Regular, gracias a Dios

José Antonio Labordeta, en estas memorias, escritas con sinceridad y autenticidad, parte de un presente doloroso, a causa de la enfermedad, y lo alterna con la evocación de diferentes momentos de su vida, contados en orden cronológico. En esta alternancia se basa la estructura del libro, desde aquel verano de 2006, cuando aún era diputado en el Congreso, en el que le diagnosticaron un cáncer de próstata:

“-José Antonio, ¿tú sabes lo que es el PSA? –me preguntó.
-¿No voy a saberlo…? –le dije. Si lo fundamos entre Emilio Gastón y yo, junto a las gentes de Andalán.
-Pues este PSA no tiene nada que ver con aquel –dijo-. Y además, lo tienes altísimo.”

Así, refiere un momento tan delicado como éste, haciendo gala de su proverbial sentido del humor.

Recuerda el colegio alemán, donde comenzó a estudiar; a su padre, un hombre íntegro, fallecido prematuramente a los 51 años; y a los maravillosos profesores del Santo Tomás de Aquino: “La llegada de un nuevo profesor, en este caso un tal Pedro Dicenta, de los Dicenta autores teatrales y actores, nos iba a introducir a toda una generación de adolescentes un impacto increíble. Dicenta traía la libertad y sus clases y sus tertulias llegaban con una aire nuevo. Leíamos en clase a Lorca, a Alberto, a Neruda, páginas de Maiakovski, o de Stendhal. Él tuvo la culpa de que muchos de nosotros comenzáramos a ser unos repugnantes intelectuales”.

Le siguen recuerdos de su madre, que en realidad era la madre de todos aquellos chavales, alejados de sus familias, que estudiaban internos en el colegio; de su tío Donato, un socialista al que le tocó ir a la guerra en el bando nacional; de Canfranc, el lugar al que regresaba buscando los nuevos aires, frente a la España cerrada del franquismo; de su primer viaje a París y la bohemia; de la Universidad, sus estudios de Filosofía y Letras y sus primeros contactos con el teatro; del lectorado en Burdeos, que le coincide con la guerra de independencia de Argelia; de su boda con Juana y el viaje de novios a Palma de Mallorca, donde conocen a Camilo José Cela; de sus años como profesor en Teruel, de gran dinamismo cultural, donde tuvo como alumno al inefable Federico Jiménez Losantos; de sus recitales por España y por diferentes países europeos:

“De los muchos conciertos que dimos en este país –se refiere a Alemania_ recuerdo especialmente uno: el que ofrecimos en Colonia ante gran número de brigadistas que acabaron entonando “¡Ay Carmela!”, mientras recordaban su tierra, Teruel, y nos preguntaban sobre esa España que acababa de despedir a Franco”.

También evoca a sus hermanos de la canción: “Pablo Guerrero y Luis Pastor trajeron Extremadura a Madrid y siempre que los he necesitado allí han estado. Luis es un hombre vital, amante de la vida; Pablo es mucho más reflexivo, tímido y lleno de ternura”; la experiencia aglutinadora de la revista cultural Andalán; la no menos enriquecedora de Un país en la mochila, programa de televisión con el que recorrió los pueblos de España y nos los dio a conocer a todos: “Todo queda en la memoria, mientras en las imágenes te vas viendo cada día más viejo, con las canas cubriéndote desoladoramente los años que te van cayendo; mientras los amigos te envían cartas desde el Rosal para recordarte sus vinos, o desde A Guarda para que disfrutes el sabor del marisco subastado en el puerto”.

Pero el presente, como se desprende de este pasaje, se impone sobre el pasado, como no podía ser de otra manera, y no sólo por el paso del tiempo, sino sobre todo por la terrible enfermedad: “Cada día lucho más contra esta indecente forma de hacerme viejo, casi anciano, y uno de mis deberes cotidianos es recorrer el pasillo de mi casa –lo recorro veinte veces por la mañana y otras veinte por la tarde- e imagino que las paredes son los árboles de Villanúa y el techo, ese cielo que en los atardeceres me acompañaba en Altafulla. (…) Yo, que para vivir necesitaba hacer tanto y tanto, estar con tanta y tanta gente, descubro ahora que la monotonía en la que se ha convertido mi vida ya no me resulta insoportable, sino extrañamente agradable”.

Son magníficas las páginas dedicadas a Casa Emilio, con las que se cierra el libro –¡Qué lástima no haberlas leído antes de nuestro viaje a Zaragoza! Ahora comprendo la emoción de Carmen, que sí las había leído, cuando comimos allí-, en particular la descripción del dueño del local: “es un ciudadano libre, abierto a todas las voces, amigo de las aventuras culturales y soñador utópico de poemas, de pinturas, de bocetos y de puestas en escena. Todo en esta casa que se mantiene de pie frente a los intereses de otros dueños, a los que les gustaría verla en el suelo. Nosotros la apoyamos porque es como un símbolo de resistencia contra la especulación y una galería abierta al buen humor”. Y sobre todo el recuerdo agradable de aquellas cenas, en compañía de amigos comprometidos con la libertad y contra la dictadura, en contraste con el presente amargo de la enfermedad: “Y allí de pie frente a mi imagen envejecida, pienso que loados sean los días en que los jóvenes corríamos por las desgastadas orillas del Pirineo a la búsqueda de las flores de nieve. Huyeron para siempre y sólo las últimas cenas de Casa Emilio me libera de la tristeza del tiempo que arruina”.

