La originalidad de un punto de vista colectivo


En pocas novelas el punto de vista narrativo desempeña una función tan importante, como en Las vírgenes suicidas (1993) de Jeffrey Eugenides. El grupo de chicos, ya cuarentones, cuando narran la historia de las hermanas Lisbon, están enamorados, casi cabría decir obsesionados con ellas: “Durante los primeros días que siguieron al funeral, el interés que sentimos por las hermanas Lisbon no hizo más que ir en aumento. A su belleza se sumaba ahora un nuevo y misterioso sufrimiento, llevado en el más absoluto silencio, pero visible en aquella hinchazón azulada debajo de los ojos o en aquella manera que tenían de pararse a medio camino, bajar los ojos y sacudir la cabeza como manifestando su desacuerdo con la vida”.

Esto explica que una novela, donde se cuenta la historia de cinco chicas, entre los 12 y los 17 años, que acaban suicidándose -de ahí el título- no resulte una tragedia a ojos del lector, pues la espontaneidad y, en ocasiones, el sentido del humor, de los narradores contrarresta los efectos devastadores de hechos tan terribles: “Parecía una Cleopatra pequeñita en una litera imperial. El primero en salir fue el sanitario delgaducho que lucía un bigote a lo Wyatt Earp -a quien llamaremos sheriff cuando lo conocimos mejor después de tantas tragedias domésticas-, y luego apareció el gordo, que sostenía la camilla por detrás y caminaba melindrosamente por el césped, mirándose los zapatos reglamentarios de policía, como si tratara de no pisar mierda de perro, aunque con el tiempo, cuando estuvimos más familiarizados con los aparatos, supimos que vigilaba la presión sanguínea”. Así describen la salida de los dos sanitarios con el cuerpo moribundo de Cecilia, después de su intento de suicidio.

No obstante, hay señales que anuncian estos hechos terribles: la plaga de moscas del pescado, “que formaban una alfombra en las piscinas de nuestras casas, llenaban nuestros buzones y manchaban la estrella de nuestras banderas”; la enfermedad holandesa que está acabando con todos los olmos del barrio; el descuido cada vez mayor del jardín, después del suicidio de Cecilia; la propia actitud de las hermanas, por ejemplo en el colegio, siempre distantes de las demás chicas y chicos; etc.

Son señales que nos desvelan el drama que se está cociendo en el interior de la casa y que representa probablemente el de otras casas estadounidenses, en la década de los 70 del siglo XX: “”El suicidio de una adolescente del East Side durante el pasado verano ha aumentado la conciencia pública de una crisis nacional”. Porque, en realidad, tal y como se dice más adelante, en Estados Unidos se producían ochenta suicidios diarios y, en los últimos cuarenta años, se había triplicado el número entre los más jóvenes.

Sin duda, lo que impulsa a estas hermanas a quitarse la vida es el aislamiento a que las somete su madre, después de que una de ellas, Lux, violara el toque de queda, al volver a casa con dos horas de retraso. Un aislamiento, que recuerda al luto de ocho años que impuso Bernarda Alba a sus hijas, en la obra de García Lorca, y que cercena su deseo de vivir: “No se habla ni un momento de lo que ellas sienten ni de lo que esperan de la vida, no hay más que una orden que emana de arriba”.

A raíz del mismo, comienzan a suceder cosas, que rozan el realismo mágico, quizá con el fin de profundizar en la realidad, como que Lux comience a hacer el amor en el tejado, de forma casi compulsiva e indiscriminada, o que en éste siempre haya una nube “hecho que no tenía otra explicación que la psíquica: la casa estaba en sombras porque así lo quería la señora Lisbon”.

Todo contado desde la distancia a la que se encuentran unos chicos fascinados por las hermanas, compartiendo sus sensaciones, sus sentimientos contenidos, sus frustraciones, los viajes imaginarios con ellas, su comunicación a través del teléfono, con discos de música: “Y continuamos con “Puente sobre las aguas turbulentas”. Con esta subimos el volumen, porque la canción expresaba mejor que ninguna lo que nos inspiraban las chicas, lo mucho que queríamos ayudarlas. Al terminar, esperamos su respuesta. Después de una larga pausa, volvió a rechinar su tocadiscos y entonces oímos aquella canción que incluso ahora, cuando la escuchamos, a través del hilo musical de unas galerías comerciales, hace que detengamos nuestros pasos y que volvamos la vista atrás…”.

Así, hasta un final, donde el ritmo de la narración se remansa, y ellos y nosotros, los lectores, en medio del silencio de la noche, nos convertimos en peones de una estrategia trazada por las hermanas Lisbon; y, con independencia de que su suicidio sea interpretado como algo histórico, surgido de la misma fuente que otros que se produjeron en el país, o se debiera a la presión familiar, o a la predisposición genética, o a un impulso irresistible, lo cierto es que este grupo de chicos, así como los que hemos leído la novela, no logramos olvidarlas, quizá por lo que tienen de rebeldía frente a un mundo lleno de defectos.

