Antídoto contra la anorexia

He pensado en la poesía de Walt Whitman, mientras debatíamos esta mañana sobre la anorexia, en 3º de Diversificación; mientras escuchaba la escalofriante historia de Isabelle Caro, la actriz y modelo francesa que murió a los 28 años de insuficiencia respiratoria, y que se hizo famosa por una campaña publicitaria en la que posó desnuda para llamar la atención sobre las consecuencias de esta terrible enfermedad; mientras oía los testimonios de algunas alumnas, que también habían caído en las redes de la anorexia, influidas por los comentarios maliciosos de los demás, que les habían llevado a dudar de sí mismas.

He pensado en Walt Whitman, porque su poesía se caracteriza por una extraordinaria fe en el hombre, que es justamente lo que les falta a las personas anoréxicas. Escribió en uno de sus poemas:

 

“Existo como soy; eso basta,

si nadie en el mundo lo sabe, estoy satisfecho,

si todos y cada uno lo saben , estoy satisfecho”

 

Esta autosatisfacción, que raya en el narcisismo, resulta contagiosa para el lector. Pero más seductor aún se muestra el autor norteamericano en este poema, donde expresa su alegría de estar cerca de las personas a las que quiere:

 

“Me he dado cuenta de que basta estar con los que uno quiere.

Me basta demorarme al atardecer con aquellos que quiero.

Me basta sentir cerca la hermosa carne, la carne que es curiosa, que respira y que ama.

¿Pasar entre la gente y tocar a alguno, o rozar con el brazo el cuello

de un hombre o de una mujer, no es esto mucho?

No pido otra alegría, nado en ella como en el mar.

Hay algo en estar cerca de hombres y mujeres, y de mirarlos,

y en su contacto y en su olor, que es grato al alma.

Todas las cosas son gratas al alma, pero ésta es la más grata.”

 

A los que padecen la anorexia quizá no les sea suficiente con la ayuda de sus familiares y seres queridos para superarla; pero sí es algo indispensable para conseguirlo, porque, como dice Walt Whitman, hay algo en estar en contacto con las personas que resulta grato al alma.

Conversar

Internet ha revolucionado el mundo de las comunicaciones –se suele decir- para señalar uno de los aspectos que más ha cambiado la vida de las personas en los últimos años. Antes era frecuente conversar hasta altas horas de la madrugada, intercambiando impresiones sobre un libro o una película, o analizando la situación del país y la necesidad de un sistema de democrático que garantizara una vida en común, con respeto a todas las opiniones e ideologías.

Conozco a un viejo amigo, que la primera vez que entró en Facebook proclamó a los cuatro vientos su deseo de comunicarse con la masa anónima de receptores virtuales, ignorando quizá las limitaciones de las redes sociales en cuanto al número de caracteres de cada comentario. Seguramente, añoraba nuestras largas conversaciones de los años de universidad, sentados en alguna taberna del casco antiguo, o en las escaleras desgastadas de la Plaza Mayor, cantando a coro “Alfonsina y el mar”, la poetisa argentina, que acabó sus días suicidándose en el Mar del Plata.

Hoy, Javier Marías, en su artículo semanal del diario El País, lamenta precisamente un hábito, cada vez más extendido entre los jóvenes, que pertrechados de su iPhone o su iPad, como si se tratara de un extremidad más del cuerpo, intercambian mensajes electrónicos, sin levantar la mirada de la pantalla, completamente ajenos a lo que sucede a su alrededor, e ignorando a quienes se encuentran a su lado.

Concluye el articulista afirmando que “la verdadera conversación pertenece al pasado”. Quizá sea excesivo afirmar esto; pero lo que sí tengo claro es que conversar, como leer un libro, requiere tiempo, para ir conociendo poco a poco lo que piensa la otra persona; y puestos a elegir, yo al menos prefiero que esté presente, es decir, que pueda verla y escucharla en su propio timbre de voz.

Diferentes formas de vivir la Semana Santa

LA SAETA

¡Oh, la saeta, el cantar

al Cristo de los gitanos,

siempre con sangre en las manos,

siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz,

que todas las primaveras

anda pidiendo escaleras

para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,

que echa flores

al Jesús de la agonía,

y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!

¡No puedo cantar, ni quiero

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!