Muy reconfortante leer estas memorias de un hombre honesto e insobornable, especialmente en un momento de nuestra historia, como el actual, donde se necesitan ejemplos que nos sirvan de referencia. Además, su sentido del humor, al que nos hemos referido antes y que se reconoce en el propio título, «Regular, gracias a Dios», puede ayudarnos a afrontar con una cierta distancia los problemas que nos depare la vida.

La importancia de la atmósfera

Para Marlow, narrador protagonista de El corazón de las tinieblas, “la importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino fuera, envolviendo la anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz”.

Y esta es la clave de las novelas de Joseph Conrad, particularmente de la que comentamos: la atmósfera misteriosa, que rodea el viaje al Congo, en busca de Kurtz, la percibimos desde el principio, con Marlow, sentado, durante la noche, en la cubierta del barco anclado en el Támesis, en medio de la niebla, y contando la historia del joven legionario romano, que llegó a Inglaterra, para conquistar un país desconocido e incomprensible para él, primitivo, pero que le provocaba una mezcla de miedo y fascinación.

La situación en la que se encuentra este joven romano, (“sin los alimentos a los que estaba acostumbrado (…), sin otra cosa para beber que el agua del Támesis (…) De cuando en cuando un campamento militar perdido en los bosques, como una aguja en un pajar. Frío, niebla, bruma, tempestades, enfermedades, exilio, muerte acechando siempre tras los matorrales.”) nos anuncia el destino del protagonista de El corazón de las tinieblas, Kurtz, un joven brillante enviado a África, que experimentará una terrible transformación.

Es la misma atmósfera oscura y tenebrosa que representa el mundo primitivo, no civilizado, al que pertenecía Inglaterra en la época de los romanos; y al que ahora, en el siglo XIX, donde se sitúa la historia de El corazón de las tinieblas, pertenece África, colonizada por los países europeos.

Los lectores, además, nos vemos envueltos en ella y experimentamos una inquietud que nos acompaña durante toda la novela, pues se nos habla de un personaje, que no hemos visto y del que no sabemos nada. Tan sólo que el contacto con la selva y las tribus indígenas le cambió radicalmente, pasando de ser un joven idealista, con deseos de llevar el progreso y la civilización a aquellas tierras, a un individuo abyecto capaz de cometer las peores fechorías:

“Aquellos bultos redondos no eran motivos ornamentales sino simbólicos. Eran expresivos y enigmáticos (…), alimento para los buitres, si es que había alguno bajo aquel cielo, y de todos modos para las hormigas, que eran suficientemente industriosas como para subir al poste”.

Esos bultos son cabezas de personas clavadas en estacas, con los rostros vueltos hacia la casa de Kurtz, pues no hay mejor manera de mantener el orden que sembrando y exhibiendo el terror, como hacía este siniestro personaje obsesionado con el marfil de África, producto que representa para él la riqueza necesaria para ser aceptado por la familia de su prometida.

Kurtz actúa con la misma crueldad como lo han hecho todos los países colonizadores en la historia de la humanidad: Bélgica en el Congo; Inglaterra en la India, España en América, etc. Una crueldad que en último extremo refleja el lado más instintivo y salvaje del hombre, que al propio Kurtz le lleva a gritar en los estertores de la muerte: “¡Es el horror, el horror!”. Es decir, lo que está viendo dentro de sí mismo y que le llevará a la condenación eterna.

Por eso, su muerte es como un triunfo para la selva invadida y maltratada. Así, recuerda Marlow sus últimos momentos:

“La visión pareció entrar en la casa conmigo: las parihuelas, los fantasmas camilleros, la multitud salvaje de obedientes adoradores, la oscuridad de la selva, el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores, regular y apagado como el latido de un corazón… el corazón de las tinieblas vencedoras. Fue un momento de triunfo para la selva, una irrupción invasora y vengativa, que me pareció que debía guardar solo para salvación de otra alma.”

La búsqueda de la verdad

No es fácil escribir con palabras sencillas sobre grandes dramas personales, pero Sándor Márai lo consigue: “Pocos sabían que aquel hombre, que estaba por encima de todas las pasiones humanas, parco en palabras, inabordable y cerrado, era en su fuero íntimo una ruina viva, más miserable y desafortunado que un paralítico, lleno de dudas y heridas, desesperado aunque lo disimulara con una fuerza sobrehumana”. Así, describe al padre de Kristóf.