Hablaremos de Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides, en la próxima sesión del Club de Lectura del IES Gran Capitán, el 9 de enero, miércoles, a las 17:30, en la biblioteca del centro. Será la primera del año que empieza.

Una novela con retrogusto

Todo está impregnado de naturalidad en esta novela: la historia, que se cuenta; el desarrollo de esta, a pesar de que se hace con tiempo retrospectivo; el comportamiento y el modo de hablar de los personajes; y el estilo sobrio y sencillo, transparente, en el que está escrita. Incluso resulta natural la forma en que Kazuo Ishiguro genera el interés del lector, introduciendo progresivamente motivos inquietantes (el suicidio de Keiko; el misterio en torno a Sachiko y su hija Mariko; la otra orilla del río que atrae a este segundo personaje; la crítica aparentemente infundada a Ogata-San, en un artículo periodístico; la pálida luz de las colinas, que da título a la novela; etc.), que se van aclarando parcialmente, mediante un hábil juego temporal, que le lleva del presente al pasado y del pasado al presente.

La historia la cuenta en primera persona Etsuko, que reside en Inglaterra y que se deja llevar por el curso caprichoso de la memoria, aunque hay dos mujeres en su pasado en Nagasaki, que la obsesionan especialmente: Sachiko y su hija, Mariko.

Los personajes ocultan más de lo que dicen, y quizá por eso me atrapan, aunque, al mismo tiempo, se me escapan entre los dedos. Son dos impresiones las que producen en el lector, aparentemente contradictorias, pero que tienen una misma causa: el misterio que encierran. Etsuko lo define certeramente, cuando describe al padre de su marido, Ogata-San, en su casa: “Siguió mirando por la ventana. Con la intensa luz de la mañana, lo único que podía distinguir de su cabeza y sus hombros era un contorno borroso”.

Esto mismo me sucedió con otra novela de Kazuo Ishiguro, Los restos del día, donde el enigma en torno al mayordomo Stevens y al ama de llaves, miss Kenton, así como a las relaciones que existen entre ambos, me inducía a seguir leyendo y me causaba paralelamente un sentimiento ambivalente hacia los dos.

En Pálida luz de las colinas, hay algo que condiciona la vida de los personajes: la Segunda Guerra Mundial y, en concreto, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Nagasaki y los miles de muertos que ocasionó, aunque las referencias a este terrible suceso sean sutiles, o indirectas, como la visita al Parque de la Paz que realizan Etsuko y Ogata-San. Quizás esta escasez de referencias, unida a la contención de los personajes, a la que me refería antes, obedezcan a una estrategia para olvidar el trauma del conflicto y sus consecuencias, con la seguridad de que el tiempo lo acaba borrando todo.

Por otra parte, la derrota de Japón, supuso para este país, ocupado por las tropas estadounidenses, entrar en contacto directo con la cultura americana, tan distinta de la japonesa, sobre todo en lo concerniente al papel de la mujer en la sociedad. Le dice Sachiko a Etsuko sobre su hija: “-En América, Mariko será más feliz. Para la educación de una niña es un país mucho mejor. Allí podrá darle a su vida la orientación que quiera (…) Podrá convertirse en una mujer de negocios, o estudiar pintura en una universidad y hacerse artista. En América todo eso es mucho más fácil. El Japón no es buen sitio para una mujer. Aquí, ¿a qué puede aspirar?”.

La misma inquietud e inseguridad que me generó la novela en su inicio permanecen al finalizar su lectura, pues los temas que plantea no se aclaran en su totalidad ni tampoco acabo por conocer completamente a los personajes, ni el futuro que le espera. Con lo cual, después de leer las últimas líneas, que enlazan con las primeras, por su estructura circular, sigo dándole vueltas a unos y a otros, como el retrogusto de los buenos vinos.

Hablaremos de Pálida luz de las colinas de Kazuo Ishiguro, en la próxima sesión del Club de Lectura del IES Gran Capitán, el 21 de noviembre, miércoles, a las 17:30, en la Biblioteca.

Violación Nueva York

Este libro, basado en un experiencia real de la autora, Jana Leo, tiene un inicio extraordinario, donde describe, de forma objetiva, el terrible hecho de la violación en su propia casa, que ella tolera, sin oponer resistencia, por temor a ser asesinada: “Me estaba violando, aunque fuera “sin violencia”. Había entrado en mi casa armado con una pistola y ahora estaba entrando en mi cuerpo. No era mi forma de hacer las cosas. Yo tomaba mis propias decisiones con respecto al sexo: elegía cuándo, cómo y con quién. Tenía derecho a negarme, sin discusión. Pero los principios se diluyen ante una amenaza de muerte. Si tenía que elegir entre “la honra” y la vida, lo tenía claro…”

A continuación, a través de un hábil salto atrás, nos da cuenta de lo sucedido inmediatamente antes, para pasar, después, a analizar las características del barrio de Harlem en Nueva York, en el que se encuentra el piso donde la violaron y donde vive el agresor. En este análisis acusa directamente a las empresas inmobiliarias de llevar la delincuencia a determinados edificios, con el fin de que su valor caiga en picado y puedan comprarlos a un precio muy bajo, para reformarlos y convertirlos en apartamentos lujosos, que les proporcionan suculentos beneficios. Una forma de corrupción que, además de provocar hechos atroces, como el que le sucedió a la autora, perjudica a los contribuyentes, porque corren con los gastos derivados de esa delincuencia, mientras que beneficia directamente a los promotores y al gobierno local, a través de los impuestos.