En este poema, escrito durante su estancia en Baeza, entre 1913 y 1917, Antonio Machado rechaza una forma de vivir la religiosidad, basada en el sufrimiento y la tortura de Jesucristo, típica de Andalucía, y que tiene su expresión más significativa en la Semana Santa. Pero no lo hace desde una actitud antirreligiosa, sino mirando a otra figura distinta a la que agoniza colgada en la cruz. No está claro quién es para Machado el Jesús “que anduvo en la mar”, ya que puede referirse al que hacía milagros o también, considerando que en sus poemas el mar simboliza la muerte, al que fue capaz de vencer a esta. Tampoco se debe olvidar que para el poeta caminar es vivir, y por tanto, su Cristo preferido, y cuyo ejemplo nos invita a seguir, es el más cercano a nosotros, el que predicaba, combatía la injusticia y ayudaba a los pobres.

Frente al punto de vista de Machado están los que viven todo el año pendiente de la Semana Santa y para los que no existe otra imagen de Jesús más que la del crucificado. Son los que esperan con emoción la llegada de la Semana Santa; los que miran al cielo con inquietud para saber si podrá salir su paso; los que rinden culto a la muerte de Jesucristo y celebran su resurrección; los que abrazan al pobre, porque, en estas fechas, ya se sabe, desaparecen las diferencias sociales.

Entre estas dos posiciones, se sitúan los que se acercan a la Semana Santa por razones estéticas, porque les resulta atractiva esa mezcla de silencio y redoble de tambores con el que desfilan los nazarenos encapuchados; esa exhibición de poder y riqueza con la que avanzan las imágenes. También están los que se alegran de la llegada de estos días por razones más triviales en apariencia: porque es un tiempo de asueto, de reuniones familiares, de comidas especiales, etc.

¿Cómo vives tú la Semana Santa?

 

 

Se ríen de nosotros

Últimamente, vienen apareciendo en la prensa caras sonrientes que me producen un especial rechazo. Hoy, sin ir más lejos, en el diario El País, encontramos, en primer lugar, la imagen del expresidente de Guatemala, Efraín Ríos Montt, esbozando una sonrisa hipócrita, durante el juicio en el que se le acusa de genocidio, mientras los supervivientes narran los horrores vividos bajo su mandato, entre 1982 y 1983: violaciones de mujeres, matanzas de ancianos y niños, asesinatos masivos de campesinos, etc.

La segunda fotografía corresponde a Francisco Camps, expresidente de la Comunidad Valenciana, sonriendo a sus familiares y amigos, en señal de triunfo, tras conocer el fallo del jurado popular que le absolvió en el juicio por el regalo de los trajes, que ahora ha reabierto el Tribunal Supremo, porque no se habían tenido en cuenta testimonios directos que le incriminan.

En la tercera imagen, aparece Javier Guerrero, exdirector general de Trabajo de la Junta de Andalucía, que lideró el desvío de dinero procedente del fondo de los ERE (Expedientes de Regulación de Empleo), gracias al cual consiguió ilegalmente 249.000 euros. Este político también esboza una sonrisa, mientras camina esposado, después que la juez ordenara su reingreso en prisión.

¿De qué se ríen? Hace unos meses escribí una entrada en el blog titulada “La cara del que sabe”, donde aludía a los que se sienten por encima del bien y del mal, y están muy seguros de sí mismos y de su sabiduría. Quizá estos tres personajes se ríen por lo que saben, porque están convencidos de que nunca se conocerá la verdad sobre sus casos, o a lo mejor les hace gracia la ingenuidad del tribunal que los juzga, aunque, si lo pensamos bien, de quienes se están riendo es de todos nosotros, de las personas que respetamos las leyes y vivimos honradamente de nuestro trabajo.

Por eso, me produce una especial repugnancia observarlos en estas fotografías, indiferentes a los delitos que han cometidos, en un ejercicio de hipocresía, que supera con creces la actuación del mejor actor.

Deportistas

Siempre he pensado que los deportistas deben ser un ejemplo a seguir por los jóvenes; y no me refiero tanto en la práctica de su actividad deportiva como en su comportamiento en la vida. Así se puede reconocer en el tenista Rafa Nadal, que nunca ha negado un autógrafo a las personas, sobre todo niños, que se acercan a él, antes o después de un partido, y que siempre ha considerado sus triunfos en el tenis como resultado del esfuerzo y la planificación.