Ambos ejercieron la magistratura, como su abuelo, de tal modo que juzgar el comportamiento de los demás, cumpliendo las leyes y haciéndolas cumplir, formaba parte de la tradición familiar, era su contribución a la sociedad.

Precisamente, el tema de la novela, sugerido por el propio título, tiene que ver con esta profesión, porque corresponde a Kristóf Kömives, protagonista de Divorcio en Buda, juzgar un caso de separación entre un antiguo compañero de colegio, Imre Greimer, y una joven a la que conoció, cuando ya era juez, Anna Fazekas. De esta forma, Sándor Márai logra generar la intriga desde el principio de la novela.

Después, una vez enganchado el lector, se demora en la presentación de Kristóf, para que conozcamos su origen acomodado, su formación universitaria y su modo de pensar conservador, rasgos coincidentes con sus familiares, que les convierte en seres herméticos e incapaces de mostrar lo que sienten o lo que piensan, como su hermana Emma: “No parece feliz; su personalidad está completamente cerrada, como una planta que cierra su flor ante un peligro indefinido guiada por un instinto complejo y sensible. Se la puede destruir, se la puede aniquilar con un simple gesto, pero así nunca entregará su secreto a nadie”.

Pero lo que interesa a Sándor Márai no es contarnos el proceso divorcio entre Anna e Imre, sino mostrarnos el interior de estos personajes, a través de una conversación, que recuerda a la que mantienen Konrád y el general en El último encuentro, y en la que el marido le cuenta a Kristóf la historia de su mujer, su total dependencia de ella, su amor absorbente e incondicional y, al mismo tiempo, sus dudas de ser correspondido en la misma medida. Y con esta duda en el aire, avanzamos en la lectura, convencidos de que poco a poco iremos encontrando la respuesta que ya intuimos, con lo cual se establece una complicidad con el narrador y los personajes, que nos hace entrar en la historia como unos confidentes privilegiados, a los que se les va a desvelar un secreto, una verdad, que incluso había permanecido oculta a la propia Anna, aunque en realidad estaba dentro de ella.

La búsqueda de la verdad es una constante en las novelas de Sándor Márai. Sus personajes necesitan conocerla para seguir viviendo o para entregarse a la muerte. Suele ser una verdad compartida, como una frase que inicia un personaje y debe completar otro. Así, sucede en Divorcio en Buda.

Así empieza lo malo

Juan, que fue ayudante de Eduardo Muriel, famoso director de cine, cuenta la vida personal de éste, particularmente la difícil relación con su mujer, Beatriz. Este es el asunto que aborda Javier Marías en su última novela, Así empieza lo malo, con ese estilo introspectivo, que caracteriza su narrativa y que le lleva a reflexionar sobre la difícil perseverancia del amor; sobre la soledad y el sufrimiento, cuando no es correspondido y esperas inútilmente que todo vuelva a ser como antes; sobre la venganza que se impone cuando te has sentido engañado; etc.

Como en otras novelas, el título es una frase de Williams Shakespeare, que viene a significar que, cuando renunciamos a escuchar lo que dicen los demás, es decir, cuando dejamos de prestar atención a los rumores, entonces empieza lo malo, que es lo que no ha llegado. Porque el verdadero problema es saber las cosas, por ejemplo, lo que Muriel sabe de su mujer, que le impide seguir queriéndola. Incluso conociendo las verdades ingratas, el tiempo acaba minimizando su importancia: “Lo que importó ya no importa o muy poco, y para ese poco hay que hacer un esfuerzo; lo que resultó crucial se revela indiferente, y aquello que nos desgarró la vida se nos aparece como una niñería, una exageración, una tontería”. Además, la vida humana, como sostiene el narrador es un equilibrio de verdad y engaño, y contiene una dosis de verdades amargas, con la que hemos de convivir.

Como telón de fondo, y proporcionándole a la novela una dimensión histórica y una consistencia inusitada, el franquismo y el doble juego de algunos intelectuales, que aparentemente ayudaron a las víctimas del régimen; pero que en realidad las chantajearon y humillaron valiéndose de su situación privilegiada de superioridad.

Sabe Javier Marías demorarse en la descripción de los lugares donde ha sucedido algo relevante, para que nos fijemos en detalles aparentemente secundarios, siguiendo su ritmo lento: “La habitación era amplia, una especie de suite junior, como las llaman ahora, quizá no entonces, a Beatriz debía de darle lo mismo el gasto, si no iba a salir por su propio pie ni a cerrar ella la cuenta. No había nadie, allí no se había ahorcado ni estaba tirada ni acurrucada en la cama bajo la acción de pastillas, faltaba el cuarto de baño, cuya puerta no cedía por las buenas, tenía echado el pestillo, y desde sus interior no respondía nadie, ni protestaba por el atropello.” Y también sugerir lo que puede representar un simple gesto, ofreciéndonos las diferentes alternativas de interpretación, hasta casi agotarlas: “Extrañamente había dejado la mano sobre el teléfono, una vez colgado, y lo miraba con fijeza ensoñada, como si de ese modo tan visual y táctil quisiera prolongar el contacto con Muriel o retener un momento algunas de las palabras que le había escuchado por el aparato, tal vez el elogio si lo había habido. O como si ella le hubiera mentido en algo y estuviera esperando a que se disipara el embuste y él no volviera a llamarla escamado en el acto, antes de soltar la herramienta de la que se había servido.”