Curiosamente Jana Leo -y lo recuerda en su reflexión- había escrito un ensayo al que tituló Domestofobia y que se basa en tres ideas: el concepto del hogar como cárcel, puesto que los inquilinos son incapaces de abandonarla; como lugar donde se comete violencia; y como símbolo del sueño americano, que afecta negativamente a quienes no lo tienen. Este ensayo, fruto de su trabajo en la universidad, se estaba volviendo autobiográfico, porque a ella la asaltó en el piso donde vivía un joven que carecía de hogar, aunque, paradójicamente, acabó encontrando éste en la cárcel.

Completa el libro con un amplio epílogo para la edición española, donde establece un paralelismo entre el proceso de desalojo, bajo la presión de los propietarios, del barrio madrileño de casas unifamiliares, donde vivía de pequeña, en la década de los 70 del siglo pasado, y la situación que padeció, cuando tenía 35 años, en el barrio de Harlem en Nueva York, donde fue violada.

Hay un elemento común a ambos hechos: la red de corrupción inmobiliaria que se expande por las casas, sin respetar a los que viven en ellas. Por eso, la violación no es tanto lo que ocurre entre el violador y la víctima, como el beneficio que genera a un tercero, ya que, en realidad, “es un medio que se utiliza para echar a una persona de su casa”.

Jana Leo no solo te conmueve y te causa dolor, cuando detalla con objetividad los pormenores de la agresión que sufrió, sino que además te hace pensar sobre la sociedad en la que vivimos, donde el enriquecimiento de las empresas, a veces con la connivencia de instituciones públicas, está muy por encima de las personas.

ARTE


La obra Arte de Yasmina Reza, estrenada en 1994, cuenta cómo las relaciones de amistad entre Sergio, Marcos e Iván comienzan a deteriorarse, a raíz de la adquisición de un cuadro abstracto por parte del primero de ellos. Las distintas valoraciones que les merece éste harán aflorar los defectos, las palabras no dichas y, en suma, las diferencias, que han permanecido ocultas o ignoradas, hasta ese momento, y que son, en realidad, las reglas tácitas por las que se rige este tipo de relaciones en nuestra sociedad.

Los diálogos se suceden con agilidad y fluidez, sin ningún tipo de concesión a la retórica. Van directamente al meollo del asunto: la fragilidad de la amistad entre los personajes. Después, serán el director y los actores, en el montaje de la obra, los que completen estos diálogos sobrios y sencillos, con sus gestos, sus movimientos y sus silencios, porque Arte, como todas las obras de teatro, está hecha para ser representada ante un público.

Los numerosos monólogos, que quizá le resten continuidad y ritmo, bien introducen una escena o bien la interrumpen, para mostrarnos el pensamiento o la opinión de un personaje sobre lo que estamos viendo, como éste de Sergio, después de que Marcos despreciara su cuadro, al calificarlo como una mierda: “No le gusta el cuadro. Bueno… Ninguna delicadeza en su actitud. Ningún esfuerzo. Ninguna muestra de ternura en su crítica. Sólo una risa pretenciosa, pérfida. Una risa que lo sabe todo mejor que nadie. Odio esa risa”.

Es como si los personajes se desnudaran en escena ante nosotros, los espectadores, y nos fueran predisponiendo a favor o en contra de cada uno de ellos.

El humor surge de forma espontánea, por ejemplo, a causa de un malentendido o de interpretaciones distintas de una misma situación:

“MARCOS: Fue Sergio el que se rio primero…
IVÁN: Sí.
MARCOS: Él se rio y tú te reíste luego.
IVÁN: Sí.
MARCOS: Pero él, ¿por qué se rio?
IVÁN: Se rio porque se dio cuenta de que yo iba a hacerlo. Se puso a reír para darme confianza, si prefieres.
MARCOS: Si se rio el primero, no vale. Si se rio el primero fue para desactivar tu risa. Eso no significa que se riera a gusto.
IVÁN: Se reía muy a gusto.
MARCOS: Se reía muy a gusto, pero no por la causa justa.
IVÁN: ¿Perdona? ¿Qué es la causa justa? No lo entiendo.
MARCOS: No se reía del ridículo de su cuadro, no os reíais él y tú por las mismas razones, tú te reías del cuadro y él se reía para halagarte, para ponerse en tu onda, para demostrarte que, además de ser esteta que puede invertir en un cuadro lo que tú no ganas en un año, sigue siendo tu viejo amigo iconoclasta con quien uno se puede reír.”