A este modelo responden también el baloncestista Pau Gasol, o los jugadores de la Selección Española de Fútbol, que tantos éxitos deportivos han logrado recientemente. Algunos de estos, como Iker Casillas y Xavi Hernández, gracias a sus relaciones de amistad, han hecho de mediadores en conflictos surgidos en los enfrentamientos entre sus dos equipos: Real Madrid y Fútbol Club Barcelona. Por eso, entre otros méritos, recibieron el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2012.

Sin embargo, recientemente, nos han llegado noticias de varios jugadores del Real Madrid, que han sido sancionados por infracciones de tráfico: Karim Benzema fue sorprendido a 216 kilómetros por hora, en la M-30, que tiene limitada la velocidad a 100 km/h.; Marcelo fue localizado por la Guardia Civil conduciendo sin puntos en el carné; y el último ha sido Mesut Özil, sancionado por hacer un giro prohibido, en una calle madrileña.

Se trata de deportistas de primer nivel, que ganan millones de euros al año y que no están dando, precisamente, un ejemplo de buena conducta. Quizá debieran recibir, como hacen en la NBA con los jugadores novatos, un curso o seminario, en el que se les den consejos para evitar problemas económicos, deportivos y personales, y para saber comportarse en un mundo donde representan un modelo para los jóvenes.

Gracias, Grecia

En medio de la basura que circula por Internet, a veces, te llegan correos que son como un regalo de los dioses. Sucedió ayer y me lo envió un amigo y profesor de Latín. Contenía el enlace a un vídeo, cuyo mismo título «Gracias, Grecia», tan sugerente y eufónico, me cautivó desde el principio.

Lo han elaborado un grupo de profesores y alumnos del IES Ingeniero de la Cierva de Murcia para protestar contra la desaparición del Griego y la Cultura Clásica, en los centros de enseñanza de España, prevista en el borrador de la nueva Ley de Educación (LOMCE). Son ellos mismos los que van apareciendo en pantalla para dar las gracias a los griegos por todo lo que nos han dado a lo largo de la historia, sobre todo palabras, pero palabras impregnadas de un significado profundo: «Matemáticas» escribe en la pizarra el profesor que imparte esta asignatura; «Filosofía» dicen a coro un grupo de alumnos; «Gimnasia» pronuncia, sílaba a sílaba, como si estuviera haciendo un ejercicio de dicción, otro profesor; «¡Teatro!» exclaman varios alumnos con máscara, y a continuación, con los brazos en alto, «¡Comedia!»  «¡Tragedia!»…

Ahora que estamos estudiando en clase los diferentes procedimientos para formar nuevas palabras, entre las que se encuentran los helenismos, que acabo de mencionar, me ha parecido oportuno comentar este maravilloso vídeo-homenaje a Grecia e invitaros a verlo.

También porque este país, que tanto ha contribuido al desarrollo de la civilización occidental, está en crisis. Dicen que porque sus habitantes, durante los últimos años, han gastado más de lo que tenían y ahora se ven obligados a pagar su deuda a los banqueros alemanes, que no dejan de enriquecerse.

Después de ver este vídeo, pienso que la deuda la tenemos todos los demás ciudadanos europeos con ellos, por todo lo que nos han dado, sin pedir nada a cambio. Por eso, me sumo al «Gracias, Grecia» de los alumnos y profesores del IES Ingeniero de la Cierva.

En defensa del optimismo

Hoy he leído dos declaraciones en el periódico: una me ha entristecido y otra me ha alegrado. Curiosamente, las dos pertenecen a la misma persona, John Hoffman, responsable del congreso de telefonía móvil más importante del mundo, el Mobile World Congress.

En la misma entrevista, este arquitecto estadounidense declara, por un lado, que a su hijo pequeño no se le da bien la caligrafía en la escuela; pero que no le preocupa excesivamente, a pesar de las discusiones que tiene con su mujer, por este motivo, porque –según él- “escribir a mano se convertirá en algo pasado”. ¡Qué pena!, he pensado, yo que animo a mis a alumnos a que entreguen sus redacciones y trabajos a mano.