La precisión y la limpieza, sin adjetivos innecesarios, con que emplea la lengua castellana, se aprecia incluso en las escenas de sexo, poco habituales en sus novelas, como ésta que contempla el narrador, encaramado a un árbol: “Beatriz tenía los ojos cerrados con fuerza, no miraba hacia el exterior ni hacia ningún sitio, estaba absorta en sí misma, supuse, y en sus sensaciones. Imaginé que el hombre, al darle la vuelta, le habría subido la falda –ya no habría vaivén, o sería de otra clase- y le habría bajado medias y bragas hasta medio muslo para penetrar en ella con la comodidad imprescindible, dada la relativa incomodidad de la posición vertical de ambos.”

Resulta eficaz el punto de vista narrativo; esa primera persona que se corresponde con el joven Juan, el cual posee una curiosidad por saber, que logra transmitirnos a los lectores, para que sigamos atrapados por la historia. Además, cuenta ésta, años después de que sucediera, cuando ya sus dos protagonistas, Eduardo Muriel y Beatriz, han fallecido, y por tanto con la objetividad que dan la distancia y el tiempo.

En suma, una gran novela de Javier Marías, que crece extraordinariamente en interés, a medida que nos aproximamos al final y la implicación del narrador en la historia es mayor: se desvelan verdades que habían permanecido ocultas; suceden hechos que propician situaciones inesperadas; y se establecen paralelismos sorprendentes que generan nuevas incertidumbres.

El impostor

El juego metalingüístico de reflexionar sobre lo que vas a escribir o sobre lo que estás escribiendo es una constante en las novelas de Javier Cercas, desde Soldados de Salamina hasta Anatomía de un instante. Así lo refleja también la última que ha publicado, El impostor, donde el personaje del narrador, que representa al propio Cercas, se plantea por qué no quería escribir el libro que está escribiendo sobre Enric Marco -un barcelonés que, durante 30 años, se hizo pasar por un deportado en la Alemania nazi-, aunque finalmente lo escribe, para tratar de entender la impostura de este hombre, no para rehabilitarle de las afrentas sufridas, desde que estalló el escándalo.

Es un juego eficaz que nos sitúa a los lectores a la altura del escritor, en su misma perspectiva, con lo que podemos soñar o hacernos la ilusión de asistir al proceso de elaboración de la novela.

Parte de la convicción de que una mentira, como la impostura de hacerse pasar por un prisionero en el campo de concentración de Flossenbürg, sólo pudo triunfar, si estaba amasada de pequeñas verdades, y justamente eso es lo que se propone: reconstruir la vida verdadera de Enric Marco, para lo que lleva a cabo un trabajo de documentación arduo y en el que implica a su propia mujer e hijo. De este trabajo, que incluye entrevistas con el personaje, que cuenta ya con 90 años, pero que goza de una buena memoria, nos va dando cuenta Cercas, así como de las dudas de escribir el libro, que le asaltan continuamente.

Al reproducir las declaraciones de Enric Marco utiliza reiteradamente la forma verbal “dice”, quizá para que no olvidemos a quien corresponden las palabras, aunque es un recurso que empobrece el estilo envolvente y preciso de Cercas, y llega a resultar cansino: “Dice que hicieron el viaje de ida en un barco llamado Mar Negro (…) Dice que un recuerdo básico es un recuerdo básico de desorden absoluto y de desorganización permanente (…) Dice que viajó pegado a la protección real de su tío Anastasio (…) Dice que durante la travesía se unió a un grupo de chavales (…) Dice que cree recordar…”

En el proceso de investigación sobre la verdadera existencia del personaje, comprueba que no mintió sólo, haciéndose pasar por un deportado en el campo de concentración, sino también en su propia vida personal, pues cambió de ciudad, de mujer, de familia, de oficio e incluso de nombre, con lo cual llega a la conclusión -coincidiendo en esto con Vargas Llosa en un artículo publicado en El País- de que Enric Marco actúa como un novelista que inventa una vida ficticia para esconder su vida real, mezclando verdades y mentiras. Así, consigue engañar a miles de personas.

Lo cierto es que se convirtió en un símbolo de la recuperación de la memoria histórica del antifranquismo y del antifascismo, con sus numerosas charlas, sobre todo en centros de enseñanza secundaria, donde se mostraba, además, como una persona que había sufrido todo tipo de penalidades, pero que nunca se había dejado doblegar ni por la guerra civil ni por los campos de concentración nazis ni por la policía franquista.