Pero Arte, a pesar de estos momentos divertidos, es una tragedia. La propia autora ha reconocido, en una reciente entrevista, con motivo de la reposición de la obra en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid, que encierra una profunda oscuridad, porque narra la demolición de una amistad. En efecto, ninguno de los tres amigos acepta cómo es el otro: a Iván le critican los otros dos amigos sus llamadas a la calma, que le quedan al margen de la conversación, su espíritu de conciliación, porque con éste espíritu no hace sino echar más leña al fuego; a Sergio le reprocha Marcos que haya pagado un dineral por un cuadro que, en su opinión, carece de valor, lo cual es una forma de decirle que ha dejado de contar con su opinión, que le ha traicionado; y éste último es tildado por Sergio de sarcástico, de intransigente, de tratar de imponer siempre su punto de vista, así como de enorgullecerse de no ser un hombre de su tiempo.

En cualquier grupo de amigos se pueden encontrar los perfiles de cada uno de estos tres personajes, y cualquiera, que vea la representación se puede identificar con alguno de ellos y reconocer como propias las situaciones que protagonizan. Esto, unido a la sencillez del lenguaje dramático, es lo que confiere universalidad a Arte.

Sobre esta obra de Yasmina Reza, hablaremos el próximo miércoles, 9 de mayo, a las 18 horas, en el Club de Lectura del instituto.

Original adaptación de Luces de Bohemia

Original adaptación de «Luces de Bohemia» la que vimos el sábado pasado en la sala principal del Teatro Góngora, a cargo de la compañía Teatro Clásico de Sevilla. Su director, Alfonso Zurro, nos presenta esta obra de Valle-Inclán, con la que se inauguró el género del esperpento, en 1924, como un viaje hacia la muerte, no sólo del protagonista sino de una sociedad, la de la España de la Restauración, la cual bien podría identificarse con la España actual, que se descompone, por la ausencia de ética. El propio inicio del montaje, adelantando la escena del entierro de Max Estrella, junto con la escenografía, a base de ataúdes, que son movidos por los propios actores y actrices, y la música fúnebre, con los toques de tambor que se graban en nuestros oídos, contribuyen a sugerir esta presencia constante de la parca.

Un acierto que los actores formen coros para decir las cuidadas acotaciones de Valle, porque estas dan unidad a los diálogos y ayudan a que los espectadores nos situemos en los numerosos lugares donde se desarrolla la acción.

Sobrecogedora la escena en la que una madre, con su niño muerto en brazos, que tiene la sien traspasada por el agujero de una bala, expresa a gritos su dolor, al tiempo que es increpada por algunos vecinos, situados en el interior de los ataúdes, y defendida por otros:

“EL EMPEÑISTA: El dolor te enloquece, Romualda.
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Asesinos! ¡Veros es ver al verdugo!
EL RETIRADO: El Principio de Autoridad es inexorable.
EL ALBAÑIL: Con los pobres. Se ha matado, por defender al comercio, que nos chupa la sangre.
EL TABERNERO: Y que paga sus contribuciones, no hay que olvidarlo.                                                                                                                                                                                                                                            EL EMPEÑISTA: El comercio honrado no chupa la sangre de nadie.
LA PORTERA: ¡Nos quejamos de vicio!
EL ALBAÑIL: La vida del proletario no representa nada para el Gobierno.
MAX: Latino, sácame de, este círculo infernal.”

Y extraordinario el ritmo del montaje, con los actores y actrices, bien moviéndose con agilidad por el escenario, o bien deteniéndose para formar composiciones estáticas, llenas de expresividad y color.

En cuanto a las interpretaciones, perfecta la pareja de Roberto Quintana y Daniel Monteagudo, que dan vida a Max Estrella y Don Latino respectivamente, dos personajes que contrastan física y éticamente: la elegancia y dignidad del primero, frente al desaliño indumentario y la abyección del segundo. Y muy entonado el resto del elenco, encarnando la mayoría de los actores y actrices a varios personajes.

Viendo la representación de «Luces de Bohemia» de ayer noche, uno toma conciencia del valor y la trascendencia del teatro de Valle-Inclán, tanto por la universalidad de su mensaje como por su innovadora técnica dramática.

Un aplauso unánime, entusiasta y prolongado premió este buen trabajo de la Compañía Teatro Clásico de Sevilla.

El arte de la contención y la sugerencia

He visto representadas obras de teatro de Antón Chéjov, como La gaviota o Las tres hermanas, donde he podido apreciar su profundo conocimiento de la naturaleza humana y cómo, con una gran economía de medios, presenta a personajes comunes y sencillos, dándonos a entender mucho más de ellos que lo que dicen con sus palabras. Pero no había leído con detenimiento sus cuentos, hasta ahora que hemos hecho una selección para la próxima sesión del club de lectura, y, la verdad, es que me están encantando por las mismas razones que su teatro.

Por ejemplo, le bastan sólo unas líneas para presentar sutilmente a la protagonista de “La señora del perrito” y sugerir su principal problema, la soledad: “Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente la señora del perrito”. También, en el inicio de “Tristeza” da a entender este mismo sentimiento, de nuevo, de forma sintética, y fijándose en la quietud de los personajes: “Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos”.

