga y lo repatria hacia su silla de la primer fila. Pero en ese instante, sorprendido por el vigor capellanil, sin dejar de blandir el hisopo, lo suelta: el objeto se estrella sobre el ataúd, que suena a hueco al recibir el impacto”.

La originalidad se refleja también en el estilo, combinando la narración en tercera persona con las intervenciones en primera persona, sin indicar estas mediante guiones, lo cual da fluidez al relato, al presentarlo como un todo continuo: “Su ultimo destino había sido La Salpétrière, departamento de inmunología, yo buscaba anticuerpos, comprobaba si los había, calculaba cuántos, intentaba ver de qué tipo eran, estudiaba su actividad, ya ve, ¿no? Claro, bueno, supongo, titubeó Ferrer, a quien, después de Baumgartner y conforme a las instrucciones de Sarrandon, le tocaría cambiar de habitación dos días más tarde y dos plantas más abajo”.

Y en el uso sugestivo del lenguaje. Como prueba, este símil comparando el ruido que produce el surtidor de una fuente, con los aplausos que recibe un artista sobre el escenario: “Aquí no hay jardín sino un patio con vetustos plátanos entre los que rebulle una fuentecilla, o más bien un grueso surtidor que se contonea sobre sí mismo produciendo un ruido espumoso e irregular. La mayor parte del tiempo, ese ruido parece querer remedar salvas moderadas de aplausos, dispersas, poco entusiastas o puramente corteses. Pero a ratos también entra en sincronía consigo mismo y produce entonces durante unos instantes esa escansión de aplausos regulares, un tanto ridículos y binarios –otra, otra- que se desencadena cuando un público reclama el regreso del artista al escenario.”

O este pasaje donde nos muestra el paso del tiempo, personificando las estaciones del año: “Por lo demás, el tiempo acaba de cambiar bruscamente como si el invierno se impacientase, anunciándose de un humor de perros y atropellando al otoño con amenazadoras borrascas para ocupar su sitio lo antes posible, eligiendo uno de esos días de noviembre para, en menos de una hora, despojar estruendosamente a los árboles de sus hojas encogidas y reducidas al estado del recuerdo.”

Esta originalidad formal le viene como anillo al dedo a una historia cambiante, como el mundo de hoy día: los personajes aparentemente muertos, en realidad, no lo están; se producen cambios repentinos de espacios geográficos (París, el Polo Norte, San Sebastián); aparecen súbitamente personajes extraños; etc. El propio título, “Me voy”, frase con la que empieza y acaba la novela, y que sugiere la vida inestable del protagonista, trasladándose de un lugar a otro y cambiando de pareja continuamente, confirma esta sensación.

Una buen lectura para las vacaciones que se aproximan.

La ley del menor

A pesar de su brevedad, es una novela muy bien documentada, lo cual da credibilidad a la historia que se cuenta. Lo apreciamos en diversos ámbitos, pero sobre todo en la administración de la justicia, pues Fiona, la protagonista, que ejerce como jueza, argumenta sus sentencias con rigor y meticulosidad, como por ejemplo el caso de los siameses Mark y Matthew, donde, basándose en la “doctrina de la necesidad”, autoriza la separación de ambos para salvar la vida del primero, aunque sabe que va a ocasionar la muerte del segundo.

También, se aprecia en el ámbito de la música, que es la afición favorita de Fiona: “Con infinita paciencia tanteaba dos notas que se repetían, añadía otra y después repetía las tres, y hasta la cuarta línea no se estiraba por fin, exuberante, hacía arriba, para convertirse en una de las más deliciosas que el compositor había concebido nunca”. Así, con esta sensibilidad y conocimiento musical describe su interpretación al piano de una pieza de Mahler.

E igualmente en el mundo de los testigos de Jehová, religión que practica Adam, quien se resiste a recibir una transfusión de sangre, porque lo prohíbe la Biblia: “Mezclar tu sangre con la un animal o la de otro ser humano es una infección, una contaminación. Es un rechazo del maravilloso don del creador. Por eso, Dios lo prohíbe específicamente en el Génesis, en el Levítico y en los Hechos”.