Javier Cercas sostiene que Marcos construyó un pasado ficticio en una época, la de la transición de la dictadura a la democracia en España, donde muchísima gente también lo hizo “mintiendo sobre lo verdadero o maquillándolo o adornándolo con el deseo de probar que eran demócratas de toda la vida”.

No hay duda de que hubo personas que maquillaron su pasado, como algunos ministros de la UCD y del PP; pero no la mayoría. Del mismo modo que no se puede negar que la transición fue un pacto de olvido político, al contrario de lo que afirma Cercas, pues los crímenes del franquismo han permanecido impunes y los partidos de izquierdas, como el PSOE y el Partido Comunista, de firmes convicciones republicanas, aceptaron la monarquía parlamentaria como forma de estado.

Por eso, no es acertado el paralelismo entre Marco y la mayoría de la población, porque éste no fue una persona normal sino un impostor, que mintió a lo largo de toda su existencia, aunque tenga interés la aproximación crítica a nuestro pasado reciente, que plantea Cercas y que no debe limitarse a los años de la transición democrática.

Al final, da otra vuelta de tuerca a la historia, enfrentando al narrador y al protagonista, en un diálogo tenso, donde el segundo echa en cara al primero la misma impostura que éste ha mostrado de él, pues lleva toda la vida escondido detrás de lo que escribe. Así, se invierten los papeles y el acusado se convierte en acusador; el personaje literario, como en la novela Niebla de Miguel de Unamuno, se rebela contra su propio autor.

Con este enfrentamiento, podría haber acabado El impostor, pero Cercas aún quiere mostrarnos cómo la abierta animadversión del narrador hacia Enric Marco se convierte en comprensión, cuando éste aparentemente se quita la máscara y reconoce su culpa. No era necesario, porque este último diálogo entre los dos aporta poco literariamente a la novela, como lo que le dice Santi Fillol, director de una película sobre Marco, a Javier Cercas, en la cena que ambos comparten, que le demuestra justo lo contrario y que se ve confirmado en el viaje, que realiza con su hijo al campo de concentración de Flossenbürg.

En su intento de abarcar toda la realidad, estira quizá demasiado el proceso de investigación, cuando la historia ya no da más de sí; quiere contar todo lo que ha averiguado con pelos y señales, cuando ya los lectores tenemos una idea clara sobre el personaje y las razones de su impostura, con lo cual, llega a saturarnos.

No obstante, se trata de una novela que se lee con gusto, y en la que Javier Cercas consigue de nuevo seducirnos, a partir de un suceso real, llevando a cabo un proceso de investigación sobre el mismo, como ya había hecho en Soldados de Salamina y Anatomía de un instante.

1280 almas

Desde el principio, se sabe que Nick, protagonista de 1280 almas, es un hombre corrupto y desmesurado. También, desde las primeras líneas, advertimos que se dirige, mediante un lenguaje desenfadado y, en ocasiones, soez, a alguien cuya identidad desconocemos: “Bien, señor, el caso es que yo debería haberme encontrado a gusto, tan a gusto como un hombre puede encontrarse. Porque allí estaba, jefe de policía de Potts County ganando al año casi dos mil dólares, sin mencionar los pellizcos que sacaba de paso”.

Su mujer le considera un idiota, que carece de voluntad, y él mismo parece asumir estos defectos. Sin embargo, la forma de razonar de Nick, la lucidez al analizar su delicada situación como comisario del pueblo, cuando percibe que la gente no está satisfecha con él, lo aleja de estas coordenadas; y como lectores estamos un poco a la expectativa de lo que va a suceder, de los pasos que va dando, aunque dé muestras continuas de debilidad, como en el incidente del tren con el señor del traje a cuadros.

La sociedad tradicional en la que vive es sometida a una crítica sistemática, mediante un humor que conecta con el teatro del absurdo:

“Sí, claro –dijo Buck- Mira , Nick. Los negros no tienen alma porque no son personas.
-¿No? –dije.
-Toma, claro que no. Casi todo el mundo lo sabe.
-Pero si no son personas, ¿qué son entonces?
-Negros, negros y nada más. Por eso, la gente les dice negros y no personas.”

Así, con este diálogo disparatado nos muestra Jim Tompson el racismo predominante a principios del siglo XX, en Estados Unidos.

Y este mismo sentido del humor es el que utiliza para ridiculizar a personajes, como el comisario Ken, a quien Nick inopinadamente va a pedir consejo para solucionar sus problemas, cuando es un tipo que considera a los que leen libros como “puercos maníacos”.

Pero estamos ante una novela negra, donde no puede faltar la violencia gratuita, aunque el autor no se recrea en ella; tan sólo aparece como un ingrediente necesario de la narración:

“Buenas noches, gentiles caballeros –dije-. Hola y adiós.
El Ruby Clark hizo sonar la sirena.
Cuando se desvaneció el eco, Moose y Curly estaban ya en el río con un proyectil entre los ojos”.

Con estas escuetas palabras describe el primer crimen cometido por Nick.