Así, genera la intriga en los lectores, que nos preguntamos por la razón de esta tristeza, la cual poco a poco vamos a ir descubriendo, aunque siempre queda algo misterioso en sus conductas, que nos llena de inquietud, porque lo que le interesa sobre todo son los personajes, tanto que tenemos la impresión de que los cuentos se desarrollan en el interior de estos, a los que se acerca objetivamente, mostrándonos, con extraordinaria honestidad, sus virtudes y sus defectos, sus atrevimientos y sus aflicciones.

Además, sus finales son abiertos, porque la vida continúa y, después del hoy, viene el mañana, y Chéjov prefiere las dudas a las certezas, las preguntas a las respuestas. De ahí, que sea difícil encontrar una moraleja clara, una enseñanza moral, porque lo principal es el camino donde vamos comprendiendo la condición humana. Así, la esperanza incierta de Vanca, en el cuento homónimo, de volver a la vida sencilla en el campo, frente a la existencia triste en la gran ciudad; o las inusitadas expectativas vitales que le genera al capitán Riabóvich el beso furtivo de una mujer desconocida, en el cuarto oscuro: “Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños”.

No obstante, en ocasiones, el camino, aparentemente feliz, se torna de súbito pesadilla, porque todo lo que tenía sentido deja de tenerlo y lo que producía satisfacción ya no la proporciona, como sucede en “El profesor de lengua”, donde el protagonista acaba añorando un pasado lleno de dificultades, pues no puede soportar la vida rutinaria y sin alicientes: “¿Dónde estoy, Dios mío? Vivo rodeado de vulgaridad y de más vulgaridad. Unos seres aburridos, insignificantes, ollitas con crema de leche, jarritas con leche, cucarachas, mujeres estúpidas… No hay nada más horroroso, más insultante, más angustioso que la vulgaridad.”

A todo esto, hay que añadir su sentido del humor, con frecuencia sutil; pero a veces directo, como en “La muerte de un funcionario público”, cuento escrito en su juventud, donde el protagonista se obsesiona hasta el absurdo con ser perdonado por una persona de condición social superior, a causa de un incidente sin mayor importancia.

Sin embargo, lo que caracteriza la obra literaria de Antón Chéjov y su principal valor es la contención narrativa y, ligada a ella, la capacidad de sugerencia, que se refleja en su gusto por lo inacabado y transitorio, lo cual nos obliga a los lectores de sus cuentos y espectadores de su teatro a imaginar gustosamente lo que él evita.

 

Hablaremos de una selección de cuentos de Chéjov («El beso», «Enemigos», «El estudiante», «El pabellón nª 6», «La señora del perrito», «La tristeza», «Agafia», «Vanca», «La muerte de un funcionario público», Una apuesta» y «El profesor de lengua») en la próxima sesión del club de lectura del IES Gran Capitán, el miércoles, 21 de febrero, a las 17:30, en la biblioteca.

 

Una extraña y divertida novela


Es sorprendente lo que me ha sucedido con El maestro y Margarita, pues la primera impresión de encontrarme ante algo deslavazado, sin demasiada trabazón interna, se ha tornado, a lo largo de las páginas, en admiración, al comprobar cómo las diferentes partes de la novela se relacionan entre sí, mediante diferentes recursos.

Se cuentan tres historias:

• La aparición del diablo y su séquito, que altera las bases y los valores de la vida en Moscú, y que culmina con una velada de magia.

• La historia de amor entre un escritor, el maestro, al que se le ha rechazado su novela, y una mujer casada, Margarita.

• Y la historia de Poncio Pilatos, cuando a Jesucristo lo crucifican, que es la novela del maestro.

El tono y el estilo en que están redactadas es diferente, pues el realismo y la veracidad de la tercera de las historias citadas contrasta con la irrealidad y el humor absurdo de las otras dos.

Mijaíl Bulgákov, su autor, presenta lo extraordinario y fuera del sentido común, como normal. Así, la llegada a Moscú del diablo Voland y la conversación inverosímil que mantiene con el joven poeta Iván y con Berlioz, presidente del sindicato de escritores, que derivará en la muerte trágica de éste, habría sido, en el caso de que se hubiera permitido la publicación de la novela, cuando se escribió, en la década de los años 30 del siglo pasado, un desafío al régimen comunista, donde el estilo oficial en el arte era el realismo socialista, que tenía como exigencia reflejar al héroe soviético y contribuir a la construcción de ciertos tipos sociales. Desgraciadamente, no se pudo publicar hasta 1967, 31 años después de haber sido escrita y cuando ya había fallecido su autor.

En efecto, en esta novela, por lo que tiene de fantasía e imaginación, hay una crítica implícita a la URSS, un país que profesaba una fe ciega en la razón; pero con independencia de ello, su valor reside en la originalidad con la que se presentan las diferentes situaciones y en el sentido del humor.