Esta meticulosidad en la documentación, que parece ser marca de la casa, se ajusta como un guante al carácter de Fiona, personaje que resulta admirable por la entrega absoluta a su trabajo, lo cual llega a afectar negativamente a su propia vida familiar. Tanta es su relevancia en la novela que, a pesar de estar escrita desde el punto de vista del narrador omnisciente, percibimos la presencia de Fiona tras esta voz narradora, impregnándola de una racionalidad que se refleja en el estilo frío, objetivo y austero en el que está escrita la novela.

No obstante, hay momentos en los que el lenguaje se enriquece con las galas de la literatura, como, cuando Fiona va al hospital para comprobar la madurez de Adam, en su drástica de decisión de rechazar la transfusión sanguínea, que puede costarle la vida. Ambos interpretan una canción, ella cantando y él tocando el violín, que va a abrirle al chico una perspectiva diferente de la vida:

“En la primera estrofa los dos fueron a tientas, casi como disculpándose, pero en la segunda sus miradas y, olvidando por completo a Marina, que ahora estaba de pie junto a la puerta, Fiona elevó la voz y el desmañado arqueo de Adam se volvió más osado, y acometieron el acento afligido del lamento que vuelve la vista atrás:

Estábamos junto al río mi amor y yo en un campo,

y en mi hombro inclinado ella posó su mano de nieve.

Me pidió que tomará la vida con calma,

tal como la hierba crece en las riberas;

pero yo era joven e insensato y ahora soy todo llanto”

Lo que expresan los versos de William Yeats es justo lo que Fiona le da a entender a Adam: que existe otra forma de vivir, que piense detenidamente su decisión. Y éste, un joven de 17 años, va a entender el mensaje, pero intentando unir su destino al de ella, una mujer madura, lo cual condiciona el desenlace de la historia, porque Fiona también va a experimentar un cambio, en ella también se produce una inmersión, que la conmueve por dentro y que la sitúa frente a su vida anterior.

Esta es la historia principal, un conflicto entre la racionalidad, representada por la jueza, y la fe, encarnada por Adam, aunque entre medias se suceden una serie de casos, que la primera debe resolver y donde aparecen temas de gran trascendencia social, como el radicalismo religioso, las separaciones matrimoniales y la prevalencia de las necesidades de los niños sobre las de los padres o viceversa.

Ian McEwan quizá trata de abarcar demasiado sin profundizar en nada; pero lo que no se le puede negar es su maestría para narrar:

“Fiona y Marina siguieron letreros escritos con rotulación de autopista. (…) Doblaron hacia un pasillo ancho y brillante que les condujo a un rellano de ascensores y subieron en silencio a la novena planta, donde otro pasillo idéntico las encaminó, después de doblar tres veces a la izquierda, hacia Cuidados Intensivos. Sobrepasaron un mural vistoso de unos monos cantando en la selva. Ahora, finalmente, el aire estancado olía a hospital, a comida cocinada y retirada hacía mucho tiempo, a antisépticos y, con intensidad más tenue, a algo dulce. Ni fruta ni flores.”

Con esta precisión y capacidad para sugerir el aspecto y el olor característico del hospital, cuenta el recorrido que hacen estas dos mujeres por el interior del mismo hasta el lugar donde se encuentra Adam.

Y también para generar la intriga, por ejemplo, cuando Fiona, antes de comenzar el concierto en honor de los magistrados, recibe una información por parte del juez Sherwood, que no sabemos cuál es, pero que, poco a poco, vamos intuyendo, por las sucesivas reacciones de ella: primero su compañero de concierto, Mark, le dice: “Estás pálida”; después, durante la interpretación, “Fiona tocaba como si el piano se ocupara de sí mismo” (…) “también sabía que avanzaba con paso majestuoso hacia algo horrible. Era verdad, no lo era. Sólo lo sabría cuando la música cesara y tuviera que afrontarlo” (…) “Tenía un gusto metálico en la boca”. Así, va creando la intriga, en torno a la noticia que le ha dado el juez, hasta que nos da la pista definitiva, cuando Fiona y Mark interpretan la misma canción que ella había interpretado con Adam en el hospital. Es el trágico desenlace de la novela, en el que ella se ve implicada, sin haber sido muy consciente de ello.