Sabemos, pues, quién ejerce la violencia, a diferencia de lo que sucede en las novelas policiacas de Georges Simenon o Agatha Christie; pero vamos a ir averiguando los planes maquiavélicos del protagonista: cómo desvía su responsabilidad hacia otros y qué estrategia utiliza para conseguir la reelección en el cargo de sheriff, a pesar de su cobardía e ineptitud.

Este sería el principal mecanismo para generar la intriga, aunque también nos mantenemos a la espera de que nos sorprenda con una muestra de cinismo, desmesura o vulgaridad: “Y pienso: Hostia, Nick, si no tuvieras ya un empleo fijo serías poeta. El poeta laureado de los fuegos florales de Potts County, toma ya, y apañarías poesías que hablasen de la orina que tamborilea con múltiples ecos en los orinales, de los guripas con diarrea y los ojetes que descuelgan el mondongo y …”.

Porque Nick es una mezcla de inteligencia y necedad, de educación y vulgaridad, de simplicidad y desmesura, de racionalidad e irracionalidad. Los rasgos negativos lo convierten en un estúpido, tal como le ven los demás personajes de la novela, y los positivos, en un hombre inteligente, como le vemos los lectores. Esta disociación y el hecho de que sea el propio Nick el que nos cuente la historia hace que nos sintamos atraídos y alcancemos un grado de identificación con él.

Al presentarnos a un personaje tan abyecto, no pretende Jim Thompson darnos ninguna lección moral, simplemente viene a decirnos que la sociedad, no solo la de Potts County, es así de hipócrita, corrupta y violenta.

Hablaremos de 1280 almas, en la próxima sesión del club de lectura, el 24 de junio, miércoles, a las 12, en la Biblioteca. Animaos.

Actualidad del Quijote

He vuelto a leer algunos capítulos de la segunda parte del Quijote y me han parecido de una actualidad extraordinaria. Lo comentamos en el Club de Lectura el pasado miércoles. Tiene uno la impresión de estar leyendo una novela recién salida de la imprenta, a pesar de que hayan transcurrido ya 400 años de su publicación. Por ejemplo, este ejercicio metaliterario, en el que Don Quijote, enterado de que su historia ha sido impresa y leída por mucha gente, pregunta:

“-Pero dígame vuestra merced, señor bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?

-En eso –respondió el bachiller-, hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento, que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; éste, a la descripción de los dos ejércitos, que después parecieron ser dos manadas de carneros; aquel encarece la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes benitos, con la pendencia del caleroso vizcaíno.”

Esta ubicuidad de estar presente, al mismo tiempo, en las dos partes del libro, en la segunda, como personaje real, y en la primera, como aludido, me parece de una gran modernidad.

Más adelante, en casa de los duques de Barcelona, sucede algo también verdaderamente insólito: éstos, que ya han leído la novela publicada en 1605, reciben a don Quijote como una auténtico caballero andante (“¡Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!”) y le hacen creer que debe luchar contra el gigante Malambruno para deshacer un encantamiento. Y resulta asombroso cómo es Sancho el que fantasea sobre el supuesto viaje por los aires, a lomos del caballo Clavileño, y don Quijote el que representa el sentido común:

“-Yo, señora, sentí que íbamos (…) volando por la región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos; pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no lo consintió; mas yo, que tengo no se qué briznas de curioso y de desear saber lo que me estorba e impide, bonitamente y sin que nadie me viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré hacia la tierra, y parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas, porque se vea cuán altos debíamos de ir entonces.

(…)

-Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi cielo, ni la tierra, ni la mar, ni las arenas.”

Así pues, asistimos a un proceso sutil y progresivo de quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote, fruto del trato y la amistad que han trabado ambos.

Pero quizá lo que le da más actualidad a la novela sea la defensa incondicional de sus ideales por parte de don Quijote, un personaje incorruptible donde los haya, particularmente su amor hacia Dulcinea del Toboso. Ni siquiera, cuando es derrotado en la playa de Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna, reconoce que no es la mujer más bella del mundo.

Sólo al final de sus días, cuando la muerte se le acerca, abomina de los libros de caballería y renuncia a sus ideales, aunque en ese momento será Sancho el que recoja el testigo, culminando de esta forma el doble proceso de sanchificación y quijotización:

“¡Ay –respondió Sancho, llorando- No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más ver.”

¡Vivan, pues, muchos años don Quijote y Sancho!

Dora Bruder

Identidades borradas

Los hechos se cruzan unos con otros en esta novela, que cuenta la historia de una joven de 16 años, Dora Bruder, que se fugó del internado en diciembre de 1941, cuando los nazis ocupaban París. Su huida se entrelaza con la del propio narrador, sucedida 20 años antes; con la del protagonista de la película “Primera cita”, que probablemente vio Dora Bruder, porque se estrenó el mismo año de su desaparición; y con la de Jean Valjean y Cosette, perseguidos por el comisario Javert en la novela “Los miserables” de Víctor Hugo. La búsqueda que inicia el padre de Dora poniendo un anuncio en el periódico se entrecruza con la de él mismo perseguido por los nazis y, como si un destino fatal persiguiera a la familia, también acaban confluyendo las muertes de ambos.