Por ejemplo, hay un pasaje donde se identifican los cambios en el estado anímico de Iván con cambios meteorológicos: “El médico le puso una inyección en el brazo y le aseguró que ya no sentiría deseos de llorar, que todo pasaría y que lo que tenía que hacer es olvidad. No se equivocó. Muy pronto el bosque del otro lado del río recobró su apariencia habitual y en el cielo, que volvía a ostentar un limpio color azul, se dibujaba hasta el último árbol. El río se calmó. Y muy pronto, después de la inyección, también Iván se liberó de su angustia. Ahora estaba tranquilamente tumbado mirando el arco iris que se había desplegado en el cielo.”

Y otro donde los cadáveres que salen de la chimenea se transforman inopinadamente en invitados al Gran Baile de Satanás, con lo que se rozan los límites del humor macabro: “De pronto algo explotó en la chimenea y de allí salió una horca de la que colgaba un cadáver medio descompuesto. El cadáver se soltó de la cuerda, chocó contra el suelo y apareció un hombre guapísimo, moreno, vestido de frac y zapatos de charol. De la chimenea salió un ataúd casi desarmado, se desplegó la tapadera y cayó otro cadáver. El apuesto varón se acercó de un salto al cadáver y, doblando el brazo, lo ofreció muy galantemente. El segundo cadáver era una mujer muy nerviosa, con zapatos negros y plumas negras en la cabeza”.

También se reconoce esta originalidad en el punto de vista, que corresponde a un narrador que observa y escucha lo que sucede; pero que, al mismo tiempo, lo juzga y trata de influir sobre el lector: “¡Adelante, lector! ¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero, fiel y eterno en el mundo, que no existe? ¡Que le corten la lengua repugnante a ese mentiroso! ¡Sígueme, lector, a mí, y sólo a mí, yo te mostraré ese amor!”.

Y en el tipo de personajes, sobre todo Voland, el diablo, sobre cuyo aspecto no se ponen de acuerdo los diferentes informes, que se hicieron sobre él: “La comparación de dichos informes no puede dejar de causar asombro. En el primero, se lee que el hombre era pequeño, que tenía dientes de oro y cojeaba del pie derecho. En el segundo, que era enorme, que tenía coronas de platino y cojeaba del pie izquierdo. El tercero, muy lacónico, dice que no tenía rasgos peculiares. Ni que decir tiene que ninguno de estos informes sirve para nada”.

No faltan tampoco en la novela reflexiones filosóficas y teológicas sobre: el bien y el mal, sobre los defectos del ser humano, sobre la autosuficiencia de la obra literaria, sobre la existencia de Dios: “-No, no creemos en Dios –contestó Berlioz con una ligera sonrisa, al ver la sorpresa del turista- Pero es algo de lo que se puede hablar con entera libertad. El extranjero se recostó en el banco y preguntó con la voz entrecortada de curiosidad: -¿Quiere usted decir que son ateos? –Pues sí, somos ateos –respondió Berlioz sonriente. Desamparado pensó con irritación: Este bicho extranjero se nos ha pegado como un lapa. ¡Pero qué tipo tan plomo!”.

La intriga, a medida que avanzamos en la lectura de esta desconcertante novela, se mantiene, no sólo por la singularidad de situaciones, como las descritas, y de personajes cambiantes, como Voland, sino porque, poco a poco, se nos van ofreciendo pistas de las conexiones entre las tres historias, aunque no va a ser hasta el final, cuando tengamos la certeza de que forman un todo.

Hablaremos de El maestro y Margarita en el club de lectura del IES Gran Capitán, el 31 de enero, miércoles, a las 17:30, en la biblioteca.

Una imagen diversa de la desdicha humana

Qué maravilloso reencuentro con los cuentos que integran El llano en llamas de Juan Rulfo. Desde el primero, titulado “Macario”, un niño que vive en compañía de su madrina y la criada de esta, Filipa, con un hambre nunca satisfecha, pasando por “Es que somos tan pobres”, donde una riada acaba con la vaca Serpentina, que es la única esperanza para que Tacha encuentre marido y una vida decente, nos encontramos a personajes sencillos y humildes que sufren las consecuencias de haber nacido en el seno de familias pobres: “Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace templar y sacudirse todita, y, mientras la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición”. Quedan grabadas en nuestra memoria palabras hermosas y llenas de autenticidad, como estas, que reflejan la solidaridad entre las víctimas de la miseria.

Hay analepsis abruptas, que anticipan la ruptura total con el tiempo narrativo en su novela Pedro Páramo y que nos asombran justamente por lo inesperado de las mismas, como la que se produce en “En la madrugada”, con el viejo Esteban en la cárcel, acusado de haber matado a su amo, don Justo, aunque él no recuerde nada de lo sucedido. Además, está acompañada de un cambio en el punto de vista narrativo, para descubrirnos la catadura moral de éste, que no sólo explota laboralmente a Esteban, sino que mantiene relaciones incestuosas con su sobrina.