Hablaremos sobre esta novela el próximo lunes, 7 de noviembre, a las 18 horas, en la sesión del club de lectura del instituto.

Maus

Todo es sencillo en este cómic elaborado hace más de treinta años: la historia personal de la supervivencia en los campos de exterminio nazis, que le cuenta Vladek a su hijo Art; los textos, escritos en un lenguaje desprovisto de ostentación y adornos; y los dibujos simples y esquemáticos.

Esta sencillez contribuye a hacer más creíble el relato de unos hechos terribles. Así, recuerda Vladek la desaparición de su hermana Fela, de los hijos de esta y de su padre, que tuvo un comportamiento ejemplar, un día que los nazis concentraron, en un estadio, a todos los judíos de Sosnowiec para separarlos en dos grupos:

“PADRE DE VLADEK: La mandaron a la izquierda. Cuatro niños eran demasiados. ¡Fela!

(Dibujo)

¡Mi hija! ¿Cómo se las apañará sola con cuatro hijos a su cargo?

(Dibujo)

VLADEK: ¿Y qué hizo mi padre? ¡Saltó la valla al lado malo!

(Dibujo)

Los de ese lado nunca regresaron”

Para reforzar la ejemplaridad del cómic, Art Spiegelman utiliza el género didáctico de la fábula, pues los judíos aparecen convertidos en ratones débiles y esquivos; los nazis en gatos sagaces e inteligentes; y los polacos son cerdos estúpidos, sin capacidad de actuación.

Se alternan el presente, en que Vladek es entrevistado por Art, en Nueva York, entre 1978 y 1992, con el pasado aterrador de la Alemania nazi. La relación entre ambos personajes es tensa, porque el primero tiene un carácter fuerte y es perfeccionista hasta la obsesión, mientras que el segundo es neurótico y con sentimiento de culpa, por no haber cumplido las expectativas de su padre.

Pero el relato avanza de forma inexorable, descubriéndonos aspectos de la vida cotidiana de los judíos polacos, durante aquel periodo negro: la expropiación de sus bienes; las dificultades para sobrevivir; el traslado, primero, a los guetos, y, después, al campo de concentración de Auschwitz.

En éste, además, los prisioneros viven hacinados en barracones y sometidos a todo tipo de humillaciones: los obligan a desnudarse y a ducharse con agua helada en pleno invierno; les proporcionan ropa y calzado sin mirar la talla; apenas les dan de comer; y a los más débiles los asesinan sin más miramientos:

“VLADEK: Y no paraban de llegar trenes llenos de judíos.

(Dibujo)

Y los que terminaban en las cámaras de gas, antes de que los enterraran, eran los afortunados.

Los otros tenían que saltar a la tumba todavía con vida.

(Dibujo)

Prisioneros que trabajaban allí rociaban a los vivos y a los muertos con gasolina.

(Dibujo)

Y la grasa de los cuerpos en llamas la recogían y la vertían de nuevo para que todos se quemaran mejor.”

A medica que nos vamos aproximando al final, el estado físico y mental de Vladek empeora y, en la última entrevista, se produce la paradoja de que recuerda con precisión el pasado -su liberación del campo de exterminio y el reencuentro con su mujer, Anja- mientras que confunde a Art con su otro hijo fallecido.

Una experiencia grata y enriquecedora la relectura de Maus, libro que no sólo nos permite adentrarnos en el Holocausto nazi de una forma diferente, como si de un cuento se tratara, sino además conocer la vida de un hombre, Vladek Spiegelman, que probablemente, de no haber tenido un carácter tan singular, no habría sobrevivido.

Hablaremos de este cómic el 8 de junio, miércoles, a las 19 horas, en la próxima sesión del club de lectura. En la biblioteca del centro se pueden encontrar  ejemplares del mismo.

Con Labordeta entre bastidores

No he tenido conciencia real del número de personas que participamos en el Festival Homenaje a José Antonio Labordeta, hasta el día del estreno, 21 de abril, cuando nos juntamos todos entre bastidores. Creo que somos treinta y cuatro. La mayoría estamos sentados ahora a ambos lados del escenario, tras los telones azules, cruzando entre nosotros sonrisas y miradas de complicidad que dan unidad al grupo.