Por otro lado, afirma que ve  una importante diferencia entre Estados Unidos y España: en el primero de los dos países “si pierdes tu trabajo y tu casa, puedes volver a empezar”. ¡Qué bien!, he pensado, especialmente, en este momento de crisis, como el que estamos atravesando, con un 30 % de paro general y un 50% entre los jóvenes. Qué mensaje tan positivo, sobre todo para estos últimos, que representan el futuro de nuestro país. Claro que deberíamos tener el mismo concepto de quiebra que los ciudadanos de Estados Unidos, de ver la luz al final del túnel. Es decir, tendríamos que cambiar el estigma ligado al fracaso, por la idea de que podemos levantarnos, después de caer, por muy dura que sea la caída. Como dice el responsable del MWC “siempre puedes volver a empezar varias veces y acabar triunfando”.

Es lo que tiene leer el periódico todos los días, puedes cambiar del pesimismo al optimismo, en cuestión de segundos. Pero prefiero quedarme con el segundo de estos sentimientos, porque no me acabo de creer, precisamente, ahora, que escribo a mano este comentario en un folio usado –por aquello de la obligada reutilización- que se va a perder la caligrafía, aunque a nuestros jóvenes les cueste cada vez más enfrentarse a una redacción y prefieran escribir SMS y mensajes en las redes sociales, con las abreviaturas y limitaciones de palabras, que todos conocemos, antes que una carta. Al menos, los profesores de Lengua española esperamos que no se pierda el placer de sentir deslizarse el lápiz o el bolígrafo sobre la hoja en blanco, con los trazos y las líneas que revelan nuestra forma de ser y nuestro estado anímico, pues es quizá uno de los ejercicios que mejor nos define como personas.

La homofobia que no cesa

Hoy publica el periódico El País la noticia de un profesor de Historia jubilado y un repartidor de bidones de agua, que se casaron el pasado miércoles en Pekín, en una boda sin validez jurídica, pero que fue retransmitida en directo por Internet. Cuando ambos estaban sentados, uno al lado del otro, celebrándolo en compañía de un grupo de amigos, irrumpió en la fiesta el hijo de uno de los miembros de la pareja, apagó la música y golpeó a los invitados, porque pensaba que la boda le hacía perder su dignidad.

En China, la homosexualidad fue delito hasta 1997, aunque es, a partir de 2001, cuando deja de ser definida como una enfermedad mental. No obstante, en la actualidad la mayor parte de las familias la considera un problema, que se puede cambiar.

En España, al menos teóricamente, la situación de los homosexuales es mejor, pues tenemos una de las legislaciones más progresistas del mundo, sobre todo a partir de la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo, en julio de 2005.

Sin embargo, una cosa es la teoría y otra bien distinta la práctica. Pudimos comprobarlo el pasado jueves, en el debate celebrado en 3º de Diversificación. Todos los alumnos y alumnas que intervinieron se mostraron partidarios de que cada persona podía vivir su sexualidad libremente; pero se contaron casos que ponen de manifiesto la pervivencia de la homofobia, incluso entre los propios alumnos de nuestro centro, algunos de los cuales comentan disimuladamente las formas amaneradas de un compañero, o recriminan a otro, que ha hecho pública su homosexualidad, la utilización de los mismos aseos que ellos. Quizá no sean tan bruscos como el cineasta Luis Buñuel que, cuando oyó comentarios sobre la homosexualidad de su amigo Federico García Lorca, llamó aparte a éste y le espetó “¿es verdad que eres maricón?”; pero las palabras de estos alumnos hacen probablemente más daño e impiden a sus compañeros ser libres.

Por eso, en estos tiempos en que se ciernen oscuros nubarrones sobre la enseñanza pública y, en particular, sobre Educación para la Ciudadanía, hay que reivindicar más que nunca, en el Currículum de la ESO, la presencia de esta asignatura, que pretende, entre otros objetivos, mejorar la conciencia y el entendimiento de la homosexualidad.