El enfrentamiento entre Eros y Tanatos, primitivo e impregnado de una religiosidad, cercana a la superstición y al fanatismo, aparece en “Talpa”, donde la voz que narra los hechos nos atrae desde el principio: “Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo”.

También los finales nos sorprenden, porque constituyen giros inesperados en la historia que se cuenta, como el del titulado “El llano en llamas”, donde la mujer y el hijo esperan a Pichón, a la salida de la cárcel, después de habernos contado la vida de éste, durante la revolución. Incluso se producen cambios repentinos en la fórmula de tratamiento, como por ejemplo en «No oyes ladrar los perros», donde el padre, que lleva sobre sus hombros al hijo herido, pasa de tutearle y animarle a hablarle de usted, cuando le echa en cara su comportamiento violento y sanguinario:

«-Te llevaré a Tonaya

-Bájame.

Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:

-Quiero acostarme un rato.

-Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.

(…)

-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. (…) Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. (…) Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, pues vergüenzas.»

Todos los cuentos están escritos con extraordinaria sobriedad, aunque, a veces, Rulfo utiliza imágenes, especialmente expresivas y sugerentes. Así, describe el pueblo de Luvina: “Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón”. O la conversión en mujer de Matilde Arcángel: «Le brotó una mirada de semisueño que escarbaba clavándose dentro de uno como un clavo que cuesta trabajo desclavar. Y luego se le reventó la boca como si se la hubieran desflorado a besos. Se puso bonita la muchacha, lo que sea de cada uno quien.»

A un libro tan duro y tan triste, que refleja la vida en los pueblos de Jalisco, a partir de los años 20 del siglo pasado, cuando la revolución había derivado en guerra civil, y los campesinos emigraban a las ciudades, en busca de una vida mejor, ni siquiera le falta el humor, aunque aparece en uno solo de los cuentos, “Anacleto Morales”, un aspirante a santo que resulta ser un auténtico perdulario.

Juan Rulfo sabe recrear el lenguaje oral, con abundantes términos del habla campesina, como “piruja” (prostituta), “juilón” (cobarde), “boruca” (ruido confuso de gritos y voces) o “corretiza” (persecución), hasta hacernos creer que, en realidad, no estamos leyendo un cuento, sino escuchando a lugareños de este estado mexicano contar sus historias de violencia y de sexo, en medio de un paisaje seco con el que luchan sin posibilidad de éxito.

Estos seres desvalidos no son meros personajes de ficción, sino que alcanzan la categoría de arquetipos, ya que la pobreza, el hambre, el dolor, el odio, la venganza, la superstición o la violencia constituyen una imagen diversa de la desdicha humana.

 

Hablaremos de El llano en llamas hoy miércoles, a las 18 horas, en el club de lectura de nuestro instituto.

Los restos del día

 

La historia se cuenta desde el punto de vista de Stevens, mayordomo de una casa señorial inglesa. Desde el principio, reconocemos el tono sumiso de este narrador, que se dirige a unos receptores, que parecen estar escuchando lo que dice: “Sin duda convendrán conmigo (…) Es algo que con toda seguridad entienden (…) Con su permiso (…) Espero que disculpen mi falta de precisión”. Es decir, se dirige a ellos como pidiéndoles/pidiéndonos aceptación de las decisiones que ha ido tomando en su vida.

Los problemas que le preocupan más en su trabajo son la organización del servicio y el trato con el nuevo dueño, mister Farraday, el cual emplea un tono jocoso al hablar, al que Stevens no sabe como corresponder, acostumbrado a la seriedad y al estricto protocolo del anterior, Lord Darlington Por eso, entre otras razones, va a buscar a la antigua ama de llaves, miss Kenton, cuyos servicios necesita de nuevo.

Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, consigue, mediante un lenguaje claro y sencillo, introducirnos en la mente de este disciplinado mayordomo, de tal forma que vamos conociendo poco a poco sus miedos e inquietudes, sus emociones: “Fue una sensación muy agradable contemplar aquel paisaje, con la brisa acariciando mi cara y escuchar los sonidos del verano: creo que fue en aquel preciso momento cuando por primera vez sentí energía y entusiasmo para afrontar los días venideros, los cuales, con toda seguridad, me tenían reservadas interesantes experiencias”. También, que nos preguntemos con él algo que probablemente nunca nos hemos preguntado: “¿Qué significa ser un gran mayordomo?”; y que le sigamos en sus disquisiciones hasta llegar a la conclusión de que la cualidad principal es la dignidad, que consiste en guardar siempre las apariencias reprimiendo las emociones, lo cual no deja de ser una definición perfecta de la aristocracia inglesa, y en general del ciudadano de este país.

La novela está escrita como un diario, que se desarrolla en seis días, los que emplea Stevens en localizar a miss Kenton; pero no sólo recoge los pormenores del viaje, sino que con frecuencia se producen analepsis o saltos atrás, que nos permiten conocer la relación entre estos dos personajes y la vida en la mansión, cuando pertenecía al antiguo dueño.