Carmen no sólo es la presentadora de este festival sino también la directora y principal animadora del mismo. Su capacidad organizativa y su constancia en el trabajo han hecho posible el brillante resultado final.

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Es la sesión de tarde, después de una exitosa sesión matinal ante el alumnado de 1º de Bachillerato y 4º de ESO. Los temores en cuanto a la asistencia de público se han visto disipados, pues hay más de media entrada en el salón de actos del IES Gran Capitán, en torno a ochenta personas, entre las que reconozco a Paula, la hija de José Antonio, y a Fede, gestora de la Fundación Labordeta, que nos han honrado con su presencia. Nos lo prometieron al grupo de profesores y profesoras que hicimos el viaje a Zaragoza en el mes de febrero y han cumplido su palabra.

Suena la música, que da entrada a la primera parte. Entre bastidores, escuchamos el saludo de Carmen a los asistentes y sus primeras palabras sobre José Antonio y su poliédrica figura: profesor, poeta, cantautor, naturalista, ecologista, comunicador, caminante, político… Añade que en el festival nos vamos a centrar en su poesía, la gran desconocida, que es íntima, introvertida, cotidiana, próxima. Ahora está explicando la estructura del mismo, y los que participamos en el primer bloque estamos listos para entrar en el escenario.

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Los compases de la pequeña orquesta (José Carlos Archilla, trompeta; Elisa González, clarinete; Alfonso Valdivia, batería; Cristina Moya, violín; Javier Fernández, guitarra; Paco Torres, bombardino; José Luis Rodríguez, cajón; y Carmen Bajo, flauta travesera) nos indican el momento de hacerlo. Ya nos encontramos sentados a la derecha y a la izquierda del escenario. El sonido de la trompeta, interpretando la jota aragonesa, sirve de preludio al primer poema “Cesaraugusta dos” (Gracia), al que le siguen: “La dulce foto” (Lola), “Acuérdate” (Maribel), “Primer recuerdo de mi padre” (Ana), “Te he visto envejecer” (Paqui), “Nos haces una falta sin fondo” (Matías), “Ella”, “Y te daré la paz” (María), “Tres cantos corporales” (Lorena y Aurora) y “Érase una vez” (Paula).

Para controlar los nervios, opto por no mirar al público y me concentro en las imágenes, seleccionadas primorosamente por Antonio, que se proyectan en la pantalla central, mientras recitan mis compañeros y compañeras. Todos lo hacen con pausa y poniendo el énfasis en las palabras adecuadas; todos se levantan de la silla y se acercan al atril, cuando aparece el nombre del poema y suenan las primeras notas de la música que lo acompaña, tal y como estaba previsto. Es el fruto del trabajo continuado y de los ensayos que hemos tenido, durante el curso. Ha ocurrido algo maravilloso: a medida que cada uno de nosotros hemos interiorizado los poemas que nos correspondían, y los hemos hecho nuestros, relacionando sus contenidos con situaciones de nuestra propia vida personal, la declamación ha ido mejorando, sobre todo en autenticidad, y tenemos el convencimiento de que quienes nos escuchan están viendo: a la ciudad de Zaragoza; al niño José Antonio Labordeta; a su querida madre; a su fallecido y llorado hermano Miguel; a su mujer trajinando en la cocina; a su hija Paula formulando preguntas ingenuas; etc.

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De nuevo, nos encontramos entre bastidores, ahora escuchando el taconeo del baile flamenco, ejecutado con maestría por Paula y Malena, al compás de la guitarra. Sólo alcanzamos a ver, en el círculo de luz, por detrás de la pantalla, sus sombras desplazándose armoniosamente. Le sigue Cristina, que ha dramatizado su poema “Veinte ocho estíos corren por mis manos”. Oímos las risas del público y cómo ella se detiene, hasta que se hace el silencio nuevamente. Nos cruzamos miradas de alegría, porque le está saliendo muy bien, a pesar de que estaba hecha un manojo de nervios.