Estas extrañas casualidades de hechos reales y ficticios, sin embargo, no producen sensación de irrealidad, pues el andamiaje de la novela se sostiene, como en La calle de las tiendas oscuras, en un proceso que se inicia con la lectura del anuncio, y que lleva al narrador a examinar los archivos policiales y a recorrer lugares de París donde estuvo la chica y él mismo vivió su infancia. Son constantes, en este sentido, sus referencias a dicho proceso de investigación: ”Ignoro si Dora Bruder se enteró en seguida de la detención de su padre. Supongo que no. En marzo aún no había vuelto al bulevar Omano. Eso es al menos lo que sugieren las pistas que subsisten en los archivos de la Prefectura de policía”.

En ningún momento se pierde el hilo de la historia real, aunque sabemos, al mismo tiempo, que estamos leyendo una obra de ficción, en la que el narrador reflexiona sobre sus propias indagaciones. Por ejemplo, sobre la participación de la policía francesa en las redadas contra los judíos: “Muertos desde hace mucho tiempo están los inspectores que participaron en la busca y captura de judíos y sus nombres resuenan con un eco lúgubre y despiden un olor a cuero podrido y tabaco frío”.

El estilo periodístico, conciso y sencillo, que emplea Modiano para contarnos la historia contribuye a esta impresión de objetividad, de algo ocurrido realmente: “El domingo 22 de junio, a las cinco de la mañana, varios autobuses fueron a buscarlas para llevárselas al campo de Drancy. Ese mismo día fueron deportadas en un convoy con más de novecientos hombres. Era el primero que salía de Francia con mujeres. La amenaza que se cernía sin que pudiera dársele un nombre y que acababa olvidándose se hizo realidad para las judías de Tourelles”. Así, de esta forma lapidaria y descarnada, se refiere al traslado de Dora al campo de concentración.

Pero el autor-narrador está con las víctimas y no le importa manifestarlo. Por ejemplo, muestra solidaridad con los que se vieron obligados a robar para sobrevivir, durante la ocupación alemana; o reproduce literalmente las fichas policiales o las cartas escritas por los familiares de los que se encontraban en los campos de concentración. Y sobre todo se identifica con Dora, haciendo el mismo recorrido que ella, cuando regresaba los domingos por la tarde al pensionado o experimentando la misma sensación de vacío interior ante el muro del antiguo cuartel, donde estuvo prisionera, antes de ser trasladada al campo de Auschwitz.

La historia de Dora Bruder y su familia representa a los millares de judíos asesinados por los nazis, cuyas identidades fueron borradas con la colaboración de las autoridades francesas. Pero, como apenas consigue descubrir algo sobre ella, es también la historia de cualquier persona que, cuando muera, solo vivirá en la memoria de sus seres queridos.

Werther

Sólo se puede comprender la historia que cuenta esta novela, y particularmente su dramático final, si nos situamos en una sociedad que se rige por unos principios estrictos en cuanto a los comportamientos de las personas, no necesariamente la Alemania de finales del siglo XVIII, país en el que se desarrolla la historia.

Desde el punto de vista literario, Las penalidades del joven Werther, de la que hablaremos el próximo martes en el club de lectura, está impregnada del espíritu romántico, desde el inicio de la misma, con el protagonista feliz, rodeado de la naturaleza y plenamente integrado en ella:

“La soledad que se respira en esta paradisíaca comarca es bálsamo delicioso para mi corazón y esta juvenil época del año inflama de lleno este tan a menudo zozobrante corazón. Cada árbol, cada seto es un ramillete de flores y uno quisiera volverse mariposa para revolotear en este mar de perfumes y poder encontrar en él todo su alimento”.

Y a medida que avanzamos en su lectura la impregnación es mayor, sobre todo desde el momento en que Werther conoce a Lotte. La belleza que había encontrado en la naturaleza, ahora la reconoce en esta joven, de la que se enamora perdidamente:

“De cómo me deleitaba con sus ojos negros mientras hablaba… cómo sus labios rebosantes de vida y sus frescas y alegres mejillas cautivaban mi alma entera… cómo estaba absorto en el magnífico contenido de su conversación, a menudo ni oía las palabras que pronunciaba…, puedes hacerte una idea –le escribe a su amigo Wilhelm– puesto que me conoces bien”.

Las referencias literarias, primero, a la Odisea de Homero, que le ofrece al protagonista modelos de conducta (la hospitalidad que recibe Ulises, la sencillez con la que vive éste, su amor a la naturaleza, etc.) y, después, al poeta irlandés Ossian, con cuyos personajes angustiados se identifica Werther, no hacen más que confirmar que estamos ante la obra emblemática del movimiento romántico en Europa.