Gestos

Acabo de leer una columna de Carlos Bollero donde propone la conveniencia de que nos replanteemos la certeza del tópico “un gesto vale más que mil palabras”. El crítico del diario El País recuerda algunos gestos memorables: el de Santiago Carrillo, en el Congreso de los Diputados, donde permaneció sentado, en el intento de golpe de estado del 23 de febrero, desafiando así al teniente coronel Tejero; el gesto posterior de Adolfo Suárez, levantándose de su escaño para acudir en ayuda de su Ministro de Defensa, Gutiérrez Mellado, que estaba siendo zarandeado por los guardias civiles; y el de este último, de pie y con los brazos en jarra, exigiéndole cuentas al golpista. También incluye el del jugador del Fútbol Club Barcelona, Carles Puyol, en el último partido contra el Real Madrid, mandando jugar a su compañero Piqué, cuando éste pretendía mostrarle al árbitro un encendedor que habían arrojado al campo.

Estos gestos a los que alude Carlos Bollero me han recordado otros, que no merecen el calificativo de memorables; pero que son habituales en algunas clases. Por ejemplo, el alumno al que se dirige el profesor, y en lugar de mirar de frente a éste, le muestra su perfil; o el que te pregunta un duda y, cuando tú inicias la aclaración, se pone a charlar con el compañero de pupitre; o el que confunde la silla de clase con el sofá de su casa y no entiende que le llames la atención para que modifique su postura inadecuada; o, en fin, el que asegura estar atendiendo a tu explicación, aunque, en ese momento, se encuentre consultando su agenda o manipulando su móvil o siguiendo, a través del cristal de la ventana, que da al patio, las evoluciones de otros compañeros, en la clase de Educación Física.

Son gestos, a los que los alumnos implicados no les dan la menor importancia y que, en último extremo, suelen interpretar como signos de confianza con el profesor; pero que, en realidad, tienen mucho más significado que las palabras que ellos emplean para justificarlos.

Torturadores

Ayer vi la película La noche más oscura, que, entre otros temas, aborda el de las torturas llevadas a cabo por los servicios secretos de la CIA, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, para localizar a su principal instigador, Osama Bin Laden.

Hoy, en el informativo de Televisión Española, han dado la noticia de que, en los campos de reeducación de China, creados en la década de los 50 del siglo pasado, bajo el mandato de Mao Zedong, se continúa encerrando y torturando a los opositores al régimen comunista, sin juicio previo.

El próximo mes de febrero, concretamente el miércoles, día 6, dentro de las IV Jornadas de Teatro y Gastronomía, organizadas en el IES Gran Capitán, tendremos la oportunidad de asistir a la representación de Pedro y el capitán, obra teatral de Mario Benedetti, que hemos leído en el Curso de Preparación de las Pruebas de Acceso y donde se denuncia la tortura como método para obtener información de las personas detenidas, en una dictadura latinoamericana.

Estos ejemplos demuestran que, desgraciadamente, maltratar a los prisioneros para conseguir la detención y el ajusticiamiento de un genocida (en la película La noche más oscura); o para hacerles cambiar de forma de pensar (en los campos de reeducación chinos), o para que delaten a sus compañeros de partido (en la obra Pedro y el capitán), es una práctica degradante e inhumana que no sólo pertenece a nuestro pasado, sino que sigue siendo habitual en determinados países, con independencia de su sistema político y a pesar de estar prohibida por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y otras normas jurídicas de derecho internacional.

Hay una pregunta que surge con frecuencia, cuando se conocen casos de torturas, como los mencionados: ¿qué sentimientos experimenta el torturador?, ¿puede dormir tranquilo, después de provocar terribles sufrimientos a un ser humano?

De los que torturan en los campos de reeducación nada sabemos, dado el hermetismo que rodea todo lo relacionado con la violación de los derechos humanos, en un país dictatorial, como China. Pero podemos suponer qué pasa por sus cabezas, si consideramos la depresión que sufre la agente de la CIA y protagonista de la película La noche más oscura, después de las sesiones de tortura a que somete a los detenidos, así como la mala conciencia del capitán, en la obra de Bededetti, por ser responsable del sufrimiento de Pedro, sin haber conseguido de éste la más mínima confesión: “Ya sé que Inés y los chicos pueden un día llegar a odiarme, si se enteran con lujo de detalles de lo que hice y de lo que hago. Pero si todo esto lo hago, además, sin conseguir nada, como ha sido en su caso hasta ahora, no tengo justificación posible.”

Paradójicamente, el torturador experimenta una sentimiento de derrota y de vergüenza total, ante la perspectiva de que el torturado muera sin nombrar un solo dato.