Los poemas de este segundo bloque reflejan el paso del tiempo: “Treinta años y otra vez primavera” (Gracia), “Treinta y cinco veces uno” (Paco Ortiz), “Cuarenta y cinco veces” (Paco Pérez) y “El espejo” (Lola). Cada uno recita con su propio estilo: íntimo, sencillo, sentencioso, profundo.

Me toca de nuevo salir al escenario, porque vienen los poemas de la docencia, que vamos a declamar profesores eméritos, como le gusta llamarnos a Carmen. Música de batería, una mezcla de sonidos graves y agudos, anuncia nuestra textos: “Porque ya nunca haremos la revolución soñada” (Matías), “Mientras vosotros estáis con los grafismos” (Miguel), “Crecen sobre mis manos” (Benito) y “Días huidos” (Paqui). La autenticidad caracteriza, en general, las recitaciones de este bloque tercero.

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Estamos en el ecuador del festival y los versos de José Antonio Labordeta se vuelven críticos contra la banalidad y la hipocresía de sus contemporáneos. Benito, con su voz intensa y modulada, interpreta “No bomba”, un poema de corte surrealista al que ha puesto música y que acompaña con secuencias del cine mudo. Después, el trío formado por Lidia, Victoria e Isabel interpretan con brillantez “Canción tonta para concluir un curso de funcionario cultural”, con letra de Labordeta y música también de nuestro compañero Benito.

Le siguen los poemas de Miguel Labordeta, hermano de José Antonio. Son textos muy personales y difíciles de entender, a causa de sus imágenes oníricas y de su complejidad sintáctica; pero de gran calidad y hondura. Carmen en su presentación recuerda la importancia que tuvo Miguel en la vida del cantautor y el lugar preferente que ocupa su recuerdo en la Fundación Labordeta de Zaragoza.

Se oye el inicio del Himno de la República para introducir “1936” (Juan), donde se describen los efectos destructores de la Guerra Civil. El clarinete acompaña “La voz del poeta” (Matías), poema en el que se expresa la doble frustración de Miguel, por lo que contempla a su alrededor y por lo que observa dentro de sí mismo. El sonido de la batería coincide con “Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto” (Lourdes), donde se plantea una huida del mundo antes de ser eliminado. Y un redoble de tambor acompaña a “Severa conminación de un ciudadano del mundo” (Paco Pérez), poema en el que se critica a los poderosos que provocan las guerras.

A estas alturas del festival, sabemos que todo marcha bien, con el ritmo y la fluidez adecuados, gracias en gran parte al trabajo de los técnicos Josua y Antonio. Lo comentamos entre bastidores, procurando no molestar a Carmen que en este momento anuncia el sexto bloque, impregnado de pesimismo, nostalgia y recuerdo. La música de la orquesta sirve de pórtico a los poemas que lo integran: “La vieja chaqueta” (Ana), que es –según el poeta- casi la epidermis cotidiana con la que uno crece; “Mi perro” (Marina), que “como yo, se abandona a la desesperanza de los atardeceres”; “Un mes inútil” (Lorena) que, a causa de la terrible enfermedad que afectaba a José Antonio, “invade las ventanas de una larga y suave melancolía”; “Origen” (Isabel) o los pasajes de su vida que recuerda cada hombre; “El viejo armario”(Gracia), que con su olor a alcanfor nos trae a la memoria “toda la historia vieja y personal”.

El grupo de músicos no se pone de acuerdo con Carmen, que es interrumpida cada vez que intenta retomar su labor de presentadora. La razón es que llegamos al bloque del humor, pues José Antonio era bastante irónico y socarrón. Ejemplo de ello son los poemas pertenecientes al mismo: “Los cultos” (Miguel), “Noche de Reyes” (Juan), “Escribo estas palabras” (Marina), y “Libro de familia” (Maribel). Todos son introducidos con música festiva.

El último bloque está constituido por tres poemas que nos invitan a soñar con manos extendidas y frágiles sonrisas, a amarnos en libertad, y a disfrutar de nuestras nietas, claro está, cuando las tengamos. Mientras se recitan, se oye de fondo el sonido de la flauta interpretando el “Canto a la libertad”.