Formalmente, presenta una estructura epistolar, pues incluye las cartas que Werther, joven impulsivo y sentimental, dirige a su amigo Wilhem, para contarle su estancia en el pueblo de Wahlheim, donde conoce a Lotte, que está prometida a otro hombre. Esta estructura, y el estilo arrebatado, con frecuentes exclamaciones e interpelaciones a su amada, es quizá lo que más le conviene a una novela como esta, pues le permite a Goethe descubrirnos, de una forma natural, la intimidad de Werther: sus sentimientos, sus gustos literarios, el dolor por la imposibilidad de materializar su amor. Además, el escritor alemán intercala, entre las cartas, notas del editor, con lo que consigue marcar la distancia necesaria entre el lector y los hechos que se cuentan, para que estos sean creíbles.

Es verdad que el argumento se reduce únicamente al amor imposible de Werther hacia Lotte; pero, más allá de este amor, Goethe nos muestra una forma de afrontar el dolor y una actitud ante la propia existencia, que fue imitada por la juventud alemana de la época.

Habiendo transcurrido más de doscientos años de su publicación, quizá la historia resulte un tanto trasnochada y el estilo en el que está escrita recargado; pero el amor no deja de ser un sentimiento universal, que cualquier persona ha podido experimentar y, por tanto, mientras se lee esta novela, podemos abstraernos e identificarnos con el personaje de Goethe, hasta el punto de olvidar el mundo que nos rodea.

Calle de las tiendas oscuras

El pretexto para contar la historia es original: un hombre, que ha sufrido una amnesia de repente, que le borra su pasado, inicia un proceso de investigación para recuperarlo. Emplea pues, Patrick Modiano, una técnica propia de la novela policiaca, de tal modo que el narrador-protagonista va buscando pistas que le conduzcan hacia esa identidad perdida.

Una de estas pistas, la primera, es un músico, Waldo Blunt, que toca el piano en un bar, en medio del ruido ocasionado por las voces y carcajadas de los clientes: “Me daba pena: me decía que en alguna etapa de su vida lo habían escuchado cuando tocaba el piano. Desde entonces, había debido de acostumbrarse a ese zumbido perpetuo que ahogaba la música que interpretaba.” La situación de este pianista es parecida a la de los profesores que explicamos pacientemente en el aula, elevando nuestra voz, por encima de las conversaciones de los alumnos.

Las pistas le llevan a los recuerdos, aunque primero son atisbos de estos, sacudidas que revuelven el interior de su mente: “Entonces me saltó por dentro un resorte. Las vistas desde aquella habitación me provocaban una sensación de inquietud, una aprensión que ya había sentido antes.” Como, cuando volvemos, a nuestra ciudad natal, después de muchos años fuera de ella, y recorremos sus calles con todos los sentidos alerta, nos detenemos frente a alguna fachada, y nos fijamos en la cara de algún viandante, con la intención de encontrar algo que nos devuelva al pasado.

Poco a poco, los resortes van adquiriendo forma y se convierten en personas a las que conoció: “Cada vez que Mansoure pronunciaba ese nombre de sonoridades lunares y quejumbrosas, notaba que se posaban en mí los ojos pálidos de Denise, como la primera vez.” Así, hasta que parece encontrar su propia identidad, en la época de la ocupación nazi de Francia; pero los recuerdos no son agradables: “Estoy solo. Vuelvo a tener miedo, ese miedo que siento cada vez que bajo por la calle Mirabeau, miedo que se fijen en mí, de que me detengan, de que me pidan la documentación.”

Demuestra Patrick Modiano una especial habilidad para describirnos este proceso de búsqueda. Lo comprobamos, sobre todo, al releer algunos pasajes que nos permitan recomponer el puzle. Además, lo hace mediante un lenguaje claro y sencillo, al que de vez en cuando incorpora imágenes llenas de expresividad: “Tenía una forma de beberse tus palabras, con los ojos como platos y la frente arrugada, igual que si estuvieras profiriendo oráculos”. Se refiere a la extraordinaria atención que ponía al escucharle Wrede, otra persona que se cruzó en la vida del protagonista. O cuando describe la inexpresividad de un japonés con el que coincide en un bar: “Estaba inmóvil, con la cara inexpresiva, y temí que se tambalease en el sillón al mínimo soplo de aire, porque seguramente se trataba de un cadáver embalsamado”.

Quien cuenta la historia desde el presente es Guy Roland –nombre que le puso su amigo y jefe de la agencia de detectives donde trabaja, después de sufrir la amnesia-, pero, a medida que va encontrando pistas, el pasado irrumpe y se va alternando con el presente. Del mismo modo que se alternan su voz narradora con la de una tercera persona, quizá en aras de la objetividad.

Cuando parece que el pasado fluye y que Guy ha logrado recuperarlo, surge la bruma que lo hace desaparecer (el paso frustrado de la frontera, la nieve que le produce sensación de ahogo, la calle de las tiendas oscuras…). Lo que viene a decirnos Patrick Modiano es que la memoria, como la vida misma, es frágil y se esfuma con la misma rapidez que el llanto de un niño.