Stevens es extraordinariamente preciso con los lugares por donde pasa o donde se aloja. También, con los sentimientos que va experimentando o con los retos personales que se plantea para satisfacer a su nuevo señor, como, por ejemplo, mejorar su sentido del humor: “Siempre que me encuentro ante una situación extraña, intento formular tres chistes sobre las circunstancias que me rodean en ese momento”. O sobre cómo ha evolucionado la profesión de mayordomo, que se refleja en la importancia creciente de los objetos de plata, para indicar el nivel de una casa: “Me complace poder recordar varias ocasiones en que la plata de Darlington Hall impresionó gratamente a nuestras visitas. Recuerdo la vez que Lady Astor comentó, no sin cierto resquemor, que nuestra plata era probablemente incomparable”.

Dos estímulos, que en realidad son dos secretos a desvelar, nos inducen a seguir leyendo: la verdad sobre las relaciones entre Stevens y miss Kenton y la auténtica catadura moral de Lord Darlington, que representa a una parte importante de la aristocracia inglesa.

Hay referencias breves, simples pinceladas, al contexto histórico: “Actualmente todo el mundo sabe muy bien que el señor Ribbentrop –el embajador alemán- era un farsante, que durante aquellos años Hitler se propuso ocultar sus verdaderas intenciones a Inglaterra todo el tiempo que fuese posible, y que la única misión en nuestro país del señor Ribbentrop fue orquestar este engaño”. El propio Lord Darlington se muestra antisemita (“Stevens, hay un asunto que he estado pensando mucho. Sí, mucho. Y he llegado a la siguiente conclusión. Entre la servidumbre de Darlington Hall no podemos tener judíos”), elitista y opuesto a la democracia y al voto popular (“Fíjese en Alemania y en Italia. Fíjese en lo que puede hacer un gobierno fuerte si se le deja, no como aquí con tanto sufragio universal”). Desgraciadamente, estas ideas acaba haciéndolas suyas, Stevens, como buen mayordomo, con el argumento de que las masas, donde se incluye él mismo, no están preparadas para decidir.

Por otra parte, de forma gradual, porque Ishiguro es extraordinariamente sutil, intuimos que el deseo de Stevens de que vuelva miss Kenton a ocupar su antiguo puesto de trabajo desborda lo estrictamente profesional, porque, mientras trabajaban juntos, él se mantuvo siempre distante, ajeno a las insinuaciones de ella, y centrado exclusivamente en su trabajo de mayordomo, como si no tuviera sentimientos, siempre controlándose y pensando en las posibles consecuencias de sus actos; pero ahora, en cambio, relee continuamente la carta que miss Kenton le envió, en especial, los pasajes que desprenden cierta melancolía de cuando ambos trabajaban en la mansión: “Me gustaba mucho contemplar el paisaje que se veía desde los dormitorios del segundo piso, con las colinas a lo lejos…”.

A medida que avanzamos hacia el final de la novela, deseamos que llegue el reencuentro entre el mayordomo y la antigua ama de llaves; pero curiosamente éste tiene lugar sin que lo sepamos directamente los lectores, pues vamos a conocerlo, mediante una analepsis, que establece la distancia entre ambos, sobre todo por parte de él, que guarda las apariencias hasta el último adiós. No asume sus sentimientos hacia ella, aunque sí acaba reconociendo los errores de Lord Darlington, que también son los suyos. Por eso, se plantea cambiar, en lo que le queda de vida: “quizá deba seguir el consejo de no pensar tanto en el pasado, y de mostrarme más optimista y de aprovechar el máximo de lo que resta del día”.

Poemas de Maribel Luque

 

 

Fue un acto entrañable la presentación, del libro de poemas «Lo que habita en mí» de nuestra compañera Mª Isabel Luque, el pasado día 25 de septiembre, en la Fundación Antonio Gala de Córdoba. Primero, Ricardo González, el editor del libro, y Juan Rivera, autor del prólogo, hablaron con afecto de la autora; y después ella misma nos recitó algunos de los poemas, que condensan su vida y la de sus seres queridos: «Me llegó el amor», donde expresa lo que supuso la llegada de este sentimiento; «Una casa», donde evoca la casa de su infancia; y sobre todo «Ana María y la guerra (1888-1994)», donde cuenta la dura historia de su abuela, que se quedó viuda con seis hijos a su cargo:

«(…)
Mi abuela
con seis hijos
como seis soles,
seis ausencias,
seis boca negras
de hambre.

Y estalló la guerra.

Mi abuela
sola, desolada, sin nada,
solo seis necesidades,
imperiosas,
seis futuros rotos
entre las bombas
y el alba.

Mi abuela
traspasó caminos
de exilio, polvorientos,
y halló su casa,
cobijo de soldados,
tapiada por la hierba,
puertas arrancadas,
ventanas abiertas
sin nada
que aguardar
tras los muros de tierra.
(…)»

Escuchando declamar a María Isabel Luque, con su forma de decir tierna y pausada, nos adentramos en la vida plena de una mujer hecha a sí misma, sensible, generosa y solidaria.