Como broche final para el espectáculo, Lidia, Victoria e Isabel interpretan esta misma canción, acompañadas a la guitarra por Benito y Lola. Todos coreamos el estribillo:

“Habrá un día
en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad”

La emoción está servida y las lágrimas corren por más de una mejilla. La hija de Labordeta, Paula, sube al escenario agradecida, y los aplausos atruenan en el salón de actos.

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Regular, gracias a Dios

José Antonio Labordeta, en estas memorias, escritas con sinceridad y autenticidad, parte de un presente doloroso, a causa de la enfermedad, y lo alterna con la evocación de diferentes momentos de su vida, contados en orden cronológico. En esta alternancia se basa la estructura del libro, desde aquel verano de 2006, cuando aún era diputado en el Congreso, en el que le diagnosticaron un cáncer de próstata:

“-José Antonio, ¿tú sabes lo que es el PSA? –me preguntó.
-¿No voy a saberlo…? –le dije. Si lo fundamos entre Emilio Gastón y yo, junto a las gentes de Andalán.
-Pues este PSA no tiene nada que ver con aquel –dijo-. Y además, lo tienes altísimo.”

Así, refiere un momento tan delicado como éste, haciendo gala de su proverbial sentido del humor.

Recuerda el colegio alemán, donde comenzó a estudiar; a su padre, un hombre íntegro, fallecido prematuramente a los 51 años; y a los maravillosos profesores del Santo Tomás de Aquino: “La llegada de un nuevo profesor, en este caso un tal Pedro Dicenta, de los Dicenta autores teatrales y actores, nos iba a introducir a toda una generación de adolescentes un impacto increíble. Dicenta traía la libertad y sus clases y sus tertulias llegaban con una aire nuevo. Leíamos en clase a Lorca, a Alberto, a Neruda, páginas de Maiakovski, o de Stendhal. Él tuvo la culpa de que muchos de nosotros comenzáramos a ser unos repugnantes intelectuales”.

Le siguen recuerdos de su madre, que en realidad era la madre de todos aquellos chavales, alejados de sus familias, que estudiaban internos en el colegio; de su tío Donato, un socialista al que le tocó ir a la guerra en el bando nacional; de Canfranc, el lugar al que regresaba buscando los nuevos aires, frente a la España cerrada del franquismo; de su primer viaje a París y la bohemia; de la Universidad, sus estudios de Filosofía y Letras y sus primeros contactos con el teatro; del lectorado en Burdeos, que le coincide con la guerra de independencia de Argelia; de su boda con Juana y el viaje de novios a Palma de Mallorca, donde conocen a Camilo José Cela; de sus años como profesor en Teruel, de gran dinamismo cultural, donde tuvo como alumno al inefable Federico Jiménez Losantos; de sus recitales por España y por diferentes países europeos:

“De los muchos conciertos que dimos en este país –se refiere a Alemania_ recuerdo especialmente uno: el que ofrecimos en Colonia ante gran número de brigadistas que acabaron entonando “¡Ay Carmela!”, mientras recordaban su tierra, Teruel, y nos preguntaban sobre esa España que acababa de despedir a Franco”.

También evoca a sus hermanos de la canción: “Pablo Guerrero y Luis Pastor trajeron Extremadura a Madrid y siempre que los he necesitado allí han estado. Luis es un hombre vital, amante de la vida; Pablo es mucho más reflexivo, tímido y lleno de ternura”; la experiencia aglutinadora de la revista cultural Andalán; la no menos enriquecedora de Un país en la mochila, programa de televisión con el que recorrió los pueblos de España y nos los dio a conocer a todos: “Todo queda en la memoria, mientras en las imágenes te vas viendo cada día más viejo, con las canas cubriéndote desoladoramente los años que te van cayendo; mientras los amigos te envían cartas desde el Rosal para recordarte sus vinos, o desde A Guarda para que disfrutes el sabor del marisco subastado en el puerto”.

Pero el presente, como se desprende de este pasaje, se impone sobre el pasado, como no podía ser de otra manera, y no sólo por el paso del tiempo, sino sobre todo por la terrible enfermedad: “Cada día lucho más contra esta indecente forma de hacerme viejo, casi anciano, y uno de mis deberes cotidianos es recorrer el pasillo de mi casa –lo recorro veinte veces por la mañana y otras veinte por la tarde- e imagino que las paredes son los árboles de Villanúa y el techo, ese cielo que en los atardeceres me acompañaba en Altafulla. (…) Yo, que para vivir necesitaba hacer tanto y tanto, estar con tanta y tanta gente, descubro ahora que la monotonía en la que se ha convertido mi vida ya no me resulta insoportable, sino extrañamente agradable”.

Son magníficas las páginas dedicadas a Casa Emilio, con las que se cierra el libro –¡Qué lástima no haberlas leído antes de nuestro viaje a Zaragoza! Ahora comprendo la emoción de Carmen, que sí las había leído, cuando comimos allí-, en particular la descripción del dueño del local: “es un ciudadano libre, abierto a todas las voces, amigo de las aventuras culturales y soñador utópico de poemas, de pinturas, de bocetos y de puestas en escena. Todo en esta casa que se mantiene de pie frente a los intereses de otros dueños, a los que les gustaría verla en el suelo. Nosotros la apoyamos porque es como un símbolo de resistencia contra la especulación y una galería abierta al buen humor”. Y sobre todo el recuerdo agradable de aquellas cenas, en compañía de amigos comprometidos con la libertad y contra la dictadura, en contraste con el presente amargo de la enfermedad: “Y allí de pie frente a mi imagen envejecida, pienso que loados sean los días en que los jóvenes corríamos por las desgastadas orillas del Pirineo a la búsqueda de las flores de nieve. Huyeron para siempre y sólo las últimas cenas de Casa Emilio me libera de la tristeza del tiempo que arruina”.

Muy reconfortante leer estas memorias de un hombre honesto e insobornable, especialmente en un momento de nuestra historia, como el actual, donde se necesitan ejemplos que nos sirvan de referencia. Además, su sentido del humor, al que nos hemos referido antes y que se reconoce en el propio título, “Regular, gracias a Dios”, puede ayudarnos a afrontar con una cierta distancia los problemas que nos depare la vida.

La importancia de la atmósfera

Para Marlow, narrador protagonista de El corazón de las tinieblas, “la importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino fuera, envolviendo la anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz”.

Y esta es la clave de las novelas de Joseph Conrad, particularmente de la que comentamos: la atmósfera misteriosa, que rodea el viaje al Congo, en busca de Kurtz, la percibimos desde el principio, con Marlow, sentado, durante la noche, en la cubierta del barco anclado en el Támesis, en medio de la niebla, y contando la historia del joven legionario romano, que llegó a Inglaterra, para conquistar un país desconocido e incomprensible para él, primitivo, pero que le provocaba una mezcla de miedo y fascinación.

La situación en la que se encuentra este joven romano, (“sin los alimentos a los que estaba acostumbrado (…), sin otra cosa para beber que el agua del Támesis (…) De cuando en cuando un campamento militar perdido en los bosques, como una aguja en un pajar. Frío, niebla, bruma, tempestades, enfermedades, exilio, muerte acechando siempre tras los matorrales.”) nos anuncia el destino del protagonista de El corazón de las tinieblas, Kurtz, un joven brillante enviado a África, que experimentará una terrible transformación.

Es la misma atmósfera oscura y tenebrosa que representa el mundo primitivo, no civilizado, al que pertenecía Inglaterra en la época de los romanos; y al que ahora, en el siglo XIX, donde se sitúa la historia de El corazón de las tinieblas, pertenece África, colonizada por los países europeos.

Los lectores, además, nos vemos envueltos en ella y experimentamos una inquietud que nos acompaña durante toda la novela, pues se nos habla de un personaje, que no hemos visto y del que no sabemos nada. Tan sólo que el contacto con la selva y las tribus indígenas le cambió radicalmente, pasando de ser un joven idealista, con deseos de llevar el progreso y la civilización a aquellas tierras, a un individuo abyecto capaz de cometer las peores fechorías:

“Aquellos bultos redondos no eran motivos ornamentales sino simbólicos. Eran expresivos y enigmáticos (…), alimento para los buitres, si es que había alguno bajo aquel cielo, y de todos modos para las hormigas, que eran suficientemente industriosas como para subir al poste”.

Esos bultos son cabezas de personas clavadas en estacas, con los rostros vueltos hacia la casa de Kurtz, pues no hay mejor manera de mantener el orden que sembrando y exhibiendo el terror, como hacía este siniestro personaje obsesionado con el marfil de África, producto que representa para él la riqueza necesaria para ser aceptado por la familia de su prometida.

Kurtz actúa con la misma crueldad como lo han hecho todos los países colonizadores en la historia de la humanidad: Bélgica en el Congo; Inglaterra en la India, España en América, etc. Una crueldad que en último extremo refleja el lado más instintivo y salvaje del hombre, que al propio Kurtz le lleva a gritar en los estertores de la muerte: “¡Es el horror, el horror!”. Es decir, lo que está viendo dentro de sí mismo y que le llevará a la condenación eterna.

Por eso, su muerte es como un triunfo para la selva invadida y maltratada. Así, recuerda Marlow sus últimos momentos:

“La visión pareció entrar en la casa conmigo: las parihuelas, los fantasmas camilleros, la multitud salvaje de obedientes adoradores, la oscuridad de la selva, el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores, regular y apagado como el latido de un corazón… el corazón de las tinieblas vencedoras. Fue un momento de triunfo para la selva, una irrupción invasora y vengativa, que me pareció que debía guardar solo para salvación de otra alma.”

La búsqueda de la verdad

No es fácil escribir con palabras sencillas sobre grandes dramas personales, pero Sándor Márai lo consigue: “Pocos sabían que aquel hombre, que estaba por encima de todas las pasiones humanas, parco en palabras, inabordable y cerrado, era en su fuero íntimo una ruina viva, más miserable y desafortunado que un paralítico, lleno de dudas y heridas, desesperado aunque lo disimulara con una fuerza sobrehumana”. Así, describe al padre de Kristóf.

Ambos ejercieron la magistratura, como su abuelo, de tal modo que juzgar el comportamiento de los demás, cumpliendo las leyes y haciéndolas cumplir, formaba parte de la tradición familiar, era su contribución a la sociedad.

Precisamente, el tema de la novela, sugerido por el propio título, tiene que ver con esta profesión, porque corresponde a Kristóf Kömives, protagonista de Divorcio en Buda, juzgar un caso de separación entre un antiguo compañero de colegio, Imre Greimer, y una joven a la que conoció, cuando ya era juez, Anna Fazekas. De esta forma, Sándor Márai logra generar la intriga desde el principio de la novela.

Después, una vez enganchado el lector, se demora en la presentación de Kristóf, para que conozcamos su origen acomodado, su formación universitaria y su modo de pensar conservador, rasgos coincidentes con sus familiares, que les convierte en seres herméticos e incapaces de mostrar lo que sienten o lo que piensan, como su hermana Emma: “No parece feliz; su personalidad está completamente cerrada, como una planta que cierra su flor ante un peligro indefinido guiada por un instinto complejo y sensible. Se la puede destruir, se la puede aniquilar con un simple gesto, pero así nunca entregará su secreto a nadie”.

Pero lo que interesa a Sándor Márai no es contarnos el proceso divorcio entre Anna e Imre, sino mostrarnos el interior de estos personajes, a través de una conversación, que recuerda a la que mantienen Konrád y el general en El último encuentro, y en la que el marido le cuenta a Kristóf la historia de su mujer, su total dependencia de ella, su amor absorbente e incondicional y, al mismo tiempo, sus dudas de ser correspondido en la misma medida. Y con esta duda en el aire, avanzamos en la lectura, convencidos de que poco a poco iremos encontrando la respuesta que ya intuimos, con lo cual se establece una complicidad con el narrador y los personajes, que nos hace entrar en la historia como unos confidentes privilegiados, a los que se les va a desvelar un secreto, una verdad, que incluso había permanecido oculta a la propia Anna, aunque en realidad estaba dentro de ella.

La búsqueda de la verdad es una constante en las novelas de Sándor Márai. Sus personajes necesitan conocerla para seguir viviendo o para entregarse a la muerte. Suele ser una verdad compartida, como una frase que inicia un personaje y debe completar otro. Así, sucede en Divorcio en Buda.